Wednesday, January 04, 2012

European Daughter 3: Carajo, yo sí pensé que era Montecarlo

En mi anterior entrega, yo me había enamorado perdidamente de un checo al que nunca volveré a ver y sigo absolutamente traumada. Por favor, si alguien sabe dar razón social de un muchacho que quede con la descripción que me aventé en la entrada anterior, favor de reportarlo, y, si es necesario, deportarlo. Lady Stardust necesita que estén al servicio de la comunidad. Gracias.
Por eso, cuando a la mañana siguiente salimos rumbo a Karlovy Vary, la pequeña ciudad donde se encuentran las aguas termales milagrosas de la República Checa, yo casi casi cambiaba la visita por otro tour a la casa de cambio, pero las cosas no son así. Mind you, al menos, en nuestro camino por la carretera, pudimos ver como la policía checa sometía a un exhibicionista gordo (¿existen en ese lugar? ¿No era de los 300 pueblos?) que salió desnudo a la vía. Pues que lo tumban así, desnudo, en el suelo, con el frío. Fun fun fun. Lástima que el autobús iba demasiado rápido como para que le tomáramos fotos.
Una vez pasada la visión, Tasha nos empezó a contar cosas de Karlovy Vary, diciendo que es un lugar muy chic, y que cuando un checo está enfermo, lo mandan allá pero no a que se bañe, que eso es sólo en los spas que hay ahí (sufro, sufro, sufro, porque no hay checos en traje de baño). De hecho, lo mandan a que se tome las aguas, y no es todo tan simple: dependiendo la dolencia, es el tratamiento, y la fuente de la cual se debe de tomar el agua, y la dosis. Así, los checos se acaban quedando en ese lugar de dos a tres semanas descansando, sanándose, y todo se los paga el seguro. Qué ganas de emigrar.
Y es que Karlovy Vary es un barrio chic de muñecas. Atrapado en el tiempo, con sus casitas de fachada rosa, mostrando placas de los zares y escritores que se hospedaron, su ecléctica pero decimonónica arquitectura, y el bosque rodeándola, te dan ganas de pensar que qué ganas de envejecer millonario para morir ante el suave vapor de las aguas termales y con el bosque rodeándote. Hay un hotel en el que se hospeda la familia real inglesa, al que sólo se puede acceder con funicular; hay muchas boutiques y joyerías; y el Gran Hotel Pupp, en el que, por cierto, fue filmada Casino Royale. Así es, ahí, y no en Montecarlo. Pinches choreros que nos hicieron creer que era Mónaco cuando en Karlovy Vary les sale más barato.
Paseo por toda la pequeña ciudad, viendo las fuentes, sobre todo. Saben a metal (sí, no me quedé con las ganas de probar). Una estatua de Karl Marx frente a la cual uno de los costarricences no dudó en posar, diciendo: "Es mi padre". ¡Apalead! Digo, no. Digo, qué bonitas están las cúpulas de la iglesia ortodoxa rusa, tan azules como el cielo alrededor.
Comida, con una carne horrible pero con una crema de brócoli deliciosa, y a darle una vuelta a las boutiques. Me encantaron unas botas de siete mil pesos y un vestido Alexander McQueen que obvio no me compré porque soy una forever prole. Mi mamá fue la que se compró unos aretes muy bonitos, de coral blanco. La diva ecuatoriana regresó con una bolsa de Swarowski que yo espero fuera algo que no se podía conseguir en Palacio de Hierro, porque para qué viaja uno tanto para comprarse cosas que venden en las ventas nocturnas.
Volvimos a Praga. En el camino anocheció. El mismo costarricence que aseguraba que Marx era su padre iba leyendo la etiqueta de quién sabe qué cosa como Dios le daba a entender, antes de anunciar: "¡Ya hablo checo!" #ForeverProle!! Y, al llegar, de nuevo el cansancio, y el aviso de que a la mañana siguiente partíamos hacia Budapest. Tan sólo compramos algunas cosas en el supermercado donde, por cierto, también se puede ligar.
A la mañana siguiente, me levanté, mirando a Praga desde mi ventana. Algo en mí se negaba a irse. Soy un asco del romanticismo. Curiosamente, como una señal (no vemos señales, la vida las manda) la última canción que escuché fue de Springsteen. Yo había saludado a Praga con "Darkness in the Edge of Town". Ella se despidió de mí con "Human Touch", me dejó queriéndola, deseándola, mientras partíamos hacia Hungría.




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