Monday, January 16, 2012

European Daughter 7: The Last of the True Romantics


Último día en Europa. Año nuevo. Qué manera de despedirse del viejo continente, incluso si es Viena, Viena que no me gustó tanto como Praga. Y eso que mi hermano y yo casi nos quedamos dormidos justo antes de que pasara el bus por nosotros. Tuvimos que vestirnos a todo vapor y chutarnos un desayuno buffet que fue el más pinche de todo el viaje. Pero en fin.
Salimos dando tumbos rumbo al Palacio de Schonbrunn, entonces, residencia de Pancho Pepe (José Agustín le dice así de cariño a Franz Jozef) y su mujer la Sissi. Ahora, llámenme pinche creída, pero, la verdad, al llegar al Palacio Schonbrunn, se me hizo como el Castillo de Chapultepec pero región 1. Y es que cuando Maxi y Carlota vinieron para acá, se trajeron toda la arquitectura y el estilacho europeo. Así pues, las salitas del Palacio no me hicieron emocionarme demasiado. Tan sólo me emocioné a la hora de comprarme una pluma de las de tinta y una libreta de Sissi en la tienda de souvenirs. Por cierto, el pelón que se la había pasado cantando "El año viejo" amaneció con fiebre. Por andar parteando.
De ahí, salimos a visitar más monumentos, pasando por la zona de los edificios de gobierno. Sin embargo, soy tan pinche naca que después de un rato de admirar cúpulas, me distraje por el hecho de que a media calle había una popó de caballo, y, por más que las calesas pasaban cerca, no la aplastaban. De hecho, ruedas y pies pasaron rozándola, pero nadie se quemó. Soy una bruta.
Llegamos al último restaurante, para lo que sería "nuestra última cena". Antes de bajar del camión, Tasha se despidió, diciendo que ojalá volviéramos a Praga. Yo no sé como es que no me colgué de ella y le dije que me quedaba a vivir en su casa o que me consiguiera al muchacho de la casa de cambio. Tan sólo le dije que me habían ancantado los checos. "Me di cuenta," Tasha rió. O sea, medio mundo me había visto con mi batea de babas.
Llegamos al restaurante. Las chilangas, que por ahí habían andado haciendo migas con mi mamá, en una vuelta de tuerca bastante ojete, nos dejaron en la mesa con las venezolanas, que no dejaron de criticarnos durante todo el tour, y con la diva ecuatoriana. ¡Ahí se ven los brothers! En fin. Una vez más, una crema, esta vez como de espárragos, que sabía muy buena, pero la milanesa vienesa que era de ternera y no estaba tan bien. Sin embargo, la Sachertorte, que a muchos se les hizo simple, a mí se me hizo una delicia. De hecho, me comí dos. Mientras tanto, los demás andaban conviviendo con todos menos con nosotros. Justo en ese momento, el no muy lindo, pero narigón y rubio mesero (que obvio, se me había hecho lindo) se dejó caer en la silla, casi casi agradeciendo a Dios que podía sentarse. Eso se me hizo aún más simpático y un poco sexy, así que cuando él se dirigía a mí, lo único que yo hacía era decirle "danke schön" por todo. Él, cada que yo lo decía, me devolvía una sonrisa. Suficiente para volverme loca. Claro que la argolla de matrimonio en su dedo no me dejó pensar nada más.
Fue ahí cuando nos despedimos de todos, quienes nos desearon un feliz viaje. Salimos mi familia y yo, dispuestos a perdernos en Viena.
Empezamos a desandar el camino andado, de vuelta a los edificios de gobierno, pues mi mamá decía que quería ver un edificio que, según ella, era el ayuntamiento. Resultó ser una iglesia. Afuera había varios puestecitos, entre ellos uno de papas fritas caseras y otro de vino caliente. Al fin me tocó probar semejante bebida: una cosa bastante disfrutable, si me dejan decirles. Aunque al principio parece que el calor hace que el vino esté aún más cargado y que te puede tumbar al primer trago, después, el calor simplemente hace presa de tu cuerpo, y ni lo sientes. Una cosa muy recomendable.
Seguimos caminando, buscando algo memorable para el último día en Europa. Entonces, mi mamá dijo que no quería irse sin haberse subido a la rueda de la fortuna gigante de la Praterplatz, que gobernaba el atardecer austriaco. Nos hicimos bolas una vez más con los boletos del metro, pero llegamos. El parque de diversiones era bastante grande, pero nosotros caminamos a la rueda, donde ya se había juntado una nutrida fila. A pesar de eso, pasamos bastante rápido. A la puerta de la atracción hay una chava que te toma fotos fingiendo que ya estás en la rueda. Incluso si no eres muy afecto a los teatritos, hay algo de dulce en la manera en la que la chica te dice: "Say wow!"
Pasamos, ahora sí, a la mera rueda. Había anuncios de cómo podías rentar vagones para las cenas románticas. Sin embargo, una vez entrando ahí, les diré, con todo el espíritu cursi que tengo, que no es necesario. A pesar de que entran como 30 cabrones, la vista, y sobre todo el aire antiguo de los vagones, llenos de nombres y fechas escritos con pluma, marcando momentos en la vida de la gente... Mientras el atardecer de Viena se alzaba, gris, pero divino, con las luces del parque a los pies. La ciudad se extendía hacia donde alcanzaba la vista. Me dieron ganas de llorar. Me dieron ganas de ser una romántica. Me dieron ganas de muchas cosas.
Dejamos la rueda de la fortuna gigante y nos pusimos a recorrer el parque. Había algo de nostálgico en él, con todos sus juegos a la antigüita: la casa del terror con monstruos originales, varias casas fantásticas inspiradas en la portada del Dangerous de Michael Jackson: pequeñas montañas rusas. De hecho, había un juego de tirar las latas, donde un joven papá austriaco intentaba ganar un peluche para su hija. Sus tiros eran, sinceramente, patéticos. Llegó mi papá, con todo el entrenamiento de pueblo que trae. Tiró todas las latas, pero el encargado del jueguito no le valió su victoria porque las latas volteadas no se cayeron del estante en donde estaban. Sin embargo, el público conocedor le aplaudió.
No pudimos seguir viendo más porque en ese momento arreció la lluvia. Bajo problema de congelarnos, regresamos corriendo al hotel. Sin embargo, yo dejé el parque de la Praterplatz medio enamorada. Tan lleno de ese pequeño romanticismo, de pueblito, en una gran ciudad. Tan lejos de Six Flags, tan cerca del corazón.
A la mañana siguiente, el avión casi me dolía. En el aeropuerto de Viena, hasta las maquinitas para comer chatarra eran mejores: tienen un mecanismo que no deja que la botella se caiga, sino que la toma y la deposita suavemente, para que no se agite tu refresco. Y eso por no hablar del muchacho bellísimo que atendía la tienda del museo no sé qué, en Schiphol. Él estaba para museo. Y lindísimo. Me dijo adiós en español. Cómo amo Holanda.
Regresamos al KLM. De nuevo nos tocó un hindú. Sin embargo, éste era mucho más amable que el anterior. Eso sí, bebió como si no hubiera un mañana. Dos Heineken, vino con la comida, café con piquete. Yo rezaba porque no guacareara. O porque me dejara pasar al baño.
Sin embargo, mientras las horas avanzaban, se me olvidó. Todo se me olvidó. Y es que llegamos a las nubes que flanqueaban el atardecer, tras pasar por la tundra, por el hielo. El atardecer que no pertenece a nadie, que no se ve desde el suelo mexicano.
Ahí, sin mentir, vi un pedazo del cielo. Del verdadero cielo. Del que se llama Heaven, y no Sky.
Una nube, negra, había tomado una forma peculiar. Formaba una especie de bahía, a donde llegaba un mar anaranjado, por el reflejo de la luz de la tarde, que volvía al cielo de ese tono. La nube, asimismo, tenía un apéndice extraño, que se levantaba como un árbol mirando a ese mar.
Pensé que, si el cielo existe, quería yo estar ahí, sentada en la arena de esa nube, mirando hacia abajo, hacia ese mar naranja, hacia el mundo, en ese lugar, libre de tiempo, de espacio.
De todo.
De la fila larguísima y desorganizada en migración. Del olor a mierda y a sudor del aeropuerto, del olor a smog de las calles. De la tristeza que me atacó cuando llegué a casa, y lloré, lloré en mi cama, a la hora de dormir, extrañando. La vista eterna de Viena. Las sonrisas holandesas. Los palacios húngaros. Aquellos ojos azules de Praga.
O me voy, o me llevan. Pero yo señores, yo, no me puedo quedar. He dicho. Ya veré cómo le hago, pero yo no me puedo quedar.

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