Friday, January 28, 2011

But remember, Miller: these people are not your friends

Es uno de esos momentos donde estamos yo y mi computadora juntos ociando, y no sé si sea el hecho de que las baladas que estoy escuchando (he pasado de Ryan Adams a White Lion) me ponen de ese humor extraño, donde no sé muy bien qué pensar, donde Facebook ya me comió la mitad del cerebro.
En algún momento, en el límite de la cursilería que soy capaz, puse una foto en donde etiqueté a varias personas para que me dedicaran una canción, entre ellas gente de mi familia, gente que yo consideraba cercana, y, claro, mis mejores amigos. Ahora, no es para reclamarle a tal o cuál que no me ha puesto nada (yo los conozco, sé quienes neta se olvidaron, y lamento decir que la mayoría fueron primos, familiares) sino más bien es para prestar atención a ciertas personas que lo hicieron y que, ahorita que lo pienso, estrictamente, no tenían la obligación: son gente a la que apenas conozco, algunos ni siquiera los he visto en persona... y, aún así, han demostrado una cercanía conmigo que, en el fondo, me conmueve porque soy una chillona patética.
Gente que me ha llamado hermana, como mi mejor amiga desde la primaria, Lady Goodman, que fue mi hermana desde que nos fuimos juntas a Canadá. Que planeamos nuestras vidas de tal manera que aún recordamos nuestros sueños tan vívidamente como recordamos nuestra realidad: conciertos en la escuela que nunca existieron, ensayos con una banda que nunca fue. Cuando nos separamos, que ella se fue a vivir fuera de la ciudad, juramos reencontrarnos con la rola del Tri: Las piedras rodando se encuentran, y tú y yo algún día nos habremos de encontrar. Ya nos reencontramos, y es muy divertido reconocernos, recordar.
Gente por la cual metería mis manos al fuego, como mis amigas de la freak table (me falta etiquetar a una, pero es antisocial y no tiene ni blog ni twitter). Esas amigas que conocí desde la secundaria, pero me junté más con ellas en la prepa, y prácticamente han tenido que aguantar mis transformaciones de la freak que se vestía medio punk-hispánicas con los gustos de música raros... a la hija del glam y de David Bowie que tiene gustos de música raros. De veras que con ellas me he reído, mucho, muchísimo, mucho más que entristecerme (y he dicho muchos albures) y eso les tengo que agradecer; que me hayan hecho la vida leve y alegre con su sola presencia.
Gente con la cual he platicado de millones de cosas, como mis amigos de la universidad: gente que me ha enseñado cosas nuevas, como Paradoxical Phoenix (que ya ni escribe en su blog y por eso no la linkeo), gente que ha cumplido mis sueños indirectamente, como el Arquitecto de Tinta y nuestro intento de banda; a mis cuates eternamente futboleros que soportan mi comportamiento de fan (mi amigo Gerry que cada vez es más cercano); y a los que cumplieron mi otro sueño Almost Famous y me volvieron reportero de música: mi Lester Bangs Stevie, y mi Ben Fong Torres, Mr. Pitacoatl. Gente que admiro como a mi siempre respetada y querida Gabee. Todos ellos son importantes en mi vida, gente a la que le agradezco que esté conmigo.
Y, como no puedo evitarlo, haré una pequeña lista de estas personas nuevas que se han unido a mi vida, gente que me recuerdaa a la filosofía de Ted Nugent: Hay que comer bien, dormir bien, rockear bien, y juntarse con gente buena.

Akasha. Nos conocimos por casualidad, cuando yo estaba trabajando en una revista virtual. No supimos si fue nuestra manía de hacer chistes manchados, nuestras pocas ganas de andar brincoteando por el espacio escultórico de la UNAM (algo que se le había ocurrido a nuestra directora que sería muy divertido) o el hecho de que ambas queremos con Bruce Dickinson. El chiste fue que, después de un rato, no nos podíamos dejar de reír, y yo siempre he apreciado a cualquier persona que se pueda reír conmigo. Mi socia, como le digo, también se ha asociado con mi queridísima Engel, y, por lo que veo, son un par absolutamente adorable y lleno de Facebook statuses de antología. Es una persona luchona, perseverante, valiente y sin pelos en la lengua (pero sí un chingo de albures) y eso le admiro. For the ones about to rock, I salute you.


Armand
. Lo más cercano al hombre de mis sueños (ay, sí). Sé que exagero, pero francamente es muy curioso que un cuate quien se dedica a tocar violín y goza de cierta fama se haya puesto a platicar conmigo... y que me haya cobrado cariño, hasta el punto de mandarme sus discos dedicados con todo y saludos de su mujer. De hecho, él me mandó una grabación de él tocando el Happy Birthday para mi cumpleaños. Él, junto con otra mujer llamada Rejyna-Douglass Whitman, siempre me dicen que soy una persona valiosa que hago feliz a la gente. Se equivocan. Ellos lo son.

Wendy. Al trabajar en la escuela en la que ya no estoy por ciertos problemas que tuve al manejar al Junkie y al Bipolar, tuve el gusto de conocerla. No sé si sea por mis antecedentes de amistades con profesores, pero a mí me gustaba platicar con los niños que no eran mis alumnos a la hora del recreo. Ahí conocí a Wendy, quien me pedía dinero para chicles. Dado que yo también soy adicta a ellos, le prestaba lana. Cuando me fui, como dijo mi madre, había durado demasiado poco como para que los niños me extrañaran. Y, aún así, cuando tuve que volver a dejar algunos papeles, Wendy siempre corrió a abrazarme y a decirme que me extrañaba. Este viernes salimos, y debo decir que me la pasé muy bien con una niña que es once años menor que yo, y que, además de sentirme orgullosa de tener su amistad, me siento orgullosa de que una niña de doce años tenga un criterio tan amplio como ella. Nena, Don't Stop Believin'.

Dakota. En algún momento de la vida reseñé a Tokio Hotel, porque, como bien saben, yo le entro a todo. Así fue como conocí a esta chica. Ella, en vez de romperme la jeta por no haberle puesto una buena calificación en la reseña a la banda, sólo me dijo que si quería que me pasara las grabaciones alemanas. Yo acepté y me puse en contacto con ella. Ahí conocí a una adolescente, a una quinceañera, que no sólo era devota de la banda, pero definitivamente dulce y que empezó a profesar por mí y por mi negocio de crítica de música mucha admiración. No sé si es porque el hecho de tener hermano hombre significa que no soy muy admirada, pero cuando me llamó "hermanita"... me conquistó. Otra a la que también le recomiendo que no deje de soñar.

Kiddieriot. De la gente que conozco en Twitter, él fue mi follower. Desde el primer momento me llamaron muchísimo la atención sus tweets de música, sobre todo por la cantidad de bandas que él mostraba conocer. De hecho, después de un rato me daba pena que él fuera mi follower, pues yo sentía que mis tweets no tenían la calidad musical de los suyos (que ni le llego). Sin embargo, si no me daba unfollow, era por algo. Eso se me hizo chido. Luego me enteré de que le encantaba el glam, y nos pusimos a platicar de eso. Me cayó aún mejor. Luego me perdonó mis imponderables, como Rammstein y U2... y bueno, me cayó super bien. Ahora que ya nos conocimos en persona, y que hemos platicado sin parar, puedo decir, sin temor a equivocarme, que Kiddieriot tiene el 99% de mi amistad (el otro 1% es envidia corrosiva porque él tiene un vinil de Comus y yo no).

Caroline. La culpa la tuvo Holanda. Perdió, y decidí, tras felicitar a mis amigas freaks españolas, pasar un rato deprimida viendo fotos de mis holandeses adorados. Bien, pues por alguna razón caí a un foro. De ahí, al LiveJournal de esta chica. Y, cuando vi una sobredosis de Edwin van der Sar, supe que me tenía que poner en contacto con ella para que me dejara ver el resto de su Journal.
Y vi que teníamos mucho, demasiado en común, no sólo el futbol: la literatura, ciertos gustos que nos dan problemas, un toque de timidez. Al poco rato, estábamos platicando como viejas amigas. De hecho, ella es la de la célebre novela. Es una persona que tiene toda mi confianza y todo mi cariño y todos mis rants de fútbol; una persona que ha logrado entenderme a pesar de que nunca nos hemos conocido. Que algo bueno tenía que tener la derrota de Holanda.

Damn, I love you all.

Monday, January 24, 2011

Crazy Bitch Abroad p. 8: La Dolce Last Day

Because nothing lasts forever, not even cold November rain, llegó el día final del tour. Triste, triste vida, sobre todo para mi hermano, quien había pensado que ese día libre podría servir para gastar dinero en mercancía del AS Roma. Pues bien, como dije en la entrada anterior, no se pudo, así que nos pusimos a pensar que hacer con nuestro tiempo libre. Y como el tour nos había ofrecido una visita a toda la Roma Imperial (o sea, Coliseo y anexas) por un módico precio, decidimos que sería buena idea ahorrarnos ese dinero y hacer el paseo por nuestra cuenta. A ese plan se colaron los argentinos: les digo, amiwis.
Nos ahorramos la despertada temprana y tomamos el autobús rumbo al Monumento de los Saboya: una maravilla blanca de quién sabe cuántos pisos, que tiene una panorámica bella de Roma... y chingo mil escalones. Mi madre, que tiene no sé cuántos problemas del pie, aún así se aventó a subirlos todos. La vista valió la pena, definitivamente, pero francamente, tanto subir esos escalones como bajarlos fue toda una proeza.
De ahí, caminamos derechito hasta el Coliseo, que se levantaba ahora frente a nuestros ojos limpiecito y sin cohetes. Por esa avenida, había como mil bandas de peruanos tocando música y hasta unos indios americanos. Y, al final, el Coliseo, como vigilando todo...
Con una cola de como veintemil cabrones esperando afuera. Tenía que ser. Para colmo, también muchos rondando por ahí, ofreciéndote tours. Con la cosa de que puede ser tranza, ni cómo hacerle.
Así pues, nos metimos a la fila, haciéndonos bolas entre gente de variadas nacionalidades. Por ahí se nos acercó una mujer que nos dijo que si queríamos un tour guiado en español, nos salía a cuatro euros más. Ahí vamos a pagar los cuatro euros, y cuando al fin llegamos a la caja, la madre de los argentinos estaba esperando ver ahí al guía hispanoparlante que nos daría el tour.
Oh sorpresa. Los cuatro euros eran para una guía automatizada a la que había que andarle picando quién sabe cuántos botones para que te hablara en español europeo. O sea, la verdad daba igual, sobre todo porque en lo que cuidabas el botón correcto del pinche telefonito ese e intentabas seguir el croquis del mapita que te habían dado en la caja, no te enterabas de nada. Sobre todo cuando hablaron de las murallas de traventino (y eso, ¿qué chingados es, después de todo?) y cuando hablaron del arco de Constantino. Mucho tardé en ver que el arco se encontraba AFUERA del Coliseo, y que lo tenías que ver por una ventana. Por eso, ya al final ni estaba escuchando la pinche audioguía y mejor dejé mi imaginación volar a gusto, pensando en todo el tiempo que habría pasado por el Coliseo...
Cuando terminamos, lo primero fue una visita al baño (había grafittis de todos lados, incluyendo una guerrerense que puso Viva México Cabrones, en la plenitud de la naquez) y luego nos separamos de los argentinos para ir a Via Veneto, donde está el Café de París: todo con tal de no perdernos ninguno de los detallitos de Fellini.
Aunque, antes de ir para allá, mi hermano insistió en
Sin embargo, en cuanto llegamos a la calle, mi estómago y mis ojos se posaron en un pastelito de chocolate que se veía espectacular. Mis padres coincidieron en el hambre y, tras ver unos sandwiches bastante antojables en el mismo lugar, decidimos sentarnos a comer.
Nos atendió un mesero con fachita de Ewan McGregor que, francamente, era lo más apetecible de todas las viandas que vimos (naca). No le quité la vista de encima por al menos la mitad del tiempo de la comida, y... bueno, creo que él se dio cuenta, pues tras mi sandwich y mi pastel de chocolate que estuvo de lujo con helado de vainilla, él nos entregó el ticket y me di cuenta de algo.
En la carta, el pastel CON HELADO costaba 6 euros. En el ticket decía 4 euros. O sea, no me habían cobrado el helado. Favor que me hacen. Yo no sé si el muchacho se sintió halagado de las longing looks que le echaba, o si simplemente se le pasó que el pastel tenía helado. Me gustaría pensar que fue la primera.
De ahí, caminamos al Café de Paris, con fotito obligada. Seguimos bajando por la Via, llegamos al Hard Rock Café, donde tenían la guitarra del chavo de Counting Crows y de Everclear. Porque en Europa sí saben lo que es bueno.
Caminando, caminando, llegamos a la Piazza Spagna, que queríamos ver (o al menos yo) por dos razones. Uno: tenemos esa plaza dibujada en un rompecabezas. Dos: ahí murió John Keats. Sí, soy una geek y qué.
La plaza nos ofreció una vista de la avenida con las boutiques más lujosas, saturada por las rebajas. Caminando por ahí, mirando los aparadores incomprables, nos volvimos a encontrar a los argentinos. Nos separamos de nuevo, quedándonos de ver para cenar en el hotel, y mi familia y yo caminamos hasta la Piazza del Popolo, en el camino encontrándonos con un puesto de periódicos donde eran hinchas de la Roma y felicitaron a mi hermano por tan buena opción.
Pasamos por varias boutiques... pero o estaban cerradas, o ya no tenían nuestros jerseys. Doloooor.
Cuando llegamos a Piazza del Popolo, la escena para mí ya tenía un poco de surrealista. La plaza está como hundida, y alrededor puedes ver la ciudad, un poco elevada. Un tipo tocaba "Nothing Else Matters" con su guitarra eléctrica, ayudándose con la grabación.
En ese momento sentí algo extraño: como la anticipación de la despedida, la nostalgia al saber que te tienes que ir. Casi casi me tiro de rodillas en la Piazza, gritando: ¡No, no quiero regresar a México! ¡No quiero!
Pero all things must pass. Regresamos al hotel en el taxi más caro de la historia, pero ya no podíamos ni caminar y todo estaba llenísimo. Lo bueno fue que el taxi traía el radio y pasaron "Free Fallin'" de Tom Petty. ¿No digo?
Llegamos al hotel, cenamos ahí con los argentinos, volviendo a brindar por México y Argentina. Mi hermano y yo terminamos la velada en el cuarto de Emmanuel y Soraya, y piensen lo que quieran, que vale madres. Tan sólo aprendimos más groserías en argentino.
No tengo que decir que a la mañana siguiente estábamos de pie ya como a las 4 de la madrugada para tomar el avión de regreso. Que yo estaba sugiriendo mejor tomar un avión a Alemania. Que al menos ahora sí me dejaron escuchar música en mi celular y que el retrasado mental de mi lado estaba intentando MANDAR UN MENSAJE, el muy terrorista. Que cuando llegué me di cuenta de que la ciudad huele feo y a smog.
Semi-charmed life. Ya recibí el llamado de los viajes: mi sagitario enloqueció. Necesito un nuevo trabajo. Help?

Monday, January 17, 2011

Crazy Bitch Abroad, pt. 7: O perdida en terreno santo

En el episodio pasado de las aventuras trasatlánticas, llegamos al hotel sin que yo pudiera ver a Aphex Twin, con los pies doloridos y, lo que es peor, sin un par de argentinos que se suponía tenían que regresar al hotel con nosotros. Talk about trouble. En la mañana intenté marcar al su cuarto, pero fue número equivocado. O sea que, además de que aún no sabíamos si habían regresado o no, no se manejar los teléfonos de los hoteles.
Mi familia y yo bajamos al comedor. Los papás de los argentinos solos. Creo que por un momento tuvimos la impresión de que se iban a ir encima de nosotros sin piedad porque sus hijos habrían aparecido en la lista de daños de año nuevo de las noticias mañaneras. Pero nada de eso pasó.
Antes de que pudiera decirle a mi madre de que quizá los argentinos no se habían enterado de nada, mi mamá ya había confesado su gran falta a su mamá. No sé si a la señora le iba a dar un infarto, porque en ese momento bajó la chica, Soraya, todavía bostezando. Antes que nada, nos dio el abrazo de Año Nuevo y, tras preguntar a dónde habíamos quedado, nos dijo, muy campante: "Uy, Emmanuel [su hermano] y yo encontramos un lugar en donde no nos llovían fuegos artificiales en la cabeza y además se veían muy bien. La verdad, fue un espectáculo precioso. Cuando acabó, pues nos regresamos al metro."
O sea, no sólo no se habían "perdido", sino que además se divirtieron más. #fail. En fin, que lo único que quedaba por hacer era alistarse para la excursión al Vaticano.
Llegamos, enmedio de una procesión de gente de muchísimas nacionalidades distintas, a cual más exóticas: Somalia, Irán, Chipre. Monjitas de todos los lados menos católicos que uno se pueda imaginar. Detrás, una procesión alegórica en donde iban tocando... bueno, disculpen mi ignorancia de las melodías sacras, pero a mí me sonó a la sección de metales de "You Can Call Me Al". Ya me estaba preguntando yo a qué horas iría a salir Paul Simon, cuando de pronto fuimos guiados al centro de la Plaza de San Pedro, rodeados por la multitud. Ya ni para entrar ni para salir... íbamos a recibir, sí señores, la bendición papal.
Nos quedamos, pues, viendo la procesión, donde, por cierto, los músicos eran hermosísimos... y ni qué decir de los púberes vestidos como monaguillos. Sus caritas pálidas, como talladas en mármol, con sus ojos azules, azules... ¡que me maten si esos niños no iban a llegar a mi edad siendo lo más cercano a ángeles! Ay, yo en terreno santo y pensando porquerías...
Se encendieron las pantallas, mostrando la misa previa a la bendición. En ese momento, me puse a pensar... ¿qué hace la gente en los casos de bendición papal? ¿Baila pogo-slam católico? Con tanta gente, bien podría ser una opción. ¿Hay que gritarle al papa cuando se asome? Es que yo multitudes sólo en conciertos...
Lo mismo parecía pensar el papá de los argentinos, que se puso a murmurar: "Olé, olé olé olé, Bene-dictuuuus" tipo concierto. No es por nada, pero se me hacía buena opción.
Al fin cambió la imagen en las pantallas. Entonces se abrieron las ventanas papales. Y... sí, vi al Papa Joseph Ratzinger (no me acostumbro a decirle Benedicto XVI). Y nos dio la bendición (me tuvieron que decir a qué hora, porque yo ni idea tenía). Así pues, ahora tengo una pulsera de tianguis bendita. O al menos eso espero. Yo creo que las bendiciones no discriminan la joyería chafa, ¿o sí?
Se acabó el asunto, pues, y salimos de la plaza de San Pedro, yo sin saber qué pensar de la experiencia, a menos de que la consideremos como "rollo exótico". Francamente, me tenía más convencida de la existencia de una deidad San Gimigniano, pero bueno. Que aquí hay pluralidad de fes.
Hicimos una pausa para comer, y luego volvimos al Vaticano, ahora para entrar a la catedral. Tuvimos la suerte de que nos tocara un guía especializado en el Vaticano y en herejías. Que si el diablo vivía ahí antes de que Juan Pablo II lo exorcizara, que si los soldados suizos estaban sólo interesados en el dinero, en su curriculum y que si eran gays... bueno, por algo no lo dejan entrar a la catedral, ¿no?
Cuando entré, la verdad, tengo que decir que aunque es un lugar tremendamente impresionante, no pude dejar de pensar en que quizá, si picaba el dedo de la estatua de Urbano V, aparecería el switch que me llevaría a los archivos secretos de la iglesia. Eso me tuvo distraída un buen rato: eso y encontrar la tumba del Papa mujer cuando bajamos a las tumbas. No, bueno conmigo.
No pudimos entrar a la Capilla Sixtina, que estaba cerrada por Año Nuevo, así que, tras la visita, teníamos dos opciones: ir a una excursión con el grupo o tener la tarde libre... y, por alguna razón, los argentinos y mi familia optamos por la aventura.
Decidimos, Felliniosos, que sería buena onda ver la Fontana di Trevi. Ok. Ahora, ¿cómo llegar, si sólo hay dos líneas de metro en Roma y ninguna llega al Vaticano? Pues nimodo, caminando del Vaticano a la estación de metro más cercana. Lo que significó caminar mucho... y salir de la estación, y caminar aún más...
No sé por qué, pero en ese momento me empezó a dar hambre, mucha hambre. Y la Fontana ni sus luces. La verdad, yo empecé a pensar que estábamos perdidos, más porque Emmanuel nos iba guiando y ni se detenía a preguntar.
No sé en qué calle dimos vuelta y nos topamos de frente con una multitud... una pinche multitud enorme que miraba a una pared... La Fontana. La Fontana di Trevi en toda su magnificencia. De veras que sí está para querer bañarse en ella. Tan amplia, tan azul, tan... jodidamente romántica. Uno de los mil hindúes que hay vendiendo porquerías prácticamente me injertó una rosa en la mano que luego me quería cobrar.
Desgraciadamente, yo no tengo a Marcello Mastroianni, así que me tuve que contentar con lanzar mi moneda a la fuenta. Cayó. Algún día volveré a Roma, pues.
En ese momento, hablando de Roma, mi hermano quiso ir a buscar la tienda de ese, su equipo favorito. Ahí sí tuvimos que preguntar. Vueltas y vueltas hasta dar con la dichosa tienda.
Oh, dolor: estaba cerrada. Mi hermano casi cae al suelo y empieza a flagelarse. Ni siquiera para visitarla a la mañana siguiente: la tienda abría hasta el lunes, día de nuestra partida. Traté de consolar a mi hermano diciendo que podría hacer un documental desgarrador sobre un pobre diablo que viaja hasta Italia sólo para ver esa tienda y la encuentra cerrada, pero no me hizo mucho caso.
Al fin paramos en una pizzería, porque yo moría de hambre. Aún así, Emmanuel amenazaba con seguir caminando tras la cena. Afortunadamente, una lasagna después, dijo que no, que ni que estuviera loco (ah, ¿no?). Por cierto, la cena estuvo muy divertida, con nosotros enseñándoles malas palabras mexicanas a los argentinos y de regreso. Por cierto, que también nos contaron aventuras de sus viajes anteriores, y mientras Emmanuel y mi hermano estuvieron de acuerdo que las mujeres más hermosas eran las italianas, Soraya me aseguró que los hombres más hermosos eran los holandeses. ¡Si ya decía yo...! El fut no miente.
Regresamos en un taxi, porque ya ni teníamos fuerzas. Día libre, el siguiente. El último. Dolor, dolor. ¿Quieren saber qué onda? Stay tuned.

Wednesday, January 12, 2011

Crazy Bitch Abroad, pt. 6: It's all crazy on New Year's Day

O cómo pasamos de lo llanamente sublime a lo ridículo. Así es. Del aura irreal de San Gimigniano, a un desmadre digno del zócalo capitalino pero en región 1.
Pero me voy adelantando. Regresemos a donde me quedé, que fue en el autobús paseándose alrededor de la Roma nocturna iluminada. De ahí, llegamos al hotel, un hotel muy bonito, pero un poco lejos del centro de la ciudad (mas tarde me enteraría que estábamos en un barrio lleno de simpatizantes de la Curva Sud, la porra del AS Roma, el equipo de mi hermano, por los graffitti). Nos dejaron a toda prisa y nos dijeron que nos arregláramos, pues la cena era a las ocho.
Eran las siete y media de la noche. Obviamente, yo no planeaba llegar a la fiesta toda sudada y puerca de un día de caminata. Obviamente, yo quería bañarme. Obviamente, llegamos a la cena media hora tarde; todos los demás ya estaba ahí. O se bañaron muy rápido, o... ¡puercos!
Nos sentamos con los argentinos (ay sí, amiwis). La cena consistió en lentejas en tinta de calamar, con frutti di mare (que, por llegar tarde, ya no me tocaron; y si se preguntan por qué lentejas, los italianos las comen, pues simbolizan prosperidad); pasta y pescado almendrado.
Nosotros estábamos muy bien, brindando por México y por Italia, cuando de pronto que se escucha mucho revuelo en otra mesa, una de unos brasileños: no los nuestros, sino los del otro grupo de turistas (mind you, su guía era IDÉNTICO a Jean Reno). Una chava brasileña gritaba que le habían aventado la comida, que eran unos groseros y que no estaba dispuesta a pagar nada (claro, lo único que cobran son las bebidas, y su mesa estaba saturada de ellas). La gresca subía de tono... y mientras, los poblanos lo grababan. Priceless.
En fin, que hasta Jean Reno llegó y argumentó que no planeaba discutir en Año Viejo... y menos si una chica no quería pescado (esa era la versión). Nuestro grupo aplaudió. En eso salió a la defensa de los brasileños gritones un tipo que quién sabe que discurso se aventó porque los poblanos y su omnipresente cámara me tenían distraída. El chiste es que el otro grupo aplaudió y todos se levantaron siguiendo el ejemplo de no pagar.
Pocas mesas nos quedamos. Acá nos sentimos tan mal que entre los argentinos y yo ayudamos a los meseros a recoger la mesa.
Cuando pasamos al lobby, había clima Ke$ha. Everybody wanted to hit the city, nosotros incluidos, sobre todo porque era el cumpleaños de la quinceañera, que se estaba volviendo quinceañera oficial. Tras pensarle no mucho, decidimos que sería buena idea ir al concierto de un tal Claudio Baglioni, pues pintaba para estar a gusto. Bueno, yo quería ir a Aphex Twin, pero confiaba en que de ahí nos podríamos lanzar, pues no tenía pinta de empezar temprano.
Ahí empezaron las cosas. Que unos taxis para llevarnos. El problema es que éramos como más de 20, pues estaban la cumpleañera, su papá, los chicos argentinos, mi familia, los poblanos, los angelinos, la pareja del DF que había hablado con nosotros y los cinco brasileños de nuestro grupo.
Los taxis salían a 50 euros y nos dejaban sólo hasta el metro. Mal. Entonces decidimos caminar a la estación, pues nos habían dicho que era sólo un kilómetro.
Error. Esos kilómetros se convirtieron en TRES. Nuestra peregrinación multicultural salió cantando hasta canciones de posada (la quinceañera y yo poniendo el desmadre) guiados por los brasileños, que traían un mapa. Cuando al fin llegamos al metro, tras recorrer quién sabe cuántas calles graffitteadas y ver a una puta (que, según mi hermano, no estaba mal) llegamos a la famosa estación del metro.
Y que vemos a unos hooligans afuera. Eran hooligans, pues hablaban en inglés. Una chica colgada de un poste les tomaba fotos y todos ellos rugían con sus botellas como si acabara de ganar (inserte equipo inglés aquí).
Pasamos entre ellos. Lo siento, amantes de la acción: ni nos pelaron. De ahí, todos entramos al metro.
Cuando al fin llegó el vehículo, estaba más graffitteado que pared de callejón tepiteño. Pude ver como hasta los connacionales conocedores de la estación Pino Suárez temblaron. Pero aún así, entramos. A la siguiente estación fuimos sepultados por un alud de italianos y aplastados peor que a la hora pico mexicana. Al menos eran guapos... y gritaban como poseídos canciones navideñas.
A gritos nos dimos a entender que la estación para bajar era la del Coliseo. Bueno, la verdad, yo sólo quería bajar y preguntar por donde iba a estar Aphex Twin. Así pues, allá vamos.
Bajamos a empujones. Tal parece que todo el mundo se dirigía al Coliseo. Cuando al fin salimos, el coloso de piedra se erguía majestuoso ante nosotros...
Y nos empezaron a caer cohetes, que sonaban como cabronas bombas. En serio. La escena parecía sacada de la Segunda Guerra Mundial, sólo que con italianos ebrios hasta morir, abrazados de postes. Ni para ligar.
Como estorbábamos el paso, los brasileños nos guiaron a un lugar, según ellos, más seguro. El problema es que para llegar allá tuvimos que pasar por un camellón que parecía campo minado. Cuando al fin encontramos un espacio vacío para ver las luces en el cielo, ya la niña angelina estaba llorando, mi hermano y yo respingábamos ante el chiflador que casi nos vuela la cabeza... y, peor aún...
HABÍAMOS PERDIDO A LOS ARGENTINOS.
Mi papá intentó organizar una especie de grupo de búsqueda entre la multitud italiana que le daba un aire a la del Zócalo. Los brasileños optaron por huir. Otro chiflador convenció a mi familia. Ahí vamos, de regreso al metro.
Cuando volvimos a entrar, nos agarró la siguiente dificultad: necesitábamos cambio para el boleto de regreso. Pues nadie traía. En ese momento dieron las doce...
¡A cubrirse la jeta! Empezaron a volar corchos, las canciones ya parecían porra futbolera, una chica se resbaló y casi se parte la madre. Los italianos corría en estampida fuera del metro, gritando, celebrando. Año Nuevo.
¡Feliz 2011! Ahí nos tienen a todos, abrazándonos en la entrada del metro, buscando cambio, esquivando a los italianos que se saltaban la salida, viendo al abuelito poblano tomar otro millón de fotos, mi madre histérica por los muchachos argentinos, esperando que volvieran al metro. Nada.
Ni entrábamos, ni salíamos, ni nada se hacía, hasta que en una de esas, las dos puertas de como acrílico que franqueaban la entrada se abrieron, y mi papá, en la actitud más outlaw que le he visto, se puso enmedio de ellas, abriéndolas para que todos pasáramos. Breaking the law!!
Ahora había que bajar en sentido contrario a la marabunta, que seguían subiendo. Un italiano que iba hasta las chanclas nos gritó en la jeta AUGURI! y casi noquea como a tres a la hora de saludarnos, mientras estaba a punto de rodar por las escaleras. Impresionante.
Volvimos al metro. Afortunadamente, ahora iba casi vacío, excepto por un grupo de chicas PEDÍSIMAS, de esas que ya ni sienten nada (una de ellas se había cortado con la botella de vino, y ni en cuenta) que cantaban algo sobre irse a embriagar a la cantina, que, para enfado de mi madre, se nos pegó a mi hermano y a mí por el resto del paseo.
Salimos a una estación de metro diferente, que, según esto, estaba más cerca del hotel. Otra vez a caminar por rumbos bastante extraños. Ah, I've been around the world, and I've seen the worst and the best! En ese barrio, la niña angelina se encontró un Ipod, de un departamento medio feo sonaba una cumbia (¿compatriotas?) y unos cuates borrachísimos, al ver nuestra caravana, nos gritaron felicitaciones desde el balcón. Priceless.
Llegamos sintiéndonos peor que P. Diddy, por seguir citando a Ke$ha. Mi hermano y yo pensábamos en reintentar una búsqueda de los argentinos, mas el cansancio era demasiado. ¡Dos argentinos perdidos en Roma! Lo único que nos quedaba era esperar...
¿Regresarán los argentinos? Lo siento, pero que se quede el suspenso. Lo único que debo decir es... que... ¡cómo me pesó no haber llegado nunca a Aphex Twin!

Saturday, January 08, 2011

Crazy Bitch Abroad, pt. 5: Light my candles, in a daze 'cause I found God

Fin de año. Levantarnos a las 6 de la mañana sonaba absolutamente obsceno: más porque el desayuno en el hotel de Florencia siempre se distinguía por ser conflictivo, con el jugo desabrido y los poblanos ocupando todas las mesas. Una mesera se quejó del hecho de que nadie se quisiera sentar con ellos y mi mamá le reclamó los malos modos. La mujer se disculpó. Empezamos bien.
Me iba durmiendo en el camión cuando el guía anunció "la llegada a la ciudad medieval de San Gimigniano". Yo sólo vi un estacionamiento, y uno de esos supers chidos italianos llamados Pam, junto con muchas estructuras tipo castillo.
A subir, escaleras y escaleras. Yo, como iba medio dormida, estaba a punto de quejarme... hasta que llegamos a la puerta de la ciudad.
Me quedé helada. Un letrero en una pared decía Birreria-Osteria Avalon.
Avalon. Indeed. Frente a mis ojos se extendía la vista más celestial que mis ojos hubieran contemplado. La campiña toscana, cubierta con una mezcla de niebla y nubes, aún así, dejando ver las casitas solitarias casi de fantasía paisajista, los árboles de verde profundo contrastando con el pasto, que era de un verde más claro: los caminos terrosos de color sepia como las venas pulsantes de la huida que se perdían en el horizonte... Y arriba, el cielo y el azul, con una herida blanca transversal: ¡los Alpes italianos! Ya estoy como Rubén Darío. De veras que en ese momento no deseaba otra cosa más que un cuarto en la Osteria Avalon, mi cerveza y mi pizza, para sentirme como el Rey Arturo, de frente ante lo más cercano al cielo.
Entramos a la pequeña ciudad. Caminos de piedra, todo torreones a pesar de las señales de modernidad, como internet y tiendas de souvenirs. Un pozo seco a media plaza, donde hay una charola llena de euros que todo el mundo lanza para pedir un deseo. La iglesia. Las escaleras, que terminan en una especie de nido del cuervo, un puesto de vigilancia antiguo, donde la vista hace sentirse a uno el dueño de la Toscana nebulosa entera, que hace a uno ver la amplitud del mundo...
I found God there.
Aunque uno no tiene ganas de partir, de ahí fuimos a Siena-también amurallada, la catedral pintada contra el cielo y rodeada por aves. Es una ciudad tan medieval, también, que no dejan entrar coches que no sean de los residentes, y el estadio, que tan normal se ve en la tele, es un huevito.
Caminamos por las callecitas, todas hacia abajo como embudo, hasta llegar a la plaza central, donde se celebran las carreras de caballos y donde esa noche, por el fin de año, habría un concierto. Una plaza elíptica, rodeada de cafés y restaurantes bajo el cielo azul y ante la mirada omnipresente de un campanario. Toda una fantasía.
Volvimos al camión para llegar a Roma, que nos esperaba, nocturna: un tour de la ciudad iluminada para luego llegar al hotel y asistir a la cena de fin de año que nos habían preparado.
No puedo describir la belleza del Tíber con las luces reflejadas en su superficie, del Coliseo, del monumento a los Saboya... Roma, Roma de noche...
Claro que, en ese momento un letrero me llamó la atención. ¡Aphex Twin en concierto para fin de año! ¡Eso es, cretinos! ¡Me largo a ver a Aphex, como de que no!
Pero, para eso, había que ir al hotel a cenar. Así pues, el camión se dirigió hacia allá... pero Nochevieja merece una entrada aparte. No se pierdan el siguiente capítulo de esta apasionante serie.

Friday, January 07, 2011

Crazy Bitch Abroad, pt. 4: Material Girl

Florencia, la ciudad de los Medici, llena de cultura, de museos, de maravillas. Y yo, que soy una cínica y me la pasé mejor en la baba. Pero empiezo.
Nos levantamos temprano y enfilamos rumbo a orillas del Arno, pues se trataba de visitar la ciudad a pie. Pues nos recibió una llovizna helada y pertinaz: obviamente, en lugares como Italia, una agüita que aquí sería mojapendejos allá te hace sentir profundamente helado y pendejo. Y pensar que la visita era a pie.
Vimos la iglesia de no-recuerdo-qué porque me estaba congelando: sólo sé que tenía una estatua de Dante (Alighieri, OBVIO) afuera y que todas las explicaciones me recordaban a mi clase de historia del arte. A favor, debo decir que me di cuenta de que aprendí bien: muchas curiosidades que mencionaba la guía local yo pensaba: ya me la sabía, ya me la sabía...
Me gustó Santa María dei Fiori, con la italianita que nos gritó "México ra ra ra", su puerta con retablos con imágenes bíblicas (uy uy uy, me creo mucho porque reconocí todos los pasajes, alguien pégueme), su reloj de las horas canónicas... y la jodida grabación que resuena por toda la iglesia diciendo: "SHHH, SILENCIO". Juro a quien no sepa que es una grabación lo mata de un infarto. Hasta la propia guía confesó haberse espantado la primera vez que la oyó.
Como media hora libre antes de entrar al Museo de la Academia, para ver el famoso David. Mi hermano y yo ya teníamos plan: habíamos visto una tienda de deportes por el camino... y obviamente estaba en nuestra idea gastarnos algunos euros. Mi hermano se compró el parche de Campeones del Mundo para su playera de Italia: desde cuando la venía persiguiendo. Yo, por lo pronto, casi muero al ver un jersey vintage de Pavel Nedved en la Juve, el amarillo. Corrí hacia él, mas mi natural torpeza hizo que, en el camino, tirara otro jersey. Lo levanté, bastante apenada: al verlo, me di cuenta de que era un jersey de Van Nistelrooy, cuando él estaba en el Real Madrid. Dos hombres lindos en dos jerseys. Decidí colgarlo... y mi trío de amores se completó, pues ahí estaba el jersey inconseguible de Van der Sar, el morado del Manchester United, talla chica.
Me temblaron las manos. 85 euros. Y yo que sólo traía 50, pues mi madre se había llevado el resto. Casi me pongo a llorar. Acabé consolándome con un llavero de la Juve (ah, el jersey de Nedved ni siquiera estaba en venta) y una pluma de la Fiorentina, sólo para hacerle honor a Florencia.
De ahí, a salir corriendo, pues ya hasta el guía nos estaba buscando: ya era hora de entrar al Museo de la Academia.
Les diré: el David, y punto. Nada más. Díganme lo que quieran, pero el David se cierne sobre las pinturas, las esculturas incompletas del mismo maestro, como el monarca indiscutible. Una vez que uno lo ve en su masiva monumentalidad (invento neologismos), un monolito marmóreo, con las venas y los tendones pulsantes (eso fue lo que más me impactó) lo demás aparece simple, comprensible, no tan trabajado como el detalle de una simple vena en el brazo del defensor de Florencia. De hecho, está prohibido tomarle fotos (a pesar de que un pinche japonés gandalla se aprovechó de la distracción de los guardias y le tomó como mil). La quincerañera del tour intentó tomarle una foto y se llevó una regañada: así pues, yo me escondí detrás de una columna y le tomé la foto con el celular, a escondidas. Definitivamente no se aprecia todo lo que he mencionado de la escultura, pero es el recuerdo del David. (Por cierto, ése era el hombre desnudo que dije).
Ahora al restaurante. Tras la experiencia con la suela de zapato y los eurotraileros, yo temía por mi estómago. Afortunadamente, ahora la ocasión fue feliz: el fusilli que comimos tenía salsa de tomate al perfume de aceituna (aunque fue demasiado para mí, que no me gustan las aceitunas) y el lomo de cerdo era suave y jugoso. Todo bien regado con cerveza. Excelente.
Salimos... buscando boutiques. Desgraciadamente, fuimos al lado opuesto de la tienda de deportes. Adiós mi amado jersey... me consolé pensando que lo podría encontrar en Roma (lo que, mind you, como verán, fue un error. Si alguien me quiere regalar un jersey de Van der Sar, se los agradeceré mucho).
Caminamos buscando Energie-Miss Sixty, pues mi hermano quería ver qué se compraba de la primera. Lo que encontramos primero fue Miss Sixty. Según yo, iba a entrar sólo a ver, pero una chica amabilísima y, por qué no, guapísima, me acorraló, sugiriéndome mil atuendos posibles para fin de año. Empecé queriéndome probar dos cosas y acabé probándome siete, incluyendo un atuendo de minivestido y zapatos altos que me hubieran hecho ligar en el antro aunque eso no se me da (ni el ligue ni el antro)... y quedar en ridículo al irme de hocico con los semejantes tacones. Y la chica: "Eres delgada, ¡te queda muy bien!" Se agradece el cumplido. Mi hermano, ni tardo ni perezoso, se puso a platicar con ella... la llamaría un ligue, si no fuera porque al premio Nobel de la Seducción se le olvidó preguntarle el nombre a la chica. #epicfail. Pa que luego no ande presumiendo.
Por no dejar, me llevé dos prendas, entre ellas el minivestido, y salí de ahí sintiéndome espantosamente pobre. Pasamos a Energie. Desafortunadamente, no había muchachos guapos atendiendo, excepto uno que entró, de ojos azules y cabello larguísimo, rubio, divino. No sé cuántas playeras rondé haciéndome la loca con tal de seguirlo admirando. Soy patética.
Mi hermano salió con un suéter, y de ahí todavía una ida a una joyería para comprarle el regalo de navidad que le debía a mi madre. No daré detalles, pero diré que esa pulsera me hizo pasar de pobre a mendiga, al menos en mi opinión (seguía apartando dinero para mi jersey de mi amado portero).
Cuando terminamos, ya nos punzaban los pies, pero como obviamente la visita a las boutiques había sido por nuestra cuenta y no por cuenta del tour, había que regresar el camión. Ahora bien, claro que los camiones italianos no son como el pesero de aquí, que se frena y sales volando con todo y asiento porque éstos generalmente ni bien pegados están: el problema es que tampoco se paran donde quieras. Así, buscar la ruta fue una cabronada. Tras dar vueltas hasta sobre nuestro propio eje, la encontramos. Ni qué decir que ya no estábamos en condiciones ni de cenar al llegar al hotel, así que con unas galletas nos bastó. De cualquier manera, el futuro no nos pintaba muy prometedor: íbamos a tener que levantarnos a las 6 y media de la mañana en fin de año. ¿Así como aguantar la fiesta? Pero esa duda será resuelta en la siguiente parte de esta apasionante serie, así como mi conversión a creyente. Stay tuned.

Thursday, January 06, 2011

Crazy Bitch Abroad, pt. 3, o... en verdad no está tan grande

Malpiensen a gusto, que hace falta. Bueno, ya hubiera querido yo. Tras decirle adiós a Mestre y al mesero por el cual con gusto hubiera lavado pisos, enfilamos rumbo a Florencia, con paradas en Padua y Pisa.
Primero, Padua: una de esas ciudades en las que da gusto vivir, cuando la vi, pensé. Casitas hermosas por todos lados, el río silencioso, balconcitos con flores. Qué ganas de estar escribiendo la gran novela ahí, o estar traduciendo, salir al puesto de la esquina por un kebab y un té, y volver. Eso es vida.
Pasamos por una iglesia majestuosa, que yo pensé que sería la anunciada: San Antonio de Padua, sí, al que ponen de cabeza por los novios. Ya veía venir yo...
De hecho, no me enteré de qué fue la iglesia anterior, y la de San Antonio me decepcionó un poco; quizá porque la estaban remodelando. Mientras pasamos a ver la mandíbula y la lengua de San Antonio (yo nunca la vi) el guía nos contaba más rituales: como que las chicas meten al San Antonio al refri pa que le de frío y consiga novio más rápido, o dentro de un pastel pa que se enferme del estómago. Esos han de ser los métodos efectivos, me cae. De hecho, por ahí, mi mamá me dio una hojita y me pidió que escribiera mi petición a San Antonio (en inglés). Obviamente, me estaba pidiendo un yerno. Habían de ver que incómodo es querer poner que quieres a un hombre que sea sweet, caring, tender, a dreamer, funny... and that can drive me wild with flaming and irrepressible desire cuando tu mamá está viendo. En fin, que como ni eso ni las one night stands con Jon Bon Jovi/Edwin van der Sar/David Bowie/inserte hombre de mi preferencia aquí servían, dejé mi destino romántico al criterio del santo.
Mientras los poblanos compraban hasta el cirio pascual, yo me fui al camión, pasando por la Plaza de Padua... aún más maravillosa que la iglesia, con sus estatuas, sus puentes sobre canales que brillaban a la luz de la mañana, los pájaros volando hacia el horizonte... una vista de película, para acabar pronto. Una plaza que ya me gustaría tener por acá.
Salimos, entonces, rumbo a Pisa. Por el camino había muchos paisajes nevados de esos tipo los rompecabezas de 3000 piezas, y me empecé a dormir: mi hermano dijo que no sabía si estaba headbangeando o cabeceando.
La llamada a comer me llamó la atención. Más porque nos detuvimos en un restaurante de carretera tipo trailero gringo (de esos donde seguramente hay pollo frito) pero tipo italiano.
Llegamos. Buffet. El problema es que para el tiempo que uno tiene que esperar en la caja a que te cobren tienes que pensar cómo mantener en perfecto balance el platote de sopa Minestrone, el plato con el guisado y la botella de cerveza mientras esquivas a otros 72 compañeros de tour hambrientos. Mi prioridad era la chela, y tras varios momentos agónicos, pude pagar mi consumo. Para cuando me senté, la sopa estaba fría y sabía a madres.
Tras la comida de eurotrailero, volvimos al camino. Yo iba buscando la torre de Pisa, queriendo verla a la distancia, al menos como la Latino...
Fue ahí cuando me di cuenta de que no: ni está tan alta, ni está tan inclinada. Aún así, verla, con la iglesia y el baptisterio al lado, es un deleite. Lo que sí, es que no nos pudimos subir, pues la visita estaba programada hasta las cinco de la tarde, y esa era la hora de partir.
Tras tomarnos la típica foto (y ver a un montón de orientales hacer lo propio) me puse a caminar con la familia por las calles de Pisa, hasta que llegamos a una plaza llama Piazza dei Cavalieri, o de los Caballeros. Un edificio con una pared maravillosa... no era ningún monumento, era la Escuela Normal. ¡Ya quisiera yo! Señoras y señores, estábamos en territorio universitario pisano. De la Facultad de Derecho, salió un chavo a fumarse un porro. Afuera de la Facultad de Medicina y Cirugía, había pegados flyers que hagan de cuenta los del Multiforo Alicia. La Facultad de Lengua y Literatura Extranjera (no pude evitar emocionarme un poco al verla) también tenía un letrero de ocupación. ¡Oh por Dios, en Italia también hay cabrones pseudocheguevaristas!...
Volvimos al camión, y, quizá por el cansancio de ver tanto FILF (no voy a decir qué es eso) en la plaza pisana llegué cansadísima a Florencia. Mi hermano, generalmente hiperactivo, tampoco se podía ni mover. Hasta ir por refresco al piso de abajo (no había restaurante, sólo maquinita de porquerías) costó mucho trabajo.
Todo acabó en irnos a dormir. Sin embargo, a la mañana siguiente, Florencia, y... ¡un hombre desnudo! Stay tuned.

Wednesday, January 05, 2011

Crazy Bitch Abroad, pt. 2, o quiero morir en Venecia

Amanecí al día siguiente a horas obscenas para vacaciones: eran las siete y media de la mañana. A arreglarse aprisa que era hora de desayunar, y de al fin comenzar el tour. Ahora sí, a lo que íbamos.
Aprovecharé para hablar de todos los personajes pintorescos del camión. Para empezar, nuestro guía, un españolito de ojos azules, brillantes como linternas, de nada mal ver... aunque luego todos nos preguntamos si no se le hacía agua la canoa. #fail. Seguía en el grupo una familia como de siete poblanos, dignos representantes de lo más pintoresco de la sociedad mexicana... o, lo que es lo mismo, nacos como ellos solos, de los que quieren posar hasta con el bote de basura y filman todo, TODO. Más adelante verán que tengo razón.
Los siguientes eran una familia de cinco tapatíos, muy monos, vestidos de marca y toda la cosa: papás todo amor, catorceañera pronta a cumplir los quince (en fin de año) medio orgullosa, y niños maleducados, algo que la verdad a mí me valió madres, pero que fueron la pesadilla de mi mamá. En fin. También había una pareja, marido y mujer, con quien primero nos llevamos. También estaba una familia de cinco brasileños, a los que nadie pelaba mucho; otra familia argentina de cuatro, y una familia cultural melting pot, con papá tapatío, madre salvadoreña e hijas nacidas en L.A. Eso formaba nuestro feliz grupito.
Caminamos hacia el embarcadero que nos llevaría a Venecia. En el camino, vi boxers con chistes obscenos, lo que demuestra que los mexicanos no somos los únicos que vendemos mercancía vulgar. También, rumbo al barquito, no sé quién de nuestro grupo fue a dar de jeta al suelo, lo que provocó la risa de varios italianos con facha de marineros. Yo me puse a pensar qué sería más culero, si eso o caerte a la laguna con el frío de dos grados bajo cero, mas después me concentré en que el estómago no me fuera a fallar en el barquito.
Cosa que, afortunadamente, no sucedió, y menos cuando me encontré mirando edificios que pensé que nunca miraría, cuando puse pie en la ciudad isla, cuando vi el Hotel Gabrielli, donde se había filmado la película de... Muerte en Venecia. No pude evitar sentirme emocionada al ver que había puesto pie en un lugar en el que nunca pensé que pondría pie, en el lugar del carnaval con sus máscaras, de Casanova, del Puente de los Suspiros que mi propio ídolo Lord Byron le puso nombre. Me dieron ganas de perderme entre sus callejuelas, su riachuelos, de danzar en la Piazza San Marco... y, sobre todo, de ver a los hombres, la gran mayoría hermosísimos, no sólo italianos, sino de todas las nacionalidades: alemanes, ingleses, algunos de quién sabe qué idioma. ¡Venecia!
Sobrevivimos a las explicaciones de los guías (hubo guía veneciana) con un frío que sacaba mocos y dejaba las manos moradas. Por ahí de la Piazza, sonaba un vals lejano, y los poblanos aprovecharon para la primera nacada del viaje (tras tres mil fotos, pues en vez de pelar a la guía se pusieron a posar): "Ay, esa fue la que bailó la (inserte nombre ridículo aquí) en sus quince años." No, bueno. La mexicaneidad aflorando.
Pasamos a un taller de Murano, a ver cómo hacían el vidrio. Tras un show de cinco minutos, el dueño de la tienda nos ofreció todo a un 50% de descuento. Sobra decir que le inventaba los precios a las cosas, para no perder. Aún así, yo me compré un collar con una serpiente.
Seguimos. Paseo en góndola opcional. Obviamente mi familia lo pidió: era absurdo ir a Venecia y no subirse a la góndola.
Nos tocó con la pareja, y una botella de vino: el más barato de Italia, pero el chiste era el show. La verdad, aunque el paseo fue muy corto, la experiencia es... bueno, es una cabrona góndola, esas salen en los libros, hay un italiano cantando canciones, hay vino, por barato que sea, punto. Increíble, a pesar de las bromas sobre trajineras que... pues son inevitables.
Hora de la comida. Nos tocó compartir la mesa con los argentinos. Al contrario de lo que se pueda pensar, al poco rato estábamos platicando. De hecho, el punto malo fue la comida: pasta medio cruda, y una carne de cerdo que bien sabía a suela de zapato de lo dura que estaba. Yo, que seguía temiendo por mi estómago, sólo me comí las papas fritas, mientras los argentinos nos contaban de todos los lados donde habían estado: Francia (la joven de mi edad, Soraya, estudia en Toulouse) Países Bajos, España.
Tiempo libre antes de ir a un paseo por la laguna. Los poblanos automáticamente aprovecharon para lanzarse a todas las boutiques caras que vieron: como siempre, nacos con varo; y además, hicieron varias observaciones finas, como en la tienda de Ferrari, donde se encontraba el coche con el que Schumacher había conseguido su mayor victoria.
-Yo quiero una foto del carro pero con Schumacher- dijo uno de ellos, un gordo con una voz afeminada, que automáticamente me hizo pensar que era joto, hasta que lo vi besar a una mujer y añadió: -Pero con unas chelas, pa que vean que somos brothers y chupamos juntos.
No, bueno. Aplausos.
Llegó la hora de subir al barquito para pasear por la laguna. Vi a mi mamá correr como niña de primaria que se quiere sentar con sus amigas para quedar junto a los argentinos y no dejarles lugar a los poblanos. Yo, por mi parte, decidí que eso también me valía madres y me concentré en el atardecer que se cernía sobre la laguna, pintando el cielo de tonos morados y rosas, colores que dudo que se vean aquí en la ciudad. Una solitaria raya de fuego sobre la cúpula de San Marcos. Una pintura, un cuadro, en la ventana. Ni siquiera presté mucha atención a la conversación con los argentinos, incluso cuando la plática se pasó a Soda Stereo.
Volvimos al embarcadero, y de ahí, al hotel. En el camino, mamá y yo vimos un Outlet, y decidimos visitarlo. Ahí vamos, pues no estaba tan lejos del hotel. Justo cuando decidimos que no estaba ni tan barato ni tan chido, que llegan los poblanos, quienes seguramente pensaron lo mismo que nosotros. Chale. Al menos ambas familias salimos con las manos vacías.
Comimos sandwiches de super, porque hasta el super se veía interesante. Yo quería llevarme un pannettone con cajita de Juventus sólo por la caja, y si no me lo compré fue porque no sabía qué hacer con el pan. Lo que sí, es que admito que extrañé ver a la hora de la cena, al guapo mesero de la primera noche. Snif.
Pero ha caído la madrugada. Para la tercera parte, con San Antonio (el de los novios), la Torre de Pisa, y la llegada a Florencia, no se olviden de sintonizar.