Monday, November 22, 2010

Mi vida en alta fidelidad 6

"I'd like my life to be like a Bruce Springsteen song."

Eso ya lo había dicho. He escuchado eso demasiadas veces. Bruce, que sí se puede reconciliar con su pasado. No tiene por qué ser tan díficil...
Que, de hecho, me di cuenta de que no lo es. Fue algo muy curioso. Vero y Feri esperaban esta entrada; esperaban noticias amarillistas fuertes. He de confesar que yo también. Y me sorprendí, porque nada de eso fue lo que me esperaba. Quizá por eso me tardé tanto en hacer la entrada: seguía esperando algo digno de nota roja.
Y es que el lunes pasado me vi con mi "amiga" que me arruinó la historia con Alison (quien ya se casó, ya es Alison Bannister... ja!). Sabiendo lo extrema que era esa mujer, tanto mis amigas como yo pensamos que el reencuentro era peligroso, y he de admitir que yo terminé yendo a verla por morbo, pues esperaba que ella hubiera hecho de su vida un papalote.
Y la vi. Y comimos juntas. Y me di cuenta de que la parecía haber hecho locura con su vida era yo, con mis anécdotas a la Van Halen, y con gringos, y con rockstars en Facebook. De hecho, la vida de la chava hasta parecía plain.
Soy una persona interesante.
Total, que terminamos la salida pensando en repetirla, y quedamos en mantener el contacto. Los antiguos roces quedaron atrás. Así de fácil. Así de sencillo.
Bruce, tenías razón. Charlie es un cobarde. Las cosas se arreglan, y todos nos sentimos bien. Lástima que no hubo tantos chismes.

Saturday, November 13, 2010

Mi vida en el hoyo...funky

Hace algunas semanas, o, más bien, exactamente el fin de semana de Halloween, mis andanzas de columnista de rock me llevaron a un lugar llamado Los Compadres, a la mitad de una avenida cerca de mi casa; un lugar que mi hermano considera uno de los más pinches de la tierra, por su facha de fonda barata. Ya qué. Sin embargo, yo fui ahí a cumplir con un assignment al que desde cuando ya le traía ganas: Avándaro. Desde cuando ya tenía la idea de hacer un artículo sobre el festival de rock mexicano. Supongo que no hace falta decir que me fue muy bien (ya verán cuando salga impreso el artículo), que el tipo que entrevisté, Armando Molina, fue super amable conmigo, y que pareció muy complacido al ver que a mí me gustaba mucho el rock (yo llevaba mi playera de Mötley Crüe). Total, que de hecho terminé ahí en la fonda, tomándome un refresco, mientras escuchaba a Armando y a su banda tocar un muy buen cover de "Don't Bring Me Down" de Eric Burdon.
Eso, al mismo tiempo, sucedió el fin de semana en el que yo ya estaba en proceso de prueba para otro trabajo. Y es que, aunque parezca extraño, me corrieron del mío. Y eso que la jefa era mi amiga. Supongo que no le gustó la manera en que yo volanteaba (porque, aunque se supone que iba a ayudarla con unos cursos, lo que en verdad estuve haciendo ocho de las diez semanas que trabajé ahí fue volantear). A pesar de que en un principio, francamente, sí me sentí muy mal, terminé pensando que era lo mejor: y es que sí había momentos en los que volantear me desesperaba medio cabrón (bueno, ok, no sólo "medio cabrón": digamos que, como yo me parezco, pero no soy Rob Fleming, no podía volverme loca y romper el móvil de Elvis Costello y aventar la sección de country a la calle; pero cuando la jefa me mandaba a dejar volantes y posters a lugares que ya sabía yo que me iban a rechazar, sí me daban ganas de romper los posters a la mitad y de aventar los volantes por la calle). En fin, que le terminé perdiendo el respeto al trabajo (llegó un momento en el que neta ya sólo me hacía pendeja, de tan desesperada que estaba de que nadie parecía pelarnos) y, pues, obviamente, me corrieron.
Fue en ese momento en que amiga Vero corrió a rescatarme: me dijo que una amiga de la prepa estaba trabajando en una escuela, dando clases a primaria, pero que tenía que dejar el trabajo pues le habían ofrecido una oportunidad para grabar varias canciones para una telenovela (no business like show business). Obviamente fui, considerando que no tenía nada qué perder; y salí de ahí pensando que a lo mejor mi perfil de columnista de revista de rock (una de las misses que platicó conmigo pareció interesada en mi entrevista a la Maldita Vecindad) y mi examen de completar las oraciones ("I think kids are...". Juro que estuve a punto de poner "fluffy.") quizá no convencerían a la escuela. Además, otra ex-compañera de escuela estaba de prueba ese día.
Error. Ya para la mañana siguiente ya la que estaba de prueba era yo, levantándome a horas obscenas de las cuales ya había perdido el hábito, incluso disfrazándome para los niños y asistiendo a juntas de cosas que si de por sí mi amiga la primera "miss", no les encontraba demasiado sentido, imagínense yo.
Eso fue la primera semana. A la segunda semana ya las clases (bastante tropezadas) las empecé a dar yo, corriendo a cada rato a ver a mi coordinadora de inglés (amabilísima mujer) o llamándole a cada rato a Paulina para preguntarle sobre lecciones, papeleo, exámenes. Algo en mí pensaba que no se iba a acostumbrar a eso. Fui convencida de lo contrario cuando un día que me tuve que ir a Hacienda a darme de alta para la nómina (a donde, por cierto, debo volver, pues se equivocaron en mi apellido) Paulina vino a cubrirme, y yo le dije que, por favor, me dejara bien anotado en el plan semanal qué le iba a dar a mis niños. Caso cerrado: ya me acostumbré. Ya estoy siendo territorial.
En las tres semanas que llevo ahí, ya he aprendido a distinguir a los niños. 12 de primero de primaria, 6 de segundo: apenas bien para mí, que, si fueran 30 de cada uno, neta no lo lograba. En serio que no. Primero hablaré de cuatro de ellos, con desórdenes que me hacen pensar que sí pertenezco a la última generación cuerda, que no usaba chochos para todo.
Perdónenme los apodos, pero saben que así soy yo: les presento al Psycho, su Sectaria, el Junkie y el Bipolar. Dos de primero, dos de segundo.
El Psycho es de primero y tiene TDA (Trastorno de Déficit de Atención). Le encanta dibujar (pero no escribir; sus exámenes, excepto spelling, tienen que ser orales, porque prácticamente no escribe) pero nunca va a dibujar algo pacífico: sus dibujos implican siempre gente en la cárcel, gente muriéndose (con todo y sangre) extraños policías con bigotes a la Dalí. Uno de mis primeros días, dibujó algo que se parecía mucho al Grito de Munch. Le pregunté qué era. Sin dudarlo, me respondió: "Es un cuadro". Le pregunté a la mamá, un día que vino, si tenían el cuadro. Me dijo que no. Échenle para un thriller.
Otra vez, se puso a gritar, todo el día: "¡Me voy a la luz!". Yo, acostumbrada a que lo que debo de hacer es trabajar con él oralmente mientras los demás hacen su trabajo escrito, no le hice caso. Cuando fui a trabajar con él, vi que había dibujado a un monito cayéndose, poco a poco, hasta que se estrellaba contra el piso, y de ahí, resurgía, con alas y halo de ángel, diciendo: ¡Me voy a la luz!. Fuck. Nunca hubiera pensado que el niño en verdad se refería a la luz al final del túnel.
Para colmo, tiene una mala manía cada vez que lo llamo al escritorio a trabajar conmigo. Yo guardo mis programas de clase en mi conocidísima carpeta con la foto de David Bowie. Pues bien, cada vez que el Psycho llega al escritorio y ve la foto, se pone a picarle los ojos con tanta saña que me parece que odia al Bowie (y eso que en esa foto sale muy normal). Tengo la impresión de que, si yo le diera unas tijeras, le cortaba los ojos, como psicópata de película. Claro que la terapia ya le toca a su mamá y no a mí. Pero en fin, que por eso, y sus dibujos que van a ser las portadas de mis discos cuando yo tenga una banda de metal satánico, le puse el Psycho.
La Sectaria, obviamente, es su mejor amiga. Ella no tiene ningún desorden: el problema es que ella es la desordenada. Es una de esas niñas que llegan y ya quieren saber a qué horas es el recreo. En fin, que como el Psycho es, a veces, casi imposible de aquietar, ella se le une y entonces ya son dos a los que se les tiene que gritar para que le bajen. Ella también dibuja monitos con sangre, se llama a sí misma "diabólica" y los chistes que más le gustan tienen que ver con gente que acaba muriendo. Go figure. Va que vuela pa darketa del Chopo.
El Junkie es de segundo: es un niño gordito muy tierno, que también tiene TDA, y a él sí se le nota. Le cuesta muchísimo trabajo aprender inglés: prácticamente tiene que hacer su tarea en asesorías en la tarde, y a él sí NO le puedes poner nada enfrente porque se pierde medio feo: de ahí mi apodo. Un día en el que yo le estaba explicando, él vio mis pulseras, que tintineaban... y se jodió la patria. Hasta dejó la pluma para agarrar mis pulseras, como niño chiquito. (Y, aunque sea tierno, cuando anda mal es el peor: hubo una vez en la que tres maestras tuvimos que ir a perseguirlo para que se quedara quieto. Jeez.)
El Bipolar es su primo (¿qué pasa con esa familia?) y, en verdad, tiene trastornos de ira. Como lo oyen. El niño de pronto tiene rabietas que no se le pueden controlar, y aunque cuando está tranquilo es un ángel, cuando se enoja se tira al piso, berrea y dice que prefiere morirse (WTF?) y no le responde a nadie, a NADIE, hell, ni siquiera a la ayudante de la directora que vino a aplicar el examen interescolar de spelling (le arrebató la hoja y le aventó un lápiz, lo que le ganó un reporte). Pues nimodo, tras tres días de rabietas le quité a su primo el Junkie de la misma banca, porque juntos eran el caos, y aunque se me tiró al piso y se retorció, ahí va, ahí va...
Pero, en fin, que no sólo tengo problemas: también debo de admitir que tengo preferencias. Los primeros son dos niños de segundo: y es que, como ese grupo son puros niños, automáticamente nos elevamos como un grupo rudo, en donde nos gusta el rock, los tazos, las luchas y el Manchester United. Supongo que, desde que di a conocer mis gustos, me gané cierta admiración y un tantito de puppy love de parte de esos dos niños (no estoy alucinando; me regalaron el viernes una hoja llena de corazoncitos, pintados con sus rudísimas plumas de colores de la RAW. ¿Qué clase de niños le dibujan corazoncitos a la miss?). Ellos se llaman Hugo y Rogelio: Hugo es el típico niño al que todo le pasa (se cae, se pega, termina tirado en el piso), mientras que Roge es el "agresivo"... que nunca se ha portado agresivo, al menos no conmigo ni en mi clase (lleva 10 en conducta). De hecho, siempre me entrega sus trabajos antes que todos los demás, me invita a su fiesta ("No puede ir a la fiesta de cumpleaños de mi hermanito porque mis papás quieren a puro niño chiquito, pero a mi fiesta sí la voy a invitar, miss. ¿Le gusta el boliche?") y hasta se preocupa por mi salud (Yo le acababa de gritar al Junkie muchísimo, para que se estuviera quieto, pues era un día particularmente malo de su parte: en eso, Roge sacó una Halls y me la ofreció. El Bipolar: ¿Por qué le das Halls a la miss? Roge: Porque acaba de gritar mucho, y a lo mejor le duele su garganta. Yo pensé: uta, más atento que varios que conozco).
En cuanto a primero, hasta el viernes, había elegido como mi personal preferido (a pesar de una voluntariosísima nena llamada Vanessa, que se la pasa literalmente pegada a mi pierna, con esperanza de que la haga mi favorita), a Rubén, un niñito quien, a pesar de no tener el nivel de inglés, le echa muchísimas ganas a su trabajo, haciéndolo de manera excelente. De hecho, me pasó algunos días en los que veía que los niños parecían no entender lo que yo explicaba (me entregaban ejercicios muy bajos) y pensé que a lo mejor tampoco servía para esto (once bitten...) que Rubén me entregaba ejercicios excelentes, y yo concluí que si Rubén, con su nivel bajo de inglés, pudo, los demás no debían de estarle echando muchas ganas. Satisfacción de maestra, con ese niño...
Hasta el viernes, como digo. Estábamos a punto de salir a recreo: los niños (o mejor dicho, la niñas, porque en ese salón los únicos dos niños son el Psycho y Rubén) estaban haciendo un ejercicio de repetir números en inglés que no tenía mayor ciencia, pero que si no lo hacen no hay recreo. Todos estaban tranquilos: yo ya les había devuelto sus Cigotos de Distroller, que se habían quedado dormiditos en mi cajón mientras estaba la clase (las niñas habían estado de acuerdo con ese cunero) cuando en eso escucho a la voluntariosa Vane:
-Miss, ¿nos puedes poner música? Cuando hacíamos este tipo de ejercicios Miss Pau siempre nos ponía música.
-¡Ay, sí!- sonó la voz de Ana Paula, niña inteligentísima, pero super dominante-. Algo de Justin Bieber...
Say what? Si hay algo que me da roña en esta vida, son Pitbull y Justin Bieber... así que obvio no tenía nada de ellos. Además, con lo inquietos que son, ponerles algo así significa no sentarlos. Bien, mi celular está lleno de música del diablo, como diría mi hermano. Chale, Ahora, ¿qué les pongo?
A buscarle. Guns n' Roses, "Welcome to the Jungle". No, ps no. "Animal Nitrate" de Suede. Sensualidad con la voz chillona de Brett Anderson: no funciona. "Crazy Bitch" de Buckcherry, fue un NO ya desde el nombre, y eso por no mencionar el final de "You're crazy but I like the way you fuck me!". Martha Wainwright. Linda balada acústica... pero demasiadas repeticiones de la frase "bloody motherfucking asshole". Mmm... quizá algo en español. Chin. Sólo traigo a Bersuit Vergarabat. Rammstein: "FEUER FREI! BANG BANG!" No, bueno.
Opté por el pop noventero suave: Del Amitri, Five for Fighting, Sister Hazel. Pareció no gustarles mucho, pero nimodo, los que se aguantan son ellos. Sonaba "She's So High" de Tal Bachman cuando varios niños me entregaron cuaderno, entre ellos una niña llamada Anaís, que fue la última de esa ronda, por lo que su cuaderno se quedó al final. Total, acabé de checar, le di los cuadernos a los niños, chequé el de Anaís... y, al voltear a verla me di cuenta de que ella, en un acto absolutamente espontáneo y dulce, había tomado dos Cigotos, los había puesto a bailar como parejita junto con ella, que movía su cabeza al ritmo de la música y cantaba, haciendo su voz tan aguda como la de Bachman, diciendo las palabras que su inglés de principiante alcanzaba a comprender: "She's so high... high above me... she's so lovely..."
Me le quedé viendo, sin saber qué hacer, absolutamente encantada. Ella, mientras, parecía haberse olvidado de que yo estaba ahí, y de que le tenía que dar su cuaderno, tan entrada cómo estaba en su canción y su baile. "She's so high..."
Me dio más satisfacción que la satisfacción de maestra. En ese momento, fue como si mi otra "formación profesional" hubiera dado frutos: mis años de escuchar radio atentamente para grabarme pedazos de las letras de las rolas, buscarlas por internet y bajarlas; de quemar discos, de bajar las canciones a mi celular a pesar de que mi compu es leeeenta del mal. Fue como si un pequeño angelito rockero me dijera, bailando y cantando: "Buen trabajo".
En ese momento me volví a acordar de Armando Molina, y me pregunté si él no habría pensado lo mismo al verme, mucho más joven que él, hablando de rock, tan entusiasmada como él acerca de Queen y los Rolling Stones... y pensé en sus amigos, los que van a ese hoyo funky, y lo escuchan tocar y lo disfrutan, se llevan algo de lo que toca, aunque sean covers, con ellos, aunque sean pocos.
Asi pues, creo que mi trabajo en esta escuela, es como mi hoyo funky: aunque sean pocos, aunque sea sólo Anaís, ella escucha mi música, y los niños me escuchan, y se llevan algo con ellos, o al menos eso espero... para que, un día... We'll build these cities! We'll build these cities on (books and) rock n' roll!

Friday, November 05, 2010

Dreams Doomed to Die in Dawn

Un ensayito que me aventé. A ver qué tal les parece.


“Even though she was standing with her back turned towards him, Raymond could feel the powerful aura that floated and drifted all around the old lady. There she was, in her finest white dress, a mother-of-pearl monument standing on that ruin of a roof. The age difference? It was inevitable, and yet, it was Trudi the one who seemed to hold that silent pulse through her veins, the indomitable drink of life pouring all over the insides of her skin. Marianne was different. That night Raymond had seen her standing there singing he couldn’t help but noticing the immaterial qualities about her: she was a black rustle of a blind bird’s wing in some dreamy flash that showed up as a long-forgotten treasure in lonely mornings. In contrast, Trudi stood with the majesty of a woman who knows what is her role in the world: the authority of somebody who has taken dreams by the tail and taught them to become real. The fact that her dress was white only enhanced that sensation: she was the moon, daring dawn to come and take her away, even expecting the sun would not stand up to her.” (Moorfield, p. 152-153).
Elijo este pasaje, bastante largo, para empezar, porque es el que mejor ilustra a donde quiero llegar. Sin embargo, como no es bueno empezar un viaje sin estar seguros del punto de partida, y demasiado temprano ya estoy brincando a conclusiones, los voy a poner en contexto.
The Night’s Asylum es una historia que, como pueden ver, gira alrededor de la palabra “dream”; hay que ver cuántas veces Morgan Moorfield, la autora, usa ésta o sus derivados. (También usa mucho la palabra “derelict”, pero esa es otra historia). En el pasaje que leí, aparecen “dreamy” y “dreams”, y más referencias al mundo onírico, como la luna, y sí, la noche. Todos los personajes que están ahí, en el asilo, o quizá manicomio, viven una especie de existencia inmaterial que se ve trastocada cuando Raymond Bullen, el personaje que proviene de un mundo iluminado por la luz de un día, nublado, pero al fin y cuenta día, llega a convivir con ellos por azares del destino... y de la noche.
La historia es así: Raymond es el hombre perfecto, con la vida perfecta. Él es guapo, es joven, está recién casado y muy enamorado de su joven esposa. Ella comete la franca inocentada de salir a comprar algo para satisfacer un antojo de embarazada, sola, para no molestar a su marido; es ahí cuando la autora, prácticamente sin piedad, decide deshacerse de ella mediante una excusa de películas de venganza: un crimen. Así, Raymond, quien no es héroe de película de balazos, se ve jalado a la noche: todas las escenas posteriores al asesinato de su mujer se llevan a cabo en la noche o en lugares oscuros; incluso cuando es detenido por la policía al estar ebrio en la vía pública, el día está nublado, como ya mencioné. Y cuando queda tirado afuera del asilo, que es cuando Tamara, la encargada, se apiada de él y decide recogerlo, es de noche.
Aunque Moorfield nos permite entrar al asilo desde el primer capítulo, es hasta la llegada de Raymond cuando tenemos una descripción más exacta de cómo está esa ruina de edificio, “the derelict, solitary place”. (Moorfield, p. 5). La “oficina” donde Tamara lee está al lado opuesto de donde da el sol, pues ella lee mejor con luz artificial: “It’s a wonderful invention. I make the most of it. Sometimes I think I prefer it to the sun, even though this is man-made and it’s supposed to be imperfect. But it’s practical and it never fades.” (Moorfield, p. 92). Esta practicidad habla más de Tamara, pero eso lo trataré más adelante.
En cuanto a Trudi, su cuarto es el más alejado de todo: un cuartucho de azotea donde no entra la luz; el cuarto que su mismo hijo pidió, según él, para curarla de su ludopatía: “He thought he could blind me by making me blind to the outside world. Isn’t he silly. One carries the outside world in the insides of the mind; it lives and flowers in the passageways of the heart. But look at me. You may think, like him, that I’m talking shit.” (Moorfield, p. 43). Los otros inquilinos del asilo, la pareja de drogadictos Brittany y Sam, rehúyen la luz así como rehúyen la ayuda: incluso cuando Sam tiene que abrir la ventana para gritarle a su dealer, Brittany se niega a recibir esa luz: “Close it! It hurts my eyes! Just fucking close it!” (Moorfield, p. 24).
El caso de Marianne es más claro. La chica se la vive dormida o inyectándose morfina, encerrada en su habitación; cuando se despierta es de noche y, por lo tanto, nunca se preocupa por abrir las cortinas de su cuarto (tan sólo, significativamente, la mañana de su muerte). Esta clase de vida, silenciosa, ausente, es lo que aumenta la idea de inmaterialidad de la muchacha, la idea que empieza a formar una historia en la cabeza de Raymond: “He wondered, sometimes, if there was a secret life during the daytime for that girl: a secret world of perpetual irreality where she traveled, wild and free, her morphine-closed eyes open to every wonder.” (Moorfield, p. 79). Y es precisamente la calidad onírica de Marianne la que la llevará a la tumba; que se opone a la fuerza de Trudi, la que leí en el primer pasaje. Trudi es fuerza, o, como diría este revelador pasaje, puede ser la verdad:
“’Did you call?’ Trudi’s voice, followed by her presence, interrupted the director and Raymond.
‘Not really, Trudi. We said ‘true’ and that has nothing to do with you. You can go now,’ Tamara answered.
‘It could have been me. You know, True was my nickname when I was a young girl. Some guy I loved very much called me like that.’” (Moorfield, p. 54-55).
Y, sin embargo, la fuerza no será suficiente. El hecho de que Trudi pueda representar la verdad y la experiencia tampoco la salva de la muerte. Quizá porque es también una soñadora, o la propia luna, como dice el primer pasaje; la luna quien ayuda a la gente a tener sueños. Retomando el pasaje con el que abrí esta ponencia, la escena siguiente es ella, bailando con Raymond en la azotea del asilo, escena digna de película, con “Evening Gown” de Mick Jagger de fondo. Raymond escucha la letra de la canción, y al llegar a la parte donde dice “But I can still paint the town all the colors of your evening gown/while I’m waiting for your blonde hair to turn gray” empieza a soñar despierto con su difunta esposa: “Suddenly he was no longer dancing with an old woman with a nickname on the roof of some God-forsaken asylum: he was there, at the party where he had met Muriel, and she was wearing that multicolored gown which had stolen his glance right then and there, and they were dancing, and who cared if Muriel’s hair was already gray? He had just woken up late and found out that many years had gone by, but she was still there, dancing with him, in this neverending night.” (Moorfield, p. 154-155). Tan vívido se vuelve el sueño, que Raymond no duda en declararle su amor al terminar, y ella, tan sabia como la luna, le asegura que no es a ella a quien ama, sino a Marianne.
Desgraciadamente, como ya dije, la noche se acaba con el amanecer: una mañana (sí, de mañana precisamente, aunque sea por un breve momento) Trudi muere mientras el sol sale. Durante el día están los médicos y todo el mundo encerrado en el asilo: el funeral, en un cementerio cercano, se lleva a cabo hasta la puesta del sol, mas, de los internos, sólo va Marianne. Claro que Tamara y Raymond también están ahí, y ahí es cuando Raymond compara a todas las destinadas a morir con imágenes oníricas:
“’Please. Please don’t say that.’
But Raymond was not listening. His eyes were fixed on the grave, that was now being closed by the undertaker. Shovel after shovel, more and more handfuls of earth stood between him and the woman he had thought he loved. The idea of Muriel being the same stung him like a snake-bite right then and there. He had not wished to go to the cemetery after his wife’s death because he hadn’t wanted to face that image; that monument to the impossibility of repetition. […]
‘…What—what is it? Are they nothing but dreams? Are all of them going to fade away when I open my eyes? Are they!?’
[…]
Tamara did not answer again, but her eyes sided to the black car, where, surely, Marianne must have been dozing in the back seat. Raymond guessed the thin line her eyes were tracing, and, for some reason, he wondered that, perhaps he was going to open his eyes any minute now, and Marianne would be gone. Though Tamara would be there.” (Moorfield, p. 172-173).
El hecho de que Marianne desaparezca, pero Tamara se quede, es otra prueba de la calidad onírica de Marianne y su destinada desaparición, mientras que Tamara, como ya mencioné, es más terrenal. Ella es práctica: tiene ganas de ayudar a las personas, tiene buen corazón, pero su naturaleza es más bien pedestre. Basta comparar las ideas del amor que tienen ella y Marianne. Empezamos con el primer acercamiento entre la joven morfinómana y Raymond:
“He was now almost face to face with her. She, for the first time, had just let Morphine’s record keep on playing. The music flowed softly around them, enveloping them as if trying to defend the girl who seemed as if she would break into a fit of trembling right then and there.
He didn’t understand why he did it, but, suddenly, Raymond reached out and touched the girl’s lips […].
How she had run away! There she was, now, all curled up in a corner of the room, as if in deadly danger […].
‘It was death,’ she repeated. ‘And I knew from his first touch. He called forth all the spirits within me. And, once he had set them loose, he didn’t make a move to take them back to their rightful origin.’” (Moorfield, p. 84-85).
Marianne inmediatamente relaciona el amor y el deseo con algo sobrenatural, con algo que ni siquiera ella puede explicarse. Por eso incluso en el único momento en donde Trudi decide ponerlos a hacer algo tan simple como bailar, Marianne no puede hacerlo. Tamara es diferente. Ella sabe que desea a Raymond, que se siente triste y que necesita contacto. Así, no duda en decirle al personaje principal lo que siente tras la cena en su casa:
“’I would sometimes like to think it has not been the complete failure I feel it has been.’
‘It’s not a failure.’ Even Raymond had to admit he was just being nice. He wasn’t even sure of the asylum was a failure or it wasn’t. He was not sure of anything about the asylum, for God’s sake. But even it didn’t seem as if Tamara had heard him. […]
‘You know why I brought you here.’
‘A little moral push, you said.’
‘Don’t play with me. You know what I’m talking about. You’re lonely, I am lonely. We both need some human kindness. Somebody between the covers. A body to hold on to this world.’”
(Moorfield, p. 96).
Aún así, hay algo de emoción en las ganas de sexo de Tamara. Hay necesidad de calor, de entendimiento. Lo que también se diferencia de Brittany. Ella está aún un grado más abajo en esa escala: su deseo parece ser puramente animal. Su manera de irrumpir en el cuarto de Raymond, sólo en ropa interior, y de pedir las cosas, deja muy en claro esto: “’You’re gonna fuck me! I know you’re gonna fuck me now!’ she was yelling, over and over again, looking rather twiggy in her small, dirty underwear.” (Moorfield, p. 68).
Las cualidades animales de Brittany son tan fuertes que nunca pueden abandonarla. Por eso, al final, la transformación que ella busca realizar en sí misma, su deseo de volverse Marianne, no funciona: se podría decir que es tan disparatado como si Calibán intentara volverse Ariel. La drogadicta se pinta el cabello, y hasta se roba la ropa que Marianne siempre usa, pero no puede ser lo que la morfinómana es. Su manera de pedir pasión sigue siendo agresiva, y basada en la imagen. Ella intenta tener a Raymond argumentando que su aspecto ya es como el de Marianne: “Here! I look like her now, don’t I? So you can want me now, can’t you?” (Moorfield, p. 197). Pero su agresividad es tal que tiene que presentarse armada a la azotea (donde se encuentran Marianne y Raymond) para lograr su cometido. Y junto con ella llegan las primeras señales del día, de un día que, contradiciendo a lo que es tradicional de la noche (agresividad, cosas que no deben verse) es un día violento y que no trae la promesa de una nueva vida, sino del final de los sueños, de una muerte. La navaja que Brittany lleva “it gleamed against the lights like the morning star” (Moorfield, p. 199). Su pelo rubio, que se asoma a través del mal tinte, es un sol traicionero: “Still her hair wasn’t night: some dirty blonde strands showed in small patches, like a cloudy sun, betraying what she was.” (Moorfield, p. 196-197). El sol la demuestra como la criatura casi salvaje, quien al final terminará con todo el sueño: si seguimos con la comparación que usé anteriormente, Calibán se queda, después de todo Ariel es inmaterial y debe desvanecerse. Aunque, al final, todo termina en un justo medio, sin Ariel ni Calibán: Raymond parece quedarse con Tamara, la mujer que no es ni demasiado pedestre ni demasiado etérea. Una mujer que puede vivir en un mundo donde hay tanto sueños como realidades crueles.
Así, el libro se vuelve una travesía a través de la noche hasta el amanecer: el inicio de un sueño hasta su final. El sueño de Tamara, quien recibe el asilo de una mujer que lleva el groseramente revelador nombre de Madame Night, y que bien suena a alguien que no podría existir (algo que se refuerza por el hecho de que una de las indicaciones que le da a Tamara es que debe dejar que la gente del asilo se comporte como quiera): la pesadilla de Raymond, que empieza con la muerte de su esposa y termina con un nuevo día junto a Tamara. El hilo conductor sería Marianne, quien en cada página deja caer pistas sobre su naturaleza efímera; los personajes extraños que a veces vuelven los sueños pesadillas serían el par de drogadictos (a pesar de que Sam es más bien incidental y sirve para mantener al personaje de Brittany en pie) y Trudi la luna, la luna omnipresente, que vela por los sueños de los durmientes.
Este es el truco de Morgan S. Moorfield: la anatomía de un sueño. Y, como un pequeño bono, también hay un juego: todas las canciones citadas en el libro son de grupos con la letra M precisamente por el nombre de la autora, y la canción que rompe el esquema, la de Sophie Zelmani (esquema roto que también es pista de que algo está a punto de cambiar en el asilo; foreshadowing de la muerte onírica anunciada) coincide con su segundo nombre, Sophie, así que no podemos tomar nada por sentado en esta anatomía de un sueño, por la cual Moorfield nos guía. Querer revivir esa noche o no ya dependerá del lector.