Friday, July 08, 2011

Whatever happened to my rock n' roll

Había pospuesto escribir esta entrada por... no lo sé. En verdad, ninguna razón en especial. Supongo que simplemente no me atrevía a hacerlo por no decir que no me divertí saliendo con mi amiga Vero (a quien ya ni la taggeo, porque su blog ya está más muerto y enterrado que Romantic Ireland with O'Leary in the grave), pero... bueno, las cosas están así.
Hace ya poco menos de un mes, fuimos a festejar el cumpleaños de Vero al karaoke Cotton, del que ya he hablado antes. Ese karaoke se encontraba enfrente del bar Wicked. Digamos que esa ubicación fueron mis haunts desde los maravillosos 18 años hasta los 22. Mis maravillosos cuatro años de universidad.
Yo fue quien inauguró el Cotton para mis amigas (antes sólo era el Wicked) cuando cumplí ahí mis 20 años y ya saben, me dedicaron Guns n' Roses y toda la cosa. Desde ahí, pues, digamos que mis amigas, sobre todo Vero, quedaron fascinadas con el lugar y tomábamos cualquier pretexto para celebrar ahí lo que fuera: cumpleaños, despedidas, mi primer portada de la Indie (a la que, por cierto, debido a mi nefasto cambio de jefe que ya no me llama para nada, reuncié hoy).
Asimismo, presenciamos los cambios de los lugares a través de los años. El Wicked, por ejemplo, al incio, se saturaba. Lentamente empezaron las quejas, rumores de que luego te robaba el mesero y la gente empezó a dejar de ir. Mientras tanto, el Cotton, cuando mi cumpleaños, se llenaba, aunque no lo suficiente como para que no hubiera doble turno al micrófono, como le tocó a nuestra mesa: que primero "Charlie" (sí, amo los apodos High Fidelity) se subió a cantar y luego mis amigas y yo hicimos lo propio.
Después, ya ni pasábamos a cantar. El lugarcito se saturaba de tal manera que pasar a los baños ya era un logro. Bailando dentro de un sauna, ya que te tocara tu turno al escenario ya era algo bueno.
Bien, pues esta última vez, si bien no estaba vacío, estaba mucho más desocupado. La gente también se veía, por decirlo así, un poco menos joven, o que la vida los había tratado un poco peor. Y eso que generalmente Vero no quiere ir a otro karaoke que me gusta, el Romeo & Juliet, argumentando que ya van más "dones". Pues tal parecía que eso era también cierto para esa noche. Algo en mí recordó cuando Charlie era probablemente el mayor de los que iban.
Entonces llegó un amigo de Vero (que, mind you, tampoco se veía super joven) y dijo que él era socio del bar de enfrente, que si queríamos ir y nos daba tragos gratis. Yo ya llevaba tras cervezas, ya había bateado a otro amigo de Vero, ya le había dicho a mi amiga Daffne que por el momento me consideraba retirada del mercado por voluntad propia ("I'm retired, and tired!") y había actuado como la cínica ácida que soy. Tragos extra no eran mi máximo, pero allá van todos y yo, que aún no terminaba de bailar "Tik Tok" de Ke$ha (que nadie quiso bailar conmigo) pues los tuve que seguir.
Ya desde cuando había visto que el Wicked había sido reemplazado por algo llamado Beer & Fashion. Pensando que sería un bar, decidí que no estaría tan mal.
Pues no. Desde el momento en el que vi a la concurrencia, y a la botella de Absolut en su pedestal, comprendí que habían cambiado muchas cosas. Quizá eran las cervezas que llevaba, pero el ver todo tapizado de negro con posters de colores, y a un montón de oficinistas (tampoco estaban tan jóvenes) sentados ahí sin señales de alguna playera de Led Zeppelin o algo así, empecé a mirar al fondo, donde se encontraba un sillón gigante, como buscando el lugar donde la banda solía poner sus instrumentos. Mientras tanto, en la música no sonaba Bon Jovi, ni Metallica, ni Alice Cooper, que yo varias veces había cantado. Sonaba, lo más rockero, Kinky, para después seguir con Shakira, Paty Cantú, y otras monas que están de moda. Qué sé yo. Ni las conozco.
"Aquí hay mejor música," aseguró Dafne, y yo asentí descreída. Había mejor música hacía algunos meses. Se sentía mal, se sentía incorrecto, estar escuchando creo que era María José, o Fanny Lu, o algo así, en un lugar en donde AC/DC había levantado a las malas conciencias.
En ese momento, pusieron salsa. El dueño, sin preguntarme, en un gesto bastante galante, me sacó a bailar. Sí, no estaba tan mal el güero argentino: ustedes saben que si no me hubiera gustado le hubiera metido un karatazo o me hubiera alejado en la peor de las actitudes. Sin embargo, yo simplemente no podía sentirme a gusto; no porque el dueño bailara un poco pegadito y yo pudiera sentir su panza chelera, sino porque bien saben ustedes que yo no sé bailar, y mucho menos salsa; y, además, porque me había dado cuenta de que la mesa a donde estábamos sentadas era la misma ubicación de la mesa en donde mis amigas de la universidad y yo nos solíamos sentar: junto al escenario.
En el Wicked fue mi primera salida con ellas. En ese momento servían unos tragos combinados de todo: el Axl Rose el más leve y el U2 el más fuerte. Esa primera vez, me tomé dos Axl sin sentir nada. La siguiente vez, ya tenía gastritis horrible y con un Axl tuve. Las siguientes veces ya tomé cerveza.
Sin embargo, era incorrecto, estar bailando salsa ahí, ahí donde yo me había puesto a cantar a todo volumen "Never tear us Apart" de INXS; ahí, donde yo había bailado sobre una silla "Rock n' Roll" de Led Zeppelin para ganarnos una botella de tequila, moviendo las piernas como una Tina Turner epiléptica. Ese sitio era para Guns n' Roses, para Black Sabbath, para Chris Isaak. No para salsa. No para los oficinistas echando el zapatazo. Era para la chela y el rock. Y yo no podía dejar de pensar en eso.
Cuando la canción acabó, me disculpé con el dueño por mi gracia, que seguro había sido aún más pobre por estar pensando en mi pasado, diciéndole que no sabía bailar. Él me dijo amablemente que tampoco, pero creo que pensó que lo estaba rechazando. No señor, sólo rechazo su bar.
Terminé yendo al baño, hablando con Dafne de que a lo mejor Vero quería volver a San Antonio, de mi ida a Nueva York. Una certidumbre de que los lugares que yo había conocido, los que me traían felicidad en las salidas con las amigas habían cambiado para siempre y yo ya no pertenecía ahí, empezó a hacerse clara.
Recordé la última ida al Wicked. Era día de San Patricio, y jueves, después de la clase de medieval, en la que me encantaba el profe gay, ¿recuerdan? Yo era la única que tenía que ir a la universidad en viernes, para el servicio social, pero para los demás amigos que invité, entre ellos Paradoxical Phoenix, ya era fin de semana adelantado. La clase terminaba a las cinco. Le dije a varios, para que fuéramos como seis o siete. Mi idea era que comiéramos una botana, nos tomáramos la cerveza verde que el Wicked estaba promoviendo para el día de San Patricio, y así se nos fuera la tarde, desde más o menos las seis hasta las diez, pues a las nueve salía la banda y los jueves había rockaraoke: podías cantar con la banda. Eso, obviamente, sonaba como un excelente plan. Así pues, me arreglé, de paso pa llamarle la atención al profe gay, y fui a la universidad.
Desde el inicio el plan se fregó. Éramos tres: Paradoxical Phoenix, su crush de ese momento y yo. También el bar estaba solo. Pedimos nuestra cerveza verde y fuimos felices en ese rato. Llegó la cuarta, quien se tomó un tarro de cerveza y sue fue. Como una hora. Luego el crush de Paradoxical Phoenix se fue y nos quedamos solas. Iban a ser las nueve y la banda estaba sacando sus cosas. Entonces ella me dijo que quería irse. De nada sirvió que la casa nos invitara unos tragos verdes, seguro con Midori, que estaban buenísimos. Ella prefirió cenar una pizza. Yo, mientras tanto, pensé que era un poco triste haberme arreglado tan glam (llevaba unos jeans bonitos, una playera de rockstar, un guante a la Lita Ford y el cabello alaciado) para acabar cenando pizza, y tristemente intuí que no sólo era la última clase que había tomado, sino la última vez que visitaba el Wicked Pub. Más tarde, vería que tenía razón.
Así, cuando dejé el baño, y vi que la salseada seguía en su apogeo, simplemente miré a mi alrededor. Y luego miré mi atuendo. Shorts con medias de Dresden Doll. Tank top negro con collar metalero. Cadena colgando de la cintura. Pulserota de animal print que Rikki Rockett me hubiera robado.
What was I doing there?
Mi hermano me llamó. Me despedí de la gente. En el fondo, al salir, sentí algo de alivio, aunque también ese extraño sentimiento de orfandad cuando algo ha cambiado. La eterna exiliada que regresa a su casa para ver que ya no es la misma.


I've been walking these streets alone
Singing the same old song
I know every crack on these dirty sidewalks...


Like a rhinestone cowgirl.

Otra razón para tomar trenes que se van.