Thursday, December 29, 2011

European Daughter 2: Ay Praga, darlin' Praga.


En la entrega anterior de mis andanzas por el viejo continente, yo andaba en Schiphol sintiéndome muy mal del estómago y peor por no tener un holandesito a mi lado, pero llegó la hora de tomar un vuelo que, finalmente, nos llevaría a Praga. El vuelo, por Czech Airlines, fue bastante corto y aterrizamos en la capital checa sin contratiempos. Incluso yo ya estaba comenzando a sentirme un poco más controlada.
Las nueve de la noche. El aeropuerto se encontraba casi desierto excepto por el pequeño grupo que éramos los que salimos del avión. En la salida, nuestro contacto en Praga, una mujer llamada Jana, nos estaba esperando, ya hasta un poco presionada, pero es que nuestro equipaje se tardó en salir. Salimos a una ciudad que se veía poco iluminada, con pocos carros, más bien oscura, árboles ensombreciendo el periférico por el que transitábamos. Me llamó la atención con cierta tristeza ante la tranquilidad. El río Moldava apareció entonces, las luces también tenues reflejadas en su superficie, y lo único que yo podía pensar es que Praga tenía algo oscuro, pero no de malo, sino como si se estuviera escondiendo, si le diera pena ser patrimonio de la humanidad según la UNESCO. Mi mente se llenó con la rola de Bruce Springsteen, "Darkness on the Edge of Town".
Ya sólo dio tiempo de llegar a nuestro hotel, un edificio muy bonito, de tomarme mis milagrosas pastillas para el reflujo biliar y demás desmadres gástricos (son Dios, sigo bien) y a dormir.
A la mañana siguiente salimos tempranito a la primera parte del tour: una visita a pie de todo lo bonito que hay para ver en Praga. Conocimos a nuestra guía, una mujer llamada Tasha, y al resto del entourage, a quienes, como siempre, les voy a presentar, porque ya ven que luego sale cada gentecita... Está mi familia, y mi hermano y yo somos los más jóvenes. Hay tres señoras del DF, también con el mismo sentido de humor podrido; hay unos cuates de Portland (por Tlalnepantla); unos costarricences que van de lo simpático a lo simplemente insoportable (ya verán por qué) y que vienen en grupo gigante, con parejas y una chava que hasta con el novio está jalando; una ecuatoriana que está con su mamá o su abuelita, no lo sé, pero que tiene ínfulas de diva de Hollywood; dos peruanas, mamá e hija, que tienen, para su desgracia, el aroma del hindú que se sentó junto a nosotros en el avión; una pareja de brasileños, él mitad japonés, que parecen ser recién casados; dos venezolanas medio a la Hugo Chávez, que, mind you, parecen lesbianas (lo dice mi madre, no yo) y otro par de ecuatorianas, abuelita y nieta. Con estas personas compartimos camión.
Pues esa mañana salimos, como les digo, a caminar por Praga, empezando por el barrio de la Mala Strana, donde se encuentra la iglesia del Santo Niño de Praga, que, según parece es bastante popular con toda la comunidad latina. Tasha, con su excelente español para una checa, nos empezó a guiar, y nos advirtió que íbamos a parar, más tarde, antes de que tuviéramos tiempo libre, en una casa de cambio, para pasar los euros a coronas checas, que se siguen usando en Praga.
Empezamos pasando a la iglesia, una iglesia algo simple, pero con el Santo Niño y sus vestidos en todo su esplendor. Los vestiditos son fit for a king, y tanta prueba hay de su popularidad con la comunidad latina que adentro de la iglesia hay un cuadro con la Lupita (sí, la Virgen de Guadalupe, no la banda de Lino Nava). Ahí nomás. De ahí, seguimos caminando, pasando por la casa del escritor Jan Neruda, a quien Pablo Neruda, antes conocido como Neftalí Reyes, le robó su apellido por ser muy fan. Desde ahí me di cuenta de que Praga es como una villa de muñecas: los barrios con sus edificios de colores pálidos pero, al fin y al cabo, edificios perfectos, dándole el aire de nostalgia que yo le había visto cuando llegamos en la noche con Jana. Bandas de blues y jazz en cada cervecería, porque son los mayores bebedores de cerveza. Parece estar algo perdida en el tiempo.
Llegamos de ahí al puente de Carlos, que si a alguien por aquí le gustó AFI lo más probable es que lo recuerden.  En "persona" no es tan sombrío, pero es muy hermoso, con el Moldava a los lados, un checo tocando el organillo y otro el acordeón, y demás curiosidades, como la estatua de San Juan Nepomuceno, donde si "le frotas el culo al perro" (Tasha dixit) se te cumplen los deseos y puedes volver a Praga. Ahí vamos todos a frotarle el culo al perro, pues (un perro en relieve, no vayan a andar diciendo).
Un cuate a la mitad del puente hacía caricaturas, y tenía una de Justin Bieber. Inmediatamente me pregunté: ¿para qué tener una caricatura de Justin Bieber habiendo hombres tan hermosos a su alrededor? Porque ah, de ahí empezaron a salir los galanes por carretadas. Muy rubios, con los ojos muy, pero muy, PERO MUY azules, de esos que me encantan. Las mujeres también muy hermosas, incluso con los cabellos oscuros, logrando un contraste más bonito que ellos, aunque... bueno, pero del encuentro de la casa de cambio, que sucedió cuando cruzamos el puente rumbo al Barrio Viejo, el Stare Mesto, les contaré después. Por lo pronto, conténtense con saber que le gusté a un goth rastudo, muy rubio y ojiazul él también, que hasta llevaba a la novia. ¡Sexy!
Pasamos por el Stare Mesto a la casa de cambio (¡ay Praga, darlin' Praga! ¡la luna es una llaga... ahorita les cuento) y llegamos a la plaza donde se encuentra el Orloj, el famoso reloj astronómico, y donde vendían vino caliente. Yo quería probar, pero íbamos tan rápido que no se podía. Al fin vi al Orloj cara a cara. Me sacó de onda: yo me lo había imaginado más alto, incluso imponente. Está tan bajito que parece que lo pudieras tocar. Eso sí, es muy azul, muy bonito, muy medieval. Verlo dar la hora es, además, precioso: las figuritas que lo rodean se mueven, sobre todo un esqueleto que representa a la muerte, y mueve sus brazos tocando una campana. De la punta de la torre, además, se asoma un cuate vestido a la usanza medieval, tocando una trompeta. Es un momento en el que uno piensa en la magia de cada hora, en la magia del tiempo en sí.
Le dimos la vuelta a toda la plaza, pasando por calles estrechas, sosteniendo las bolsas por miedo a los carteristas, que dicen que proliferan. Tras pasar por muchos edificios la mar de magníficos, llegamos a un pasillo donde entramos a comer. La casa era un lugar muy medieval, hundido, con mesas largas, para compartir. Nos sentaron junto a las venezolanas y sirvieron, para empezar, dos sopas: una de cebolla y otra de vegetales. La de cebolla la rechacé, pues sí me causa estragos. Tomé la de vegetales. No me gustan mucho las verduras y aún así he de decir que estaba deliciosa.
El guisado, por su parte (servido, por cierto, por un meserito que bien podría ser pariente de Nemanja Vidic) fue carne de cerdo con choucrout, papas fritas, y unos panes de los cuales, desgraciadamente, se me olvidó el nombre. Son unas ruedas de masa que no saben a nada, a NADITA, a menos de que las metas en la salsa del guiso. Una sensación curiosa en el paladar. ¿Lo mejor? Regar todo con cerveza. A huevo.
Salimos de la casa medieval ya con tiempo libre. En el camino, me detuve a comprar un reloj que tenía una carátula tipo timbre postal, diseño checo original. Me atendió un negro (no estoy siendo racista, era un negrote, de esos caribeños, sonrientes) que, en su amable español, nos contó que era dominicano, pero que se había pasado para Praga. Hablaba checo perfectamente. Me hizo pensar en que, cuando quiera, me largo, que si él pudo, ¿por qué yo no?
De ahí, nos perdimos por las calles del centro, paseando de nuevo por el Orloj, por quién sabe cuántas calles, hasta que se nos cansaron los pies. De ahí, al metro. Atinar a cómo comprar un boleto y a dónde estaba nuestra estación estuvo medio cabrón, pero finalmente surgimos. Nuestra estación de metro caía directamente, sin escalas ni puestos de pretzels ni de vino caliente de por medio, sin calle de transición, a la entrada de un mall. ¿Así o más pinche primer mundo? Lo mejor: eso de ligar a las plazas no se hace en México. Aquí, hasta el pinche guardia de seguridad está guapo. De veras que eso de que Katy Perry y Justin Bieber sean sex symbols son mamadas. En este lugar, sólo tienes que ver a la cabrona que está doblando las playeras en Zara o al cabrón que está mesereando. ¡Vámonos! Pero para el hotel, que hasta en ese momento nos dimos cuenta de que ya llevábamos nueve horas caminando, como desde las 9:30 de la mañana hasta las 6:30 de la tarde.
Y, tan pronto llegué, a la internet del hotel. Donde, por cierto, twitteé. Sobre el encuentro de la casa de cambio. http://twitter.com/#!/ladystardust21, el 27 de diciembre...
Pero ya, dejo de chingar y de hacerla de emoción y les cuento, ¿verdad? Pues les cuento. Mientras Tasha aseguraba que en esa casa de cambio no te hacían cachetón el precio de los euros por las coronas checas, yo me puse a esperar. No a que llegara mi turno: simplemente, a esperar que saliéramos de ahí, pues le di un poco de dinero a mi papá para no hacer la fila más grande innecesariamente. Fue ahí cuando lo vi, parado cerca de mí, embebido en una llamada telefónica.
No puedo negarlo. Ya había visto hombres bastante guapos, como pueden ver, pero él era, incluso entre los checos, otra cosa. El cabello medio largo, café claro, combinando con la levísima marca de una barba que no era de tres días, sino de menos. Los ojos igual de azules que los de los demás checos, aunado a una nariz larga, pero ni siquiera de las narices interesantes que llegan a atraerme: se trataba de una nariz larga, pero idiotamente perfecta. Los labios, entre delgados y gruesos, milimétricos, planeados de una forma casi arquitectónica. Los dedos, enguantados, aferrando el celular. Jeans, chamarra beige, bufanda al cuello, la maletita a un lado. Debajo de su ropa, se adivinaba su delgadez. Ni fui discreta al mirar. Era demasiado. Antes no tiré baba de verdad.
Obviamente, él se dio cuenta de que lo estaba viendo. Antes no me lo comí con los puros ojos. Levantó la vista. Nos estuvimos mirando a los ojos un rato. Desvié la mirada un momento, porque ni él se iba, y yo menos, y no quería que se sintiera (quizá demasiado) incómodo. Pero no pude aguantar mucho tiempo. De nuevo a admirarlo. Él volteó a verme una vez más. Y, así, antes de atender un mensaje en su celular, sonrió. Sonrió, y su sonrisa, leve, sin dientes, no era la sonrisa del güey que se siente cagado por Dios y sabe que lo estás viendo, que sabe que te mueres por él, porque todo el mundo lo hace. No. La sonrisa, que no se le fue incluso mientras tecleaba el mensaje, tenía una cierta ternura. Ha de haber pensado que yo era una reverenda imbécil; pero una reverenda imbécil algo linda, al menos. Había también algo de satisfacción: como que se sentía halagado de que yo lo estuviera viendo con absoluta devoción (y estupidez). Cuando levantó la mirada una vez más, yo sentía que las mejillas me ardían a pesar del pinche frío, pero le devolví la sonrisa.
Tasha empezó a arrearnos entonces, y supe que era momento de irse. Volteé a verlo una vez más. Él entendió lo que sucedía, y, una vez más, sonriendo, levantó la mano, y movió los dedos, muy leve, en señal de despedida, mientras su boca trazó (porque ni siquiera habló) una palabra que yo no conocía. Me pudo haber dicho que yo era una soberana pendeja. Confié en que me dijo adiós. Sonreí una vez más y le devolví el adiós, también moviendo la mano un poco, antes de darme la vuelta.
Las ecuatorianas, abuela y nieta, dijeron algo tan aguado como "Los checos sólo se casan con checas: ella tuvo un novio checo y él se fue a su país y se casó con otra". Y, aún así, yo no quitaba la sonrisa estúpida de mi cara. Se me quitó cuando pensé que sí era una soberana pendeja por no haberle pedido una foto mientras estaba en estado de auténtica fascinación. Claro que mi cerebro tampoco estaba carburando. Lo único que pensaba era que el hombre más hermoso del mundo me estaba sonriendo, y ¿de dónde a mí tal honor? ¿De qué sueño saliste, de qué sueño que tuve, para ponerte ahí en las calles de Praga a mi vista?
Ahora me tienes pensando en ponerme un tatuaje que diga Kaprova (el nombre de la calle).
Pensando en que daría un brazo, una pierna, una narcoejecución y una piedra del Orloj por volverte a ver.
Queriendo revisar a ver quién chingados eres en Facebook, Google, el mundo.
Por eso ahí les dejo, mientras escucho en mi mente, una vez más, "I've been around the world and I ain't seen nothin' like you". "Resignation", de Reef. Perdonen la intensidad, pero soy peor que John Keats y William Butler Yeats cuando no tienen nada que hacer. Tan sólo sé que en Praga, la luna es una daga manchada de alquitrán, y que el hombre que he soñado por años se pasea, libre, celular en mano, antes sin saber que yo existía, ahora sabiendo que existo pero sin saber quién soy, de dónde vengo, a donde chingados me voy a ir, y, aún no sé, si pensando o no en mí como yo en él...

Wednesday, December 28, 2011

European Daughter: Lady Stardust suelta en Schiphol

Con ánimos de Lou Reed, se los digo: la European Daughter soy yo. Lo he de ser, que a pesar de mi atracción por Nueva York también tengo una fascinación con el viejo continente, así que de hecho les escribo de estas lejanas tierras para contarles como me está yendo en otro de esos tours que te dejan medio muerta, pero que son la mar de disfrutables y llenos de cosas interesantes que contar.
Pero empezamos por el inicio. Y es que resulta que nos tocó escala en uno de mis países soñados: Holanda, que amo por el futbol, el futbol, el futbol, los futbolistas y el queso. Y seguramente algún gigoló en la zona roja. ¿Pa qué digo que no? Yo me enamoré de un holandés al que vi, por primera y única vez, perdido en la sala de mi dentista. Yo tenía quince años y se me hizo el hombre más hermoso que había visto en toda mi vida.
El problema era que Lady Stardust no andaba necesariamente como bomba sexy suelta en Schiphol. De hecho, andaba suelta del estómago, para mi desgracia. Aún no sé si fue por el exceso de Smint durante todo el día, ya que, entre la emoción, los nervios, y el hecho de que en Navidad comí pulpo y me sentía como que mi aliento seguía oliendo a esta cena, me tragué como media caja de las de 50. Y yo que estaba escéptica de las propiedades anoréxicas de la pastillita azul.  Claro que también pudo haber sido el té Tazo de durazno que me aventé antes de que saliera nuestro avión, a las 9:30 de la noche. Se supone que salía a las 9, pero en ese momento avisaron que estaba sin poder aterrizar debido a que la pista estaba ocupada.
Fue ahí cuando me fui al baño, porque empecé a sentir que mi estómago lo requería. Y que me agarra la digestión super acelerada. No me chingues. Desde ahí empezó mi paranoia. Para colmo, siempre me quedo dividida entre comer o no comer (esa es la cuestión). Desde que me anunciaron el reflujo biliar, sé que aunque no tenga ganas de comer, si no como, me empiezo a pudrir por dentro. Para colmo: tocó una fila de tres asientos, en la cual íbamos mi hermano, yo enmedio, y al final un hindú. Justo cuando yo pensaba que me convendría el pasillo para salir corriendo en caso de emergencia. Además, el hindú apestaba a sudor que era un contento. Sé que yo tenía digestión acelerada, pero juro que no estaba tan mal.
Llegaron unas azafatas holandesas (íbamos por KLM) muy atentas a decirle al hindú que, si quería, se podía cambiar de lugar para no tener que compartir la fila con nosotros; que en otra fila estaría más amplio. Pues el cabrón hindú, que ya se había hecho bolas con su cobijita, dijo que no. Vale madres. A aguantar lo más que se pueda se ha dicho. Lo bueno es que los aviones de KLM son de primer mundo y tienen pantallita para jugar Tetris. Eso me sirvió para distraerme un rato. Lo demás... bueno. Nos trajeron la cena. Chicken or beef. Yo elegí beef tras ver que el chicken estaba en una sospechosa salsa verde. La carne de res estaba en salsa de champiñones y no estaba mal, aunque recuerden que yo me la comí nomás para no sentir que me pudría por dentro. Bien, el problema es que después yo ya me aferraba a mi control de Tetris mientras rezaba a todos los santos que el hindú se moviera, porque, para colmo, se había empezado a jetear. Y yo necesitaba salir. Creo que cuando se levantaba el hindú, yo salía corriendo a todo vapor. Fueron como dos veces las que se levantó, mismas que yo salí en chinga. Dejémoslo así. El resto del vuelo fue para tratar de dormir ignorando mi estómago, el sudor del hindú, y la vida en general. Y Tetris.
De pronto, por la ventana, se pudo ver el mar. Y molinos, que si no son los molinos como los dibujan en los libros, no dejan de ser una de las marcas de uno de los países que en mi mente (y en mis hormonas futboleras) he mitificado. ¡Holanda! ¡La tierra de la naranja mecánica (futbolera)! ¡Sex, drugs and tulips!
Y, tal como yo lo había soñado: hombres perfectos. Hombres desgarradoramente perfectos. Lo mismo para las mujeres, ¿eh? Mujeres hermosísimas, con caras de muñeca... pero los hombres. Da puto coraje. Los dos que nos sellaron el pasaporte eran estúpidamente hermosos. Me daban ganas de aventarme un threesome salvaje con ellos si no fuera porque en ese momento me sentía decididamente anti-sexy y sólo buscaba los letreritos del baño. Chingada madre. Para colmo, mi medicina estomacal reservada para esos momentos había sido llevada directamente a Praga.
Cuatro horas de espera que, aún así, con todo y lo pinche mal que me sentía, las disfruté. Tan sólo aumentaron mis ganas de querer conocer Amsterdam, de querer andar de decadente por la capital holandesa. Con todos quería, a todos me daba la gana perseguir. Lo único que detuvo un poco mi mirar a un lado y a otro fue el hecho de que empezó el partido del United contra el Wigan y me puse a ver un cast lo mejor que pude en mi lap, suficiente para presenciar una probadita de la gloria en la que se cubrió mi ídolo, Dimitar Berbatov. De ahí (no había comido nada desde la carne de res) a abordar un avión, ahora rumbo a la República Checa. Por cierto, en la maleta estaba mu jersey de Pavel Nedved. Seguiré informando.

Wednesday, December 21, 2011

Twentynothing to twentysomething


Alguna vez, alguien me dijo que los veintes se pasaban muy rápido. Recuerdo el miedo que tenía cuando cumplí 20. Y ahora me veo, y estoy a un paso del cuarto de siglo y es en ese momento cuando me da por pensar demasiada mierda.
Releo El amor dura tres años de Beigbeder. Ese libro lleva conmigo ya más de tres años. Leo lo de que los treinta años son la edad espuria en la que ya eres demasiado viejo para ser joven y demasiado joven para ser viejo. Lo peor: me pongo a pensar qué he estado haciendo todo el año pasado. He estado trabajando. Trabajando para labrarme un sueño a golpes y a exámenes. Debería de sentirme orgullosa conmigo misma, y lo único que consigo es que mis piernas empiecen a temblar.
No sé por qué lo pienso. Recuerdo cuando tenía 14 años y era una persona seria, demasiado seria y llena de teenage angst. Siempre pensé que para los 27 sería todo un prodigio de alguna cosa y que valdría la pena labrar mi nombre junto al de Janis Joplin. Se acercan los 27 y yo no soy prodigio de nada y hace siglos que no toco guitarra. Y, más que nada, me aferro al mundo. A los 14 no actuaba como persona de mi edad. Siempre dije que yo sí me sentía como Bob Dylan en "My Back Pages": "Oh but I was so much older there/ I'm younger than that now."
Y ahora soy muy joven, demasiado joven. Tengo 24 y soy demasiado joven. A vecas me siento igualita que como cuando tenía 17, y eso que los años me han sentado bien.
A veces me puedo poner peor. Me puedo poner como cuando tenía 13.
A veces me siento como Alanis Morissette: "I'm 13 again, am I 13 for good?"
Y lo único que me viene a la mente es una canción de cuando, efectivamente, tenía 13. "What's My Age Again?" de Blink-182.
"Nobody likes you when you're 23". Me pregunto si le agradas a más gente cuando tienes 24.
"My friends say I should act my age." Nunca lo hago. No me pega la gana hacerlo.
Me pasé la noche pensando en si dentro de un año estaré cantando "What's Up?" de 4 Non Blondes con el mismo énfasis con el que la cantaba cuando tenía 14. Excepto que en ese momento, sí, tendré 25 years of my life and still tryin to get up that great big hill of hope for a destination.
O... ¿qué onda con los treintas? Estoy viejísima. Bueno, mi edad mental siempre ha sido de 33 años. Pregúntenselo a Marillion.
En este momento, lo que más quiero es tener los pies bien clavados a la tierra.
En este momento, pienso que, precisamente porque me siento vieja, porque no soy Rimbaud ni ningún prodigio de la música, tengo mucho por qué vivir.
Como ver a Nemanja Vidic jugar la siguiente temporada.
Como ver en vivo a Def Leppard, Poison, Tom Petty, Springsteen y los Goo Goo Dolls, por decir nombres.
Como cantar "Don't Stop Believin'" a todo volumen en algún concurso de karaoke.
Como Nueva York, que espero no me rechacen.
Como llegar a ser la poeta que quiero ser.
Como cantar "Sometimes It's a Bitch" de Stevie Nicks y sentirla.
Como leer todas las felicitaciones que me llegaron hoy, muchas de gente a la que hace mucho no veo. O de la gente que he conocido recientemente y sus comentarios son maravillosos, amables, que me hacen sonreír tanto.
Aunque a veces quisiera, simplemente, que alguien me dijera si la sonrisa se me va a quedar pegada todo el año. Disculpen la amargura, pero la epidemia de cáncer en la familia me apagó un poco.
Me hace amar la vida tanto que me da miedo perderla.
Y perder todo esto que tengo.
Cuando tengo tantas cosas por ganar.

Y esta la escribió Stevie con Jon Bon Jovi. Ahí nomás, por qué lo amo. (Y sí, me gusta Stevie Nicks. Tengo como 38 años, pues).


Sometimes It's a Bitch
Stevie Nicks


Well I've run through rainbows and castles of candy 
I cried a river of tears from the pain 
I try to dance with what life has to hand me 
My partner's been pleasure...my partner's been pain 


There are days when I swear I could fly like an eagle 
And dark desperate hours that nobody sees 
My arms stretched triumphant on top of the mountain 
My head in my hands...down on my knees 


Sometimes it's a bitch...sometimes it's a breeze 
Sometimes love's blind...and sometimes it sees 
Sometimes it's roses...and, sometimes it's weeds 
Sometimes it's a bitch...sometimes it's a breeze 


I've reached in darkness and come out with treasure 
I've laid down with love and I woke up with lies 
What's it all worth only the heart can measure 
It's not what's in the mirror...but what's left inside 

[ Lyrics from: http://www.lyricsfreak.com/s/stevie+nicks/sometimes+its+a+bitch_20131618.html ] 
Sometimes it's a bitch...sometimes it's a breeze 
Sometimes love's blind...and sometimes it sees 
Sometimes it's roses...and, sometimes it's weeds 
Sometimes it's a bitch...sometimes it's a breeze 


You gotta take it as it comes 
Sometimes it don't come easy 


I've run through rainbows and castles of candy 
And I've cried a river of tears from the pain 
I tried to dance with what life had to hand me 
And if I could...I'd do it all over again 


Sometimes it's a bitch...sometimes it's a breeze 
Sometimes love's blind...and sometimes it sees 
Sometimes it's roses...and, sometimes it's weeds 
Sometimes it's a bitch...sometimes it's a breeze 
Sometimes the picture just ain't what it seems 
You get what you want...but it's not what you need 
Sometimes it's a bitch...sometimes...it's a breeze 
Well it's a breeze...it's a breeze...it's a breeze...

Saturday, December 10, 2011

Music for Airports

(Otro poema que me rechazaron; esta vez para los Juegos Florales Sayahuenses. Espero su feedback).



Paraíso/pasillo lejano
de genuflexiones doradas
ante este equipaje
que en su seno carga
sueños de otras camas
males de otros pechos
con pies que se arrastran
por amaneceres ebrios
con esos rosáceos ojos bajos—
los cuerpos que se mueven
cargados de nostalgias
de significados
trazos runa-grafos
canes vagabundos—
ellos sí, de noches y recuerdos,
guardas de una accidentada atmósfera:
amar es hendir el cielo a golpes
con esto, un Ícaro hecho obús,
de alas de langosta fugitiva,
de trazos de aire
sobre aire.

Saturday, December 03, 2011

Más vale tarde que nunca: Perlas curtidas

¡Al fin! Al fin he terminado con mis terribles compromisos de las universidades, que tan mal me han tratado. Por eso, ya que está todo mandado y to tengo tiempo para gastarlo en el ocio que son la escritura y los recuerdos, vuelvo a hace una semana, un poco más, cuando Pearl Jam vinieron a celebrar su vigésimo aniversario a la Ciudad de México.
Traían invitados de lujo: X, la banda de John Doe y Exene Cervenka, banda punk de culto que gatea por los párrafos de Bret Easton Ellis. El maldito tráfico no me dejó llegar a tiempo ni para escuchar "Los Angeles", su rola más famosa, a la que yo le traía muchas ganas, sobre todo desde que afirmaron que Exene sufre de una enfermedad degenerativa que muy pronto la dejará sin ganas de punkear. En fin, que me quedé sin conocer a la leyenda viva y además tuve que llegar corriendo tras pagarle una cantidad obscena de dinero a un bicitaxi. Ni tuve tiempo de sentarme cuando Eddie apareció en el escenario, y desde la primera canción surgió el derroche de emociones "Release", final del Ten, que parecía un llamado a dejarse ir, a sentir la música. Un closing que sirvió como un opening muy adecuado.
Y salió el resto de la banda. A grungear a gusto con "Last Exit", "Corduroy" y "Severed Hand", mismas que precedieron a la siempre sublime y desgarradora "Given to Fly", la historia del hombre que libera a la gente con el poder de volar, aunque se lo prohiben. Desde ahí, a soltar el chillido.
"Brain of J", del disco Yield al igual que "Given..." fue la siguiente, antes de la aparición de la guitarra acústica para "Elderly Woman Behind a Counter in a Small Town", título molón donde los haya, canción hermosa por donde se le mire, aunque fue opacada por la reverenda e increíble sorpresa que siguió: "Faithfull", también del Yield, rolón extraordinario y mi punto favorito del concierto. Tengo que admitir que desde que la cantaron yo ya me daba por bien servida.
"Even Flow" lanzó la primera ronda de alaridos (aunque ahora el público grungero, que ya no anda para ciertos trotes, no amenazaron con imitar a Eddie en ese video) que fueron un poco tranquilizados por una rola del vocalista en solitario; para ser más específicos, del soundtrack de la película Into the Wild: "Setting Forth".
Tras "Unthought Known", Eddie presentó, en su pésimo español, otra gran sorpresa: "Rojo mosquito", o, bien dicho, "Red Mosquito", absolutamente inesperada. De ahí llegó la triste y más conocida "Daughter", la cual puso al respetable a jugar con las luces de los celulares y de los encendedores, que se prendían y apagaban al ritmo de la canción, lo que siempre resulta un espectáculo digno de verse. Eddie, definitivamente maravillado, pidió que se apagaran las luces del escenario para poder ver a un Foro Sol como un cielo estrellado. "Ahora sí, estamos en México," anunció.
"Of The Earth" sirvió como antecesora para otro gran momento "Nothingman" y "Betterman" seguidas (y doble chillido). Dos personajes diferentes, historias igual de duras. Hay que admirarles a Pearl Jam la manera de representar lo triste de la vida y de volverlo algo hermoso.
"Porch", otro regalito del Ten, envió a Pearl Jam atrás del escenario por primera vez, de una forma que se nos figuraba demasiado temprana. Pero no tuvimos que esperar mucho: Eddie regresó con su acústica para dedicarle una canción a unos amigos suyos recién casados. "Just Breathe", esa sentimental joyita del Backspacer que a muchos nos robó el corazón a la primera escuchada fue lo que resonó. Podrán decir que el viejo Vedder es más suave, pero de que es una rolota, es una rolota. Ah, lloré otra vez.
"Off He Goes", otra bella acústica, salió con dedicatoria a John Doe, antes de empezar a guitarrear a más y mejor con, qué más, "Do the Evolution". Las primeras filas se sacudían en conato de slam mientras el Foro Sol rugía con ansias de rebelarse ante la vida: "IT'S EVOLUTION, BABY!!"
El mismo camino tortuoso continuó de una forma un poco más romántica con "Black", con todo y coritos al final. "Black", que siempre seguirá siendo igual de conmovedora, y a quien no le duela no tiene corazón.
Continuamos con la oda a los viniles "Spin the Black Circle". Eddie, quien tenía una bandera de México cerca, se la puso como capa, se envolvió en ella, brincó por todos lados acompañado del lábaro patrio... y, finalmente, se puso a revolearlo mientras ordenaba "Spin the black circle!". Algunos lo considerarán irrespetuoso a la bandera, pero acá sabíamos que era un acto de la más pura pasión.
Tras "The Fixer", primer sencillo del Backspacer y rola que nos había puesto a pensar que Eddie Vedder finalmente era un tipo feliz, regresamos a la oscuridad con el señor "Jeremy", quien le arrancó un alarido a los, fácil, 60 mil presentes, que yo nunca había visto el Foro tan abarrotado. La historia de Jeremy, el chico ignorado, fue recreada por el público, mientras yo miraba a una niña de tres años, en su chamarrita rosa, que se alzaba sobre los hombros del que seguramente era su papá. Una nena enterándose de lo triste que puede ser el mundo de la manera más maravillosa posible. Qué valor, y felicitaciones a su padre.
"Why Go", igualmente del Ten, fue puerta para otra desaparición, que vio a la banda regresar bastante festivos, con esa especie de porra que es "Olé". Después, lo que hicimos fue demostrar que en el fondo, todos somos unos fresas. Así es, porque cantamos completita "Last Kiss", y a mucha honra.
"Leash" hizo mancuerna con "Alive", el grito de guerra de Pearl Jam por excelencia: porque con él Eddie Vedder exorcizó sus demonios de la infancia; porque con él varios fans que murieron en un accidente en un concierto demostraron que todavía estaban vivos; porque en algún momento PJ fueron la única banda de grunge viva y vigente; porque da gusto pararse y gritar a todo pulmón "I, I'm still alive!"
Y qué mejor manera de sentirse vivo que rockeando. X volvió a tomar el escenario. Ahí pude verlos, a John Doe y Exene Cervenka, a quienes no les faltaba mucho para ser mi padre y mi madre, excepto porque mi madre no está tan canosa y mi papá no se hace ese peinadito punk. Pero la Cervenka agarró el pandero y se unió al desmadre, que, por cierto, se alzó en los asientos, pues los vasos amarillos de chela comenzaron a volar por todas partes, tapizando el Foro, una especie de domo volador sobre nuestras cabezas. En la zona general, unos cuates de deshicieron de sus playeras y empezaron a bailar revoleándolas, sin importarles que se les viera la panza, que se les cayeran los jeans y les dejaran ver más allá de la espalda. Libertad. Rock n' roll. La máxima expresión de lo sublime que es la música.
"Indifference" fue bella, y sirvió para que nos tranquilizáramos un poco. Las luces estaban encendidas. Sabíamos lo que se venía. El lado B más celebrado de todos los tiempos.
Señoras y señores: "Yellow Ledbetter", con su airecito a "Little Wing" del maestro Hendrix, que, por cierto, fue homenajeada en ese mismo momento. El tipo que estaba enfrente de mí rompió a llorar a mares, sobrecogido por la emoción. ¿Qué van a saber ustedes del amor, si una rola no los ha conmovido de esa manera?
Pearl Jam dejó el escenario. Eddie se despidió como mil veces de nosotros. Quién mucho se despide, pocas ganas tiene de marcharse. Vedder no lo escondía. Qué ganas de volver. Qué ganas de que se queden. Yo los vi en el 2005, que fueron mi regalo de 18 años. Me gustaron más ahí, pero la emoción y las lágrimas no faltaron. Pearl Jam, la última gran banda, que son incapaces de dar un concierto malo.