Monday, December 17, 2012

The New York Trilogy pt. 5: I Heard a Sparrow Sing (demasiada Guinness)

Quizá demasiada Guinness. No lo sé; sólo sé que ese día, al menos, me sentí como una lass de esas de los poemas, y me puse a soñar un poquito.
Había decidido ir al mercado de navidad a Bryant Park a comprar regalos y souvenirs y esas cosas... y chocolates. Y es que aquí en Nueva York hay un cabrón desgraciado que se hace llamar Max Brenner y hace los pinches chocolates más perfectos del mundo. Para mí que este cuate (es israelí, así que) descubrió la mina de la popó de Dios y de ahí la saca. No diré cuánto he gastado en chocolate ni cuánto me duran, pero supongo que se darán una idea.
El problema es que entre más pasan los días aquí en Nueva York yo me desvelo más porque pues tengo que hacer tarea y así, entonces me despierto más tarde. Así, cuando salí de la Residencia a cumplir mi cometido, ya iban a ser las dos.
Pasé al metro, a la estación que ya mejor conozco, la más cercana a la Residencia. Algo que aprendí a hacer acá en Nueva York por miedo a los psicópatas fue que, mientras espero el metro, me coloco cerca de una familia con niños chicos, de mujeres, o de grupos de chavos, para que así me vean acompañada.
Pues ese día yo ya había localizado a la familia en cuestión, y estaba parada cerca de ellos. La hija, una niña de no más de ocho años, entonces, empezó a dar vueltas alrededor de mí, supongo que por aburrimiento, en lo que llegaba el metro. Después de eso salió corriendo hacia otro lado, y casi se estampó con un par de tipos que estaban entrando. Uno de ellos incluso dijo "Careful" y la niña salió corriendo hacia otro lado.
El más bajito de los chicos volteó a verme, entonces. Rubio, barbita, ojos muy azules; una especie de doble región 3 de Ryan Gosling.
En ese momento me preguntó, con acentazo, que si yo era la niñera. Sonreí un poco al reconocer ese acento como irlandés. Sin embargo, tampoco se trataba de reconocer a la chamaca como mía, aunque la familia me diera seguridad. Dije que no, que nada que ver.
Un momento de silencio y de pronto me siguió la plática: "Wha' you call?" Así, con letras comidas y todo. Acento ebrio.
Le dije mi nombre y el interrogatorio continuó. Que de dónde era. Le dije que de México. Para mi sorpresa (a media risa y a media desaprobación) el irlandés parecía no tener ni idea de dónde se encontraba.
Tras un intento de clases de geografía, me rendí. Él no. Me preguntó qué estaba haciendo ahí. Mezclando un poco mis sueños frustrados y con ánimo de molestar un poco al Ryan Gosling miniatura, le dije que estaba estudiando literatura irlandesa.
"R'ly?" dijo él, incrédulo, antes de preguntar: "D'you want to 'ear some poetry?"
Le dije que sí, aunque en el fondo, en verdad me preguntaba qué demonios podría recitarme un tipo que ni idea tenía de dónde estaba México. Pues bien, él empezó a recitar, a trompicones (en ese momento todos los metros empezaron a llegar del otro lado, y entre el acentazo y el ruido, escuchar estaba muy difícil) una especie de canción tradicional irlandesa (o al menos a eso sonaba) de una sparrow que le cantaba una canción, pero que él no la conocía, así que tan sólo podía canturrear. Yo escuchaba, entre halagada por su dedicación, divertida por los trenes que pasaban y lo interrumpían, y finalmente desesperada porque otro amigo se había unido y ahora tenía a uno a su diestra y otro a su siniestra, riéndose hagan de cuenta como Beavis y Butthead.
Finalmente, supongo que fue ese detalle lo que me hizo recordar mi natural desconfianza curtida en la calles defeñas. Me pregunté si los amigos se estarían riendo de él o de mí; me recordé que ser una mujer sola ligada en el metro de Nueva York no sonaba necesariamente a cuento de hadas. Así que, mientras él luchaba por terminar sus versos, llegó mi metro, y yo ya había tomado una decisión.
"Este es mi tren," anuncié.
Él pareció decepcionarse un poco. Antes de irme, le extendí la mano en señal de despedida. Él al inicio hizo ademán de tomarla y luego la quitó. Ya saben, juegos tontos de muchachos. Hice cara de "Hombres, qué les vamos a hacer." Él me dio la mano entonces, mientras yo me subí al tren.
Una vez llegué a mi destino, aproveché mi plan gringo de internet. Me había quedado con la duda del final del poema. Sin embargo, aunque encontré una canción tradicional irlandesa que también hablaba de una sparrow, no se parecía a lo que él había recitado. Me hizo sonreír la idea de que hubiera estado improvisando algo para impresionarme... y también me dejó con la duda.
¿Qué sería el final del poema?
¿Acaso arruiné una historia de amor por mis dudas?
Ustedes juzguen.


Monday, December 10, 2012

The New York Trilogy pt. 4: The Great Gatsby

En la entrada pasada, todo el mundo se enteró de los traumitas que tengo con NYU. Bueno, pues ni se me habían quitado cuando decidí dar una vuelta por SoHo y una de las mojitas de la residencia me dijo que por qué no me iba a dar la vuelta con una de las chicas, con Isadora. Yo, francamente, había pensado en buscar el lugar en donde se erigía el legendario CBGB, pero con ella, digamos, aún no me sentí en confianza para hacerlo. Aún con la falta del rock, me rendí a los encantos de ese barrio neoyorkino.
Pero eso fue el domingo. El lunes, me decidí a ir a buscar Century 21, outlet que mi familia me había estado insistiendo, que porque la ropa era muy barata. Revisé el Google Maps y me di cuenta de que el lugar estaba cerca de donde alguna vez se encontraron las Torres Gemelas. Sólo necesitaba tomar un metro, así que eso hice.
Apenas salí del metro, mi mirada se fue para arriba. Ahí se levantaba el testimonio del orgullo inquebrantable gringo. Que si nos tiran una torre, pues levantamos otra. Ahí, a medias, se levantaba el nuevo WTC.
Caminé hacia él como por instinto, mientras en mi mente sonaba la oración que Bruce Springsteen le había compuesto a los muertos tras el 11 de septiembre, "Into the Fire": "May your strength give us strength, may your faith give us faith, may your hope give us hope, may your love give us love." El evangelio según Springsteen.
Casi casi termino entrando por equivocación a la construcción, así que cambié mi rumbo. Un monumento parecido a una flor roja gigante le rendía tributo a los muertos del atentado. Una mujer, sentada en las macetas que rodeaban la escultura, lloraba. Por alguna razón, esa visión me conmovió un poco.
De ahí, caminé hasta ver un Barnes & Noble; sin embargo, nada que veía el dichoso outlet. Viendo que me estaba alejando del WTC cuando el Google Maps me decía que estaba cerca de la torre, volví en la dirección donde había empezado...
Llegué atrás del WTC, a un parque, a un embarcadero. Al fondo, se veía la Estatua de Libertad. El sol brillaba sobre ella, como si quisiera recordarle el simbolismo. El río se juntaba con el mar, y los destellos me hicieron recordar lo que leía en los libros de escuela bilingüe que, sin querer, me adoctrinaron para querer a los vecinos del norte.
Pensé en los inmigrantes que llegaban en los barcos y que lo primero que veían era la Estatua, y ellos, a su vez, me llevaron a pensar en uno de mis libros favoritos: The Great Gatsby, sobre todo en el final, final que he paladeado varias veces, que me encanta, que se me hace una pieza de prosa perfecta. El momento en el que Nick Carraway mira y se imagina a los marineros holandeses descubriendo el nuevo mundo, fascinados ante la belleza de la isla. Nueva York, que yo creo que me atrajo porque le cambiaron el nombre... porque Nueva York en verdad, en algún momento de su vida, fue Nueva Amsterdam.
No podía seguir el camino de agua dorada hacia la estatua sin un barco, así que caminé en dirección opuesta. Separado por agua, se veía Brooklyn, la isla hermana que siempre ha vivido a la sombra de Manhattan en las revistas de moda y sociedad. En ese momento, me pareció que yo estaba en el lado glamoroso mirando al menos glamoroso, y, aunque fuera al revés, no pude evitar recordar a Gatsby, cuando mira al otro lado de la bahía, a donde la casa de su amor eterno, Daisy Fay, lo espera, agua el único obstáculo.
¿Cuánto tiempo había soñado yo con Nueva York? Me quedé mirando hacia Brooklyn, quizá esperando ver una luz verde como la de Gatsby que indicara que había alguien esperándome del otro lado, pero eso no sucedió.
Seguí caminando, volteando a ver el agua y a Brooklyn a mi izquierda, a los niños que jugaban en el pasto perfectamente recortado y verde del parque a mi derecha. Todos ellos se veían menores a los diez años, quizá de siete u ocho. En ese momento pensé que esos chicos habían crecido sin una falta que nos marcó a todos los que la vimos, alrededor del mundo. Ellos habían crecido y las Torres Gemelas ya no estaban ahí. Quizá las verían en los libros de historia, pero para ellos serán otra historia de terror, de esas que sólo están en los libros o en las películas. Ellos seguían jugando como si todo fuera la canción de Roxette de "June Afternoon". Alguien se detendría y les explicaría el significado del memorial, así como el taxista les explicaba a todos la historia de Gatsby.
El agua azul, el pasto verde, y detrás los edificios plateados. Nueva York se veía más hermosa de este ángulo. De hecho, pude confirmar que las Torres Gemelas tenían un lugar privilegiado. Desde su altura se podría ver la Estatua de la Libertad, Brooklyn, y Manhattan, esperando. Era como mirar al mundo que rodeaba.
En ese momento, pensé que eso de mirar a los alrededores desde un punto alto siempre ha tenido algo de soñado. Las Torres Gemelas dolían más no necesariamente por ser monumentos al capitalismo (siempre podrían haber metido un hombre bomba a Wall Street, supongo). Dolían porque eran encarnaciones imperfectas de un sueño. El sueño de los inmigrantes que llegaron por mar (se podía ver el mar) y de los que llegaban por tierra (se podía ver la tierra). Hasta de los que querían esclavizarse en algún trabajo bien pagado (se veía Brooklyn). Y unos hombres, igual de inocentes que Wilson, las habían destruido, pensando que estaban cortando la raíz de todo mal, cuando el mal es otro. Habían matado a Gatsby, quien igual no era tan inocente, pero no era malo.
Y luego, nadie le había llorado al soñador tan célebre. Por eso Nueva York es demasiado mamona, arisca, mala. Porque en el fondo, ha de resentir el "los gringos ya se la merecían". Ha de decir "Tanto que les gusta mis fiestas, mis árboles de navidad, mis luces, mis películas donde me muero, tanto, para que al final digan que eso me saco. Por ridícula, por puta, por ser lo que soy. ¿No les gustaba yo?"
¿Qué buscaba yo cuando les dije a mis padres, a mis quince años, que quería un viaje a Nueva York? No lo sé. Quizá un poco de fascinación mórbida con el 9/11, que acababa de pasar. Quizá quería probar que Nueva York era real y no algo de mi pantalla. Quizá había escuchado a Frank Sinatra muchas veces.
Luego la reimaginé con NYU.
Mi pasado, las pequeñas cosas de mi pasado, me habían llevado aquí. Yo, barco contra la corriente, empujada sin cesar hacia mi pasado, pensé, mientras emprendía la búsqueda del outlet una vez más. Se hacía tarde, me estaba dando hambre.
Ahora lo encontré. Estaba justo del lado en el que no había mirado, tan hipnotizada estaba con la nueva torre. Marcas, marcas. Racks, racks. Pero ninguna ropa de marca servía para cubrir la herida de Nueva York en la que yo me había detenido. Nueva York se seguía vistiendo de glamour para sus visitantes, pensé, ya que todos me habían recomendado que pasara a este outlet. Nadie me recomendó que fuera a Battery Park, a revisar el corazón herido de Nueva York, la encarnación de Gatsby, ilegal, llamativa, mentirosa, "who represented everything for which I had an unaffected scorn." Ya se me hacía raro que Lou Reed y Patti Smith la quisieran si fuera toda apariencia. Toda apariencia es para quienes se pasean por su cara, perfectamente maquillada... por sus miles de camisas de colores. En el fondo...
Debo de dejar de leer a Scott Fitzgerald.



Thursday, November 29, 2012

The New York Trilogy, pt. 3: Diamonds and Rust

En la entrada anterior, yo ya había ido al Met y ya había tenido clases. Y por cierto, en la de ética y periodismo me dejaron comprar un chingo de copias, y dieron una dirección donde las podíamos encontrar. Yo la busqué en Google y me llamó la atención ver que cerca de esa dirección se encontraba la Glucksman Ireland House de NYU, donde yo había solicitado admisión originalmente.
Decidí que quería ver qué onda con el lugar, además de también visitar Washington Square, que estaba bastante cerca. Así pues, programé mi día para hacer eso.
Sin embargo, francamente no esperaba lo que vi. Vi Washington Square, y, alrededor del parque, cercándolo, volviéndolo territorio eterno de Bob Dylan, todos los edificios de NYU.
Enmedio del parque, un grupo de chicos hacía performance. Otro chico recitaba Shakespeare, los versos que le pidieras. Otros muchachos tocaban folk y anunciaban su cuenta de Twitter.
En ese momento en lo único que pude pensar fue en Joan Baez cantándole a Bob Dylan "Diamonds and Rust", hablando de aquel hotel derruido que miraba hacia Washington Square. Quizá ese hotel ya es un edificio de NYU.
Me metí a la biblioteca en busca de material de consulta. Creo. Lo cierto es que en verdad no entendía muy bien por qué lo estaba haciendo. De pronto, me pareció que pude sentir el dolor que sintió la Baez cuando compuso "Diamonds...". El escuchar una voz por el teléfono, la de Dylan, seguramente, que le traía tantos recuerdos.
Me encerré en un baño de la biblioteca. A llorar. Algo en mí acababa de reconocer que lo que estaba viendo frente a mí era, precisamente, el hubiera. Lo que mi vida hubiera sido si yo hubiera sido aceptada en NYU. Si hubiera sacado mejores calificaciones, si hubiera tenido mejores solicitudes, yo qué sé. El campus con Washington Square esperándome para escuchar a Shakespeare y a los chicos de la banda folk. En cierto modo, un lugar ampliamente cultural.
De hecho, en ese momento me impresionó darme cuenta de que yo ya me había formado recuerdos de Washington Square, sin conocerlo. Basado en lo que me imaginaba y en lo que mi amiga Caroline me contaba, yo ya había construido toda una experiencia ahí. Una experiencia onírica, pero vívida, y era extraño, en ese momento, probar su irrealidad. Saber que no existía. Yo, por ejemplo, podía entrar a la biblioteca, pero no tengo servicio de libros a casa. Los libros los tengo que leer ahí. Era como participar de la vida imaginada como espectadora, sin derecho a vivirla.
No encontré la casa de estudios irlandeses sino hasta muy tarde. En vez de eso, me dediqué a caminar por los alrededores, mirando los bares a donde entraban los estudiantes, los dormitorios. Los restaurantes hindúes de los que ya me habían hablado y que había pensado probar. Los lugares para comprar plumas, papel, recuerdos. Las tiendas de discos, muy hipsters, llenas de vinilos. Todos esos lugares que en mi mente ya tenían un lugar imaginado, ahora vistos en persona sin perder su calidad onírica. Recorrí las venas de mis sueños: fue como recorrerme, adivinarme en los pasos que pensé que tomaría todos los días y que ahora sé que no lo haré.
Fue como llegar y despedirse.
Al final encontré la casa de estudios irlandeses. Una casa que ni siquiera parecía parte de la universidad. Una casa normal, con una placa pequeña y opaca que revelaba su nombre, sin más pista que eso.
Cerrada.
El arco de Washington Square me miraba, ya de noche. Joan Baez me cantó al oído que los recuerdos no son más que diamantes y óxido.
Tomé el metro de vuelta a la residencia, diciéndole adiós a lo que yo podría haber sido, diciéndole adiós al lugar con el que soñé una vida. A couple of light years ago. Adiós NYU, ojalá que volvamos a vernos en alguna otra de mis vagancias, en alguna otra de mis visitas, que gustes recibirme, que estés ahí en mi versiones como la canción de la Baez.


Thursday, November 22, 2012

The New York Trilogy pt. 2: Chelsea Girl



En la entrada pasada, yo ya había tenido mi primera clase y así. Ok. Muy bien. Pues al día siguiente me preparé para mi siguiente clase.
Temiendo llegar tarde, caminé alrededor de mi barrio. Estando tan cerca del Chelsea Hotel, no me había ido a visitarlo. Pues que voy. Mítico lugar, inmortalizado gracias a Leonard Cohen y su lascivo y al mismo tiempo encantador verso: "I remember you well, in the Chelsea Hotel, you were talking so brave and so sweet, giving me head in the unmade bed...". Cerrrrrdo. Pero ah, qué bonito fue ver la placa conmemorativa: el hotel inmortalizaba a Leonard Cohen a su vez, devolviéndole el favor, poniéndolo junto a la pléyade de nombres que decoran la fachada: Dylan Thomas. Thomas Wolfe. Arthur Miller. Antes les faltó Patti Smith.
Desgraciadamente, ya hace rato que el hotel está cerrado al público. De hecho, ya ni siquiera aceptan estancias prolongadas (que si lo hubieran hecho, yo definitivamente me hubiera anotado a una, para sentirme Chelsea Girl neta). Así pues, entré a un changarrito que está ahí llamado Chelsea Guitars. Tenían pegado en su vidrio que estaban vendiendo cuerdas para guitarra color neón, y la verdad, yo, glamera naca, quería unas.
Ahora, ¿recuerdan que había dicho que le iba a pedir a alguien el teléfono, o algo así? Pues como digo: quizá al único que le pida el teléfono sea al vendedor de Chelsea Guitars. Ya había entrado ahí un día con mi mamá; pues bueno, ya me había tratado como reina, y lo volvió a hacer cuando le compré las cuerdas de guitarra neón. Insisto, no sé si es muy buen vendedor o en verdad le gusto, pero ah qué amable es.
De ahí, caminé hacia los alrededores de Union Square, donde la clase se iba a llevar a cabo. Estaba buscando el mercadito de navidad, mas aún no estaba en pie. Entonces, aproveché para caminar por el distrito histórico de Gramercy Park, cerca de donde también se encuentran algunos dormitorios de mi siempre esquiva NYU. Me encantaron los edificios tipo antiguo, el parque cercado, el aire discreto del vecindario. Lo anoté como lugar en el que me gustaría vivir a pesar del ajetreo neoyorkino.
La clase fue de blogging para periodistas, y me dejó dos cosas en claro: 1. A pesar de que este blog lleva muchos años arriba y yo no lo he abandonado, lo más seguro es que no me vuelva millonaria con él y 2. Los hombres con actitud de bastardo y acento inglés me encantan, no importa que estén gachos. Sí, estoy hablando del profesor de ese curso. No, no va a pasar nada, bastante tengo con mi oscuro pasado.
Por eso, mejor al día siguiente me fui a cultivar a uno de los lugares que más ruido me hacía en mis deseos y mi cerebro: el Metroopolitan Museum of Art, el famosísimo Met. Y además que habían anunciado que había una exposición dedicada a Andy Warhol. Nombre. Sonaba a puras perlas.
Tomé el metro hacia Central Park otra vez. El edificio blanco del Met, con su escalinata y su aire de magnificencia, prometía mucho.
Y no desentonó ni decepcionó. Entré por la zona de la civilización egipcia. Desde el inicio, los pedazos de templos ambientados para que la gente pudiera pasar y los múltiples sarcófagos me hicieron perderme. Por cada puerta que entraba mientras buscaba sin rumbo y sin animarme a preguntar (iba dispuesta a perderme) encontraba cosas nuevas. Estatuas. Vitrales. Decoración de los antiguos cuartos europeos a los cuales no podía sacarle fotos porque el flash estaba prohibido y la oscuridad para preservarlos no dejaba que las imágenes se apreciaran. Tapices medievales. Una exhibición de armas la cual no sólo presumía los estandartes de todos los caballeros de la mesa redonda (medieval geek orgasm) sino también armamento para las justas, hasta llegar a las armas de fuego, con unas pistolas que los narcos mexicanos no sabrían apreciar porque se trata de obras de arte. También pasillos llenos de instrumentos musicales, desde clásicos aunque legendarios Stradivari a instrumentos que parecían sacados de algunos momentos rituales, totalmente desconocidos en el mundo occidental.
Y así, casi casi trompicándome con maravilla tras maravilla, llegué al elevador que me llevaría a la exposición de Warhol. Rápidamente entré.
Tras semblanzas y preámbulos, me encontré con las cajas de jabón Brillo, y con el cuadro legendario de la sopa Campbell's.
La muestra más grande de Nueva York, tan superficial y tan herida, con las fotografías de nota roja, pero con las latas de Coca-Cola. Damien Hirst me ofrecía medicamentos con nombres de canciones de Sex Pistols. Chanel era una sierra eléctrica agresiva, como siempre. El sida era una montaña de dulces como una vida consumida según Féliz González-Torres. Un artista con una peluca rubia era Marilyn Monroe, Kurt Cobain y Paris Hilton, mientras que la disoluta heredera de los hoteles era María Antonieta. Michael Jackson era un buda dorado en el centro del cuarto, cargando a Bubbles. Stephanie Seymour, ex de Axl Rose y más conocida por ser "la novia de November Rain" era un trofeo de casa, como sirena semidesnuda de barco. Lou Reed y Nico me miraban fijamente desde una pantalla. Lou Reed era más guapo que todas las fotos que lo han mostrado y Nico era aún más misteriosa. Paredes retacadas de imágenes y flores felices japonesas, el kawaii multiplicado, sepultaban, se elevaban. Las nubes de Super Mario eran un resultado de algún alucinógeno, solas y eternas en un cuarto oscuro. Los reality shows, esos que tan mal nos caen, eran resultados de los experimentos de Andy: tanto The Real World como The Osbournes entraban ahí, obras de arte involuntarias.
Pero nada como el final, el cierre con broche de oro. En un cuarto tapizado con vacas rosas, globos plateados volaban por todos lados. Varios niños se divertían golpeándolos y la seguridad del museo los tenía que tranquilizar. Vacas, globos, y, de pronto, en el sonido ambiental, a todo volumen, The Velvet Underground se arrancaron con "I'm Waiting for the Man". He de estar drogada, pensé, dejándome ir por esa escena surrealista. Supongo que el de seguridad del museo me dejó tomarle fotos al asunto porque yo no cerraba la boca. Globos. Vacas. Lou Reed cantándole a las drogas. Si el arte no se experimenta así, yo no sé cómo se hace.
Pues esta Chelsea Girl ya había saludado a Andy. En las siguientes entregas hablaré de qué más fui a ver.






Sunday, November 18, 2012

The New York Trilogy

A decir verdad, le pongo a esto The New York Trilogy porque soy una poser fan de Paul Auster. En verdad no sé cómo va a estar dividida la trilogía, ni cómo nos la vamos a arreglar, pero bueno. Con que ustedes aguanten la narración de mis aventuras en Gringolania, con eso me quedo bastante tranquila.
Pues nos habiamos quedado en que, en la entrega pasada, tan pronto mi madre me dejó, yo me aventé a correr detrás de un hombre. El que ese hombre se llame Edwin van der Sar y siempre se las arregle para esquivarme es otra cosa. Yo al menos hice mi luchita, ¿no?
Ese día, al llegar del Columbus Circle bastante molida por andar persiguiendo al holandesito de mis sueños dorados, me encontré con que las chicas habían decorado la sala con motivos de Halloween. Ahora, les voy a presentar a las que, tal parece, somos residentes por largo tiempo: Melanie, una alemana de treinta y tantos años con actitud y cara de niña, muy alta y adicta a los deportes extremos; Isadora, una chica de diecinueve años, bailarina, vegetariana y con alborotados rizos que, además de todo, tiene voz y sonrisita de bebé; Sara, una chica española que trabaja aquí y que también lleva su larga melena negra despeinada; y Kimmie, habitante de Estados Unidos pero de raíces de Laos.
Pues ellas ya habían comprado una especie de telaraña de esas que parecen pelusa y un montón de arañitas de plástico y con ellas habían decorado la sala. La idea era ponernos a ver una película con un poco de decoraciones de Halloween, ya que Sandy nos lo había quitado. Pronto, yo ya había bajado toda clase de comida chatarra y decidimos disfrutar la noche con alguna de las películas que Sara tenía en su lap. La elegida fue Monthy Python and the Holy Grail. Definitivamente grandiosa, aunque yo no podía evitar sobresaltarme cada que entraba una de las monjas a ver qué estábamos haciendo, porque además tenían el tino de entrar justo cuando estaban las escenas más herejes. Al menos no se les ocurrió checar la pantalla de la lap.
Eso fue esa noche de Halloween atrasado. A la mañana siguiente salí a jugar a que soy una hipster y a ganarle a todos los de inglesas. Fui al Chelsea Market tan sólo para darme cuenta de que toda la ropa es carísima. Incluyendo una playera vintage de un tour de Bob Dylan más Tom Petty and the Heartbreakers que me encantó, pero... ¿noventa dólares?
Noventa dólares los que me quería gastar en la librería. Seré malinche de cochinada, pero no hay nada más bonito que ver una librería donde sí están los libros que te piden para la clase, o de los que has hablado con medio mundo y que no los tienes que pedir en Amazon. En fin, que salir de ese lugar con Blood Meridian de Cormac McCarthy bajo el brazo me hizo sentir que había gastado bien el día, por no hablar de los panes de chocolate con cerezas de Amy's Bread. ¡Soy hipster y qué!
A la mañana siguiente, lo que tenía que hacer era prepararme para las clases. El curso de Ética y Legalidad en Periodismo se iba a llevar a cabo en una academia cerca de mi casa. Así, aproveché para dar unas vueltas cerca del barrio. Desgraciadamente, cuando entro a Chelsea Guitars me atienden como reina, así que acabé comprando unas cuerdas de guitarra rosa neón tan nacas que van a servir maravillas para tocar glam. Oh sí. También aproveché para caminar a un edificio que mi madre y yo veíamos todas las noches y nos preguntábamos qué era. Resultó ser un edificio cercano a la Plaza Madison, donde hay una escultura igualita a un balón de futbol que quién sabe por qué razón misteriosa está ahí. También vi el edificio Flatiron.
La clase fue, aunque no lo crean, sencilla para mí en cierto modo. Tal parece que como en México siempre hay problemas legales y éticos con los periodistas tengo ejemplos para aventar por la ventana. Por cierto: amarillistas, el chico colombiano está conmigo. No, aún no nos hemos dado nuestros teléfonos. Ya mejor le voy a dar el teléfono al... pero eso, en el siguiente capítulo de las Crónicas de Nueva York.

Monday, November 12, 2012

Qué lejos tú, qué lejos yo... Confesiones de una fangirl desesperada. New York Edition


¿Qué? No porque sea NY voy a dejar de perseguir al amor de mi vida, ¿o sí? Y eso fue absolutamente lo que pasó. Mas empiezo desde el principio.
Ya había sido notificada yo de que Edwin van der Sar iba a pisar tierras neoyorkinas mientras yo estaba ahí. Y, obviamente, había despegado todo un operativo. Sabía que Edwin iba a correr el maratón de la ciudad; también sabía que, por obviedad, no se iba a detener a firmar autógrafos. Así, mi plan se limitaba a apostarme en algún lugar a esperar a que pasara y poder verlo.
Pero, como siempre, llega algo a cambiarme los planes. En este caso fue el huracán Sandy. Y es que resultó que el maratón fue cancelado. Así, yo me quedaba de nuevo sin la oportunidad de ver a van der Sar...
¿O no? Porque, ese día, al levantarme con el firme propósito de stalkearlo, lo primero que vi es que iba a ir al Central Park como a correr, aún así. ¡Ajá! Ni tarda ni perezosa me arreglé, guapísima, me abrigue y salí corriendo al metro para llegar a Central Park.
Cuando llegué, efectivamente, vi gente corriendo. Y no eran sólo un grupito: eran bastantes, de todas nacionalidades, aún cargando sus banderas o sus playeras defendiendo alguna causa. Así que sí había una especie de maratón, después de todo. Me senté pues a ver los corredores, ahora segura de mi eventual victoria.
¿O sería? Porque vi pasar daneses, otros holandeses, ingleses, pero nada que veía al escuadrón de la fundación van der Sar. Algo en mí empezó a dudar, pero luego luego se me vino a la mente la idea feliz: ¿por qué no caminar a contracorriente de los corredores? Yendo en su contra, de frente al río de gente, sin duda podría verlo. Y tomarle una foto.
Así, empecé a caminar. Siempre a contraflujo. Al poco rato me encontré a un leprechaun. También a un tipo que estaba corriendo sólo en calzones. Un montón de belgas rubios y guapísimos y no es albur. Pero nada de holandeses.
Entré a Twitter con mi celular gringo, que es una chiclera asquerosa, pero al menos deja twittear. Edwin acababa de anunciar que iba a dar la siguiente vuelta. ¿Tendría que presentarse, no? Pues seguí caminando.
En eso me encontré con la delegación mexicana. Cuatro tipos de Mexicali vestidos del Chapulín Colorado. Les eché porras. ¿Qué les digo? La variedad de personajes, infinitamente divertida.
Sin embargo, mi Edwin seguía sin aparecer, y yo seguía caminando, y seguía, y seguía... fue hasta que vi a un tipo con una playera que decía "Leon", al que yo ya había visto pasar, que empecé a dudar de mi plan. ¿Que sucedía con este maratón?
Otra revisada al Twitter derrumbó mi lógica. Edwin ya había terminando la carrera. Pero, ¿cómo lo podía haber hecho, escapando de mi vigilante ojo, que además se había aventado prácticamente todo el circuito principal del parque del lado del Upper West Side?
Extrañada, regresé al punto de partida, desandando el camino andado. Ahora no me di prisa: de cualquier manera, van der Sar ya había acabado la carrera. Así, caminé las lomitas, las pequeñas sendas, las escaleritas de Central Park, disfrutando de la quietud y de la tarde neoyorkina. En ese momento, comprendí por qué Chicago le compusieron una canción y por qué Lou Reed lo eligió para su día perfecto.
Llegué al lugar donde mi travesía había iniciado... y qué me encuentro. Pues con que había otra carrera corriéndose del Upper East Side que terminaba, justamente, donde yo había empezado a andar en sentido contrario. Lo que pasaba fue que como todo el mundo había armado su carrera como se le había dado la gana, nadie se molestó en poner una ruta oficial: por eso yo encontré tantos corredores. Pero Edwin van der Sar había corrido una carrera completamente diferente. Y para colmo, el desgraciado estaba subastando su playera sudada en Twitter por cantidades que yo no puedo costear.
En fin. Mis pies ya me dolían, así que enfilé hacia Columbus Circle para tomar el metro de regreso a casa. Para colmo, me equivoqué de metro, así que tuve que caminar más. Por lo pronto, me pueden felicitar: aunque sea caminando, me aventé un maratón neoyorkino no oficial, completito, idea y vuelta.
Y todo por un hombre.
¡Qué lejos, Penélope...!





Saturday, November 10, 2012

The Sandy Diaries. Epílogo.

El viernes amanecimos sin Camila, Alejandra, y Nerisa. Pero mi madre ya tenía la reservación de vuelo en la mano. Fue cuando me dijo que quería ir a ver el Central Park: que porque todo el mundo le había dicho que no podía marcharse de Nueva York sin haber conocido tan emblemático lugar. Accedí a su idea y una vez más caminamos hacia el Madison Square Garden, que ya se había vuelto nuestro lugar para abordar el metro, que seguía con el servicio alterado.
Llegamos, entonces, al Upper West Side, lugar de las fotografías de la revista Vanidades, de los departamentos lujosos, de las celebridades. Lugar del Nueva York que se regodea en el glamour y del que seguramente hablaba Frank Sinatra. Para nuestra mala suerte, el Central Park se encontraba cerrado debido a que varios árboles habían sido desgajados a causa del huracán. Además, los sanitarios portátiles de los trabajadores hacían que un nada envidiable olor a abono (no el de U2) flotara por los alrededores.
Mi madre, en ese momento, decidió que Chapultepec no apestaba tanto como el Central Park y sugirió que fuéramos a otro lado. Aprovechando nuestra localización, le dije que nos fuéramos al Museo de Historia Natural.
Pues bien, eso fue un éxito arrollador. Me volví a sentir niña, viendo esqueletos de dinosaurios, animalitos, películas del espacio y ballenas colosales colgando del techo. Fue un paseo larguísimo, pero definitivamente entretenido y muy disfrutable. De hecho, a mi madre y a mí nos hubiera gustado tomarnos unos daiquiris para cerrar con broche de oro la visita al museo, pero el restaurante texano donde los tomamos no se encontraba aún abierto, así que llegamos a la cena. Cenamos, y en ese momento a mí se me ocurrió hacer escala en el baño. No había terminado de acomodar mi linternita en la posición especial para esos momentos cuando vi un destello en el pasillo. Pensé que sería otra de las chicas, quien venía.
Era la luz.
La algarabía siguiente ya ni me dejó hacer lo que iba a hacer. Mejor me salí del cubículo sin hacer nada. Mi madre, emocionadísima, se acercó y me abrazó: la luz fue celebrada como si fuera un hermano al que llevábamos mucho tiempo sin ver. Comprendí que con la llegada de la luz, la historia de Sandy había terminado, y también la estadía de mi madre, a quien despedí a la mañana siguiente, en un taxi rumbo al JFK, mientras yo partía, por mi lado, a comprar mi despensa y a recoger la ropa a la lavandería.

Friday, November 09, 2012

The Sandy Diaries, pt. 3

En la entrega anterior, habíamos comido los sandwiches de pollo más extraordinarios de toda la vida, y nos fuimos a dormir. Cuando nos levantamos, la situación no había mejorado nada. Mi madre, por lo pronto, se encontraba bastante desesperada, ya que se le había terminado la ropa limpia: ella había llevado ropa contada para una semana. Entonces, entre la desesperación de no tener nada que hacer, se lanzó a ver si encontraba algo abierto, y yo detrás de ella.
Como no había metro, caminamos hacia donde decían que se encontraba la civilización: o sea, uptown. En el camino encontramos Penn Station, calle llena de hoteles y donde al menos se veían unos recovecos de luz. Fue ahí cuando vi el Madison Square Garden. Francamente, en ese momento lo que fuera que estábamos buscando (ropa) me valió un poco, ya que estaba viendo una de las arenas más famosas de todo el mundo en vivo y en directo. ¿Y es que quién no ha tocado en el Madison Square Garden? Ya hasta van a tocar los pinches nacos malparidos de Wisin y Yandel, por favor. Van a tener que desinfectar el Madison cuando lo hagan. O lanzar una bomba. Pero en fin.
Tras ese pequeño momento de éxtasis de mi parte, llegamos a una tienda de souvenirs. Mi madre empezó a buscar si había ropa para ella. Ironía: ella de tan mal humor por el huracán y todo lo que había en la tienda decía "I Love NY" En fin, que no había mucho que pudiera hacerle.
A la mañana siguiente, del miércoles, seguíamos sin tener señal ni luz. Sin embargo, la gente empezó a decir que ya habían conseguido señal unas calles más adelante y que la luz había llegado a lugares más céntricos. De nuevo volvimos al Madison Square Garden, que ya hasta se volvió como referencia para mí. En un lugar de comida rápida nos dejaron conectar nuestros celulares hasta que llegó uno de los trabajadores y nos echó, gritando que eso no era beneficencia, a pesar del estado de emergencia por el huracán. Al menos eso me permitió al fin comunicarme con la gente que no había sabido nada de nosotros desde que Sandy pegó por completo.
Digamos que esos tres días la rutina fue parecida. Al día siguiente, sin embargo, tuvo una pequeña variación. Ese jueves, Nerisa, otra argentina de las huéspedes, se unió a nosotras. Caminamos hasta encontrar un 7-Eleven cerca de varias tiendas de baratijas y cafés. Por cierto, paréntesis: creo que lo que odio de este lugar es que los 7-Eleven no tienen Smint.
Ese 7-Eleven también tenía una zona de mesas. Ahí nos sentamos con hot-dogs y chocolate de máquina. Pronto, Nerisa nos había contado toda la historia de su vida, de una forma curiosa, pero bastante entretenida. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue ver el cambio en la actitud de mi madre. Nerisa es una de esas personas a las que las cosas que han vivido les han hecho pensar que definitivamente, todo pasa por una razón (me doy de pinches topes con esa frase, siempre) o que todo deja una enseñanza (eso es doloroso, pero es cierto, aunque a veces me pregunto por qué razón nos sucede esa enseñanza... y, ok, ya me callo). Mi madre, que tan enojada estaba hasta hace unos días por Sandy, finalmente se suavizó. Supongo que el argumento ganador fue que no iba a llegar como otra turista de NY, sino como una sobreviviente a un huracán.
Estuvimos toda la mañana sentadas en la mesa del 7-Eleven, escuchando nuestras historias, usando el baño del Dunkin' Donuts vecino como pobres; envidiando el hecho de que sus lavabos ya tenían agua calientita mientras que nosotras nos habíamos dado baños a jicarazos con agua fría. En la tarde, volvimos para despedirnos de Alejandra y Camila, quienes ya habían conseguido vuelo para esa noche. A la mañana siguiente, a quien despedimos fue a la propia Nerisa, quien consiguió un boleto de autobús para irse con una amiga suya a Nueva Jersey. Habíamos escuchado que Jersey estaba peor, pero aún así Nerisa quiso ir para ver a su amiga, para respirar el aire del campo. Las dejamos ir, agradecidas porque ellas nos habían hecho el tiempo un poco más corto. Pero aquí las dejo. En la siguiente entrada, el epílogo de las aventuras con Sandy.

Wednesday, November 07, 2012

The Sandy Diaries pt. 2

En la entrega anterior, mi madre se había ido a dormir esperando un vuelo que la llevara de regreso a México. O al menos así habíamos quedado. Todavía en la mañana que hicimos el check-in de Aeroméxico todo en orden. Mi madre ya tenía las cosas recogidas y todo bien organizado porque así es ella, cuando salió de su cuarto hacia el mío. En el pasillo nos encontramos entonces a Alejandra, una mujer argentina con la cual mi madre ya había platicado algunas veces. Ella pareció sorprendida de que mi mamá tuviera programado un vuelo, y nos sugirió que checáramos bien, porque su vuelo había sido cancelado. En ese momento empezaron a entrar mensajes de mi hermano diciendo que mi papá había dicho que TODOS los vuelos desde y con rumbo a Nueva York habían sido cancelados. Pues nimodo. Aunque la pantalla decía otra cosa, me fui a Twitter, maravilloso Twitter que siempre tiene la última palabra en estos casos. Efectivamente: el vuelo de mi mamá ya se encontraba en la lista de los cancelados. No les tengo que decir que ella casi se tira por la ventana al enterarse de eso, ¿o sí?
Y como todo estaba cerrado, no tuvimos otra cosa que hacer más que quedarnos en casa, atendiendo tanto a los mensajes de mi papá, quien intentaba reponer el vuelo y nos mandaba a cada rato información. Sin embargo, la internet parpadeaba y funcionaba de manera irregular, lo que volvía la comunicación un poco difícil.
Fue al final del día cuando todo se fundió. La luz y con ella la internet y la bomba y el agua caliente. Y no sólo eso: también la red del celular. Incomunicación total. Para colmo, nos habían dicho que nos aprovisionáramos porque se acercaba el huracán. Como se trataba del primer huracán que me tocaba en la vida (bueno, a mi madre y a mí) nos aprovisionamos de todo el panqué que había en el super. No señores: aunque suene bonito, uno no puede sobrevivir a base de puro panqué. Confirmado. Para la noche nos estábamos muriendo de hambre, y mi madre estaba culpándome a mí, como si yo hubiera sido sobreviviente de huracanes toda mi vida. En eso estábamos cuando nos encontramos de nuevo a Alejandra y a su hija Camila. Ellas, sin más pestañear, nos dijeron que tenían pollo y pan y nos invitaron unos sandwiches de pollo. Señores, han sido los sandwiches más gloriosos de toda mi vida. Esperen la siguiente parte de los diarios del huracán.

Monday, November 05, 2012

The Sandy Diaries

Pues les contaba sobre la llegada de Sandy. Ese domingo, yo iba finalmente a conocer a mi amiga Caroline, (sí, esa con la que escribo novelas... pintorescas) gracias a una invitación a tomar el té. La cosa era hasta Brooklyn. Afortunadamente, el metro nos llevó a mi madre y a mí hasta allá, aunque estuvimos a pronto de volvernos a perder. Sin embargo, llegamos tras una llamada que le hice a Caroline y quedé de verme con mi mamá en Bryant Park.
En la reunión me la pasé bien. Fue muy agradable ver a una persona con la cual llevo años escribiendo. Además, tanto ella como su novio fueron muy amables conmigo, ofreciéndome té y pastel. También me gustó platicar con una chica que está haciendo su tesis de las guerrillas de droga mexicanas (nada arriesgada ella, tema feliz y casual). En la reunión, asimismo, se encontraba otro muchacho colombiano, ya estudiante de NYU de varios años y maestro en el Bronx, quien me hizo ver que allá un maestro gana lo suficiente para vivir en un departamento que sí, es un huevito, pero te deja sobrevivir y viajar; no como en México, que si eres maestro lo mejor es que te consigas otro trabajo o te mueres de hambre. En fin. También estaba con él su novia, chica de facha europea, pero medio mamona. Ella fue la que no me cayó de todo el grupito.
A la hora de retirarnos (temprano, pues amenazaban con cerrar el metro ante la llegada de Sandy) Caroline y su novio me acompañaron a mi parada de metro. De ahí, llegué directo a Bryant Park.
Mi madre ya estaba ahí, visiblemente alterada. Por un momento pensé que estaría preocupada de que algo me hubiera pasado al dejarme sola: pero no. La razón era diferente, y muy incómoda. Resultó que, por Sandy, todas las cosas cerraron desde las cuatro de la tarde. Eso no fue el mayor problema: cerraron todo, incluyendo los baños. Digamos que mi madre llevaba como dos horas buscando un baño. Nimodo. Seguramente el único baño sería el de la residencia. Ahí vamos de regreso al metro. Mala cosa: habían dicho que cerraban a las siete, pero ya desde las seis y media estaban pasando los últimos trenes. La espera fue larga, y para colmo nos subimos al tren A, el express (eso en ese momento yo no lo sabía) que se saltó varias paradas, dejándonos lejos de nuestro destino. En fin, que ya para no sufrir más mejor tomamos un taxi y así llegamos a la residencia. En el camino, mi madre se quejaba: que todo era una exageración, que los neoyorkinos estaban traumados porque siempre se les acababa el mundo, y así. Que qué bueno que ya se iba a la mañana siguiente... o eso pensaba ella. Seguiré informando.

Saturday, November 03, 2012

It's up to you, New York, New York, pt. 4

En la entrada anterior, antes de Sandy (a.S.) mi madre y yo habíamos llegado, sin querer, a Times Square, que resultó estar muy cerca de donde yo iba a estudiar. Letreros, luces por todos lados, ruido, puertas que se abrían y cerraban. El B. B. King Grill en un lado, los teatros con los musicales en otro. Confieso que... no me emocioné nadita. El lugar se me hizo muy saturado, muy ruidoso, lleno de basura, chafón.
Cuando al fin lo dejamos atrás, vi la una biblioteca, y el Bryant Park. Eso iba más acorde con mi idea de un lugar de estudio. Claro que el lugar donde iba a estudiar parecía un edificio de oficinas. Después me enteré de que NYU tiene sedes repartidas hasta por las coladeras.
Entré a la clase un poco tarde porque, claro, me perdí en los pasillos. Automáticamente el profesor me dijo:
-Estás en la clase correcta para estar perdida.
Travel writing, señoras y señores. Seis horas de clase que aún así disfruté bastante. Entre mis compañeras se encontraba una güera parecida a Elizabeth Banks a la cual menciono porque va y visita Tanzania y se sube al Kilimanjaro cada año, así casual, así como si fueran chicles. También estaba una señora rarísima, llamada Amy, supuestamente escritora de teatro, que siempre habla de forma misteriosa de su vida, de esas que parece que alguien las traumó en algún momento. Junto a mí se encontraba una chica rubia que hubiera hecho a cualquier connacional derretirse. También estaba una portuguesa de lentes, con excelente inglés y talento nato para la escritura de viajes, me cae de madres. Dos orientales, una que no participaba pero que hablaba y otra calladísima, a la que siento que ni la clase le gustó. El último, el único hombre además del profesor, se trataba de un chico colombiano, llamado Juan, quien, por cierto, tuvo el detalle de acompañarme a la hora del lunch. Un sandwich acá orgánico, hiper-hipster, en una mesita en el Bryant Park. No, gentuza, no tengo su teléfono, no hemos quedado en salir. La conversación fue divertida, sin embargo.
A la salida, lo que mi madre me acompañó a hacer fue a buscar un celular para poder comunicarme por acá (ella también estaba hasta la madre de Times Square). Conseguí una chiclera con la que ver Twitter ya es un logro, pero con eso me conformo. Con eso y con el empleado del Best Buy que dijo que mi hermano era un poser cuando le conté que quería el iPhone 5. Win!
Por eso, en la noche, cuando salimos por un gelato al Chelsea Market (mercado hipster) y caminamos por las calles viendo a las chicas con sus vestidos negros y graffittis de Joy Division, supe que me encanta este barrio, la Roma mejorada. Acá, Lou Reed y Jon Bon Jovi en una misma cuadra. ¿Qué más podía pedir?
A la mañana siguiente, de nuevo a clase. Pero no importó. La clase, genial como siempre, sobre todo cuando la chica que podría encantar a medio México confesó que era lesbiana y que se iba a pasar el fin de semana en un crucero lésbico (¿donde si no?) además de ser modelo. Amy fue rara como siempre, diciendo por ahí que en su vida "algunas cosas superan a la ficción" (y qué, ¿en las nuestras no?). Rachel (la rubia que se sube al Kilimanjaro como nosotros a las lomitas del Parque Hundido) llevó unas nueces pecanas cubiertas de chocolate con sabor orgásmico; la portuguesa leyó un texto de una playa de su país natal que yo hubiera comprado si yo editara una revista, y, bueno, el buen Juan me acompañó a comer una vez más. Quedamos en agregarnos a los Facebook. No, gentuza, no. El agregarse a Facebook no es nada.
Cuando salí de clase, mi madre ya se había comprado de las nueces con chocolate orgásmicas y me mostró una foto de ella en el Empire State, diciendo que hasta la Torre Latinoamericana (sí, esa del centro) estaba mejor. Caminamos hacia Victoria's Secret y Macy's, para buscar regalos y encargos. El Victoria's Secret estaba atascado de chavas rondando por todos lados como si regalaran la ropa interior, mientras que sus novios/esposos/amantes/acompañantes masculinos cargaban bolsas y miraban a la distancia en perfecto estado catatónico, del cual parecía que ni siquiera la idea de sus chicas en lencería podía salvarles.
Como la gente no quería informarnos del precio de las cremitas, nos pasamos a Macy's. El lugar vomitaba gente. Ocho pisos de tienda departamental. Hagan de cuenta Liverpool del Centro en venta nocturna, con las escaleras eléctricas igual de jodidas y la misma gente aventando zapatos. La verdad, después de un rato, yo también me encontraba hasta la madre. Lo bueno fue que al caminar a casa decidimos terminar el día en un restaurante de esos de costillitas, que, a pesar de no estar en el sur, nos sirvieron muy buena comida y unos deliciosos daiquiris de fresa.
Fue ahí cuando Sandy anunció su llegada. De la irrupción del huracán en mis planes seguiré informando la próxima entrega.

Saturday, October 27, 2012

It's up to you, New York, New York, pt. 3

En la entrada pasada, mi madre y yo habíamos llegado a la Quinta Avenida, lugar de celebridades, de reportajes, de... tiendas caras. Muy caras.

Louis Vuitton, Hollister, Bottega Venetta. Nos compramos unas fresas cubiertas de chocolate y anduvimos por ahí, sin atrevernos a entrar, hasta que llegamos a H&M. Promociones del 2x1. Ahí sí aprovechamos. Por ahí saldrá un suéter glamero con pelo verde. No, no bromeo.

Seguimos caminando hasta que llegamos a la esquina de Central Park. Las hojas doradas se alcanzaban a ver. En ese momento mi madre me recordó que habíamos iniciado esa travesía para encontrar NYU. Yo recordaba que los dormitorios se encontraban cerca de Gramercy Park. Mi mamá quería regresar al centro médico de la universidad, que habíamos visto en el bus del tour.

Para no hacer las cosas más largas, el problema fue que nos perdimos. Y ahí empezaron los reclamos. Que si me fijo, que si no me fijo, que si dependo demasiado de los Google Maps. Terminamos sentadas, como los Ramones, en la esquina del 53rd and 3rd (en la que, por cierto, no hay nada que evoque al grupo de punk) pensando en qué podríamos hacer. Entramos en la primera estación de metro que vimos. Nos volvimos a perder. Yo no sé con qué intensidad me odió mi madre ese día.

Pero a la mañana siguiente tocaba clase. Para evitar conflictos, anoté las direcciones que amablemente me proveyó el Google Maps para llegar a ese plantel de NYU, cerca de Times Square. Pensé que la posibilidad de visitar un lugar tan famoso mientras esperaba a que mi clase de... 6 horas... (con break para el lunch) terminara animaría a mi mamá.

Al menos, lo que la animó fue que a la mañana siguiente yo llevaba la dirección escrita e iba cuidando todo para no equivocarme. Salimos en la calle 42. Lo que vi fue muchos teatros y un montón de tiendas de películas pornográficas, hagan de cuenta como en el centro o como Brno. Caminamos un poco hacia un Burger King que tenía cara de que iban a cometer una matanza ahí. La numeración nos hizo darnos cuenta de que íbamos para el lado equivocado. Ahí vamos de regreso. De las calles grises, un millón de letreros apabullantes nos dieron la bienvenida. Seguiré informando.

Friday, October 26, 2012

It's up to you, New York, New York, pt. 2

En la entrada anterior, finalmente habíamos conseguido un taxi e íbamos rumbo a Chelsea, mientras el mito de Nueva York, su línea contra el horizonte, se deshacía ante mis ojos. No eres tan hermoso, pensé.

Llegamos a la residencia de las religiosas. Una casita tipo las de Woody Allen en todas sus películas ambientadas en la ciudad. Bonita, sí, hasta que vimos que teníamos que subir las maletas por tres pisos por unas escaleras más empinadas que la Pirámide del Sol. Antes no sé como ni a mi jefa ni a mí nos salió una hernia. Eso por no hablar de la monja malhumoradísima que habla español, así que no le voy a poder mentar su madre. Claro que cuando terminamos, entre la fila de la aduana y la subida de todo el equipaje, además de la noche sin dormir, no nos quedaban ganas de nada, así que decidimos salir a comer.

A un deli, como verdaderas universitarias. Nos encontramos uno atendido por paisanos. Mientras mi mamá veía que tanto había en el lugar, yo me quedé esperando. Un chico en una mesa junto a la mía también esperaba su orden. En el radio, sonaba Cyndi Lauper con "Time After Time". Yo canturreaba. Él también. Nos dimos cuenta de eso. No tuvimos que pensarlo. La subida de voz fue la invitación a cantar. No, no se emocionen. No tengo su teléfono ni nada.

A la mañana siguiente, salimos al Chelsea Market, tras preguntarle la hora a una de las monjas. Art clothing, todo muy chic, muy... muy letras inglesas, para qué digo que no. Si todos somos hipsters fans de Lou Reed.

Tras un pequeño sandwich de desayuno (no tenía mucha hambre yo, sobre todo) seguimos caminando. Según esto, íbamos a buscar el plantel de NYU a donde yo me tenía que presentar. Nos equivocamos de metro. Terminamos hasta Staten Island, cerca del ferry de la Estatua de la Libertad. No nos fuimos para allá.  En vez de eso, nos trepamos a un camión de esos que dan tours completos. Pasamos por los muelles, viendo los puentes, Chinatown, Little Italy. Llegamos, de pronto, al Rockefeller Center. Mi mamá, fan de películas, decidió que deberíamos bajarnos ahí. No sé cómo le hacen para que el arbolito del Rockefeller se vea imponente, si es una pistilla de hielo atorada entre varios edificios y la NBC. De veras que creo que el árbol que solían poner en Liverpool Insurgentes está más grande.

Pero entonces dimos la vuelta. Ahí, tan capitalista, tan fashionista, se alzaba la Quinta Avenida. De la incursión en el paraíso consumista y lo que pasó después hablaré en la siguiente entrada.

Thursday, October 25, 2012

It's up to you, New York, New York pt. 1

He llegado a NY. Tras no saben cuantas trabas, penurias, lo que quieran, he llegado a NY, acompañada de mi madre por estos días. Y, como siempre, las peripecias han empezado.

Salimos a las siete de la mañana, lo que implicó estar en el aeropuerto desde la madrugada. Afortunadamente, no hubo problemas con la documentación (salvo el exceso de equipaje) y, por primera vez, el detector de metal no detectó el metal que llevo en la sangre. Muy pronto, estábamos en el avión rumbo a NY. Yo, incapaz de ponerme a dormir (culpo a las niñas judías que llegaban a molestar a su mamá, que se sentó junto a nosotros, y cuyos granitos me dejaron la paranoia de que pudiera contagiarme de sarampión) saqué de mi bolsillo la New York Trilogy de Paul Auster. Sí, así soy de nerd.

Llegamos, tocamos el JFK como U2 dicen en "Angel of Harlem". Yo pensaba en cantar eso. Pues no. El aeropuerto se me hizo viejo y gris. Por no hablar de la fila de la aduana. Eterna. Al menos me tocó ver a varios europeos de perfección insultante, entre ellos uno parecido a van der Sar. Ah, también nos tocó detrás de una Aunt Jemima a la cual ya urgía pasar. Hasta se cambió de fila, ya que la nuestra iba muy lenta. Pero es que nos tocó el oficial con más cara de republicano de todo el aeropuerto. Antes agradecí que no me encerrara en un cuarto y me preguntaba qué iba a hacer allá dos meses. Obstáculo sorteado.

Salimos. No sé por qué, esperaba ver a la ciudad erguirse ante mí. Lo que vi fue el segundo piso, hagan de cuenta, de México. Hasta parecía una treta. Mi emoción del Angel of Harlem desapareció. Seguiré informando.


Tuesday, October 16, 2012

Daria and Jane

Me voy. No se los había dicho, pero me voy.

En doce días voy a estar en NY, en algo que me parece juego del destino. El viaje a Nueva York es algo que yo le había pedido a mis padres desde que tenía 15 años. Iba a ser mi regalo. Sin embargo, ese año, mi mamá se enfermó y ya no tuve oportunidad de ir. Y esa situación se repitió durante mucho tiempo. De hecho, hasta mi familia decía que mejor ya no habláramos de NY, porque siempre se nos cebaba.

Ahora va a suceder. Recuerden que mi papá dijo que me iba a pagar un curso. El curso va a ser en la Gran Manzana. Y ya estamos en eso. Y... nerviosa, nerviosísima.

Obviamente, esto ha resultado en que gente que antes no me buscaba, quiera verme. Entre ellos, mis amigas.  Todas me han preguntado cuál va a ser el regalo que les voy a dar. Bueno, Paradoxical Phoenix al menos me lo encargó, con su dinero.

Entonces, Jess, mi mejor amiga de la primaria, me invitó a festejar su obtención de título.

Hacía mucho que Jess y yo no nos veíamos. Primero, un distanciamiento que.. digamos, simplemente sucedió. Quizá fueron demasiados años de hablarnos diario, de contarnos todos nuestros pequeños detalles. Luego, un trabajo que consumía todas sus horas libres. Desde hace ya varios meses habíamos quedado en vernos y no lo habíamos podido hacer. Ese día era la oportunidad ideal... además de que le tenía que encargar algo mientras estoy en Extranjia. En fin.

Llegué a su nueva casa, que, por cierto, queda muy cerca de la mía. Ahí estaba toda su familia, incluidas su tía y su mamá, quienes me conocen desde que yo era pequeña. El reencuentro fue incluso emotivo.

Hubo vino, comida. Hubo un brindis en el cual su mamá le agradeció porque dijo que ella fue muy criticada cuando mandó a mi amiga a estudiar aquí, sola, pero que ella no los había defraudado. Muchos estuvimos a punto de llorar cuando recordamos a su papá, quien murió de cáncer hace unos meses. Yo lo recordé cuando, como vivíamos cerca, él a veces nos llevaba juntas a la escuela.

El humor de la noche mejoró en cuanto mi amiga se secó las lágrimas. De ahí, fue requerida por toda la familia y el novio, claro está. Los tíos me empezaron a preguntar de mi próxima partida al curso y me puse a hablar de futbol (soy como especialista en eso). También hablamos de como había tenido el trabajo de mis sueños, cuando escribí en la Indie Rocks! En otro momento, caí con la amiga de mi amiga. Ella comentó algo de que, seguramente, por anécdotas no acabaríamos, dado que nos conocemos desde primero de primaria. No dio mucho tiempo de anécdotas, excepto de una, cuando mi amor de secundaria decidió que era muy sano comerse un malvavisco que había pisado y le dio salmonela.

La noche siguió. Yo, que había pensado que tendría oportunidad de aventarme el catch-up con mi amiga, empecé a ver que no sería posible, a menos de que me quedara a dormir como en los añejos tiempos de primaria, que acabábamos durmiendo a las cuatro de la mañana porque no parábamos de hablar o porque veíamos una y mil veces la peli de Ten Things I Hate About You, sí, la del finado Heath Ledger. Y es que le repetíamos una y un millón de veces a la parte en la que canta "Can't Take My Eyes Off You".

Aún así, tenía que volver a casa. Me despedí, mientras la reunión llegaba a su fin. Pocos tíos ya hasta se habían acomodado en los sillones para dormir. El catching-up no se había dado, y, con el poco tiempo que tengo antes de partir, supongo que es más fácil que se dé por chat.

Sin embargo, al momento de salir, mi amiga me abrazó y me dijo: "Opie, me da mucho gusto que estés haciendo tus sueños realidad. Esperaré a que des el Opiesazo."

Inmediatamente después, me abrazó, y fue ahí cuando, a pesar de que no hubiéramos hablado mucho, pude sentir todo el cariño de años. Recordé muchas cosas. Nos recordé bailando Iggy Pop en su cuarto. Cantando, a todo volumen, "Every Rose Has Its Thorn". Diciendo palabras aisladas que sólo nosotras podíamos entender, y que representaban un mundo. Y, sobre todo, nuestro sarcasmo temprano. En secundaria, yo era Daria. Ella era Jane.

Siempre seremos Daria y Jane. Y volveré, para agradecerle todos estos años. Vamos por veinte, por una banda que nunca fue, por varios conciertos que fueron, por forjar un destino que será. Gracias, Jess.


Tuesday, September 18, 2012

En algún momento hice un reto

Cien días, cien poemas. Efectivamente: con ganas de demostrar que aún podía escribir, me aventé ese reto en un Tumblr. He de admitirlo: me dio mucho gusto saber que en el aire las compongo y así, aunque muchas veces no saliera nada digno de nota.
Ahora tengo cien poemas que tallerear. Sin embargo, ya desde preparatoria se me daban los plumazos y aunque quizá (o seguramente) estoy exagerando mi habilidad, les tengo aquí mi poema favorito, el cual siento que hasta suave me salió para haber sido un Heat of the Moment. Enjoy, y dénse una vuelta por el susodicho Tumblr a ver qué más se les ocurre.


http://100myverses.tumblr.com/

Aquí el poema.


#42: Kaprova Street, Prague. 2011. 11 am.

      
I think I made you up inside my head.
-Sylvia Plath

Like the cold air and the rain, waiting round a corner.
I had witnessed seven wonders, converted to stone, waiting for me
and offering me the beauty of a city, entranced, a heart-thief,
the silent pulse under a grey and single artery. The waltz nothing,
just the whisper of a wind and the shadows of buildings
shedding no light on the secrets, on its half-drunken core.
The churches with blonde religious symbols.
The Charles University and your secret language
and the bridge with beautiful and disciplined guardians
led me to those strange mysterious chances. Apparition,
faint as shaking leaves, a spirit of the city at the corner.
A faerie electric, otherworldly, looking at a place other than my life,
a piece from a dream made flesh and water, for there was no other
sign of atoms that could have made eyes as deep as yours.
That could have made lightning a mortal scar,
that could have traced thoughts and consciousness
into thirty seconds of pure bliss. Mind-dazed, awkward
in a silence sounds like INXS, the outpour of a heart
that had created you, and that was then mute, a dummy,
fading inside a smile, that was made a bridge of further traveling
than the one I had known. A Romantic tale imprinted on skin.
Your hair as those starless nights on peripheral roads
that had made me brand your hometown as a woman,
coy in her sublimity, her European mystique of an old alchemist
floating in the ocean of your eyes, the mad connecting oceans
that led your continent to fruitless searches and winding legends
that I hoped you could see back in me, wingless madwoman.
Darkened afternoons in awe of your lips, that bore
the mark of a flag you belonged to, the color of a rival and a demon.
(They used to teach so in schools before, even to us).
Your skin—the ultimate howling of a lone wolf,
looking all around for signs of life—the lost, the drowned in a pale
avalanche. The spirits that advanced towards a your homeland
unaware of its crystalline peril. Their corpses are the bones of your back.
You, a poetry-whore, daemon, cornerstone of verses in a corner.
Vivid emotion made unintelligible, and primal.
Memory made desire, made hope, made perfect future.

Wednesday, August 08, 2012

Hit us with your best shot (el regreso a Metallica)

Originalmente no iba a ir. Pensaba, ilusa yo, que probablemente estaría ya en el extranjero para esta fecha. Mi madre compró un boleto de más. Decidí jugármela.
A lo mejor por Metallica no me fui, porque el sábado enfilamos mis tíos, el colado amigo Roger y yo, al Palacio de los Rebotes, con la promesa de ver todos los éxitos de Metallica juntos. Por algo se llamaba la gira El Arsenal Completo, ¿no?
Ridículos como somos, íbamos uniformados, monísimos. Mi tío diseñó unos jerseys para concierto que eran el jersey de México, pero tenían el logo de Metallica, el nombre de la gira y nuestros dorsales, en vez de ser los muchachos de la selección que tan de moda están, eran los nombres de los Metallicos. Mi tío pidió derechos de diseñador y pidió al señor Hetfield. Nimodo. Pedí a Lars, quien es el segundo más guapo, según yo. Me lo dio por ser de la familia, ya que aún no se casa con su novia (aunque yo ya la considero de la familia). A ella le tocó Kirk... porque nadie quería ser Trujillo. Ese le tocó al amigo Roger.
Por cierto, nuestro Trujillo llegó ese día ya tarde y en punto pedísimo. Habíamos quedado de tomarnos unas chelas antes del concierto, en la barra de afuera. Pues Trujillo nos había ganado y se las había tomado, pero en la barra de su casa. En fin. Salimos corriendo para tomar un taxi, pues para colmo empezaba a llover. En el camino, tan sólo para que vean qué pedo estaba nuestro Trujillo, él nos preguntó por qué el gay de mi hermano "nunca nos acompañaba a un concierto machín". En vano intentamos recordarle que mi hermano nos había acompañado a ver a Guns n' Roses, hacía apenas unos meses.
Llegamos y caminamos hacia nuestros lugares. La ventaja fue que no tuvimos que esperar mucho para ver a Metallica, quienes comenzaron con "Creeping Death", saliendo en ese escenario que para ellos es innovador, un escenario 360° el cual dejaba ver al Palacio de los Deportes más abarrotado de lo que yo lo hubiera visto en mi vida.
La joyita de "For Whom the Bell Tolls", casi casi rareza, nos animó a todos los presentes, además de que las luces nos dejaron ver a los cuatro grandes del thrash, y no me importa lo que digan los fans de Megadeth. Rob Trujillo (el verdadero, no nuestro ebrio cuate) se presentó con su look ya acostumbrado de bermudas y jersey de basquetbolista; a su lado, Kirk Hammett, quien nunca deja el negro, optó por lucir su delgado cuerpo en skinny jeans. Lars Ulrich cada día se ve más chaparrito y más calvo, enfundado de negro, pero eso no importa cuando ocupa su asiento frente a la bataca; y finalmente, el señor Hetfield, quien, a pesar de estar próximo a los cincuenta, decidió sacar juventud de su pasado, tomando el escenario con un chaleco lleno de parches a la old school, sin playera, luciendo... sí, luciendo buen cuerpo. Punto para Hetfield.
¿Que no tocaban nada del Load? El grito de guerra, a veces ininteligible, de "Gimme fuel gimme fire gimme that which I desire" volvió locos a los asistentes. Yo, que llevaba una decente colita de caballo que planeaba desatar hasta "Master of Puppets", automáticamente me desmelené porque esta gasolina sí me gusta. Que, por cierto, desde ahí inició el despliegue de pirotecnia, lo que me hizo darme cuenta de una cosa: sí éramos más de 20 mil asistentes, puesto que hacía un calor endemoniado. A la tercera canción ya olíamos a moho. Eso, de una vez, me llevó a la conclusión de que nunca voy a irme a una primera fila de Rammstein, porque antes de derretirme en los brazos de Flake Lorenz me derrito de verdad.
Pero me voy por las ramas. Tras la descarga de adrenalina de "Fuel", James nos preguntó si recordábamos "Ride the Lightning", y no sólo el disco, sino la rola. No tuvimos que esforzarnos mucho, pues del techo bajó la silla metálica y unas bobinas de Tesla, pa que tuviéramos rayitos artificiales. Nuestra portada del Ride the Lightning flotante. Increíble.
Después, las luces se apagaron. Sonidos de metralleta, fuegos artificiales que tronaron justo detrás de nosotros como bombas, haciéndonos pegar respingos. Sonidos de avión. Vamos de nuevo. "One", violenta, terrible, magnífica como siempre. Ni qué decir a la mención de la "landmine", que nos explotó otra, mientras en lonas se proyectaban calaveras como cadáveres de guerra.
Pero si se trata de efectos especiales, varios ataúdes reemplazaron a las lonas. Dentro, se podía ver gente... ¿muerta? Arranca "Cyanide", puritita pesadez del Death Magnetic, mientras los personajes de los ataúdes recuperaban la consciencia y, apanicados al verse encerrados dentro de un ataúd, empezaban a patear, a revolcarse, a desesperarse. Perfecta creación de mood.
"¿Cuántos están aquí?" preguntó James, en cuanto hubieron retirado a los pobres presos de los ataúdes. "Quiero oír cuántos están aquí." Lars agregó: "Tengo el presentimiento de que esta quinta noche será la mejor. Pruébenlo."
"The Memory Remains", exquisita como siempre, rola que hasta podría ser considerada sutil para los thrasheros, en la que el público toma la voz y los coros de Marianne Faithfull. Coros que se escuchaban, sonoros, por todo el Domo de Cobre, las voces casi desgañitándose ante la fuerza de la canción. Cuando terminó, James y Lars dirigían la orquesta de voces que continuábamos en nuestro papel, mientras Kirk y Trujillo miraban. Todos a una sola voz, la canción se escuchaba impresionante. Definitivamente uno de mis momentos preferidos del concierto.
"Leper Messiah" no fue tan coreada, lo que cambió con "Sad But True", que ya se ha vuelto de las infaltables sacadas del Black Album. La que la siguió fue "Welcome Home (Sanitarium)", que proyectó en la lona ahora imágenes de locura. Sin embargo, había algo que quitaba un poco la atención de las imágenes, si bien no del rolón. Enmedio, una extraña plataforma empezaba a alzarse, poco a poco, con grúas y todo, hasta por gente vestida de constructores. ¿Qué se erigía?
La dama de la justicia, que nos había quedado de espaldas, se dio la vuelta y nos miró a todos. "...And Justice for All", épica, tremenda, terminó con el derrumbe de la propia estatua, obviamente más falsa que nada, mientras los roadies, quienes eran los constructores, se ponían a barrer los restos. Un performance entre grandioso e irónico que aún así no mermó la fuerza del metal.
Una guitarra acústica llegó a las manos de James. "Fade to Black", la otra "balada" de Metallica, por decirlo así, había llegado. Sin embargo, para ese momento, yo sudaba demasiado, así que tuve que salir, al menos a echarme agua a la cara. La fila para el baño, larguísima. Al menos yo me estaba ventilando un poco, y el bello solo que cierra la rola se escuchaba bien afuera...
Tanto, que cuando escuché los siguientes guitarrazos, todo valió madres: el baño, el agua. Eso no me lo podía perder. Regresé rugiendo, para acompañar ese himno, esa representación de Metallica, mientras tumbas iluminadas surgían del piso del escenario. "Master, Master!". Esa rola no necesita presentación. El slam, en la parte de abajo, se puso a todo lo que daba, mientras no sé cuántos miles de cabezas enloquecíamos al ritmo de "Master of Puppets", definitivamente la obra magna de Metallica.
Y si pensaban que el slam no se podía poner peor, no esperaban lo que seguía. "Fight Fire With Fire". Fuego, golpes, thrash puro, no me importa lo que digan.
Pero había que calmarse. Así, la siguiente fue "Nothing Else Matters" y hasta algunas parejitas se tomaron un respiro para besarse, mientras el Palacio se iluminaba con las pantallitas de los celulares. Como nuestro Trujillo personal traía encendedor, le pedí que lo usara, que iluminara la balada a lo old school, como debía de ser.
Y claro, van juntas con pegadas. "Enter Sandman". No habíamos acabado de aullar a gusto el "Exit light, enter night" cuando un cuate, pedísimo, se acercó a pedirnos encendedor para el cigarro. Ninguno de nosotros tenía, así que volteamos a ver a nuestro Trujillo. El encendedor ya no servía porque se lo había acabado durante "Nothing...". No sé quién le acabó prestando encendedor al colado; lo que sí supimos fue que prácticamente ambos acabaron abrazados, el colado cantándole "We're off to never never land al oído". Me separé de semejante escena romántica para ver el escenario. James se paró, entonces, en una pirotecnia que explotó extrañamente cerca de él. Un roadie se acercó a checarla... ¡y que se prende! Ahí teníamos al roadie corriendo en llamas, mientras Lars se levantaba de la batería y llegaban los paramédicos y...
Se trataba del planeado accidente/tributo de la quemada de James, para darnos un cierre con broche de oro. En un escenario que supuestamente había fallado y presentaba un aspecto caótico, con los ataúdes voladores colgando y las tumbas a medio salir, Metallica nos habían dado esa pequeña obra que tanto había asustado a los medios hasta internacionales cuando la cadena de conciertos comenzó. Y quizá a algunos presentes, porque cuando todo el alboroto hubo terminado, en un escenario que ya no tenía las luces encendidas ni todos los efectos especiales, James se dirigió al público, preguntando si estábamos bien y cuántos se habían ido. "Creo que un par de ustedes ya no están aquí," concluyó.
Pero eso no les evitó llevarnos de vuelta al garage... directo de su Garage Inc., el célebre disco de covers, Metallica se echaron uno de los números más heavies de Queen, "Stone Cold Crazy". Salvaje para ser glamera, con Metallica se escuchó aún más rápida, casi punk. Una sorpresa selecta, para terminar con el himno de batalla que es "Seek and Destroy". Slam, brincos, alaridos, las luces prendidas porque Metallica querían vernos, a todos los presentes. El colado nos abrazaba a todos mis acompañantes y a mí y nos gritaba "Seeeeeeek and destrooooy!" en el oído, dejándolo aún más claro, innecesariamente.
Así cerraron. Kirk nos saludó; Lars nos llamó, en el mejor sentido de la palabra, "Motherfuckers". Rob, quien ya aprendió más español, no se abstuvo de anunciar: "México, ¡ganamos en futbol!". Finalmente, James nos aseguró que esta noche había sido la mejor. Cariñoso, como siempre. La banda que nunca va a esconder su amor por el público mexicano... y nosotros tampoco. Show de diez, selección sorpresiva, Metallica, animalidad, pasión, locura, belleza brutal. ¿Cómo no quererlos?
Quien ya no nos quiso fue nuestro Trujillo: se fue sin nosotros. Luego supimos que se había ido a la fiesta con el colado borracho; después de todo habían iniciado un tórrido romance. Lo único que pensamos es que a su playera le hubiéramos puesto Newsted.

Friday, August 03, 2012

Faded Rockstar Glamour

Con la novedad de que estos rollos en mi vida van en serio y pues una se avienta a hacer cosas y... me dejo de circunloquios pseudo-ingleses y voy al grano.
Renuncié al radio. Así es: la estación de radio que incluso guió mis horarios en un trabajo pagado y decente como fue mi año en la secundaria deja de ocupar un papel predominante en mi vida. Y no; antes de que digan algo, no fue culpa de la Rolling Stone. De hecho, también la revista podría entrar en esta entrada.
Pero regreso al tema original. Una relación laboral que ya llevaba fricciones desde hace rato finalmente pasó al momento de callejón sin salida. A pesar de que me la pasaba muy bien en las tres horas que duraba mi programa, llegó un momento en el que salir significaba llegar a un lugar en el que, al menos yo lo sentía así, hacía falta una palabra de agradecimiento o de aprobación. Llegué a discutir. Lo que yo esperaba, la retribución de un año entregado por amor al arte, nunca sucedió.
Cuando me empezaron a cansar los alrededores, cuando se empezó a apoderar de mí un sentimiento de ansiedad y de absoluta rebelión a volver a ver esos alrededores, a caminar por los mismos lugares de vuelta a casa, supe que había llegado el momento de partir.
Aunque, curiosamente, hubo otra razón. Algo así como el catalizador, la gota que derrama el vaso.
Desde hace ya dos semanas me habían pedido que fuera a una conferencia de prensa con Maná. Ahora bien, yo con la banda mexicana tengo una relación más bien sarcástica. Y es que, definitivamente no puedo vivir escuchando a alguien que habla de "el pom-pin pom-pin" del corazón; pero ah, que no pongan "Rayando el sol" o "Huele a tristeza" porque me las sé completitas y en una de esas acabo berreándolas, más en estado etílico. En fin, que esa soy yo. El problema es que la estación estaba permeada por un sentimiento casi casi anti-Maná. De hecho, varias veces los revolcamos en las rolas de broma. Y ahora había que tomarlos en serio. Y claro, como nadie quería ir, pues tuve que ir yo.
Lo hice por el CV.
Me levanté un viernes a las ocho de la mañana, desvelada, pues el día anterior había ido al Bulldog con Feri. En mi casa ya se encontraba la amiga F. (sí, esa de la entrada de Acapulco) a quien le pedí que fuera porque sé que ama a Maná, y si yo no iba a disfrutar la conferencia del grupo, pues al menos alguien debería hacerlo.
Salimos corriendo de casa y llegamos diez minutos antes a los estudios donde se llevaría a cabo la rueda de prensa y la filmación de un videoclip. Había mucha gente afuera, todos con cara de hipsters, y hasta unos que se veían como gente de medios. Yo, con toda la profesionalidad de la que fui posible, le dije a F. que se presentara como mi operadora al momento de entrar, y así, muy seria y toda la cosa, le pedí a la guardia que me dejara pasar: que formaba parte de los medios que iban al videoclip de Maná.
La guardia se me quedó viendo, y tras mirar en una lista, me aseguró que no tenían nada anotado sobre un videoclip de Maná. Las personas a nuestro alrededor iban a una visita guiada.
Le llamé a uno de mis jefes, tratando de esconder mi furia. Él pareció confundido. De pronto, me dijo que había sido un error: que su mail decía que la fecha no era ese viernes, sino el siguiente. "Fue culpa de los dos, porque esa fecha también estaba en tu mail," concluyó.
Yo no dije nada, aunque en el fondo la afirmación se me antojaba injusta: yo le había dado un voto de confianza a su aviso de que la rueda de prensa era el viernes, repitiéndole una y mil veces que era lo que había que llevar y concentrándome en las preguntas, en la carnita del asunto. Y ahora resulta que yo también. Pura madre, sobre todo la que me regañó al verme llegar frustrada a casa.
Entonces pasó la entrevista con la Rolling Stone, y uno de esos momentos de emoción adolescente, donde decidí que estar en una rueda de prensa con Maná me daría puntos. La volví a aceptar, con todo y con que el horario se cambió a la tarde. Yo tenía planeada una salida que cancelé y volví a lo mismo, otra vez con amiga F. y todo.
Llegamos a los estudios otra vez. De nuevo me presenté lo más profesional que pude, lo que a la guardia no pareció importarle, a pesar de que F. estaba nerviosísima ante la idea de que no la dejaran pasar. Pronto, estábamos las dos caminando con nuestro gafete hacia el foro indicado. F. seguía sin creérsela.
-Entonces,-preguntó emocionada- ¿lo único que tiene que hacer uno es enterarse para saber dónde van a estar los artistas?
Le contesté que sí, pero que lo difícil era enterarse, y de pronto me vi contando mis anécdotas en la Indie. Hagan de cuenta que yo era uno de los de la Rolling Stone setentera y hasta me hubiera fumado mis porros con David Bowie--las conté como si nada. No supe si fue por presunción o por simple anecdotario, sin embargo.
Llegamos afuera del foro. Gente con cámaras gigantes y looks profesionales y hasta aburridos se agolpaban alrededor de la puerta. El calor empezaba a arreciar. Yo tomé la misma actitud y me distraje con mi celular: de hecho, estaba enojada por estarme perdiendo la inauguración de las Olimpiadas. F. por su parte, seguía mirando a su alrededor, asegurando que ella sería feliz trabajando en algo así. De hecho, parecía dispuesta a lanzarse por mi trabajo a la Rolling Stone. Le tuve que decir que se trataba de un trabajo de prácticamente secretaria, no de corresponsal.
-Me voy a morir- respondió ella, haciéndose pipí de la emoción.
-No te vas a morir- le contesté, pensando en los ojos azules de Jonas Bjerre, que no me habían matado, aunque podrían haberlo hecho.
Y pues no se murió, porque pasaron dos monos de Maná y yo ni me enteré. Ella me tuvo que aclarar. De pronto abrieron las puertas. Había llegado la hora de entrar al foro.
La gente se aventó. Le pedí que se colgara su cámara para entrar como fotógrafa. En la entrada, tomaban lista. Una mujer que se encargaba de eso pareció sorprenderse cuando mencionamos el nombre de la estación, pero otro chico que estaba ahí, supuse que el contacto, nos hizo pasar.
Nos agolparon a un costado del foro, que porque según esto, estorbábamos la escenografía. Un tipo hizo la observación de que "olía a camarógrafo". Tenía razón. El lugar apestaba y hacía calor. F. y yo nos fuimos a la parte de atrás, donde al menos se podía respirar. Yo no quería ver nada. Me estaba aburriendo más que nunca. La inauguración de las Olimpiadas seguía su curso. F. se distrajo: en unas escaleras, cerca de donde estaban las modelos, maquillándose, alistándose, ahí estaban los Maná. Obviamente, no podíamos subir a verlos, así que ella se contentó con verlos de lejos.
De pronto nos llamaron a todos. La rueda de prensa iba a iniciar. Ilusa yo que pensé que al menos nos iban a sentar en algún lugar a que pudiéramos hacer preguntas; yo, que llevaba mi tarea muy bien hechecita, mis cuestionamientos inteligentes preparados. Pues resulta que era de aventarse hacia el set y ver quién conseguía mejor puesto.
Obviamente, los que se aventaron primero fueron los de las cámaras de televisión, los que tenían experiencia, y que además te podían pegar con los telefoto gigantes. F. y yo quedamos hasta atrás. Al menos ella llevaba tacones altísimos (y ya de por sí es un poco más alta que yo) y pudo tomar fotos. Yo me tuve que contentar con un video mal grabado de la entrevista, porque no se escuchaba nada con mi grabadora a semejante distancia de ellos.
Y, para colmo, que sale la de Ventaneando, o TV Notas, o algo así, a hablar de la vida personal de Fher. Tres preguntas dedicadas a fotos donde lo habían visto encuerado, o algo similar. Con cosas así se gastó buen rato de la conferencia de prensa. Lo demás: las preguntas predecibles. Por qué un cover de Juan Gabriel. Qué tal las giras por Tel Aviv, el Rock in Rio. Cero controversia de la que yo quería crear.
Más movimiento. F. se fue a sentar encima de una de las cajas de equipo y yo la acompañé. En eso estábamos cuando los Maná, quienes habían ido por otra sesión de maquillaje, regresaron. Tuve a Fher de Maná a un metro de mí. Ahora voy a tener que ver a Denisse de Kalaffe de cerca para ver cuánto se parecen. También pasó Alex, el baterista, y le sonrió a F. Antes no sé como no se murió, en ese momento sí. Juró que le firmarían las baquetas que había llevado; sin embargo, no había manera. Pensé en decirle que le preguntara al roadie de la batería, pero en ese momento nos llamaron a nuestras posiciones originales.
Vimos la parte esa de los videos en la que cantan los artistas antes de que Maná se fueran a su camerino. Como defensa de la banda, lo único que puedo decir es que el tal Alex parece ser muy feliz con lo que hace.
La gente nos dijo que ya nos podíamos ir. Ahí van todos a recoger sus cámaras y micrófonos. F. se quedó conmigo, a ver si podíamos conseguir los autógrafos. La sentencia: no hubo exclusivas, ni para Televisa.
Nos paramos afuera del camerino, yo con más ganas de que pasara algo extraordinario que otra cosa. El guarura que estaba afuera nos dijo que iba a ser imposible pasar a ver a Maná, más aún porque estaban comiendo y sería una falta de respeto.
El reducido camerino tenía una ventana tipo ojo de buey. La miré, y, en un momento en el que el guarura dejó su puesto, pensé en meter las baquetas por ahí. O mejor aún: en aventar a la amiga F. por ahí.
No lo hice. Obviamente no lo hice. Hubiera sido considerado una ofensa al profesionalismo. Allá, en décadas pasadas, habían quedado los reporteros que se colaban a los backstages, a los tour buses, a los hoteles, a buscar un reportaje que valiera la pena, rompiendo todas las reglas para luego acatarlas todas, mostrando admiración y respeto.
Eso ya no se hacía. Lo sublime de las revistas de música se ha ido.
De salida, nos detuvo el contacto de Warner. Quería agradecernos e invitarnos a próximos eventos. Yo me debatía entre simplemente ignorarlo o agradecerle de vuelta. Hice lo segundo. Mientras, F. amenazaba con meterse al baño de uso exclusivo para Maná, y hasta se atrevió a preguntarle si no podía haber una forma de verlos. El chavo inmediatamente se puso serio y dijo que si éramos (incluyéndome) fans de Maná ya no nos iba a invitar a nada de ellos. Pensé que sería bueno que lo cumpliera. F. se disculpó mientras él tomaba nuestros nombres y se despedía.
Cuando vi que no me daban ganas de codear a F. por haber casi ridiculizado el nombre de la estación, supe que no me importaba. What-ever. Ella me preguntaba sobre mi futuro glamour. Una secretaria glamorosa. Supe que nunca sería Cameron Crowe. Que nunca sería Lynn Goldsmith. Que más bien seguía siendo Rob Fleming. Deseando otro tipo de revista y otro tipo de vida.
Recogí mi credencial, que había dejado a la entrada. F. me agradeció muchísimo la oportunidad y se fue. Yo vi lo que me había faltado de la inauguración de las Olimpiadas.
"Pretty Vacant". "Step On". "Firestarter". "Starman". Me sabía todas las canciones. Quiero ser Nick Hornby. Ya que nunca seré lo que es Almost Famous...
A menos de que un día Oli Brown me permita entrevistarlo.

Ya, pongan "Huele a tristeza" y saquen el Tonayán.



Friday, July 27, 2012

You better watch out, oh what you wish for


¿Han querido algo tanto, alguna vez, tan sólo para darse cuenta de que luego ya no lo quieren?
O, quizá, que ya no lo quieren como lo querían.
Eso acaba de sucederme. En mi lucha por irme al curso en Londres que quiero, y como la Universidad de Liverpool parece que no tiene para cuándo responder, me puse a buscar un trabajo que me diera dinero extra para poder irme de una manera cómoda. No buscaba nada cierto, tan sólo algo temporal. Una amiga me mandó un mail en el cual pedían a alguien con excelente redacción, ortografía, y conocimientos musicales. Pensando que acabaría corrigiendo el estilo de algo así como la Círculo Mixup, mandé mi CV sin siquiera dudarlo.
Me respondieron. Esa fue la noticia, supongo. Sin embargo, cuando vi el pie de página del mail casi se me cae la baba. No podía creerlo.
El pie de página ostentaba el logo de la Rolling Stone.
Recordé mis diecinueve años, que ya se antojan lejanos. En algún momento, presa de un impulso más bien aventurero y de ver demasiadas películas, les mandé un mail pidiendo que me aceptaran como corresponsal, que me encantaría formar parte de su equipo. Ellos, seguramente un poco sacados de onda al ver un email sin currículum de una chica loca, me contestaron, amablemente, que su equipo se encontraba completo. Lloré como si un chico me hubiera rechazado.
Los años pasaron, estuve un rato en la Indie Rocks!. Así, lo de la Rolling Stone se fue disolviendo entre otras oportunidades, entre más cosas que hacer. De hecho, la dejé de comprar. ¿Quién querría una revista que se atrevió a poner a Justin Bieber en portada? Qué asco.
Y ahora, ahora querían hablar conmigo. Ahora que yo ya no los tomaba en serio.
En fin. Salí ayer para llegar a una cita al mediodía a una de las zonas más bonitas de Polanco. La casa, estilo antiguo, estaba siendo remodelada. Me pidieron que pasara a esperar a una salita. La sala estaba decorada con varias portadas enmarcadas. Vi una autografiada de Duran Duran y automáticamente, las piernas me comenzaron a temblar. La emoción, por un momento, hizo presa de mí. Cuántas veces soñé estar en esa sala, esperando entrevistar a alguien. Y ahora estaba ahí, y la entrevistada iba a ser yo.
Aún así, me seguían temblando las piernas. El encanto seguía estando ahí, a pesar de la portada de Justin Bieber. Pensé en algún crush fallido. Se me antojaba a lo mismo. Volverlo a ver y ver esa sonrisa que enloquecía, ese mismo encanto, a pesar de que ya no...
La chica que me iba a entrevistar llegó en ese momento. Me preguntó sobre varios puntos de interés, así que aunque en general siento que me fue bien, no podría estar segura, ya que me preguntó si sabía subir cosas a internet con ayuda de Adobe o Flash. En la clase de Adobe y Flash yo me la pasaba picándome los ojos. Le dije que no. Después de eso, me preguntó qué onda con mi experiencia de radio por internet. Le aseguré que sabía operar y hablar al micrófono. Como que eso le interesó. Después, hablamos de mi experiencia corrigiendo, escribiendo, entrevistando. Le dije que eso sí era lo mío. A ella pareció interesarle mucho lo de traducción, sobre todo, y me pidió tres tareas para mandárselas esa noche.
Pasamos a las cosas pedestres. Horario. Nueve horas todos los días, posibles fines de semana en caso de festival o meet & greet. Nueve horas las cuales pintaban para traducir y corregir cosas. El sueldo muy tentador. El barrio, obviamente, muy chic.
Un antiguo crush ofreciéndome todo.
Sé que quizá no debí de haberlo dicho, pero saqué a cuento lo del curso. Le dije que tenía solicitudes para una universidad en el extranjero, que qué hacer en ese caso. Ella me contestó que no podía trabajar a distancia, que había cosas que debían hacerse en la oficina. Le di dos o tres pistas de que me gustaría ser corresponsal en Inglaterra. Tan sólo quedamos en que le mandaría una entrevista, una traducción, y una nota breve, a ver qué pensaba.
Salí de la oficina. En el camino me compré un té y salí a pasear por la avenida más lujosa de la ciudad. Pensé en las horas de comida, en probar los restaurantes de los alrededores. En el estilo rocker. En... en que yo ya no estaba ahí. Me estaba imaginando en otra avenida, en cualquier otro lugar. En Nueva York. Saliendo de un trabajo que si bien era parecido, no era ese.
Pensé, también, en la escuela que acababa de dejar, la que juré que nunca dejaría si no fuera por una oportunidad en el extranjero. Por alguna razón, se me hizo injusto pensar que podría hacer eso.
"Round Here" de los Counting Crows dominó todo. She must be tired of something round here.
Un crush fallido quien tiene todo lo que siempre me gustó, pero al que ya no quiero, porque ya encontré a otro a quien amar.
No sé qué suceda. Puede que no me den el trabajo porque no sé nada de Flash (si eso pasa, por favor, recomiéndenme para clases de regularización o la madre)... pero, si sucede, será algo que, desgraciadamente, ya no va. Un sueño, una oportunidad de vivirlo, pero hasta ahí. Aunque, en el fondo, duele un poco pensar que a veces los sueños también caducan.

De William Miller y sus ganas de escribir en la Stone pasé a Penny Lane, con su Morocco.

Monday, July 23, 2012

Entrada de promoción cínica

Y que se me ocurre cumplir un reto.

Cien poemas, uno cada día, cien días.

Llevo más de la mitad y creo que nadie se ha parado a leerme.

Aquí el promo.

http://100myverses.tumblr.com/

Elijan cuál es el mejor y los que ustedes quieran los pego acá en este blog.

Thursday, July 05, 2012

The Goodbye Girl

(Mi discurso de despedida, íntegro, hasta con la página que el viento se llevó ese día. Leánlo escuchando "Goodbye Girl", ya sea la original de David Gates o la versión de Hootie and the Blowfish, y cantando "Remember goodbye doesn't mean forever".)



            So, now that I was asked to write a speech for third graders, I must admit the news came to me not only as an honor, but as a surprise. I thought that, given my limited time teaching at Jean Piaget, I would have more in common with first graders, who have just arrived, who got acquainted with a new environment. However, my memory took me back to those first classes, and I must say, third graders were, indeed, the ones that welcomed me as their new teacher and made me feel, in a way, like I was home. And, pretty soon, I noticed the things we had in common; sure enough, they are about to experience things I have already gone through, but there are questions about life my generation and their generation seem to share.
            Now, I am not here to answer those questions, unfortunately, for I do not speak from such experience as Professor Moisés does, because he has lived and seen more, and definitely knows more; but I shall speak from my personal knowledge, and I will speak about what I can share with these boys and girls, who are about to take a step that shall transform them into young adults, men and women. They are about to leave a school that has seen them grow: some of them may stay there, at that building that looks upon us and is ready to receive them; others may head on to new spaces to continue their education. Anyways, both transitions, however near or far, mean the start of something new and I know you young people are fully aware of that. And of course, every new beginning implies a first step, lots of new dreams and goals, but maybe just a hint of insecurity and wonder at what might happen, at the unknown challenges to face.
            Of course I will not say that it is easy to ignore all those feelings, all those doubts. It is not. Yet, you must remember that, after all, you are the only ones who will have to stand up to those fears and answer those inquiries; even if you have the help of others, it is you  who make the final decision. That is why my first advice is for you to be good and true to yourselves. You, young people, are the ones who guide your steps and know where you are going to. And remember, just getting here to this graduation, being excellent as you are, is a reminder that all of you are pure gold, and that is something you must not forget. Do not be treated as less.
That takes me to my second point. Loving yourselves and knowing what you want is the base of your journey: it gives you a goal to look forward to, and an armor against those who may want to lead you astray from your path. Of course, not everybody is out to harm you: in your path, you will meet people, besides your parents and family, who will not only share a goal with you, but who will also help to reach that spot in the distance. If you are good to yourselves, you will be able to spot those kind souls; and, when you do, I advise you to treasure them, to keep them close to your heart, for a true friend is so hard to find. They will also help you notice the fake smiles and the backstabbers, the ones who will only become an obstacle. But, once you have your entourage and your protection, there is only one thing left to do.
And that final thing may be the most important one. Because losing your guiding star means losing your journey and your battle. I know life today is not easy; yet, do not let this hold you back. If someone tells you your dreams are hard to achieve, then you work harder to do so. If someone tells you they just cannot be done, prove them wrong and do the impossible. Because that is what the world needs now: in a land ruled by a nightmarish reality, we need dreamers who can make the world blossom again, who can reshape reality into something wonderful. I know you are a part of those people; so I can only advice you to never, ever stop believing.
To finish, I just want to point out that, if we ever meet again, not now, not next school year, but later, perhaps ten, twenty years, I hope I can look at you and catch a glimpse of the great young people I knew this year. Do not let the world change what you are: you go and change it. I know you can, and that is why I must say I am proud of you being the first generation I had the honor of being a teacher to that is leaving Jean Piaget Junior High. You will always hold a special place in my heart. Thank you.

Sunday, July 01, 2012

Ten Years Gone

Han pasado diez años. Desde que yo me gradué de la secundaria. No quiero dramatizar, pero creo que si han leído mis kilométricas entradas, sabrán que no fue el mejor momento de mi vida. En un mundo en donde eras popular o raro, a mí me tocó ser de las raras. Dejé esa etapa definitoria de mi vida detrás. Sí, ahí aprendí a ser quien soy, pero de que haya sido divertido... no, no lo fue. Fue lleno de sueños, eso sí. Sueños que no se cumplieron. Tocar, con mi mejor amiga, grunge en el patio de la escuela. Nadie quería tener una banda de grunge con nosotras. Conocer a muchachos muy guapos que bailaran con nosotras sin parar en la fiesta de graduación. Los muchachos guapos eran, a lo más, nuestros amigos. El que a mí me gustaba nunca me peló, y con eso digo todo. En resumen: queríamos sentirnos, me parece, como en casa, como en película. Eso nunca sucedió.
Pasaron los años, y, de pronto, me vi envuelta en las celebraciones de la despedida de una secundaria, tras un año escolar que, de por sí, ya me había dejado sorprendida. Entré a dar clases en una secundaria por meros gajes del oficio y la necesidad del dinero para financiar mis planes de una educación en el extranjero. En el fondo, pensaba que saldría corriendo al tercer día. Sólo me bastaba recordar, ya no decir a mis compañeros de secu, sino a las anécdotas de mi hermano. Maestras llorando a media clase. Puertas atrancadas para dejar a los profesores afuera. Batallas constantes por el poder contra listillos. Yo juraba que no tenía el poder ni el temple para enfrentarme a eso.
Sorpresa: no tuve que "enfrentarme" (bueno, a menos de que contemos a los segundos). No sé si me tocaron los mejores chicos del mundo, o si la vida ha cambiado y ya puedo volver a tener fe en la humanidad. En todo caso, ver a las intelectuales mezclándose con los jocks, los nerds teniendo una vida social que si bien no era sumamente agitada no se parecía a la mía, que consistía en encerrarme con el radio a todo volumen a volver mi cerebro una enciclopedia con una exagerada sabiduría de rock alternativo. Qué les digo: mi generación repudiaba Nirvana. Esta generación celebra Nirvana. Ya desde ahí. Y si lloré, nunca fue por ellos. Al contrario, a veces ellos estaban ahí, para reconciliarme con la vida, en un año que se fue entre sueños, decepciones, y finalmente un plan que me suena a conclusión y al cual hay que lucharle.
Así fue como llegué al final del ciclo escolar, y me encontré con una noticia: que los chicos querían que les diera el discurso de despedida. Automáticamente me sentí halagada, si bien un poco confundida. Yo era la maestra que les daba clase una vez a la semana, a la que acababan de conocer. ¿De dónde a mí tal honor?
Pues sea lo que sea, me puse a escribir, y me sorprendí a mí misma. Y es que, también, con sólo una clase a la semana y saludos esporádicos en los pasillos de la escuela, acompañados por pláticas sobre música y futbol, resultó que sí había llegado a conocer, y, lo que es más importante, a querer a los muchachos. De nuevo me había equivocado, para bien. El discurso, entonces, fue sin censura, algo raro para una escuela. No tuve miedo de hablar de los deseos que, yo sentí, tenía en común con ellos; de mis esperanzas para ellos, de lo que quería que ellos fueran, de cómo me habían devuelto la fe en la humanidad. Cuando me di cuenta, ya tenía un buen discurso, de esos, que, además, me salieron del alma.
Ese viernes llegué con mis hojas listas. Los chicos, mientras tanto, dibujaban cosas sobre papel kraft. Me acerqué para ver los dibujos. Este dibujo estaba ahí:


Viajar alrededor del mundo. Tener una banda. Deseos que yo había tenido hace diez años. Lo de la banda ya lo veo bastante improbable, pero lo otro no. Fue ahí cuando decidí que tenía que buscarlo. En ese momento comprendí que no había escrito sólo para los de tercero, sino para todos mis alumnos; los de segundo, los de primero.
Las piernas me temblaban cuando comencé a hablar. Intenté no mirar a muchos de los chicos que comenzaron a llorar con pena de llorar con ellos. Cuando terminé, la banda de un chico de segundo pasó a tocar. Tocaron canciones como "With or Without You", como "Yellow Ledbetter". Canciones que a mí me hubiera gustado escuchar cuando dejé la secundaria. En ese momento, las chicas de primero se acercaron a preguntarme si podía cantar. Fui a pedirle permiso a la banda. Me hubiera gustado cantar "Don't Stop Believin'": los chicos me dijeron que se sabían "Come As You Are". Me encantó la propuesta. 
Tomé el micrófono como quien busca revivir algo que nunca pasó. Al final la banda no era mía, así que no pude agarrar nada a microfonazos. Pero, diez años más tarde, yo no era alumna, sino maestra, y estaba cantando Nirvana en un patio de una escuela. Mi mejor amiga tampoco estaba ahí.
Los muchachos, que no sabían que yo cantaba, me recibieron con un group hug. Era extraño. Yo pertenecía al bando que se paraba enfrente, al pizarrón, el que estaba en su contra. Ellos me recibieron como si yo perteneciera a ellos. Como si yo siempre hubiera estado ahí.
En ese momento me reconcilié con mi pubertad, con la pequeña versión de Eddie Vedder que fui y que se olvidó de glamear, pero que quizá aún tendría una oportunidad.
Aún faltaba la graduación. Me arreglé y me vi mejor de lo que me veía hace diez años, aunque me senté a la mesa de maestros. Momento memorable: la fotógrafa, de esas que andan en las fiestas, se acercó y me preguntó si yo era una de las graduadas. ¡Milagro! ¡Tenía quince años otra vez!
Quince años tuve cuando varias de mis alumnas me invitaron a bailar. Al inicio, rehuí la invitación. Qué pena. Nunca he sabido bailar: también en mi fiesta de graduación prefería no pasar a la pista.
"Come on teacher". Está bien, pues. Al inicio sí pegué la huida de la pista de baile tras algunas canciones. Sin embargo, un momento después, se me olvidó. Bailé como hacía muchísimo no bailaba, me divertí en lo que en verdad era una fiesta, una celebración de que la vida continúa para esos chicos, no críticas y pseudodecadencia universitaria porque, hay que admitirlo, allá nadie es Andy Warhol ni Morrissey, dejen de fingir. Claro, no estuvieron los muchachos de intercambio que me sacaran a bailar y me hicieran sentir extremadamente bella, aunque supongo que mi alumno (ex-alumno) que me sacó a bailar se merece sus cumplidos.
Es por eso que les quiero agradecer por este año. Igual todos los caminos, los mil trabajos que tuve, la suerte de llegar a esa secundaria, eran para que yo, al fin, pudiera recuperar la fe en la humanidad. Por eso, y ahora que escribo a seis años de mi primera entrada, en la cual declaraba que no creo en la política (y, por cierto, sigo sin creer, y nunca creeré) les pido, si alguien llega acá con el ánimo político hasta arriba: no hay que hacer estupideces por gente a la que nadie le importa. El país debe de cambiar para bien por estos muchachos, que tienen ganas de vivir, de triunfar. No hay que cortarles la vida por pendejadas. La vida no va tan mal.

Ten years gone.