Friday, July 27, 2012

You better watch out, oh what you wish for


¿Han querido algo tanto, alguna vez, tan sólo para darse cuenta de que luego ya no lo quieren?
O, quizá, que ya no lo quieren como lo querían.
Eso acaba de sucederme. En mi lucha por irme al curso en Londres que quiero, y como la Universidad de Liverpool parece que no tiene para cuándo responder, me puse a buscar un trabajo que me diera dinero extra para poder irme de una manera cómoda. No buscaba nada cierto, tan sólo algo temporal. Una amiga me mandó un mail en el cual pedían a alguien con excelente redacción, ortografía, y conocimientos musicales. Pensando que acabaría corrigiendo el estilo de algo así como la Círculo Mixup, mandé mi CV sin siquiera dudarlo.
Me respondieron. Esa fue la noticia, supongo. Sin embargo, cuando vi el pie de página del mail casi se me cae la baba. No podía creerlo.
El pie de página ostentaba el logo de la Rolling Stone.
Recordé mis diecinueve años, que ya se antojan lejanos. En algún momento, presa de un impulso más bien aventurero y de ver demasiadas películas, les mandé un mail pidiendo que me aceptaran como corresponsal, que me encantaría formar parte de su equipo. Ellos, seguramente un poco sacados de onda al ver un email sin currículum de una chica loca, me contestaron, amablemente, que su equipo se encontraba completo. Lloré como si un chico me hubiera rechazado.
Los años pasaron, estuve un rato en la Indie Rocks!. Así, lo de la Rolling Stone se fue disolviendo entre otras oportunidades, entre más cosas que hacer. De hecho, la dejé de comprar. ¿Quién querría una revista que se atrevió a poner a Justin Bieber en portada? Qué asco.
Y ahora, ahora querían hablar conmigo. Ahora que yo ya no los tomaba en serio.
En fin. Salí ayer para llegar a una cita al mediodía a una de las zonas más bonitas de Polanco. La casa, estilo antiguo, estaba siendo remodelada. Me pidieron que pasara a esperar a una salita. La sala estaba decorada con varias portadas enmarcadas. Vi una autografiada de Duran Duran y automáticamente, las piernas me comenzaron a temblar. La emoción, por un momento, hizo presa de mí. Cuántas veces soñé estar en esa sala, esperando entrevistar a alguien. Y ahora estaba ahí, y la entrevistada iba a ser yo.
Aún así, me seguían temblando las piernas. El encanto seguía estando ahí, a pesar de la portada de Justin Bieber. Pensé en algún crush fallido. Se me antojaba a lo mismo. Volverlo a ver y ver esa sonrisa que enloquecía, ese mismo encanto, a pesar de que ya no...
La chica que me iba a entrevistar llegó en ese momento. Me preguntó sobre varios puntos de interés, así que aunque en general siento que me fue bien, no podría estar segura, ya que me preguntó si sabía subir cosas a internet con ayuda de Adobe o Flash. En la clase de Adobe y Flash yo me la pasaba picándome los ojos. Le dije que no. Después de eso, me preguntó qué onda con mi experiencia de radio por internet. Le aseguré que sabía operar y hablar al micrófono. Como que eso le interesó. Después, hablamos de mi experiencia corrigiendo, escribiendo, entrevistando. Le dije que eso sí era lo mío. A ella pareció interesarle mucho lo de traducción, sobre todo, y me pidió tres tareas para mandárselas esa noche.
Pasamos a las cosas pedestres. Horario. Nueve horas todos los días, posibles fines de semana en caso de festival o meet & greet. Nueve horas las cuales pintaban para traducir y corregir cosas. El sueldo muy tentador. El barrio, obviamente, muy chic.
Un antiguo crush ofreciéndome todo.
Sé que quizá no debí de haberlo dicho, pero saqué a cuento lo del curso. Le dije que tenía solicitudes para una universidad en el extranjero, que qué hacer en ese caso. Ella me contestó que no podía trabajar a distancia, que había cosas que debían hacerse en la oficina. Le di dos o tres pistas de que me gustaría ser corresponsal en Inglaterra. Tan sólo quedamos en que le mandaría una entrevista, una traducción, y una nota breve, a ver qué pensaba.
Salí de la oficina. En el camino me compré un té y salí a pasear por la avenida más lujosa de la ciudad. Pensé en las horas de comida, en probar los restaurantes de los alrededores. En el estilo rocker. En... en que yo ya no estaba ahí. Me estaba imaginando en otra avenida, en cualquier otro lugar. En Nueva York. Saliendo de un trabajo que si bien era parecido, no era ese.
Pensé, también, en la escuela que acababa de dejar, la que juré que nunca dejaría si no fuera por una oportunidad en el extranjero. Por alguna razón, se me hizo injusto pensar que podría hacer eso.
"Round Here" de los Counting Crows dominó todo. She must be tired of something round here.
Un crush fallido quien tiene todo lo que siempre me gustó, pero al que ya no quiero, porque ya encontré a otro a quien amar.
No sé qué suceda. Puede que no me den el trabajo porque no sé nada de Flash (si eso pasa, por favor, recomiéndenme para clases de regularización o la madre)... pero, si sucede, será algo que, desgraciadamente, ya no va. Un sueño, una oportunidad de vivirlo, pero hasta ahí. Aunque, en el fondo, duele un poco pensar que a veces los sueños también caducan.

De William Miller y sus ganas de escribir en la Stone pasé a Penny Lane, con su Morocco.

Monday, July 23, 2012

Entrada de promoción cínica

Y que se me ocurre cumplir un reto.

Cien poemas, uno cada día, cien días.

Llevo más de la mitad y creo que nadie se ha parado a leerme.

Aquí el promo.

http://100myverses.tumblr.com/

Elijan cuál es el mejor y los que ustedes quieran los pego acá en este blog.

Thursday, July 05, 2012

The Goodbye Girl

(Mi discurso de despedida, íntegro, hasta con la página que el viento se llevó ese día. Leánlo escuchando "Goodbye Girl", ya sea la original de David Gates o la versión de Hootie and the Blowfish, y cantando "Remember goodbye doesn't mean forever".)



            So, now that I was asked to write a speech for third graders, I must admit the news came to me not only as an honor, but as a surprise. I thought that, given my limited time teaching at Jean Piaget, I would have more in common with first graders, who have just arrived, who got acquainted with a new environment. However, my memory took me back to those first classes, and I must say, third graders were, indeed, the ones that welcomed me as their new teacher and made me feel, in a way, like I was home. And, pretty soon, I noticed the things we had in common; sure enough, they are about to experience things I have already gone through, but there are questions about life my generation and their generation seem to share.
            Now, I am not here to answer those questions, unfortunately, for I do not speak from such experience as Professor Moisés does, because he has lived and seen more, and definitely knows more; but I shall speak from my personal knowledge, and I will speak about what I can share with these boys and girls, who are about to take a step that shall transform them into young adults, men and women. They are about to leave a school that has seen them grow: some of them may stay there, at that building that looks upon us and is ready to receive them; others may head on to new spaces to continue their education. Anyways, both transitions, however near or far, mean the start of something new and I know you young people are fully aware of that. And of course, every new beginning implies a first step, lots of new dreams and goals, but maybe just a hint of insecurity and wonder at what might happen, at the unknown challenges to face.
            Of course I will not say that it is easy to ignore all those feelings, all those doubts. It is not. Yet, you must remember that, after all, you are the only ones who will have to stand up to those fears and answer those inquiries; even if you have the help of others, it is you  who make the final decision. That is why my first advice is for you to be good and true to yourselves. You, young people, are the ones who guide your steps and know where you are going to. And remember, just getting here to this graduation, being excellent as you are, is a reminder that all of you are pure gold, and that is something you must not forget. Do not be treated as less.
That takes me to my second point. Loving yourselves and knowing what you want is the base of your journey: it gives you a goal to look forward to, and an armor against those who may want to lead you astray from your path. Of course, not everybody is out to harm you: in your path, you will meet people, besides your parents and family, who will not only share a goal with you, but who will also help to reach that spot in the distance. If you are good to yourselves, you will be able to spot those kind souls; and, when you do, I advise you to treasure them, to keep them close to your heart, for a true friend is so hard to find. They will also help you notice the fake smiles and the backstabbers, the ones who will only become an obstacle. But, once you have your entourage and your protection, there is only one thing left to do.
And that final thing may be the most important one. Because losing your guiding star means losing your journey and your battle. I know life today is not easy; yet, do not let this hold you back. If someone tells you your dreams are hard to achieve, then you work harder to do so. If someone tells you they just cannot be done, prove them wrong and do the impossible. Because that is what the world needs now: in a land ruled by a nightmarish reality, we need dreamers who can make the world blossom again, who can reshape reality into something wonderful. I know you are a part of those people; so I can only advice you to never, ever stop believing.
To finish, I just want to point out that, if we ever meet again, not now, not next school year, but later, perhaps ten, twenty years, I hope I can look at you and catch a glimpse of the great young people I knew this year. Do not let the world change what you are: you go and change it. I know you can, and that is why I must say I am proud of you being the first generation I had the honor of being a teacher to that is leaving Jean Piaget Junior High. You will always hold a special place in my heart. Thank you.

Sunday, July 01, 2012

Ten Years Gone

Han pasado diez años. Desde que yo me gradué de la secundaria. No quiero dramatizar, pero creo que si han leído mis kilométricas entradas, sabrán que no fue el mejor momento de mi vida. En un mundo en donde eras popular o raro, a mí me tocó ser de las raras. Dejé esa etapa definitoria de mi vida detrás. Sí, ahí aprendí a ser quien soy, pero de que haya sido divertido... no, no lo fue. Fue lleno de sueños, eso sí. Sueños que no se cumplieron. Tocar, con mi mejor amiga, grunge en el patio de la escuela. Nadie quería tener una banda de grunge con nosotras. Conocer a muchachos muy guapos que bailaran con nosotras sin parar en la fiesta de graduación. Los muchachos guapos eran, a lo más, nuestros amigos. El que a mí me gustaba nunca me peló, y con eso digo todo. En resumen: queríamos sentirnos, me parece, como en casa, como en película. Eso nunca sucedió.
Pasaron los años, y, de pronto, me vi envuelta en las celebraciones de la despedida de una secundaria, tras un año escolar que, de por sí, ya me había dejado sorprendida. Entré a dar clases en una secundaria por meros gajes del oficio y la necesidad del dinero para financiar mis planes de una educación en el extranjero. En el fondo, pensaba que saldría corriendo al tercer día. Sólo me bastaba recordar, ya no decir a mis compañeros de secu, sino a las anécdotas de mi hermano. Maestras llorando a media clase. Puertas atrancadas para dejar a los profesores afuera. Batallas constantes por el poder contra listillos. Yo juraba que no tenía el poder ni el temple para enfrentarme a eso.
Sorpresa: no tuve que "enfrentarme" (bueno, a menos de que contemos a los segundos). No sé si me tocaron los mejores chicos del mundo, o si la vida ha cambiado y ya puedo volver a tener fe en la humanidad. En todo caso, ver a las intelectuales mezclándose con los jocks, los nerds teniendo una vida social que si bien no era sumamente agitada no se parecía a la mía, que consistía en encerrarme con el radio a todo volumen a volver mi cerebro una enciclopedia con una exagerada sabiduría de rock alternativo. Qué les digo: mi generación repudiaba Nirvana. Esta generación celebra Nirvana. Ya desde ahí. Y si lloré, nunca fue por ellos. Al contrario, a veces ellos estaban ahí, para reconciliarme con la vida, en un año que se fue entre sueños, decepciones, y finalmente un plan que me suena a conclusión y al cual hay que lucharle.
Así fue como llegué al final del ciclo escolar, y me encontré con una noticia: que los chicos querían que les diera el discurso de despedida. Automáticamente me sentí halagada, si bien un poco confundida. Yo era la maestra que les daba clase una vez a la semana, a la que acababan de conocer. ¿De dónde a mí tal honor?
Pues sea lo que sea, me puse a escribir, y me sorprendí a mí misma. Y es que, también, con sólo una clase a la semana y saludos esporádicos en los pasillos de la escuela, acompañados por pláticas sobre música y futbol, resultó que sí había llegado a conocer, y, lo que es más importante, a querer a los muchachos. De nuevo me había equivocado, para bien. El discurso, entonces, fue sin censura, algo raro para una escuela. No tuve miedo de hablar de los deseos que, yo sentí, tenía en común con ellos; de mis esperanzas para ellos, de lo que quería que ellos fueran, de cómo me habían devuelto la fe en la humanidad. Cuando me di cuenta, ya tenía un buen discurso, de esos, que, además, me salieron del alma.
Ese viernes llegué con mis hojas listas. Los chicos, mientras tanto, dibujaban cosas sobre papel kraft. Me acerqué para ver los dibujos. Este dibujo estaba ahí:


Viajar alrededor del mundo. Tener una banda. Deseos que yo había tenido hace diez años. Lo de la banda ya lo veo bastante improbable, pero lo otro no. Fue ahí cuando decidí que tenía que buscarlo. En ese momento comprendí que no había escrito sólo para los de tercero, sino para todos mis alumnos; los de segundo, los de primero.
Las piernas me temblaban cuando comencé a hablar. Intenté no mirar a muchos de los chicos que comenzaron a llorar con pena de llorar con ellos. Cuando terminé, la banda de un chico de segundo pasó a tocar. Tocaron canciones como "With or Without You", como "Yellow Ledbetter". Canciones que a mí me hubiera gustado escuchar cuando dejé la secundaria. En ese momento, las chicas de primero se acercaron a preguntarme si podía cantar. Fui a pedirle permiso a la banda. Me hubiera gustado cantar "Don't Stop Believin'": los chicos me dijeron que se sabían "Come As You Are". Me encantó la propuesta. 
Tomé el micrófono como quien busca revivir algo que nunca pasó. Al final la banda no era mía, así que no pude agarrar nada a microfonazos. Pero, diez años más tarde, yo no era alumna, sino maestra, y estaba cantando Nirvana en un patio de una escuela. Mi mejor amiga tampoco estaba ahí.
Los muchachos, que no sabían que yo cantaba, me recibieron con un group hug. Era extraño. Yo pertenecía al bando que se paraba enfrente, al pizarrón, el que estaba en su contra. Ellos me recibieron como si yo perteneciera a ellos. Como si yo siempre hubiera estado ahí.
En ese momento me reconcilié con mi pubertad, con la pequeña versión de Eddie Vedder que fui y que se olvidó de glamear, pero que quizá aún tendría una oportunidad.
Aún faltaba la graduación. Me arreglé y me vi mejor de lo que me veía hace diez años, aunque me senté a la mesa de maestros. Momento memorable: la fotógrafa, de esas que andan en las fiestas, se acercó y me preguntó si yo era una de las graduadas. ¡Milagro! ¡Tenía quince años otra vez!
Quince años tuve cuando varias de mis alumnas me invitaron a bailar. Al inicio, rehuí la invitación. Qué pena. Nunca he sabido bailar: también en mi fiesta de graduación prefería no pasar a la pista.
"Come on teacher". Está bien, pues. Al inicio sí pegué la huida de la pista de baile tras algunas canciones. Sin embargo, un momento después, se me olvidó. Bailé como hacía muchísimo no bailaba, me divertí en lo que en verdad era una fiesta, una celebración de que la vida continúa para esos chicos, no críticas y pseudodecadencia universitaria porque, hay que admitirlo, allá nadie es Andy Warhol ni Morrissey, dejen de fingir. Claro, no estuvieron los muchachos de intercambio que me sacaran a bailar y me hicieran sentir extremadamente bella, aunque supongo que mi alumno (ex-alumno) que me sacó a bailar se merece sus cumplidos.
Es por eso que les quiero agradecer por este año. Igual todos los caminos, los mil trabajos que tuve, la suerte de llegar a esa secundaria, eran para que yo, al fin, pudiera recuperar la fe en la humanidad. Por eso, y ahora que escribo a seis años de mi primera entrada, en la cual declaraba que no creo en la política (y, por cierto, sigo sin creer, y nunca creeré) les pido, si alguien llega acá con el ánimo político hasta arriba: no hay que hacer estupideces por gente a la que nadie le importa. El país debe de cambiar para bien por estos muchachos, que tienen ganas de vivir, de triunfar. No hay que cortarles la vida por pendejadas. La vida no va tan mal.

Ten years gone.