Thursday, January 05, 2012

European Daughter 4: O, ya sé a donde ir cuando nos mandan a la... Brno

Entonces, pues, que me despedí de Praga con "Human Touch" y salimos de la región de Bohemia hacia la región de Moravia, donde íbamos a visitar la segunda ciudad más grande después de Praga, Brno, antes de llegar a Hungría, a la mera Budapest. Yo recordaba la región de Moravia, más que nada, por la rola del grupo checo Citron que me costó un chingo conseguir: "Moravska Devcatka" (no me pidan que le ponga el trillón de acentos que usan los checos) o, mejor dicho, "Moravian Girls".
Que mi hermano tuvo la oportunidad de ver qué guapas eran. Nos bajamos en una gasolinería y mi hermano pagó dos veces, para ver a la guapa cajera. Yo mientras, me distraía con mis pensamientos sobre la escena metalera: en una gasolinera, puedes encontrar discos de bandas como Lordi, que tal parece son goregrind o algo así. Acá en las gasolineras no encuentras nada.
Salimos y al fin llegamos a la... Brno, en Moravia. La verdad, me decepcionó un poco. El cielo gris, casinos y graffitti en cada esquina. La parada de trenes, la zona con único movimiento. Ahí nos bajamos. Tasha decía que Brno era zona de estudiantes, y que por eso en las navidades se quedaba sola. Aún así, las cabinas de las sex shop afeaban la subida hacia la plaza, donde se encontraba un museo con una exposición de los Beatles, una estatua, y, créanlo o no, una cantina.
Estuvimos vagando por ahí, pasando por las calles oscuras, llenas de chicos hermosos, eso sí, y de dos que tres cuates bastante borrachos que caminaban a tumbos. No íbamos a quedarnos mucho tiempo antes de salir a Hungría. Ahí me enteré que Tasha era filóloga, experta en lenguas eslavas, y que por eso había aprendido a hablar español. No sé por qué pensé en que yo podría tener un destino similar al suyo.
Dejamos Brno, la raída Brno( que no le gana a su contraparte en Bohemia. De ahí, el paisaje se volvió gris. Pasamos por toda Eslovaquia. Yo no me di cuenta hasta que Tasha nos indicó que, en la distancia, se encontraba Bratislava, la capital. Se vio una zona con edificios que después se terminó. Hasta se me hizo raro el hecho de que hubiéramos pasado por toda Eslovaquia en tan poco tiempo.
Dejamos Eslovaquia, dejamos las llanuras de Moravia atrás y entramos a un paraje que algo tenía de desolado, con águilas posadas en la barda de la carretera. Señoras y señores, Hungría.
Nos detuvimos para comer en un restaurante de esos de carretera. Ahí, en los baños, se encontraba una húngara simpatiquísima cobrando los euros para pasar quien intentó a todas leguas saber si éramos italianos, aprender palabras en español y se despidió diciendo "ciao". Curiosísima.
Nos habían dicho que iba a haber cena, así que yo tomé una milanesa de ternera. Mi mamá, sin embargo, no se quedó con ganas de probar las especialidades húngaras, empezando por el goulash, un caldo super condimentado que sabe a frijoles charros pero más pesados, y las salchichas húngaras, que, la verdad, saben un chingo a grasa (albures welcome).
Llegamos a Budapest tras otro buen trecho. He de admitir que yo ya iba más jetona que nada, hasta que un codazo de mi hermano me despertó, y pude ver los monumentos de las colinas iluminados en la noche, dándole a la ciudad un aspecto de completa obra de arte, tallada en relieve para ser admirada, una estrella en el cielo de Europa. Impresionante. No sé cómo esperaba que fuera Budapest. Por lo pronto, Tasha nos empezó a explicar que la ciudad está dividida en dos secciones que componen su nombre: Buda, la parte de la ciudad sobre las colinas; y Pest, la planicie al otro la`o del Danubio. Nuestro hotel se encontraba al lado de Pest, pero aún así había mucho que ver, la exótica belleza húngara.
El hotel también era una cosa muy bonita, dejen les digo, así como bohemian chic. Yo me tumbé y no tenía, francamente, muchas ganas de ir a la cena a la cervecería: más bien, tenía ganas de aprovechar el servicio de masajes del hotel, a ver si por ahí me tocaba un húngaro sexy (aunque, `esde que llegué, a todos los comparé con el muchacho de la casa de cambio, y ninguno alcanzaba ese nivel de ultraterrena belleza) o de buscar donde andaba la alberca, algo relajadito, pero no porque los tours no son así. Pues a salir a buscar el autobús, porque resulta que en Budapest, el gobierno de extrema derecha no te permite dar vuelta a la izquierda (así de intensos) entonces tienes que dar un rodeo gigante para llegar a donde sea.
Llegamos a la cervecería. Nos sirvieron de comer, claro está, hasta atascarnos. Una crepa de carne con una salsa como de yogurp que la verdad estaba buenísima, una carne en ragú que yo dejé so riesgo de volverme a poner como en Schiphol, y una tarta de vainilla que no estaba tan dulce y en eso residía su atractivo.
En eso, llegaron unos húngaros con violines y acordeones. Se trataba de la banda que nos iba a amenizar... pero no con melodías clásicas de su país. En vez de eso, que se arrancan con el cancionero mexicano a todo vapor. "Cielito Lindo". Los costarricences lo aullaban como en partido de ha selección nacional, y las vejezolanas... bueno, ni qué decir. Parecía que estaban influidas por Hugo Chávez y su disco de rancheras. De ahí se siguieron con "Historia de un amor" y nomás porque se distrajeron con los brasileños y se pusieron a cantar "Brasil", pero la noche ya estaba para que se chutaran "El rey" y todos nos pusiéramos pedos con cerveza húngara. Nimodo.8br />
Salimos y el bus nos llevó de nuevo rumbo al hotel y fue ahí donde Budapest, como buena obra de arte, se puso decadente. Así como lo oyen. Atravesamos muchas calles, todas ellas oscuras, o llenas de tables, peep shows y sex shops. Y, también, de gente metida en chamarras gruesas, buscando comida en los botes de basura. Y eso yo lo vi. Había una pareja con un bote de basura abierto, removiendo en él.
Budapest, una obra de arte, tan decadente. Ya al día siguiente habría más tiempo para conocerla a fondo. La entrada siguiente también.


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