Con ánimos de Lou Reed, se los digo: la European Daughter soy yo. Lo he de ser, que a pesar de mi atracción por Nueva York también tengo una fascinación con el viejo continente, así que de hecho les escribo de estas lejanas tierras para contarles como me está yendo en otro de esos tours que te dejan medio muerta, pero que son la mar de disfrutables y llenos de cosas interesantes que contar.
Pero empezamos por el inicio. Y es que resulta que nos tocó escala en uno de mis países soñados: Holanda, que amo por el futbol, el futbol, el futbol, los futbolistas y el queso. Y seguramente algún gigoló en la zona roja. ¿Pa qué digo que no? Yo me enamoré de un holandés al que vi, por primera y única vez, perdido en la sala de mi dentista. Yo tenía quince años y se me hizo el hombre más hermoso que había visto en toda mi vida.
El problema era que Lady Stardust no andaba necesariamente como bomba sexy suelta en Schiphol. De hecho, andaba suelta del estómago, para mi desgracia. Aún no sé si fue por el exceso de Smint durante todo el día, ya que, entre la emoción, los nervios, y el hecho de que en Navidad comí pulpo y me sentía como que mi aliento seguía oliendo a esta cena, me tragué como media caja de las de 50. Y yo que estaba escéptica de las propiedades anoréxicas de la pastillita azul. Claro que también pudo haber sido el té Tazo de durazno que me aventé antes de que saliera nuestro avión, a las 9:30 de la noche. Se supone que salía a las 9, pero en ese momento avisaron que estaba sin poder aterrizar debido a que la pista estaba ocupada.
Fue ahí cuando me fui al baño, porque empecé a sentir que mi estómago lo requería. Y que me agarra la digestión super acelerada. No me chingues. Desde ahí empezó mi paranoia. Para colmo, siempre me quedo dividida entre comer o no comer (esa es la cuestión). Desde que me anunciaron el reflujo biliar, sé que aunque no tenga ganas de comer, si no como, me empiezo a pudrir por dentro. Para colmo: tocó una fila de tres asientos, en la cual íbamos mi hermano, yo enmedio, y al final un hindú. Justo cuando yo pensaba que me convendría el pasillo para salir corriendo en caso de emergencia. Además, el hindú apestaba a sudor que era un contento. Sé que yo tenía digestión acelerada, pero juro que no estaba tan mal.
Llegaron unas azafatas holandesas (íbamos por KLM) muy atentas a decirle al hindú que, si quería, se podía cambiar de lugar para no tener que compartir la fila con nosotros; que en otra fila estaría más amplio. Pues el cabrón hindú, que ya se había hecho bolas con su cobijita, dijo que no. Vale madres. A aguantar lo más que se pueda se ha dicho. Lo bueno es que los aviones de KLM son de primer mundo y tienen pantallita para jugar Tetris. Eso me sirvió para distraerme un rato. Lo demás... bueno. Nos trajeron la cena. Chicken or beef. Yo elegí beef tras ver que el chicken estaba en una sospechosa salsa verde. La carne de res estaba en salsa de champiñones y no estaba mal, aunque recuerden que yo me la comí nomás para no sentir que me pudría por dentro. Bien, el problema es que después yo ya me aferraba a mi control de Tetris mientras rezaba a todos los santos que el hindú se moviera, porque, para colmo, se había empezado a jetear. Y yo necesitaba salir. Creo que cuando se levantaba el hindú, yo salía corriendo a todo vapor. Fueron como dos veces las que se levantó, mismas que yo salí en chinga. Dejémoslo así. El resto del vuelo fue para tratar de dormir ignorando mi estómago, el sudor del hindú, y la vida en general. Y Tetris.
De pronto, por la ventana, se pudo ver el mar. Y molinos, que si no son los molinos como los dibujan en los libros, no dejan de ser una de las marcas de uno de los países que en mi mente (y en mis hormonas futboleras) he mitificado. ¡Holanda! ¡La tierra de la naranja mecánica (futbolera)! ¡Sex, drugs and tulips!
Y, tal como yo lo había soñado: hombres perfectos. Hombres desgarradoramente perfectos. Lo mismo para las mujeres, ¿eh? Mujeres hermosísimas, con caras de muñeca... pero los hombres. Da puto coraje. Los dos que nos sellaron el pasaporte eran estúpidamente hermosos. Me daban ganas de aventarme un threesome salvaje con ellos si no fuera porque en ese momento me sentía decididamente anti-sexy y sólo buscaba los letreritos del baño. Chingada madre. Para colmo, mi medicina estomacal reservada para esos momentos había sido llevada directamente a Praga.
Cuatro horas de espera que, aún así, con todo y lo pinche mal que me sentía, las disfruté. Tan sólo aumentaron mis ganas de querer conocer Amsterdam, de querer andar de decadente por la capital holandesa. Con todos quería, a todos me daba la gana perseguir. Lo único que detuvo un poco mi mirar a un lado y a otro fue el hecho de que empezó el partido del United contra el Wigan y me puse a ver un cast lo mejor que pude en mi lap, suficiente para presenciar una probadita de la gloria en la que se cubrió mi ídolo, Dimitar Berbatov. De ahí (no había comido nada desde la carne de res) a abordar un avión, ahora rumbo a la República Checa. Por cierto, en la maleta estaba mu jersey de Pavel Nedved. Seguiré informando.
2 comentarios:
Un placer leerte aunque hables de malestares estomacales. Espero que hayas sacado fotos de las hermosuras de Amsterdam para que me presumas con apetitosa evidencia. Te mando dos abrazos, diviértete mucho.
Muchísimas gracias Xime-chan! Y no, que he andado tan pendeja que yo misma me he dado coraje, porque por andar pendejeando, no les tomo fotos. Espera a la siguiente entrega, me sigo revolcando de coraje.
Post a Comment