Tuesday, January 10, 2012

European Daughter 6: We walked in the cold air, freezing breath on the windowpane lying waiting


"A man in the dark in the picture frame so mystic and soulful... a voice reaching out and a piercing cry it stays with you until... The feeling is gone only you and I it means nothing to me... It means nothing to me... Oh, Vienna!" El que adivine la rola y el grupo se gana... un tweet, porque este blog ya está más abandonado que no sé qué. El chiste es que mañana de fin de año y salimos de Budapest rumbo a Viana.
Que el día empezó un poco mal para mí. Como buena anciana, me levanté con un dolor de espalda que me hacía sentir como que tenía un millón de años. Hasta desinflamatorios me tuve que echar. Todo con tal de aguantar el trayecto hacia la capital austriaca, una ciudad con (Tasha dixit) gran nivel de vida y de educación, y, claro está, mucho más cara que las ciudades que habíamos visitado anteriormente. Todo esto con "El año viejo" (la rola) de fondo, que no es que la estuvieran poniendo en el radio vienés, sino que uno de los novios de las costarricences, mexicano, por cierto, la ponía
Hasta eso, el camino fue mucho más corto de lo que pensé. Y aún así, lo primero que me llamó la atención no fueron los blancos edificios, casi palacios, que llenan las calles vienesas: fue un poster de un concierto de Bruce Springsteen. En una de esas yo ya quería que tocara gratis para fin de año; pero obvio no.
La visita inició precipitada. Prácticamente, Tasha nos botó cerca de la zona peatonal y dijo que sería bueno que de una vez comiéramos antes de dar una vuelta, porque si no todo iba a cerrar y ya no iba a haber ni qué comer ni a dónde ir: además, en la noche, teníamos un concierto de música clásica en el Kursalon.
Pues fuimos a dar a la zona peatonal. Como nadie de mi familia teníamos hambre, nos fuimos a dar una vuelta; sin embargo, después de un rato, mi papá, nervioso como siempre, empezó a preguntarnos que si no teníamos hambre y que si no sería prudente que comiéramos. Eso, por cierto, es un eufemismo para señalar que el que tiene hambre es él.
Entonces, nos detuvimos en un puestecito donde venden hot dogs callejeros... con salchichas que rápido se prestan a albures. Yo seguía sin tener hambre, pero sé que cuando los papás comen, si no comes tú, te dejan en ayuno permanente. Así pues, compartí una caja de fideos estilo chino con mi hermano que, a pesar de que tenían su encanto, no eran lo más maravilloso del mundo. Y de hecho comí poco.
De nuevo a reunirnos con Tasha, quien nos llevó de vuelta al camión para que fuéramos, ahora, a la Hundertwasserhaus, la casa pintada por Hundertwasser (no, pues sí). Esta casa tiene enfrente su mercadito que se divide entre cosas de galería y cosas bastante chafitas. Sin embargo, el lugar es bastante interesante y bohemio, y compré varias cosas.
Ya sólo quedaba ir a nuestro hotel. Una vez ahí, lo único que nos quedaba por hacer era prepararnos para el concierto de la noche. Me arreglé, y en ese momento me dio hambre: tenía tanta hambre que me empaqué un chocolate del minibar que costaba una fortuna.
De ahí, el autobús pasó de nuevo y nos dirigimos a la sala Kursalon a escuchar el concierto con los valses de Strauss. Mi hermano amenazaba con dormirse tras el aria de la ópera Juliette; yo, por mi parte, quedé absolutamente impresionada por la voz de la rusa que salió a cantar. Lo peor: que automáticamente pienso que quiero volver al Lulu de Metallica una ópera. Porque así soy yo. Luego un cantante se aventó la parte más conocida del Barbero de Sevilla: el "Figaro". Casi casi le aplaudimos de pie. Lo siguiente fueron viejas conocidas: "La pequeña serenata nocturna" de Mozart, por ejemplo, y, para cerrar, claro está, el omjipresente "Danubio Azul" de Strauss, que yo he de admitir que no disfruto, pues se me hace ubicua y quinceañeresca. Pero bueno, qué le vamos a hacer, si es el vals más famoso dedicado a ese río, la aorta de Viena.
Salimos de la legendaria Kursalon dispuestos a perdernos en la noche vienesa, a esperar el 2012. Sin embargo, nos moríamos de hambre, así que acabamos entrandk a un restaurante italiano, el único que vimos abierto en plena Nochevieja. La verdad, fue una excelente elección. La comida estuvo deliciosa y acompañamos la cena con un buen vino. Valió la pena haber aguantado el hambre.
De ahí, salimos, una vez más, a la calle peatonal de Viena, donde hace unas horas nos habíamos comido los fideos. Ahora la ciudad estaba llena de luces, de gente y de guardias... y, por cierto, de unos muchachos que estaban tan pedos, pero tan pedos, que no podían ni sentarse. Uno de ellos ya hasta había guacareado el kebab. Pero en fin...
Caminamos de nuevo, a través de la gente que se reunía en pequeños quioscos virtuales de donde sonaba la música, disco, por cierto. Nosotros seguimos caminando hasta que la policía, sin duda previniendo algún desmán, empezó a arremolinarse alrededor de las zonas del metro. Entonces dimos la vuelta, donde nos encontramos a unas chicas borrachas que le aventaban cohetes a todo lo que se moviera. Medio ciscados por ellas, fuimos a dar a una calle donde se encontraba el show de, seguramente, qna estación de radio que tocaba rock clásico, conocida como Radio Arabella: lo sé porque el cuate que se encontraba en el escenario tenía toda la cara de Tommy Shaw pero ya en un poco de decadencia.
En ese momento se interrumpió el show. Las 12 habían dado. Por una bocina sonó a toditito volumej, una vez más, el "Danubio Azul". Vieneses con botella de vino en mano se pusieron a bailar vals en las calles. En un edificio que daba hacia el escenario, una pareja joven, con un bebé en sus brazos, bailaban en un grupo de tres, dando a toda la escena un aire más bien dulce y tierno. Mi papá, incluso, en un detalle romántico que hacía mucho no tenía, sacó a bailar a mi mamá.
Cuando el vals dejó de sonar, el grupo regresó a dar una canción. Con poco volumen en la voz, pero con mucha enjundia, se pusieron a cantar "Hey Jude". Yo no sé, a veces creo demasiado en las supersticiones, sobre todo ahora que siento que necesito aferrarme a algo, pero si lo que haces las últimas y primeras horas del año es lo que ha de regir esos días venideros, creo que no hay mejor manera de iniciar que con el canto a Jude: "Then you can start to make it better..."
Vieneses cantaron el clásico "Na... na na... nananana, nananana, hey Jude..." mientras nos despedíamos de esa zona. El autobús había quedado en recoger a los vagos a la una de la mañana, así que regresamos al Kursalon, donde nos esperaban. La noche vienesa nos había dado cobijo. Mañana, un año nuevo a ritmo de vals.

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