Friday, January 27, 2012

Letter from the Other Side of the River

(Cuando lo escribí, me gustó mucho. Ya lo rechazaron. A ver qué les parece).



Scent of street fair and dressed in dust
You’re still Gatsby’s distant green light.
We were taught to love you unconditionally—
Put makeup on you, as if you were a whore.
We turned you into a myth and then despised you,
Then saw your tears from our small, safe screens:
They were crystal balls turned flat, were magic mirrors
And that we hoped and prayed would never be us.
You could have been much fairer by yourself,
Black and white Patti Smith in a Mapplethorpe.
Mecca is your silent church-going sister.
You’re the one who welcomes a lost cause:
You’re alleys and lone diners and the Swans
And Ivy League and murders and the Village,
And many things the outsider cannot know,
Beyond the silent numbers of your veins,
The thousand books of your ghost story anatomy,
The gaping wound some like to call an act,
(Ever wondered why we love you in pieces?)
The virgin who is your Venus in Furs,
The small, shining-screen-like golden heart,
The imagined ghouls who ravage you as a pastime,
The haven of green, blue and chord-ial music,
The silent pulse of this spheric herzeleid.
So smile around at the revering globe,
Streetwise and runaround younger sister.


Sunday, January 22, 2012

Leo como mexicana cuando me aburro

Lo que leí el 2011 que acabó y qué tal:

Bret Easton Ellis, Less than Zero. Díganme que soy una ochentera morbosa de porquería, pero me encantó. Lástima que a veces me da miedo parecerme un poco a Clay, ser tan patética como Blair, y haberme enamorado un poquito de Julian, porque...

Bret Easton Ellis, Imperial Bedrooms. Efectivamente, salí corriendo y me compré la secuela. No está tan buena como el original, aunque tiene ciertos detalles que la hacen ser aún más escalofriante... y no me refiero a los narcoasesinatos. Espero un día escribir un ensayo sobre las dos. Por cierto... ¡pobre Julian!

Mercé Rodoreda, Cuentos. De eso de que dejo de leer en español, y estos cuentos, sobre el mar, fueron bastante disfrutables. Aunque el que vive dentro de la panza de una ballena llamada Cristina... llegó un momento en el que sus vívidas descripciones de la baba de ballena pegada me dieron asco.

Nick Hornby, Songbook. Lo cuento porque, aunque ya lo había leído en español, la versión en inglés siempre se siente diferente, por no mencionar que mi libro venía con ensayos extra. Es como un disco con bonus tracks, y así de sabroso. Por cierto, soy igual de vieja que Hornby.

Kristin Morrison, William Trevor. De esas cosas para mi tesis que me tuve que chutar. Lo mejor: sólo dos páginas tenían que ver con el cuento que trato.

James Pethica, Yeats' Poetry, Drama, and Prose. No me chuté todas las obras de Yeats, pero prácticamente me chuté toda la sección de ensayos.

La tesis de Olivia Catalán.

Carson McCullers, Stories. Cuando no leía cosas para la tesis, volví a la autora de The Ballad of the Sad Café. Es magnífico cómo esa mujer me rompe el corazón. "The Sojourner"... si no chillan, los pateo.

Jack Kerouac, Tristessa. Con el morbo que me acompaña porque Kerouac es junkie y vivió en México y habla de puestos de tacos la mar de decadentes, me lancé a este libro, donde cuenta su historia de amor con una prostituta. Se la pasa más drogado que cualquier otra cosa y Tristessa vale madres. Aún así, tiene su decadente y maudite encanto.

Samuel Beckett, Waiting for Godot. No, no lo había leído completo cuando lo tuve que haber leído por no tener el libro a tiempo. Ahora sí, me aventé la obra de corrido, como debería de ser. Culpo a esos irlandeses descorazonados por mis súbitas ansias suicidas.

Monday, January 16, 2012

European Daughter 7: The Last of the True Romantics


Último día en Europa. Año nuevo. Qué manera de despedirse del viejo continente, incluso si es Viena, Viena que no me gustó tanto como Praga. Y eso que mi hermano y yo casi nos quedamos dormidos justo antes de que pasara el bus por nosotros. Tuvimos que vestirnos a todo vapor y chutarnos un desayuno buffet que fue el más pinche de todo el viaje. Pero en fin.
Salimos dando tumbos rumbo al Palacio de Schonbrunn, entonces, residencia de Pancho Pepe (José Agustín le dice así de cariño a Franz Jozef) y su mujer la Sissi. Ahora, llámenme pinche creída, pero, la verdad, al llegar al Palacio Schonbrunn, se me hizo como el Castillo de Chapultepec pero región 1. Y es que cuando Maxi y Carlota vinieron para acá, se trajeron toda la arquitectura y el estilacho europeo. Así pues, las salitas del Palacio no me hicieron emocionarme demasiado. Tan sólo me emocioné a la hora de comprarme una pluma de las de tinta y una libreta de Sissi en la tienda de souvenirs. Por cierto, el pelón que se la había pasado cantando "El año viejo" amaneció con fiebre. Por andar parteando.
De ahí, salimos a visitar más monumentos, pasando por la zona de los edificios de gobierno. Sin embargo, soy tan pinche naca que después de un rato de admirar cúpulas, me distraje por el hecho de que a media calle había una popó de caballo, y, por más que las calesas pasaban cerca, no la aplastaban. De hecho, ruedas y pies pasaron rozándola, pero nadie se quemó. Soy una bruta.
Llegamos al último restaurante, para lo que sería "nuestra última cena". Antes de bajar del camión, Tasha se despidió, diciendo que ojalá volviéramos a Praga. Yo no sé como es que no me colgué de ella y le dije que me quedaba a vivir en su casa o que me consiguiera al muchacho de la casa de cambio. Tan sólo le dije que me habían ancantado los checos. "Me di cuenta," Tasha rió. O sea, medio mundo me había visto con mi batea de babas.
Llegamos al restaurante. Las chilangas, que por ahí habían andado haciendo migas con mi mamá, en una vuelta de tuerca bastante ojete, nos dejaron en la mesa con las venezolanas, que no dejaron de criticarnos durante todo el tour, y con la diva ecuatoriana. ¡Ahí se ven los brothers! En fin. Una vez más, una crema, esta vez como de espárragos, que sabía muy buena, pero la milanesa vienesa que era de ternera y no estaba tan bien. Sin embargo, la Sachertorte, que a muchos se les hizo simple, a mí se me hizo una delicia. De hecho, me comí dos. Mientras tanto, los demás andaban conviviendo con todos menos con nosotros. Justo en ese momento, el no muy lindo, pero narigón y rubio mesero (que obvio, se me había hecho lindo) se dejó caer en la silla, casi casi agradeciendo a Dios que podía sentarse. Eso se me hizo aún más simpático y un poco sexy, así que cuando él se dirigía a mí, lo único que yo hacía era decirle "danke schön" por todo. Él, cada que yo lo decía, me devolvía una sonrisa. Suficiente para volverme loca. Claro que la argolla de matrimonio en su dedo no me dejó pensar nada más.
Fue ahí cuando nos despedimos de todos, quienes nos desearon un feliz viaje. Salimos mi familia y yo, dispuestos a perdernos en Viena.
Empezamos a desandar el camino andado, de vuelta a los edificios de gobierno, pues mi mamá decía que quería ver un edificio que, según ella, era el ayuntamiento. Resultó ser una iglesia. Afuera había varios puestecitos, entre ellos uno de papas fritas caseras y otro de vino caliente. Al fin me tocó probar semejante bebida: una cosa bastante disfrutable, si me dejan decirles. Aunque al principio parece que el calor hace que el vino esté aún más cargado y que te puede tumbar al primer trago, después, el calor simplemente hace presa de tu cuerpo, y ni lo sientes. Una cosa muy recomendable.
Seguimos caminando, buscando algo memorable para el último día en Europa. Entonces, mi mamá dijo que no quería irse sin haberse subido a la rueda de la fortuna gigante de la Praterplatz, que gobernaba el atardecer austriaco. Nos hicimos bolas una vez más con los boletos del metro, pero llegamos. El parque de diversiones era bastante grande, pero nosotros caminamos a la rueda, donde ya se había juntado una nutrida fila. A pesar de eso, pasamos bastante rápido. A la puerta de la atracción hay una chava que te toma fotos fingiendo que ya estás en la rueda. Incluso si no eres muy afecto a los teatritos, hay algo de dulce en la manera en la que la chica te dice: "Say wow!"
Pasamos, ahora sí, a la mera rueda. Había anuncios de cómo podías rentar vagones para las cenas románticas. Sin embargo, una vez entrando ahí, les diré, con todo el espíritu cursi que tengo, que no es necesario. A pesar de que entran como 30 cabrones, la vista, y sobre todo el aire antiguo de los vagones, llenos de nombres y fechas escritos con pluma, marcando momentos en la vida de la gente... Mientras el atardecer de Viena se alzaba, gris, pero divino, con las luces del parque a los pies. La ciudad se extendía hacia donde alcanzaba la vista. Me dieron ganas de llorar. Me dieron ganas de ser una romántica. Me dieron ganas de muchas cosas.
Dejamos la rueda de la fortuna gigante y nos pusimos a recorrer el parque. Había algo de nostálgico en él, con todos sus juegos a la antigüita: la casa del terror con monstruos originales, varias casas fantásticas inspiradas en la portada del Dangerous de Michael Jackson: pequeñas montañas rusas. De hecho, había un juego de tirar las latas, donde un joven papá austriaco intentaba ganar un peluche para su hija. Sus tiros eran, sinceramente, patéticos. Llegó mi papá, con todo el entrenamiento de pueblo que trae. Tiró todas las latas, pero el encargado del jueguito no le valió su victoria porque las latas volteadas no se cayeron del estante en donde estaban. Sin embargo, el público conocedor le aplaudió.
No pudimos seguir viendo más porque en ese momento arreció la lluvia. Bajo problema de congelarnos, regresamos corriendo al hotel. Sin embargo, yo dejé el parque de la Praterplatz medio enamorada. Tan lleno de ese pequeño romanticismo, de pueblito, en una gran ciudad. Tan lejos de Six Flags, tan cerca del corazón.
A la mañana siguiente, el avión casi me dolía. En el aeropuerto de Viena, hasta las maquinitas para comer chatarra eran mejores: tienen un mecanismo que no deja que la botella se caiga, sino que la toma y la deposita suavemente, para que no se agite tu refresco. Y eso por no hablar del muchacho bellísimo que atendía la tienda del museo no sé qué, en Schiphol. Él estaba para museo. Y lindísimo. Me dijo adiós en español. Cómo amo Holanda.
Regresamos al KLM. De nuevo nos tocó un hindú. Sin embargo, éste era mucho más amable que el anterior. Eso sí, bebió como si no hubiera un mañana. Dos Heineken, vino con la comida, café con piquete. Yo rezaba porque no guacareara. O porque me dejara pasar al baño.
Sin embargo, mientras las horas avanzaban, se me olvidó. Todo se me olvidó. Y es que llegamos a las nubes que flanqueaban el atardecer, tras pasar por la tundra, por el hielo. El atardecer que no pertenece a nadie, que no se ve desde el suelo mexicano.
Ahí, sin mentir, vi un pedazo del cielo. Del verdadero cielo. Del que se llama Heaven, y no Sky.
Una nube, negra, había tomado una forma peculiar. Formaba una especie de bahía, a donde llegaba un mar anaranjado, por el reflejo de la luz de la tarde, que volvía al cielo de ese tono. La nube, asimismo, tenía un apéndice extraño, que se levantaba como un árbol mirando a ese mar.
Pensé que, si el cielo existe, quería yo estar ahí, sentada en la arena de esa nube, mirando hacia abajo, hacia ese mar naranja, hacia el mundo, en ese lugar, libre de tiempo, de espacio.
De todo.
De la fila larguísima y desorganizada en migración. Del olor a mierda y a sudor del aeropuerto, del olor a smog de las calles. De la tristeza que me atacó cuando llegué a casa, y lloré, lloré en mi cama, a la hora de dormir, extrañando. La vista eterna de Viena. Las sonrisas holandesas. Los palacios húngaros. Aquellos ojos azules de Praga.
O me voy, o me llevan. Pero yo señores, yo, no me puedo quedar. He dicho. Ya veré cómo le hago, pero yo no me puedo quedar.

Tuesday, January 10, 2012

European Daughter 6: We walked in the cold air, freezing breath on the windowpane lying waiting


"A man in the dark in the picture frame so mystic and soulful... a voice reaching out and a piercing cry it stays with you until... The feeling is gone only you and I it means nothing to me... It means nothing to me... Oh, Vienna!" El que adivine la rola y el grupo se gana... un tweet, porque este blog ya está más abandonado que no sé qué. El chiste es que mañana de fin de año y salimos de Budapest rumbo a Viana.
Que el día empezó un poco mal para mí. Como buena anciana, me levanté con un dolor de espalda que me hacía sentir como que tenía un millón de años. Hasta desinflamatorios me tuve que echar. Todo con tal de aguantar el trayecto hacia la capital austriaca, una ciudad con (Tasha dixit) gran nivel de vida y de educación, y, claro está, mucho más cara que las ciudades que habíamos visitado anteriormente. Todo esto con "El año viejo" (la rola) de fondo, que no es que la estuvieran poniendo en el radio vienés, sino que uno de los novios de las costarricences, mexicano, por cierto, la ponía
Hasta eso, el camino fue mucho más corto de lo que pensé. Y aún así, lo primero que me llamó la atención no fueron los blancos edificios, casi palacios, que llenan las calles vienesas: fue un poster de un concierto de Bruce Springsteen. En una de esas yo ya quería que tocara gratis para fin de año; pero obvio no.
La visita inició precipitada. Prácticamente, Tasha nos botó cerca de la zona peatonal y dijo que sería bueno que de una vez comiéramos antes de dar una vuelta, porque si no todo iba a cerrar y ya no iba a haber ni qué comer ni a dónde ir: además, en la noche, teníamos un concierto de música clásica en el Kursalon.
Pues fuimos a dar a la zona peatonal. Como nadie de mi familia teníamos hambre, nos fuimos a dar una vuelta; sin embargo, después de un rato, mi papá, nervioso como siempre, empezó a preguntarnos que si no teníamos hambre y que si no sería prudente que comiéramos. Eso, por cierto, es un eufemismo para señalar que el que tiene hambre es él.
Entonces, nos detuvimos en un puestecito donde venden hot dogs callejeros... con salchichas que rápido se prestan a albures. Yo seguía sin tener hambre, pero sé que cuando los papás comen, si no comes tú, te dejan en ayuno permanente. Así pues, compartí una caja de fideos estilo chino con mi hermano que, a pesar de que tenían su encanto, no eran lo más maravilloso del mundo. Y de hecho comí poco.
De nuevo a reunirnos con Tasha, quien nos llevó de vuelta al camión para que fuéramos, ahora, a la Hundertwasserhaus, la casa pintada por Hundertwasser (no, pues sí). Esta casa tiene enfrente su mercadito que se divide entre cosas de galería y cosas bastante chafitas. Sin embargo, el lugar es bastante interesante y bohemio, y compré varias cosas.
Ya sólo quedaba ir a nuestro hotel. Una vez ahí, lo único que nos quedaba por hacer era prepararnos para el concierto de la noche. Me arreglé, y en ese momento me dio hambre: tenía tanta hambre que me empaqué un chocolate del minibar que costaba una fortuna.
De ahí, el autobús pasó de nuevo y nos dirigimos a la sala Kursalon a escuchar el concierto con los valses de Strauss. Mi hermano amenazaba con dormirse tras el aria de la ópera Juliette; yo, por mi parte, quedé absolutamente impresionada por la voz de la rusa que salió a cantar. Lo peor: que automáticamente pienso que quiero volver al Lulu de Metallica una ópera. Porque así soy yo. Luego un cantante se aventó la parte más conocida del Barbero de Sevilla: el "Figaro". Casi casi le aplaudimos de pie. Lo siguiente fueron viejas conocidas: "La pequeña serenata nocturna" de Mozart, por ejemplo, y, para cerrar, claro está, el omjipresente "Danubio Azul" de Strauss, que yo he de admitir que no disfruto, pues se me hace ubicua y quinceañeresca. Pero bueno, qué le vamos a hacer, si es el vals más famoso dedicado a ese río, la aorta de Viena.
Salimos de la legendaria Kursalon dispuestos a perdernos en la noche vienesa, a esperar el 2012. Sin embargo, nos moríamos de hambre, así que acabamos entrandk a un restaurante italiano, el único que vimos abierto en plena Nochevieja. La verdad, fue una excelente elección. La comida estuvo deliciosa y acompañamos la cena con un buen vino. Valió la pena haber aguantado el hambre.
De ahí, salimos, una vez más, a la calle peatonal de Viena, donde hace unas horas nos habíamos comido los fideos. Ahora la ciudad estaba llena de luces, de gente y de guardias... y, por cierto, de unos muchachos que estaban tan pedos, pero tan pedos, que no podían ni sentarse. Uno de ellos ya hasta había guacareado el kebab. Pero en fin...
Caminamos de nuevo, a través de la gente que se reunía en pequeños quioscos virtuales de donde sonaba la música, disco, por cierto. Nosotros seguimos caminando hasta que la policía, sin duda previniendo algún desmán, empezó a arremolinarse alrededor de las zonas del metro. Entonces dimos la vuelta, donde nos encontramos a unas chicas borrachas que le aventaban cohetes a todo lo que se moviera. Medio ciscados por ellas, fuimos a dar a una calle donde se encontraba el show de, seguramente, qna estación de radio que tocaba rock clásico, conocida como Radio Arabella: lo sé porque el cuate que se encontraba en el escenario tenía toda la cara de Tommy Shaw pero ya en un poco de decadencia.
En ese momento se interrumpió el show. Las 12 habían dado. Por una bocina sonó a toditito volumej, una vez más, el "Danubio Azul". Vieneses con botella de vino en mano se pusieron a bailar vals en las calles. En un edificio que daba hacia el escenario, una pareja joven, con un bebé en sus brazos, bailaban en un grupo de tres, dando a toda la escena un aire más bien dulce y tierno. Mi papá, incluso, en un detalle romántico que hacía mucho no tenía, sacó a bailar a mi mamá.
Cuando el vals dejó de sonar, el grupo regresó a dar una canción. Con poco volumen en la voz, pero con mucha enjundia, se pusieron a cantar "Hey Jude". Yo no sé, a veces creo demasiado en las supersticiones, sobre todo ahora que siento que necesito aferrarme a algo, pero si lo que haces las últimas y primeras horas del año es lo que ha de regir esos días venideros, creo que no hay mejor manera de iniciar que con el canto a Jude: "Then you can start to make it better..."
Vieneses cantaron el clásico "Na... na na... nananana, nananana, hey Jude..." mientras nos despedíamos de esa zona. El autobús había quedado en recoger a los vagos a la una de la mañana, así que regresamos al Kursalon, donde nos esperaban. La noche vienesa nos había dado cobijo. Mañana, un año nuevo a ritmo de vals.

Friday, January 06, 2012

European Daughter 5: Danza Húngara # no sé qué

Mañana en Budapest, y salida a conocer la ciudad. En el capítulo anterior, ya los había dejado con la cerveza y el ragú, pero ahora, era momento de conocerla en la amplitud de su decadencia. Esa Budapest.
De nuevo a perseguir al camión para evitar que diera mil vueltas (a la derecha). Una vez ahí, nos encontramos con la guía local, Bárbara, una húngara también simpatiquísima, quien nos enseñó a decir bastantes palabras en su idioma que no intentaré escribir, porque eso de escribir en húngaro es algo bastante complicado. Asimismo, nos explicó lo de que las vueltas a la izquierda estaban prohibidas por el gobierno de extrema derecha, y una cosa muy curiosa: que en Budapest, las chicas deben ir a la derecha de su acompañante (a menos de que las dos sean mujeres, claro está) porque de lo contrario, es señal de que son chicas de mala reputación. Ahí nomás.
Nos bajamos en el parque central entre el frío más fuerte que nos había tocado en todos los momentos del viaje. De ahí, caminamos a un edificio en el cual se encontraban las aguas termales de Budapest, éstas no para tomarse, sino para bañarse. Bárbara nos llevó dentro del edificio, y por las ventanas pudimos ver a un montón de húngaros en traje de baño, definitivamente ajenos al frío que los rodeaba. Por cierto, no, no vi a ningún húngaro sexy en traje de baño. Eran todos como de sesenta para arriba. Aún así, se antojaba un bañito caliente.
Seguimos caminando por el parque, y entramos a una sección que es algo así como un museo de edificios. Como lo oyen. Bárbara explicó que Hungría siempre ha sido destrozada: no sólo la ciudad, sino su historia. Los libros fueron quemados, no se sabe mucho del origen de su pueblo. Quizá una leve conexión, insegura, con Atila. Así, esa sección del parque se volvió una especie de compilación de arquitectura húngara que en algún momento se perdió, y un homenaje a un fraile desconocido que ahora lleva el nombre de Anonymous (tenía que ser, ¿no?). Ahí también hay una estatua del fraile que, si la tocas, se supone te da buena suerte. Ahí vamos todos. ¿Por qué no? Este año me juego Nueva York; necesito toda la suerte de la que soy capaz.
Tras pasar por todas las réplicas de los edificios que dan una idea de lo tremenda que podría ser Budapest si no hubiera sido destruida, nos encaminamos a la Plaza de los Héroes, un lugar escampado donde se encuentran construidas las imágenes de los reyes de Hungría, empezando por el primero (según la historia incompleta) y más importante, San Esteban. La plaza también está flanqueada por dos museos de arquitectura impresionante, y termina con una columna con un ángel, que, claro está, mi hermano, tan forever prole, hizo la broma de que se parecía al Ángel de la Independencia. En fin. El frío arreciaba tanto que la sesión de fotos se volvió más bien rápida y ahí vamos todos corriendo rumbo al camión, porque resulta que los húngaros manejan igual que en el DF. Así pues, ninguno de los chilangos tuvo mayor problema en echarse a correr y torear los coches, ja.
El camión, con la temperatura un poco más soportable, nos llevó entonces por la avenida Andressy, conocida por ser el Champs-Elyseés de Budapest, nombrada en honor al mejor amigo (y probablemente amigo con derechos) de la emperatriz Sissi. Eso nos llevó al Parlamento, un edificio increíble, impresionante, que hace ver a la Cámara de Diputados como una caja de desechos orgánicos (aunque eso no está muy alejado de la realidad). De ahí, pasamos sobre los puentes a la otra mitad de la ciudad: Buda, sobre las colinas.
Nos bajamos en el Bastión de los Pescadores, una estructura pegada a la catedral de San Esteban, desde la cual se puede ver Pest en todo su esplendor: tal esplendor, que la vista ha sido considerada Patrimonio de la Humanidad y no se pueden construir edificios que la alteren. Así de fuerte.
Subimos y nos detuvimos frente a un mercadito donde Bárbara nos enseñó un souvenir típico: una caja secreta. Tiene una forma especial de abrirse. No, no la voy a revelar. Simplemente, diré que me encantó.
Proseguimos hasta encontrar el monumento a un coche de la época socialista. Como lo oyen. Y es que, como nos dijo Bárbara, tener una de esas cafeteras en su época era un completo privilegio. Los coches eran horribles, pero se tardaban ocho años en llegar y eran motivo de gran fiesta. La anécdota de cómo su abuelo pidió uno y tras la eterna espera al fin llegó, y como su familia hizo una comilona y casi casi bailaron alrededor del carro "como si fuera un Ferrari" nos puso a reír. Más también su descripción de cómo la personalidad se podía saber a través de los carros. Un Audi: seguro un diputado. Ergo, persona despreciable. Un Mercedes: un gitano. Será porque a los gitanos les gustan las cosas brillantes (me encantan los Mercedes, ¿seré medio gitana?). BMW: hombre rico e inteligente (lástima que acá en México no...). Y coche con la placa eslovaca: un gandalla que se fue a comprar su coche a Eslovaquia para pagar menos impuestos. Así de fácil: así de sencillo.
De ahí, llegamos a la estatua de un cuate a caballo del cual no recuerdo el nombre, aunque supongo que ustedes tampoco lo recordarían si hubieran escuchado lo siguiente: que tocar cierta parte de esa estatua te daba buena suerte. ¿Cómo saber cuál? Simplemente: la que estuviera más pulida. Mi hermano y yo la encontramos, pero yo no me iba a trepar a acariciarle las bolas al caballo (estoy hablando en serio). La diva ecuatoriana, sin embargo, ni tarda ni perezosa, se aventó el brinco. El costarricence que "hablaba checo" también, y automáticamente empezaron las bromas. "Ahora dale beso, te da más suerte." "Con guantes no vale." ¿Ven cómo no me acuerdo quién era el tipo?
Llegamos, entonces, al Bastión. La vista era preciosa, con los palacios de Budapest perfilándose contra el cielo tan azul, y el Danubio tan gris, porque sólo los enamorados lo ven azul (tan azul como los ojos de mi muchacho de Praga, ¡nunca!). Buda, mirando a Pest, uniendo a la ciudad. Perpetua admiración desde las alturas. No tardé en comprender por qué la vista nunca debió ser alterada. Camino de regreso, un tipo vestido a la usanza medieval nos propuso tomarnos una foto con su halcón (no, eso no).
Antes de bajar y de que nos dejaran la tarde libre para perdernos en Budapest, pausa para el baño. Mi madre y yo entramos, pagamos los euros, y vamos para adentro. Mi madre se confundió de letrero y ahí va para el baño de hombres. La jalé a tiempo, pero no lo suficientemente a tiempo para evitar una vista que fue todo Budapest pero no era patrimonio de la humanidad. Salimos cagándonos de risa.
Bárbara se despidió de nosotros y, como ya habían anunciado, el camión nos botó. Ahí, mi familia y yo enfilamos hacia el mercado para comprar las famosas cajitas secretas. El mercado, ya me han dicho, se parece al de León, Guanajuato, pero dentro los aromas especiados y punzantes dan otra atmósfera al asunto. Huele a goulash, a carne asada, a lugar exótico, un poco recuerdo a México por los bordados que parecen de Mérida. Por el camino, mi mamá casi rompe un jueguito de madera al no saber cómo funcionaba, lo que ocasionó las risas del vendedor húngaro.
Salimos de ahí y seguimos caminando por la zona peatonal, donde se alzaban puestos de pastelillos y de una especie de pretzels gigantes. Sabiendo que teníamos la comida libre, a mí se me antojaba una taza de vino caliente y uno de esos pretzels. Desgraciadamente, eso no se pudo porque empezó a llover. Más por refugiarnos que por otra cosa, terminamos entrando al primer restaurante que vimos. Ordenamos. Los platos eran platazos. Ni a golpes nos pudimos terminar la comida.
Salimos de ahí al mercado navideño, donde mi mamá se compró unas cajas de música, y yo, unos aretes que de un lado dicen Buda y del otro Pest.
La lluvia ya había amainado, pero no podíamos estar demasiado cansados ni helados para la visita en el barco, así que volvimos, caminando, al hotel. Afortunadamente mi papá medio se orientó. De ahí, a tumbarnos un rato y a forrarnos más en caso de que el frío volviera a arreciar cuando fuéramos al barco.
Cosa que no sucedió. La noche era casi templada. Nimodo, a hacernos bolas en el barquito, una cosa bastante amplia, con ventanas que daban a ambos lados del Danubio, tripulación que hablaba como veinte mil idiomas y audífonos: audio tour, narrado en voz del Danubio. El doblaje en español hacía quedar al río como un perfecto marica, así que mi hermano y yo nos fuimos por la versión en inglés. Bebidas gratis. Champagne y cerveza. Aún no sé como en Europa no me puse una guarapeta de aquellas. A ambos lados del barco, Budapest como nos había recibido: de noche, iluminada, vibrante. Bellísima. Budapest es mujer y es extraña, una de esas bellezas exóticas que tanto se les antojaban a los románticos en el siglo XIX.
De vuelta al hotel... pero no. Aún faltaba una parada más. La cafetería de Nueva York, lugar favorito de la intelectualidad europea y local. Construido en un edificiazo que arranca suspiros vuelto hotel, la cafetería no desmerece. Es un lugar para declarar que l'art c'est l'azur. Los techos impresionantes, las mesas estilo antiguo, el mito europeo del glamour neoyorkino. A veces siento que yo doy vueltas por ahí, persiguiendo todos esos mitos, todas esas imágenes de mundos desconocidos.
Nos encontramos a la pareja de Tlalnepantla y ocupamos todos juntos una mesa. Pedí un pastel de chocolate y un chocolate caliente con menta y lima que estaban para que me diera un coma parte diabético y parte de placer. Si a eso le añadimos los sonrientes húngaros meseros (quizá los más guapos que vi) que se esforzaban en brindarte la mejor atención, mi noche estaba completa.
La visita estaba completa, de hecho. Al día siguiente, partida a Viena, dejando detrás a Budapest, y su sonrisa enigmática iluminada, su oscuridad con gente que, aún en la miseria, con una moneda mucho más barata que nuestro peso, se toma su tiempo para un partidito de fut. Serguiré informando.

Thursday, January 05, 2012

European Daughter 4: O, ya sé a donde ir cuando nos mandan a la... Brno

Entonces, pues, que me despedí de Praga con "Human Touch" y salimos de la región de Bohemia hacia la región de Moravia, donde íbamos a visitar la segunda ciudad más grande después de Praga, Brno, antes de llegar a Hungría, a la mera Budapest. Yo recordaba la región de Moravia, más que nada, por la rola del grupo checo Citron que me costó un chingo conseguir: "Moravska Devcatka" (no me pidan que le ponga el trillón de acentos que usan los checos) o, mejor dicho, "Moravian Girls".
Que mi hermano tuvo la oportunidad de ver qué guapas eran. Nos bajamos en una gasolinería y mi hermano pagó dos veces, para ver a la guapa cajera. Yo mientras, me distraía con mis pensamientos sobre la escena metalera: en una gasolinera, puedes encontrar discos de bandas como Lordi, que tal parece son goregrind o algo así. Acá en las gasolineras no encuentras nada.
Salimos y al fin llegamos a la... Brno, en Moravia. La verdad, me decepcionó un poco. El cielo gris, casinos y graffitti en cada esquina. La parada de trenes, la zona con único movimiento. Ahí nos bajamos. Tasha decía que Brno era zona de estudiantes, y que por eso en las navidades se quedaba sola. Aún así, las cabinas de las sex shop afeaban la subida hacia la plaza, donde se encontraba un museo con una exposición de los Beatles, una estatua, y, créanlo o no, una cantina.
Estuvimos vagando por ahí, pasando por las calles oscuras, llenas de chicos hermosos, eso sí, y de dos que tres cuates bastante borrachos que caminaban a tumbos. No íbamos a quedarnos mucho tiempo antes de salir a Hungría. Ahí me enteré que Tasha era filóloga, experta en lenguas eslavas, y que por eso había aprendido a hablar español. No sé por qué pensé en que yo podría tener un destino similar al suyo.
Dejamos Brno, la raída Brno( que no le gana a su contraparte en Bohemia. De ahí, el paisaje se volvió gris. Pasamos por toda Eslovaquia. Yo no me di cuenta hasta que Tasha nos indicó que, en la distancia, se encontraba Bratislava, la capital. Se vio una zona con edificios que después se terminó. Hasta se me hizo raro el hecho de que hubiéramos pasado por toda Eslovaquia en tan poco tiempo.
Dejamos Eslovaquia, dejamos las llanuras de Moravia atrás y entramos a un paraje que algo tenía de desolado, con águilas posadas en la barda de la carretera. Señoras y señores, Hungría.
Nos detuvimos para comer en un restaurante de esos de carretera. Ahí, en los baños, se encontraba una húngara simpatiquísima cobrando los euros para pasar quien intentó a todas leguas saber si éramos italianos, aprender palabras en español y se despidió diciendo "ciao". Curiosísima.
Nos habían dicho que iba a haber cena, así que yo tomé una milanesa de ternera. Mi mamá, sin embargo, no se quedó con ganas de probar las especialidades húngaras, empezando por el goulash, un caldo super condimentado que sabe a frijoles charros pero más pesados, y las salchichas húngaras, que, la verdad, saben un chingo a grasa (albures welcome).
Llegamos a Budapest tras otro buen trecho. He de admitir que yo ya iba más jetona que nada, hasta que un codazo de mi hermano me despertó, y pude ver los monumentos de las colinas iluminados en la noche, dándole a la ciudad un aspecto de completa obra de arte, tallada en relieve para ser admirada, una estrella en el cielo de Europa. Impresionante. No sé cómo esperaba que fuera Budapest. Por lo pronto, Tasha nos empezó a explicar que la ciudad está dividida en dos secciones que componen su nombre: Buda, la parte de la ciudad sobre las colinas; y Pest, la planicie al otro la`o del Danubio. Nuestro hotel se encontraba al lado de Pest, pero aún así había mucho que ver, la exótica belleza húngara.
El hotel también era una cosa muy bonita, dejen les digo, así como bohemian chic. Yo me tumbé y no tenía, francamente, muchas ganas de ir a la cena a la cervecería: más bien, tenía ganas de aprovechar el servicio de masajes del hotel, a ver si por ahí me tocaba un húngaro sexy (aunque, `esde que llegué, a todos los comparé con el muchacho de la casa de cambio, y ninguno alcanzaba ese nivel de ultraterrena belleza) o de buscar donde andaba la alberca, algo relajadito, pero no porque los tours no son así. Pues a salir a buscar el autobús, porque resulta que en Budapest, el gobierno de extrema derecha no te permite dar vuelta a la izquierda (así de intensos) entonces tienes que dar un rodeo gigante para llegar a donde sea.
Llegamos a la cervecería. Nos sirvieron de comer, claro está, hasta atascarnos. Una crepa de carne con una salsa como de yogurp que la verdad estaba buenísima, una carne en ragú que yo dejé so riesgo de volverme a poner como en Schiphol, y una tarta de vainilla que no estaba tan dulce y en eso residía su atractivo.
En eso, llegaron unos húngaros con violines y acordeones. Se trataba de la banda que nos iba a amenizar... pero no con melodías clásicas de su país. En vez de eso, que se arrancan con el cancionero mexicano a todo vapor. "Cielito Lindo". Los costarricences lo aullaban como en partido de ha selección nacional, y las vejezolanas... bueno, ni qué decir. Parecía que estaban influidas por Hugo Chávez y su disco de rancheras. De ahí se siguieron con "Historia de un amor" y nomás porque se distrajeron con los brasileños y se pusieron a cantar "Brasil", pero la noche ya estaba para que se chutaran "El rey" y todos nos pusiéramos pedos con cerveza húngara. Nimodo.8br />
Salimos y el bus nos llevó de nuevo rumbo al hotel y fue ahí donde Budapest, como buena obra de arte, se puso decadente. Así como lo oyen. Atravesamos muchas calles, todas ellas oscuras, o llenas de tables, peep shows y sex shops. Y, también, de gente metida en chamarras gruesas, buscando comida en los botes de basura. Y eso yo lo vi. Había una pareja con un bote de basura abierto, removiendo en él.
Budapest, una obra de arte, tan decadente. Ya al día siguiente habría más tiempo para conocerla a fondo. La entrada siguiente también.


Wednesday, January 04, 2012

European Daughter 3: Carajo, yo sí pensé que era Montecarlo

En mi anterior entrega, yo me había enamorado perdidamente de un checo al que nunca volveré a ver y sigo absolutamente traumada. Por favor, si alguien sabe dar razón social de un muchacho que quede con la descripción que me aventé en la entrada anterior, favor de reportarlo, y, si es necesario, deportarlo. Lady Stardust necesita que estén al servicio de la comunidad. Gracias.
Por eso, cuando a la mañana siguiente salimos rumbo a Karlovy Vary, la pequeña ciudad donde se encuentran las aguas termales milagrosas de la República Checa, yo casi casi cambiaba la visita por otro tour a la casa de cambio, pero las cosas no son así. Mind you, al menos, en nuestro camino por la carretera, pudimos ver como la policía checa sometía a un exhibicionista gordo (¿existen en ese lugar? ¿No era de los 300 pueblos?) que salió desnudo a la vía. Pues que lo tumban así, desnudo, en el suelo, con el frío. Fun fun fun. Lástima que el autobús iba demasiado rápido como para que le tomáramos fotos.
Una vez pasada la visión, Tasha nos empezó a contar cosas de Karlovy Vary, diciendo que es un lugar muy chic, y que cuando un checo está enfermo, lo mandan allá pero no a que se bañe, que eso es sólo en los spas que hay ahí (sufro, sufro, sufro, porque no hay checos en traje de baño). De hecho, lo mandan a que se tome las aguas, y no es todo tan simple: dependiendo la dolencia, es el tratamiento, y la fuente de la cual se debe de tomar el agua, y la dosis. Así, los checos se acaban quedando en ese lugar de dos a tres semanas descansando, sanándose, y todo se los paga el seguro. Qué ganas de emigrar.
Y es que Karlovy Vary es un barrio chic de muñecas. Atrapado en el tiempo, con sus casitas de fachada rosa, mostrando placas de los zares y escritores que se hospedaron, su ecléctica pero decimonónica arquitectura, y el bosque rodeándola, te dan ganas de pensar que qué ganas de envejecer millonario para morir ante el suave vapor de las aguas termales y con el bosque rodeándote. Hay un hotel en el que se hospeda la familia real inglesa, al que sólo se puede acceder con funicular; hay muchas boutiques y joyerías; y el Gran Hotel Pupp, en el que, por cierto, fue filmada Casino Royale. Así es, ahí, y no en Montecarlo. Pinches choreros que nos hicieron creer que era Mónaco cuando en Karlovy Vary les sale más barato.
Paseo por toda la pequeña ciudad, viendo las fuentes, sobre todo. Saben a metal (sí, no me quedé con las ganas de probar). Una estatua de Karl Marx frente a la cual uno de los costarricences no dudó en posar, diciendo: "Es mi padre". ¡Apalead! Digo, no. Digo, qué bonitas están las cúpulas de la iglesia ortodoxa rusa, tan azules como el cielo alrededor.
Comida, con una carne horrible pero con una crema de brócoli deliciosa, y a darle una vuelta a las boutiques. Me encantaron unas botas de siete mil pesos y un vestido Alexander McQueen que obvio no me compré porque soy una forever prole. Mi mamá fue la que se compró unos aretes muy bonitos, de coral blanco. La diva ecuatoriana regresó con una bolsa de Swarowski que yo espero fuera algo que no se podía conseguir en Palacio de Hierro, porque para qué viaja uno tanto para comprarse cosas que venden en las ventas nocturnas.
Volvimos a Praga. En el camino anocheció. El mismo costarricence que aseguraba que Marx era su padre iba leyendo la etiqueta de quién sabe qué cosa como Dios le daba a entender, antes de anunciar: "¡Ya hablo checo!" #ForeverProle!! Y, al llegar, de nuevo el cansancio, y el aviso de que a la mañana siguiente partíamos hacia Budapest. Tan sólo compramos algunas cosas en el supermercado donde, por cierto, también se puede ligar.
A la mañana siguiente, me levanté, mirando a Praga desde mi ventana. Algo en mí se negaba a irse. Soy un asco del romanticismo. Curiosamente, como una señal (no vemos señales, la vida las manda) la última canción que escuché fue de Springsteen. Yo había saludado a Praga con "Darkness in the Edge of Town". Ella se despidió de mí con "Human Touch", me dejó queriéndola, deseándola, mientras partíamos hacia Hungría.