En la anterior entrega de tan apasionantes posts, dejamos a mi mamá gritando tras haber agarrado a un maquech en Mérida. Si no saben que es un maquech... no se preocupen, mi mamá tampoco lo sabía; y si no saben por qué estoy en Mérida, los remito a la entrada anterior.
En fin. Que el alarido que soltó mi mamá resonó por toda la tienda. Y es que yo no me había dado cuenta, pero resulta que los cabrones maquech son unos escarabajos así de los feos y culeros que tienen pegados piedras tipo joyas en el lomo, y parecen prendedores. Yo levanté uno, si recuerdan, pero como se quedó quietecito ya ni me importó saber que era. El problema fue que el que levantó mi mamá se le agarró a los dedos. Ahí fue cuando soltó el alarido y lo largó de vuelta a la pecera; mientras, la dependienta se reía y nos veía con cara de "qué brutas que les tienen miedo". Será el sereno, pero sí me dieron cosa. Mejor salimos de ahí con la guayabera/blusa para mi abue.
Pero no. Mi mamá insistía en que quería su huipil. Le dije que mejor fuéramos a dar la vuelta a Paseo Montejo, que mi amiga Zeidy me había recomendado mucho. Pero tampoco. Mi mamá quería ir a un lugar llamado Gran Plaza, convencida de que ahí encontraría lo que buscaba. En vano le insistí que seguro ahí había tiendas departamentales como las de por acá.
Allá vamos, con un chofer que llevaba a todo volumen los éxitos de Botellita de Jerez. Entre los edificantes versos de "Lo naco es chido" le gritamos direcciones para la Gran Plaza. Por ese momento aceptó tranquilizar a Vega-Gil y compañía y explicarnos el Monumento a la Patria.
Llegamos a la Gran Plaza. Tal como yo había predicho, había un Sears y un montón de tiendas de esas que venden cosas variadas pero todas hechas en China. Total, que en vez de comprar algo tradicional del lugar terminamos entrando a una tienda de esas de playeras de rock al ver un bonito diseño de playera de Guns n' Roses con la carota de Axl. Dentro estaba un emo meridiano quien me miraba con cara de enamorado mientras que yo, con mi vestido largo hippie que, para acabarla de fregar, es rosa, miraba las playeras, negras, claro. Seguro se preguntaba cómo es que a una chica con vestido le puede gustar el rock. Por un momento pensé en llevarme una playera de Gorgoroth sólo para aumentar el efecto, pero decliné.
No huipil, pero sí Guns. Fue hasta ese momento cuando mi mamá aceptó que fuéramos a Paseo Montejo.
Le encantó. No, si yo me chupo el dedo. Una avenida estilo ciudad gringa, con unas casas antiguas preciosas que eran sedes de bancos, escuelas. Bueno, si el Sanborns aquí es una nacada, allá estaba pegado al frente del hotel Fiesta Americana, un Sanborns que ya quisiera el de Los Azulejos. De veras que unas vistas hermosas para los amantes de las casas.
No sé cómo estudié y no sé cómo encontré la fuerza para levantarme a las siete de la mañana a la mañana siguiente. Será porque me acordé de que jugaba el United contra el Liverpool. Aún así, mientras me alistaba para salir al instituto, no hubo ningún gol.
Comí un desayuno precario a toda prisa y salí corriendo para llegar al examen a las 8:31, con la mala noticia de que Stevie G ya les había anotado a mis muchachos. Eso me tensó, supersticiosa que soy, a pesar de que en mi examen de prueba, la noche anterior, había encontrado un fragmento de mi obra favorita de Shakespeare, mi fragmento favorito: el discurso de St. Crispian's Day de Henry V. Ese discurso me encanta porque se me figura a una porra ante un oponente formidable, y así lo sentí. Pero ahora... el Liverpool le ganaba al United y ya eran las 8:32, por lo que seguro me iban a ver feo y no me iban a dejar entrar.
Pues, error. Me dijeron que la maestra no había llegado, al contrario de los de el GRE de aquí de la ciudad, que casi te escupen a la cara si llegas un segundo tarde. Sacada de onda, me acerqué a unos muchachos que vi que también llevaban sus lápices. Sin embargo, me preguntaron si iba a hacer el GRE de matemáticas o el de física. Les hablé del de literatura. Me enteré que todos éramos chilangos, pero, según parece, la mayoría iban a mate o física. Yo era la única del de literatura.
Volví a la transmisión del partido por mi celular. El heroico Chicharito había entrado y había anotado el del empate, conservando el invicto del United. Eso levantó un poco mi sombrío humor y me puso a pensar que probablemente se trataba de una buena señal.
Eso al inicio. Luego me empecé a molestar y a pensar que mejor me hubiera quedado a ver el partido en el hotel. Ya eran las nueve y la profesora no llegaba. ¿Para tanto me apuré? Cuando llegó ya eran las 9:30; o sea, media hora más tarde. Cuando empezamos el examen, ya eran las 10, en lo que nos decía las instrucciones y todo el asunto. O sea, empezamos el examen una hora tarde. Y yo que había calculado tardarme dos horas y media, o quizá tres, para salir a las 12 exactas y largarnos al aeropuerto, a tomar el avión de las 2 de la tarde.
Leí el examen. Casi me da un colapso al ver que no conocía un texto. Contesté lo que sabía casi temblando. Ya, más tranquila, leí los textos presentados y suspiré al darme cuenta de que no había tantas preguntas de adivinar quién había escrito el fragmento.
Me tardé, exactamente, las dos horas y media que había calculado. El problema fue que cuando salí ya eran las 12 y media, y el camino hacia el hotel ya no iba a ser de 10 minutos. Y es que estaba lloviendo un jodido monzón tropical que inundaba las calles, creando charcos gigantes en las esquinas. Y yo con mi vestido largo. No pasaban ni camiones ni taxis y se hacía tarde.
Pues nimodo. Me cubrí con mi folder plastificado y salí corriendo a la calle, casi casi chapoteando en las cabronas albercas que eran los charcos. Cuando llegué al hotel eran la una en punto y yo estaba hecha una asquerosa sopa. Me tuve que cambiar en chinga antes de que saliéramos en un taxi rumbo al aeropuerto.
Una vez ahí, ni tiempo nos dio de documentar por una señora gorda de que se quejaba de que todo el mundo se metía a la fila, pero no hacía nada para evitarlo. Tuvimos que arrastrar la maleta por todo el aeropuerto y ni tiempo de comer. Nos retacamos en el avión y ahí vamos de regreso, yo sentada junto a un señor con una cara de Armando Manzanero que no podía con ella y que iba tomando fotos de las nubes desde la ventana del avión. Emocionante.
Cuando al fin aterrizamos, yo sentía como si trajera jet lag. En calidad de zombie me dejé caer en una banca del Carls Jr, tras encontrar a mi hermano y a mi papá, y me comí unos chicken tenders que me supieron a gloria, mientras mi cuerpo decía no, no por favor, no quiero ir a los quince años de hoy en la noche. Como bien saben, terminé yendo, pero de mi tortuoso camino a la fiesta les informaré mañana, si tengo pila antes de irme a ver a Guns n' Roses.
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