Thursday, December 29, 2011

European Daughter 2: Ay Praga, darlin' Praga.


En la entrega anterior de mis andanzas por el viejo continente, yo andaba en Schiphol sintiéndome muy mal del estómago y peor por no tener un holandesito a mi lado, pero llegó la hora de tomar un vuelo que, finalmente, nos llevaría a Praga. El vuelo, por Czech Airlines, fue bastante corto y aterrizamos en la capital checa sin contratiempos. Incluso yo ya estaba comenzando a sentirme un poco más controlada.
Las nueve de la noche. El aeropuerto se encontraba casi desierto excepto por el pequeño grupo que éramos los que salimos del avión. En la salida, nuestro contacto en Praga, una mujer llamada Jana, nos estaba esperando, ya hasta un poco presionada, pero es que nuestro equipaje se tardó en salir. Salimos a una ciudad que se veía poco iluminada, con pocos carros, más bien oscura, árboles ensombreciendo el periférico por el que transitábamos. Me llamó la atención con cierta tristeza ante la tranquilidad. El río Moldava apareció entonces, las luces también tenues reflejadas en su superficie, y lo único que yo podía pensar es que Praga tenía algo oscuro, pero no de malo, sino como si se estuviera escondiendo, si le diera pena ser patrimonio de la humanidad según la UNESCO. Mi mente se llenó con la rola de Bruce Springsteen, "Darkness on the Edge of Town".
Ya sólo dio tiempo de llegar a nuestro hotel, un edificio muy bonito, de tomarme mis milagrosas pastillas para el reflujo biliar y demás desmadres gástricos (son Dios, sigo bien) y a dormir.
A la mañana siguiente salimos tempranito a la primera parte del tour: una visita a pie de todo lo bonito que hay para ver en Praga. Conocimos a nuestra guía, una mujer llamada Tasha, y al resto del entourage, a quienes, como siempre, les voy a presentar, porque ya ven que luego sale cada gentecita... Está mi familia, y mi hermano y yo somos los más jóvenes. Hay tres señoras del DF, también con el mismo sentido de humor podrido; hay unos cuates de Portland (por Tlalnepantla); unos costarricences que van de lo simpático a lo simplemente insoportable (ya verán por qué) y que vienen en grupo gigante, con parejas y una chava que hasta con el novio está jalando; una ecuatoriana que está con su mamá o su abuelita, no lo sé, pero que tiene ínfulas de diva de Hollywood; dos peruanas, mamá e hija, que tienen, para su desgracia, el aroma del hindú que se sentó junto a nosotros en el avión; una pareja de brasileños, él mitad japonés, que parecen ser recién casados; dos venezolanas medio a la Hugo Chávez, que, mind you, parecen lesbianas (lo dice mi madre, no yo) y otro par de ecuatorianas, abuelita y nieta. Con estas personas compartimos camión.
Pues esa mañana salimos, como les digo, a caminar por Praga, empezando por el barrio de la Mala Strana, donde se encuentra la iglesia del Santo Niño de Praga, que, según parece es bastante popular con toda la comunidad latina. Tasha, con su excelente español para una checa, nos empezó a guiar, y nos advirtió que íbamos a parar, más tarde, antes de que tuviéramos tiempo libre, en una casa de cambio, para pasar los euros a coronas checas, que se siguen usando en Praga.
Empezamos pasando a la iglesia, una iglesia algo simple, pero con el Santo Niño y sus vestidos en todo su esplendor. Los vestiditos son fit for a king, y tanta prueba hay de su popularidad con la comunidad latina que adentro de la iglesia hay un cuadro con la Lupita (sí, la Virgen de Guadalupe, no la banda de Lino Nava). Ahí nomás. De ahí, seguimos caminando, pasando por la casa del escritor Jan Neruda, a quien Pablo Neruda, antes conocido como Neftalí Reyes, le robó su apellido por ser muy fan. Desde ahí me di cuenta de que Praga es como una villa de muñecas: los barrios con sus edificios de colores pálidos pero, al fin y al cabo, edificios perfectos, dándole el aire de nostalgia que yo le había visto cuando llegamos en la noche con Jana. Bandas de blues y jazz en cada cervecería, porque son los mayores bebedores de cerveza. Parece estar algo perdida en el tiempo.
Llegamos de ahí al puente de Carlos, que si a alguien por aquí le gustó AFI lo más probable es que lo recuerden.  En "persona" no es tan sombrío, pero es muy hermoso, con el Moldava a los lados, un checo tocando el organillo y otro el acordeón, y demás curiosidades, como la estatua de San Juan Nepomuceno, donde si "le frotas el culo al perro" (Tasha dixit) se te cumplen los deseos y puedes volver a Praga. Ahí vamos todos a frotarle el culo al perro, pues (un perro en relieve, no vayan a andar diciendo).
Un cuate a la mitad del puente hacía caricaturas, y tenía una de Justin Bieber. Inmediatamente me pregunté: ¿para qué tener una caricatura de Justin Bieber habiendo hombres tan hermosos a su alrededor? Porque ah, de ahí empezaron a salir los galanes por carretadas. Muy rubios, con los ojos muy, pero muy, PERO MUY azules, de esos que me encantan. Las mujeres también muy hermosas, incluso con los cabellos oscuros, logrando un contraste más bonito que ellos, aunque... bueno, pero del encuentro de la casa de cambio, que sucedió cuando cruzamos el puente rumbo al Barrio Viejo, el Stare Mesto, les contaré después. Por lo pronto, conténtense con saber que le gusté a un goth rastudo, muy rubio y ojiazul él también, que hasta llevaba a la novia. ¡Sexy!
Pasamos por el Stare Mesto a la casa de cambio (¡ay Praga, darlin' Praga! ¡la luna es una llaga... ahorita les cuento) y llegamos a la plaza donde se encuentra el Orloj, el famoso reloj astronómico, y donde vendían vino caliente. Yo quería probar, pero íbamos tan rápido que no se podía. Al fin vi al Orloj cara a cara. Me sacó de onda: yo me lo había imaginado más alto, incluso imponente. Está tan bajito que parece que lo pudieras tocar. Eso sí, es muy azul, muy bonito, muy medieval. Verlo dar la hora es, además, precioso: las figuritas que lo rodean se mueven, sobre todo un esqueleto que representa a la muerte, y mueve sus brazos tocando una campana. De la punta de la torre, además, se asoma un cuate vestido a la usanza medieval, tocando una trompeta. Es un momento en el que uno piensa en la magia de cada hora, en la magia del tiempo en sí.
Le dimos la vuelta a toda la plaza, pasando por calles estrechas, sosteniendo las bolsas por miedo a los carteristas, que dicen que proliferan. Tras pasar por muchos edificios la mar de magníficos, llegamos a un pasillo donde entramos a comer. La casa era un lugar muy medieval, hundido, con mesas largas, para compartir. Nos sentaron junto a las venezolanas y sirvieron, para empezar, dos sopas: una de cebolla y otra de vegetales. La de cebolla la rechacé, pues sí me causa estragos. Tomé la de vegetales. No me gustan mucho las verduras y aún así he de decir que estaba deliciosa.
El guisado, por su parte (servido, por cierto, por un meserito que bien podría ser pariente de Nemanja Vidic) fue carne de cerdo con choucrout, papas fritas, y unos panes de los cuales, desgraciadamente, se me olvidó el nombre. Son unas ruedas de masa que no saben a nada, a NADITA, a menos de que las metas en la salsa del guiso. Una sensación curiosa en el paladar. ¿Lo mejor? Regar todo con cerveza. A huevo.
Salimos de la casa medieval ya con tiempo libre. En el camino, me detuve a comprar un reloj que tenía una carátula tipo timbre postal, diseño checo original. Me atendió un negro (no estoy siendo racista, era un negrote, de esos caribeños, sonrientes) que, en su amable español, nos contó que era dominicano, pero que se había pasado para Praga. Hablaba checo perfectamente. Me hizo pensar en que, cuando quiera, me largo, que si él pudo, ¿por qué yo no?
De ahí, nos perdimos por las calles del centro, paseando de nuevo por el Orloj, por quién sabe cuántas calles, hasta que se nos cansaron los pies. De ahí, al metro. Atinar a cómo comprar un boleto y a dónde estaba nuestra estación estuvo medio cabrón, pero finalmente surgimos. Nuestra estación de metro caía directamente, sin escalas ni puestos de pretzels ni de vino caliente de por medio, sin calle de transición, a la entrada de un mall. ¿Así o más pinche primer mundo? Lo mejor: eso de ligar a las plazas no se hace en México. Aquí, hasta el pinche guardia de seguridad está guapo. De veras que eso de que Katy Perry y Justin Bieber sean sex symbols son mamadas. En este lugar, sólo tienes que ver a la cabrona que está doblando las playeras en Zara o al cabrón que está mesereando. ¡Vámonos! Pero para el hotel, que hasta en ese momento nos dimos cuenta de que ya llevábamos nueve horas caminando, como desde las 9:30 de la mañana hasta las 6:30 de la tarde.
Y, tan pronto llegué, a la internet del hotel. Donde, por cierto, twitteé. Sobre el encuentro de la casa de cambio. http://twitter.com/#!/ladystardust21, el 27 de diciembre...
Pero ya, dejo de chingar y de hacerla de emoción y les cuento, ¿verdad? Pues les cuento. Mientras Tasha aseguraba que en esa casa de cambio no te hacían cachetón el precio de los euros por las coronas checas, yo me puse a esperar. No a que llegara mi turno: simplemente, a esperar que saliéramos de ahí, pues le di un poco de dinero a mi papá para no hacer la fila más grande innecesariamente. Fue ahí cuando lo vi, parado cerca de mí, embebido en una llamada telefónica.
No puedo negarlo. Ya había visto hombres bastante guapos, como pueden ver, pero él era, incluso entre los checos, otra cosa. El cabello medio largo, café claro, combinando con la levísima marca de una barba que no era de tres días, sino de menos. Los ojos igual de azules que los de los demás checos, aunado a una nariz larga, pero ni siquiera de las narices interesantes que llegan a atraerme: se trataba de una nariz larga, pero idiotamente perfecta. Los labios, entre delgados y gruesos, milimétricos, planeados de una forma casi arquitectónica. Los dedos, enguantados, aferrando el celular. Jeans, chamarra beige, bufanda al cuello, la maletita a un lado. Debajo de su ropa, se adivinaba su delgadez. Ni fui discreta al mirar. Era demasiado. Antes no tiré baba de verdad.
Obviamente, él se dio cuenta de que lo estaba viendo. Antes no me lo comí con los puros ojos. Levantó la vista. Nos estuvimos mirando a los ojos un rato. Desvié la mirada un momento, porque ni él se iba, y yo menos, y no quería que se sintiera (quizá demasiado) incómodo. Pero no pude aguantar mucho tiempo. De nuevo a admirarlo. Él volteó a verme una vez más. Y, así, antes de atender un mensaje en su celular, sonrió. Sonrió, y su sonrisa, leve, sin dientes, no era la sonrisa del güey que se siente cagado por Dios y sabe que lo estás viendo, que sabe que te mueres por él, porque todo el mundo lo hace. No. La sonrisa, que no se le fue incluso mientras tecleaba el mensaje, tenía una cierta ternura. Ha de haber pensado que yo era una reverenda imbécil; pero una reverenda imbécil algo linda, al menos. Había también algo de satisfacción: como que se sentía halagado de que yo lo estuviera viendo con absoluta devoción (y estupidez). Cuando levantó la mirada una vez más, yo sentía que las mejillas me ardían a pesar del pinche frío, pero le devolví la sonrisa.
Tasha empezó a arrearnos entonces, y supe que era momento de irse. Volteé a verlo una vez más. Él entendió lo que sucedía, y, una vez más, sonriendo, levantó la mano, y movió los dedos, muy leve, en señal de despedida, mientras su boca trazó (porque ni siquiera habló) una palabra que yo no conocía. Me pudo haber dicho que yo era una soberana pendeja. Confié en que me dijo adiós. Sonreí una vez más y le devolví el adiós, también moviendo la mano un poco, antes de darme la vuelta.
Las ecuatorianas, abuela y nieta, dijeron algo tan aguado como "Los checos sólo se casan con checas: ella tuvo un novio checo y él se fue a su país y se casó con otra". Y, aún así, yo no quitaba la sonrisa estúpida de mi cara. Se me quitó cuando pensé que sí era una soberana pendeja por no haberle pedido una foto mientras estaba en estado de auténtica fascinación. Claro que mi cerebro tampoco estaba carburando. Lo único que pensaba era que el hombre más hermoso del mundo me estaba sonriendo, y ¿de dónde a mí tal honor? ¿De qué sueño saliste, de qué sueño que tuve, para ponerte ahí en las calles de Praga a mi vista?
Ahora me tienes pensando en ponerme un tatuaje que diga Kaprova (el nombre de la calle).
Pensando en que daría un brazo, una pierna, una narcoejecución y una piedra del Orloj por volverte a ver.
Queriendo revisar a ver quién chingados eres en Facebook, Google, el mundo.
Por eso ahí les dejo, mientras escucho en mi mente, una vez más, "I've been around the world and I ain't seen nothin' like you". "Resignation", de Reef. Perdonen la intensidad, pero soy peor que John Keats y William Butler Yeats cuando no tienen nada que hacer. Tan sólo sé que en Praga, la luna es una daga manchada de alquitrán, y que el hombre que he soñado por años se pasea, libre, celular en mano, antes sin saber que yo existía, ahora sabiendo que existo pero sin saber quién soy, de dónde vengo, a donde chingados me voy a ir, y, aún no sé, si pensando o no en mí como yo en él...

1 comentarios:

Xime-chan said...

Sniff sniff