Mejor culpa a quien se deje. En este caso, a una cosa que organiza viajes llamada RCI. Y es que este fin de semana me lancé con P. y F.,(
ya han leído de ellos antes) su mamá, mi mamá y mi hermano a dar el acapulcazo, gracias a un viaje que se llama RCI.
Sé que se van a reír, pero antes de esta visita, yo no había ido a Acapulco. Será porque, como ya saben, la playa no me llama mucho la atención: sin embargo, decidí que no era buena idea morir sin conocer Acapulco, así que el viernes en la tarde me trepé a un camión con rumbo a la costa guerrerense.
Y para mi gastritis. El camión, en vez de tardarse las cinco horas prometidas, se tardó como seis horas. Y yo que no me puedo dormir en los camiones. Y justo cuando estaba disfrutando un agradabilísimo momento con puesta de sol musicalizada con bellas canciones para the road, tales como "Hoppipolla" de Sigur Ros o "Helpless" de k.d. lang, a la amiga F., que iba a mi lado, se le ocurre levantarse y reggaetonear. Así como lo oyen. Qué mal que se había quedado dormida con su Ipod. Para colmo, mientras yo trataba de ignorarla escuchando la exquisita versión de Rod Stewart del casi poema de Tom Waits "Downtown Train" (perfecta rola on the road) se me acabó la batería del celular. Para morirse. Al menos me distraje con la genial película que pusieron,
The Hunting Party. Richard Gere cazando bosnios en la guerra. Si hubiera sabido q iba a regresar con la misma jeta de joda de él...
Llegamos. Yo odiando al camión que ni Lonchibon nos había dado, y pensando que en el hotel nos darían de cenar. Error. En el hotel, el restaurante ya estaba cerrado, así que no había más remedio que buscar un lugar donde cenar. El problema fue que el calor acrecentó la sensación de incomodidad de haber estado tanto tiempos sentados en el camión, así que decidimos tomar un baño antes de ir por la comida.
Ahí fue cuando vimos el cuarto. Estaba peor que mi casa (a la que le hicimos talacha) de humedad. Inmediatamente las mamases corrieron a poner la queja. Así pues, nos cambiaron de cuarto, a uno más adecuado para que cupieran seis hambrientas personas, pero con otro detalle: el aire acondicionado no funcionaba. Y el calor más criminal. Yo, por lo pronto, me dirigí a atacar el frigobar antes de morir. Sorpresa: vacío. Así pues, no restaba otra cosa mas que esperar.
Salimos. A la salida, un millón de costeños nos atacaron con propaganda de discotecas variopintas. Yo, que había leído
El túnel de Sábato por millonésima vez antes de ir, estuve a punto de hacer Casteladas y de soltarles un puñetazo en la jeta. Yo no quería bailar, quería comer: mi estómago es sensible. Y el tan sólo escuchar a las voces de los antros gritando: "¡Pero súbete a la barra!" me hacía pensar en las "lumpenpetardas en bikini", como diría Beigbeder. (Que así estaban, ¿eh?) Dos desencantados de la vida en un párrafo. Vaya conmigo.
Nos detuvimos en el Tacos & Beer (dieta del adolescente sano) antes de que me diera un colapso, tragamos y regresamos al hotel. Eran las 3 de la mañana. Eso no le importó a la amiga F, quien se levantó a las 9 de la madrugada para ir a asolearse, haciendo ruido suficiente para despertarnos. Para mí, las 9 de la mañana, en la playa, es una hora obscena. Es la hora en la que yo quiero tener un encuentro apasionado en la cama con Seamus Heaney (el libro que llevé). Pa que se entienda y sin terminología sexual: es la hora en la cual yo quiero estar echada leyendo. Gracias. Y aún así nos tuvimos que mover a otro cuarto, porque su mamá puso la queja del aire acondicionado. Al menos este último cuarto era el más grande, tenía aire y una vista hermosa.
Llegó la hora de ir a la alberca. Por un momento, el calor me hizo partícipe de una de las peores tragedias para una mujer: el tankini me quedaba apretado de lo hinchada que estaba. Estuve a punto de encerrarme y negar la salida, pero decidí que ya nimodo. Al menos el agua de la alberca estaba fría y el problema se solucionó.
Luego a comer, dar una vuelta, etc. Cuando volvimos para otra ronda de alberca, el amigo P. fijó sus ojos en una damisela de felina figura (entiéndase, estaba medio gata) y se dedicó a ligarla, jalándose a mi hermano consigo (supongo que para tener un hombro amigo donde llorar en caso de bateo). Mientras, la amiga F. nos jaló a las mamases y a mí a la playa (llena de puestos, vendedores y sombrillitas de Unefon), pues quería un tatuaje de henna. Yo opté por un simulacro de lo que me quiero tatuar: los kanjis que significan "destino" en el tobillo, y hasta di mi explicación metafísica de por qué lo quiero hacer. ¿Me pelaron? Nop. F. y su mamá salieron con unos tatuajes jotísimos de mariposas y cerezas y mi madre con el irónico kanji de "Self-control" (ya verán por qué).
Regresamos al cuarto a darnos una mano de gato, pues planéabamos partir esa noche al antro El Alebrije (el cual, por cierto, ya me dijeron que está bien). Ahí yo creo que tuve el momento más agradable del viaje. El sol se estaba poniendo, y el mar, olvidándose de la pila de miles de costeños locos que mercan en sus orillas, tomaba un tono gris que contrastaba con los rosas pálidos del cielo, flanqueados por nubes de lluvia, obviamente, también grises o quizá un poco azules. Una de ellas parecía barco vikingo y otra nazgul sobre su caballo (I swear). Y todo este espectáculo yo lo veía desde el balcón, con chela en mano, deseando quedarme ahí. De veras que sólo me faltaba Jon Bon Jovi cantándome al oído "Midnight in Chelsea" cuando mi tranquilidad fue interrumpida.
Pues un imprevisto casi hace que arda Troya. El amigo P., fascinado por su nueva conquista, llegó pidiendo cambio de planes: él y mi hermano se quedarían a chelear con la dama mientras nosotras íbamos al Alebrije.
No lo hubiera dicho. Apenas le cambiaron los planes, la amiga F. se puso peor que plañidera de comedia griega. Hagan de cuenta que le habían cometido una ofensa imperdonable. Que no, que no se vale, que los planes no se cambian, que la familia es primero (eso cuando le conviene), que bla bla bla. Bueno, yo, al ver tal cantidad de lágrimas, pensé que en el Alebrije tendría que estar, mínimo, tocando Radiohead.
Para esto, a F. ya se le había pasado la tristeza y le había entrado el temper tantrum. Ahora no vamos al Alebrije, y no vamos y no vamos y no vamos porque ya no quiero. Bueno, pensé yo, entonces mejor nos vamos a rockear al Bebotero.
Pero tampoco. Salimos las cuatro mujeres sin tener mucha idea de qué hacer. Al menos algo para calmar a F., pensé yo.
Caminando, llegamos a un restaurante de nombre El Olvido (a donde voy a mandar este acapulcazo, pensé). La fachada, bonita, nos invitó a entrar. Cocina de autor. Bueno, ya que nos ahorramos los covers del antro, a tragar se ha dicho, a compensar las miserias de ayer. Botella de vino, cena de lujo. Para romper la tensión tras el drama, imagínense a dos chavas y a sus madres en ataque de simpleza.
Y que se desata una tormenta, la que ya anunciaban mis nubes de figuritas. Llovió a cántaros. Mi madre llamó a mi hermano, pensando cómo estaría la famosa cheleada en la playa. Muy bien: dos imbéciles con una gata refugiados debajo de la palapa de las toallas junto a la alberca. Ahí nomás.
Las calles se habían vuelto ríos, así que todas salimos del restaurante con los zapatos en la mano, persiguiendo taxis, riéndonos del espectáculo que nos traíamos. Cuando nos subimos al coche, hasta el chofer nos preguntó qué onda con nosotras: así de animadas estábamos. Sin embargo, la risa se nos quitó al ver una mancha negra entre las luces de la costera, y darnos cuenta que era NUESTRO HOTEL. SIN LUZ. Y EL CUARTO EN EL PISO ONCE.
La cosa terminó así: cuatro mujeres, ya sin muchas ganas de reír y con las piernas adoloridas, subiendo unas escaleras viejísimas, únicamente acompañadas por un empleado que sostenía una linternita barata. La verdad, tal parecía que de los pasillos oscuros iba a salir, mínimo, la versión costera de Michael Myers. Mi madre, al contrario de lo que su tatuaje dictaba, iba echando sonoras mentadas de ídem que abarcaron desde el gerente hasta al barrendero.
Y cuando al fin llegamos al cuarto, las cosas se pusieron peor. No sólo no había luz; tampoco había generador de agua. No saben qué feo es ser glam y tener que lavarse el rimel con botellas de agua que compramos y que habíamos metido al frigobar (con lo cara que está) y saber que los hombres, con su dieta, no le van a poder jalar al baño. Mamá decidió que sería buena idea llamarle a la recepción para quejarse, "pues no planeaba bajar rodando los once pisos", pero ni siquiera el teléfono servía. ¿Dormir sin aire acondicionado? Ni pensarlo. Al menos el problema se solucionó, nuevamente, a las tres de la madrugada (el seductor y mi hermano ya estaban de vuelta, con un hambre voraz, pues sólo habían cenado una hamburguesa).
Mañana siguiente. F. quiere ir a la costera, a una boutique, donde vio varios vestidos que le gustaron (por cierto, se compró el más feo). Mi hermano tiene vómito tras la hamburguesa, así que lo dejamos descansando, no se fuera a vomitar en el camión de regreso.
Caminamos por los bares, tras la resaca. Olían a una mezcla de, claro, guacareada y sudor bastante poco atractiva. Conque así huele la humanidad después de la gran fiesta, pensé.
Un tipo que estaba tirado en la banqueta ilustraba perfectamente la visión de la decadencia. Traje de baño atascado de mugre, figura esquelética mas asquerosa, moscas rondándole como si fuera un cadáver. Yo estaba a punto de tomarle una foto para ilustrar el viajecito, pero como F. estuvo a punto de patearlo, gritó cuando se dio cuenta de lo que era y me jaló lejos. Mala suerte.
Llegamos a la boutique. Salí con una falda: me la había probado en conjunto con una blusa, pero parecía la heredera del trono country de Juice Newton con "Queen of Hearts", así que mejor no.
Volvimos al hotel. Mi hermano ya había vomitado todo lo que tenía que vomitar, afortunadamente. Así que ahora el almuerzo para aguantar. Rumbo al restaurante estaba la oficina del gerente, así que mi madre aprovechó para entrar y... claro, mentarle la madre. Oh, sorpresa. Lo que pasa es que la gente que viaja con el famoso RCI es tratada como si fuera a youth hostel. UTA MADRE, pensé yo. Mejor nos hubiéramos ido a Europa.
Bueno, pues para resarcir los daños, nos invitaron el desayuno, que no estaba tan bien como para que fuera un sacrificio. Lo bueno es que el viaje de regreso no estuvo tan mal. Ahora sí nos dieron un sandwich y pusieron en las películas
Get Smart, que, como ustedes saben, me encanta. Además, la batería de mi celular ahora sí duró. Cursi y metalera como soy, no pude evitar poner "Coming Home" de Cinderella, cuando vi la terminal del sur de la ciudad. Tampoco pude evitar bajar con la misma jeta de Simon Hunt.
¿Que si nos la pasamos bien? Uy, super, mintió mi madre. Ya mañana sería otro día para contar todo lo que les acabo de contar. Por lo pronto, como diría "Can't You See", la versión de Poison, I AIN'T NEVER COMING BACK!