Thursday, November 29, 2012

The New York Trilogy, pt. 3: Diamonds and Rust

En la entrada anterior, yo ya había ido al Met y ya había tenido clases. Y por cierto, en la de ética y periodismo me dejaron comprar un chingo de copias, y dieron una dirección donde las podíamos encontrar. Yo la busqué en Google y me llamó la atención ver que cerca de esa dirección se encontraba la Glucksman Ireland House de NYU, donde yo había solicitado admisión originalmente.
Decidí que quería ver qué onda con el lugar, además de también visitar Washington Square, que estaba bastante cerca. Así pues, programé mi día para hacer eso.
Sin embargo, francamente no esperaba lo que vi. Vi Washington Square, y, alrededor del parque, cercándolo, volviéndolo territorio eterno de Bob Dylan, todos los edificios de NYU.
Enmedio del parque, un grupo de chicos hacía performance. Otro chico recitaba Shakespeare, los versos que le pidieras. Otros muchachos tocaban folk y anunciaban su cuenta de Twitter.
En ese momento en lo único que pude pensar fue en Joan Baez cantándole a Bob Dylan "Diamonds and Rust", hablando de aquel hotel derruido que miraba hacia Washington Square. Quizá ese hotel ya es un edificio de NYU.
Me metí a la biblioteca en busca de material de consulta. Creo. Lo cierto es que en verdad no entendía muy bien por qué lo estaba haciendo. De pronto, me pareció que pude sentir el dolor que sintió la Baez cuando compuso "Diamonds...". El escuchar una voz por el teléfono, la de Dylan, seguramente, que le traía tantos recuerdos.
Me encerré en un baño de la biblioteca. A llorar. Algo en mí acababa de reconocer que lo que estaba viendo frente a mí era, precisamente, el hubiera. Lo que mi vida hubiera sido si yo hubiera sido aceptada en NYU. Si hubiera sacado mejores calificaciones, si hubiera tenido mejores solicitudes, yo qué sé. El campus con Washington Square esperándome para escuchar a Shakespeare y a los chicos de la banda folk. En cierto modo, un lugar ampliamente cultural.
De hecho, en ese momento me impresionó darme cuenta de que yo ya me había formado recuerdos de Washington Square, sin conocerlo. Basado en lo que me imaginaba y en lo que mi amiga Caroline me contaba, yo ya había construido toda una experiencia ahí. Una experiencia onírica, pero vívida, y era extraño, en ese momento, probar su irrealidad. Saber que no existía. Yo, por ejemplo, podía entrar a la biblioteca, pero no tengo servicio de libros a casa. Los libros los tengo que leer ahí. Era como participar de la vida imaginada como espectadora, sin derecho a vivirla.
No encontré la casa de estudios irlandeses sino hasta muy tarde. En vez de eso, me dediqué a caminar por los alrededores, mirando los bares a donde entraban los estudiantes, los dormitorios. Los restaurantes hindúes de los que ya me habían hablado y que había pensado probar. Los lugares para comprar plumas, papel, recuerdos. Las tiendas de discos, muy hipsters, llenas de vinilos. Todos esos lugares que en mi mente ya tenían un lugar imaginado, ahora vistos en persona sin perder su calidad onírica. Recorrí las venas de mis sueños: fue como recorrerme, adivinarme en los pasos que pensé que tomaría todos los días y que ahora sé que no lo haré.
Fue como llegar y despedirse.
Al final encontré la casa de estudios irlandeses. Una casa que ni siquiera parecía parte de la universidad. Una casa normal, con una placa pequeña y opaca que revelaba su nombre, sin más pista que eso.
Cerrada.
El arco de Washington Square me miraba, ya de noche. Joan Baez me cantó al oído que los recuerdos no son más que diamantes y óxido.
Tomé el metro de vuelta a la residencia, diciéndole adiós a lo que yo podría haber sido, diciéndole adiós al lugar con el que soñé una vida. A couple of light years ago. Adiós NYU, ojalá que volvamos a vernos en alguna otra de mis vagancias, en alguna otra de mis visitas, que gustes recibirme, que estés ahí en mi versiones como la canción de la Baez.


Thursday, November 22, 2012

The New York Trilogy pt. 2: Chelsea Girl



En la entrada pasada, yo ya había tenido mi primera clase y así. Ok. Muy bien. Pues al día siguiente me preparé para mi siguiente clase.
Temiendo llegar tarde, caminé alrededor de mi barrio. Estando tan cerca del Chelsea Hotel, no me había ido a visitarlo. Pues que voy. Mítico lugar, inmortalizado gracias a Leonard Cohen y su lascivo y al mismo tiempo encantador verso: "I remember you well, in the Chelsea Hotel, you were talking so brave and so sweet, giving me head in the unmade bed...". Cerrrrrdo. Pero ah, qué bonito fue ver la placa conmemorativa: el hotel inmortalizaba a Leonard Cohen a su vez, devolviéndole el favor, poniéndolo junto a la pléyade de nombres que decoran la fachada: Dylan Thomas. Thomas Wolfe. Arthur Miller. Antes les faltó Patti Smith.
Desgraciadamente, ya hace rato que el hotel está cerrado al público. De hecho, ya ni siquiera aceptan estancias prolongadas (que si lo hubieran hecho, yo definitivamente me hubiera anotado a una, para sentirme Chelsea Girl neta). Así pues, entré a un changarrito que está ahí llamado Chelsea Guitars. Tenían pegado en su vidrio que estaban vendiendo cuerdas para guitarra color neón, y la verdad, yo, glamera naca, quería unas.
Ahora, ¿recuerdan que había dicho que le iba a pedir a alguien el teléfono, o algo así? Pues como digo: quizá al único que le pida el teléfono sea al vendedor de Chelsea Guitars. Ya había entrado ahí un día con mi mamá; pues bueno, ya me había tratado como reina, y lo volvió a hacer cuando le compré las cuerdas de guitarra neón. Insisto, no sé si es muy buen vendedor o en verdad le gusto, pero ah qué amable es.
De ahí, caminé hacia los alrededores de Union Square, donde la clase se iba a llevar a cabo. Estaba buscando el mercadito de navidad, mas aún no estaba en pie. Entonces, aproveché para caminar por el distrito histórico de Gramercy Park, cerca de donde también se encuentran algunos dormitorios de mi siempre esquiva NYU. Me encantaron los edificios tipo antiguo, el parque cercado, el aire discreto del vecindario. Lo anoté como lugar en el que me gustaría vivir a pesar del ajetreo neoyorkino.
La clase fue de blogging para periodistas, y me dejó dos cosas en claro: 1. A pesar de que este blog lleva muchos años arriba y yo no lo he abandonado, lo más seguro es que no me vuelva millonaria con él y 2. Los hombres con actitud de bastardo y acento inglés me encantan, no importa que estén gachos. Sí, estoy hablando del profesor de ese curso. No, no va a pasar nada, bastante tengo con mi oscuro pasado.
Por eso, mejor al día siguiente me fui a cultivar a uno de los lugares que más ruido me hacía en mis deseos y mi cerebro: el Metroopolitan Museum of Art, el famosísimo Met. Y además que habían anunciado que había una exposición dedicada a Andy Warhol. Nombre. Sonaba a puras perlas.
Tomé el metro hacia Central Park otra vez. El edificio blanco del Met, con su escalinata y su aire de magnificencia, prometía mucho.
Y no desentonó ni decepcionó. Entré por la zona de la civilización egipcia. Desde el inicio, los pedazos de templos ambientados para que la gente pudiera pasar y los múltiples sarcófagos me hicieron perderme. Por cada puerta que entraba mientras buscaba sin rumbo y sin animarme a preguntar (iba dispuesta a perderme) encontraba cosas nuevas. Estatuas. Vitrales. Decoración de los antiguos cuartos europeos a los cuales no podía sacarle fotos porque el flash estaba prohibido y la oscuridad para preservarlos no dejaba que las imágenes se apreciaran. Tapices medievales. Una exhibición de armas la cual no sólo presumía los estandartes de todos los caballeros de la mesa redonda (medieval geek orgasm) sino también armamento para las justas, hasta llegar a las armas de fuego, con unas pistolas que los narcos mexicanos no sabrían apreciar porque se trata de obras de arte. También pasillos llenos de instrumentos musicales, desde clásicos aunque legendarios Stradivari a instrumentos que parecían sacados de algunos momentos rituales, totalmente desconocidos en el mundo occidental.
Y así, casi casi trompicándome con maravilla tras maravilla, llegué al elevador que me llevaría a la exposición de Warhol. Rápidamente entré.
Tras semblanzas y preámbulos, me encontré con las cajas de jabón Brillo, y con el cuadro legendario de la sopa Campbell's.
La muestra más grande de Nueva York, tan superficial y tan herida, con las fotografías de nota roja, pero con las latas de Coca-Cola. Damien Hirst me ofrecía medicamentos con nombres de canciones de Sex Pistols. Chanel era una sierra eléctrica agresiva, como siempre. El sida era una montaña de dulces como una vida consumida según Féliz González-Torres. Un artista con una peluca rubia era Marilyn Monroe, Kurt Cobain y Paris Hilton, mientras que la disoluta heredera de los hoteles era María Antonieta. Michael Jackson era un buda dorado en el centro del cuarto, cargando a Bubbles. Stephanie Seymour, ex de Axl Rose y más conocida por ser "la novia de November Rain" era un trofeo de casa, como sirena semidesnuda de barco. Lou Reed y Nico me miraban fijamente desde una pantalla. Lou Reed era más guapo que todas las fotos que lo han mostrado y Nico era aún más misteriosa. Paredes retacadas de imágenes y flores felices japonesas, el kawaii multiplicado, sepultaban, se elevaban. Las nubes de Super Mario eran un resultado de algún alucinógeno, solas y eternas en un cuarto oscuro. Los reality shows, esos que tan mal nos caen, eran resultados de los experimentos de Andy: tanto The Real World como The Osbournes entraban ahí, obras de arte involuntarias.
Pero nada como el final, el cierre con broche de oro. En un cuarto tapizado con vacas rosas, globos plateados volaban por todos lados. Varios niños se divertían golpeándolos y la seguridad del museo los tenía que tranquilizar. Vacas, globos, y, de pronto, en el sonido ambiental, a todo volumen, The Velvet Underground se arrancaron con "I'm Waiting for the Man". He de estar drogada, pensé, dejándome ir por esa escena surrealista. Supongo que el de seguridad del museo me dejó tomarle fotos al asunto porque yo no cerraba la boca. Globos. Vacas. Lou Reed cantándole a las drogas. Si el arte no se experimenta así, yo no sé cómo se hace.
Pues esta Chelsea Girl ya había saludado a Andy. En las siguientes entregas hablaré de qué más fui a ver.






Sunday, November 18, 2012

The New York Trilogy

A decir verdad, le pongo a esto The New York Trilogy porque soy una poser fan de Paul Auster. En verdad no sé cómo va a estar dividida la trilogía, ni cómo nos la vamos a arreglar, pero bueno. Con que ustedes aguanten la narración de mis aventuras en Gringolania, con eso me quedo bastante tranquila.
Pues nos habiamos quedado en que, en la entrega pasada, tan pronto mi madre me dejó, yo me aventé a correr detrás de un hombre. El que ese hombre se llame Edwin van der Sar y siempre se las arregle para esquivarme es otra cosa. Yo al menos hice mi luchita, ¿no?
Ese día, al llegar del Columbus Circle bastante molida por andar persiguiendo al holandesito de mis sueños dorados, me encontré con que las chicas habían decorado la sala con motivos de Halloween. Ahora, les voy a presentar a las que, tal parece, somos residentes por largo tiempo: Melanie, una alemana de treinta y tantos años con actitud y cara de niña, muy alta y adicta a los deportes extremos; Isadora, una chica de diecinueve años, bailarina, vegetariana y con alborotados rizos que, además de todo, tiene voz y sonrisita de bebé; Sara, una chica española que trabaja aquí y que también lleva su larga melena negra despeinada; y Kimmie, habitante de Estados Unidos pero de raíces de Laos.
Pues ellas ya habían comprado una especie de telaraña de esas que parecen pelusa y un montón de arañitas de plástico y con ellas habían decorado la sala. La idea era ponernos a ver una película con un poco de decoraciones de Halloween, ya que Sandy nos lo había quitado. Pronto, yo ya había bajado toda clase de comida chatarra y decidimos disfrutar la noche con alguna de las películas que Sara tenía en su lap. La elegida fue Monthy Python and the Holy Grail. Definitivamente grandiosa, aunque yo no podía evitar sobresaltarme cada que entraba una de las monjas a ver qué estábamos haciendo, porque además tenían el tino de entrar justo cuando estaban las escenas más herejes. Al menos no se les ocurrió checar la pantalla de la lap.
Eso fue esa noche de Halloween atrasado. A la mañana siguiente salí a jugar a que soy una hipster y a ganarle a todos los de inglesas. Fui al Chelsea Market tan sólo para darme cuenta de que toda la ropa es carísima. Incluyendo una playera vintage de un tour de Bob Dylan más Tom Petty and the Heartbreakers que me encantó, pero... ¿noventa dólares?
Noventa dólares los que me quería gastar en la librería. Seré malinche de cochinada, pero no hay nada más bonito que ver una librería donde sí están los libros que te piden para la clase, o de los que has hablado con medio mundo y que no los tienes que pedir en Amazon. En fin, que salir de ese lugar con Blood Meridian de Cormac McCarthy bajo el brazo me hizo sentir que había gastado bien el día, por no hablar de los panes de chocolate con cerezas de Amy's Bread. ¡Soy hipster y qué!
A la mañana siguiente, lo que tenía que hacer era prepararme para las clases. El curso de Ética y Legalidad en Periodismo se iba a llevar a cabo en una academia cerca de mi casa. Así, aproveché para dar unas vueltas cerca del barrio. Desgraciadamente, cuando entro a Chelsea Guitars me atienden como reina, así que acabé comprando unas cuerdas de guitarra rosa neón tan nacas que van a servir maravillas para tocar glam. Oh sí. También aproveché para caminar a un edificio que mi madre y yo veíamos todas las noches y nos preguntábamos qué era. Resultó ser un edificio cercano a la Plaza Madison, donde hay una escultura igualita a un balón de futbol que quién sabe por qué razón misteriosa está ahí. También vi el edificio Flatiron.
La clase fue, aunque no lo crean, sencilla para mí en cierto modo. Tal parece que como en México siempre hay problemas legales y éticos con los periodistas tengo ejemplos para aventar por la ventana. Por cierto: amarillistas, el chico colombiano está conmigo. No, aún no nos hemos dado nuestros teléfonos. Ya mejor le voy a dar el teléfono al... pero eso, en el siguiente capítulo de las Crónicas de Nueva York.

Monday, November 12, 2012

Qué lejos tú, qué lejos yo... Confesiones de una fangirl desesperada. New York Edition


¿Qué? No porque sea NY voy a dejar de perseguir al amor de mi vida, ¿o sí? Y eso fue absolutamente lo que pasó. Mas empiezo desde el principio.
Ya había sido notificada yo de que Edwin van der Sar iba a pisar tierras neoyorkinas mientras yo estaba ahí. Y, obviamente, había despegado todo un operativo. Sabía que Edwin iba a correr el maratón de la ciudad; también sabía que, por obviedad, no se iba a detener a firmar autógrafos. Así, mi plan se limitaba a apostarme en algún lugar a esperar a que pasara y poder verlo.
Pero, como siempre, llega algo a cambiarme los planes. En este caso fue el huracán Sandy. Y es que resultó que el maratón fue cancelado. Así, yo me quedaba de nuevo sin la oportunidad de ver a van der Sar...
¿O no? Porque, ese día, al levantarme con el firme propósito de stalkearlo, lo primero que vi es que iba a ir al Central Park como a correr, aún así. ¡Ajá! Ni tarda ni perezosa me arreglé, guapísima, me abrigue y salí corriendo al metro para llegar a Central Park.
Cuando llegué, efectivamente, vi gente corriendo. Y no eran sólo un grupito: eran bastantes, de todas nacionalidades, aún cargando sus banderas o sus playeras defendiendo alguna causa. Así que sí había una especie de maratón, después de todo. Me senté pues a ver los corredores, ahora segura de mi eventual victoria.
¿O sería? Porque vi pasar daneses, otros holandeses, ingleses, pero nada que veía al escuadrón de la fundación van der Sar. Algo en mí empezó a dudar, pero luego luego se me vino a la mente la idea feliz: ¿por qué no caminar a contracorriente de los corredores? Yendo en su contra, de frente al río de gente, sin duda podría verlo. Y tomarle una foto.
Así, empecé a caminar. Siempre a contraflujo. Al poco rato me encontré a un leprechaun. También a un tipo que estaba corriendo sólo en calzones. Un montón de belgas rubios y guapísimos y no es albur. Pero nada de holandeses.
Entré a Twitter con mi celular gringo, que es una chiclera asquerosa, pero al menos deja twittear. Edwin acababa de anunciar que iba a dar la siguiente vuelta. ¿Tendría que presentarse, no? Pues seguí caminando.
En eso me encontré con la delegación mexicana. Cuatro tipos de Mexicali vestidos del Chapulín Colorado. Les eché porras. ¿Qué les digo? La variedad de personajes, infinitamente divertida.
Sin embargo, mi Edwin seguía sin aparecer, y yo seguía caminando, y seguía, y seguía... fue hasta que vi a un tipo con una playera que decía "Leon", al que yo ya había visto pasar, que empecé a dudar de mi plan. ¿Que sucedía con este maratón?
Otra revisada al Twitter derrumbó mi lógica. Edwin ya había terminando la carrera. Pero, ¿cómo lo podía haber hecho, escapando de mi vigilante ojo, que además se había aventado prácticamente todo el circuito principal del parque del lado del Upper West Side?
Extrañada, regresé al punto de partida, desandando el camino andado. Ahora no me di prisa: de cualquier manera, van der Sar ya había acabado la carrera. Así, caminé las lomitas, las pequeñas sendas, las escaleritas de Central Park, disfrutando de la quietud y de la tarde neoyorkina. En ese momento, comprendí por qué Chicago le compusieron una canción y por qué Lou Reed lo eligió para su día perfecto.
Llegué al lugar donde mi travesía había iniciado... y qué me encuentro. Pues con que había otra carrera corriéndose del Upper East Side que terminaba, justamente, donde yo había empezado a andar en sentido contrario. Lo que pasaba fue que como todo el mundo había armado su carrera como se le había dado la gana, nadie se molestó en poner una ruta oficial: por eso yo encontré tantos corredores. Pero Edwin van der Sar había corrido una carrera completamente diferente. Y para colmo, el desgraciado estaba subastando su playera sudada en Twitter por cantidades que yo no puedo costear.
En fin. Mis pies ya me dolían, así que enfilé hacia Columbus Circle para tomar el metro de regreso a casa. Para colmo, me equivoqué de metro, así que tuve que caminar más. Por lo pronto, me pueden felicitar: aunque sea caminando, me aventé un maratón neoyorkino no oficial, completito, idea y vuelta.
Y todo por un hombre.
¡Qué lejos, Penélope...!





Saturday, November 10, 2012

The Sandy Diaries. Epílogo.

El viernes amanecimos sin Camila, Alejandra, y Nerisa. Pero mi madre ya tenía la reservación de vuelo en la mano. Fue cuando me dijo que quería ir a ver el Central Park: que porque todo el mundo le había dicho que no podía marcharse de Nueva York sin haber conocido tan emblemático lugar. Accedí a su idea y una vez más caminamos hacia el Madison Square Garden, que ya se había vuelto nuestro lugar para abordar el metro, que seguía con el servicio alterado.
Llegamos, entonces, al Upper West Side, lugar de las fotografías de la revista Vanidades, de los departamentos lujosos, de las celebridades. Lugar del Nueva York que se regodea en el glamour y del que seguramente hablaba Frank Sinatra. Para nuestra mala suerte, el Central Park se encontraba cerrado debido a que varios árboles habían sido desgajados a causa del huracán. Además, los sanitarios portátiles de los trabajadores hacían que un nada envidiable olor a abono (no el de U2) flotara por los alrededores.
Mi madre, en ese momento, decidió que Chapultepec no apestaba tanto como el Central Park y sugirió que fuéramos a otro lado. Aprovechando nuestra localización, le dije que nos fuéramos al Museo de Historia Natural.
Pues bien, eso fue un éxito arrollador. Me volví a sentir niña, viendo esqueletos de dinosaurios, animalitos, películas del espacio y ballenas colosales colgando del techo. Fue un paseo larguísimo, pero definitivamente entretenido y muy disfrutable. De hecho, a mi madre y a mí nos hubiera gustado tomarnos unos daiquiris para cerrar con broche de oro la visita al museo, pero el restaurante texano donde los tomamos no se encontraba aún abierto, así que llegamos a la cena. Cenamos, y en ese momento a mí se me ocurrió hacer escala en el baño. No había terminado de acomodar mi linternita en la posición especial para esos momentos cuando vi un destello en el pasillo. Pensé que sería otra de las chicas, quien venía.
Era la luz.
La algarabía siguiente ya ni me dejó hacer lo que iba a hacer. Mejor me salí del cubículo sin hacer nada. Mi madre, emocionadísima, se acercó y me abrazó: la luz fue celebrada como si fuera un hermano al que llevábamos mucho tiempo sin ver. Comprendí que con la llegada de la luz, la historia de Sandy había terminado, y también la estadía de mi madre, a quien despedí a la mañana siguiente, en un taxi rumbo al JFK, mientras yo partía, por mi lado, a comprar mi despensa y a recoger la ropa a la lavandería.

Friday, November 09, 2012

The Sandy Diaries, pt. 3

En la entrega anterior, habíamos comido los sandwiches de pollo más extraordinarios de toda la vida, y nos fuimos a dormir. Cuando nos levantamos, la situación no había mejorado nada. Mi madre, por lo pronto, se encontraba bastante desesperada, ya que se le había terminado la ropa limpia: ella había llevado ropa contada para una semana. Entonces, entre la desesperación de no tener nada que hacer, se lanzó a ver si encontraba algo abierto, y yo detrás de ella.
Como no había metro, caminamos hacia donde decían que se encontraba la civilización: o sea, uptown. En el camino encontramos Penn Station, calle llena de hoteles y donde al menos se veían unos recovecos de luz. Fue ahí cuando vi el Madison Square Garden. Francamente, en ese momento lo que fuera que estábamos buscando (ropa) me valió un poco, ya que estaba viendo una de las arenas más famosas de todo el mundo en vivo y en directo. ¿Y es que quién no ha tocado en el Madison Square Garden? Ya hasta van a tocar los pinches nacos malparidos de Wisin y Yandel, por favor. Van a tener que desinfectar el Madison cuando lo hagan. O lanzar una bomba. Pero en fin.
Tras ese pequeño momento de éxtasis de mi parte, llegamos a una tienda de souvenirs. Mi madre empezó a buscar si había ropa para ella. Ironía: ella de tan mal humor por el huracán y todo lo que había en la tienda decía "I Love NY" En fin, que no había mucho que pudiera hacerle.
A la mañana siguiente, del miércoles, seguíamos sin tener señal ni luz. Sin embargo, la gente empezó a decir que ya habían conseguido señal unas calles más adelante y que la luz había llegado a lugares más céntricos. De nuevo volvimos al Madison Square Garden, que ya hasta se volvió como referencia para mí. En un lugar de comida rápida nos dejaron conectar nuestros celulares hasta que llegó uno de los trabajadores y nos echó, gritando que eso no era beneficencia, a pesar del estado de emergencia por el huracán. Al menos eso me permitió al fin comunicarme con la gente que no había sabido nada de nosotros desde que Sandy pegó por completo.
Digamos que esos tres días la rutina fue parecida. Al día siguiente, sin embargo, tuvo una pequeña variación. Ese jueves, Nerisa, otra argentina de las huéspedes, se unió a nosotras. Caminamos hasta encontrar un 7-Eleven cerca de varias tiendas de baratijas y cafés. Por cierto, paréntesis: creo que lo que odio de este lugar es que los 7-Eleven no tienen Smint.
Ese 7-Eleven también tenía una zona de mesas. Ahí nos sentamos con hot-dogs y chocolate de máquina. Pronto, Nerisa nos había contado toda la historia de su vida, de una forma curiosa, pero bastante entretenida. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue ver el cambio en la actitud de mi madre. Nerisa es una de esas personas a las que las cosas que han vivido les han hecho pensar que definitivamente, todo pasa por una razón (me doy de pinches topes con esa frase, siempre) o que todo deja una enseñanza (eso es doloroso, pero es cierto, aunque a veces me pregunto por qué razón nos sucede esa enseñanza... y, ok, ya me callo). Mi madre, que tan enojada estaba hasta hace unos días por Sandy, finalmente se suavizó. Supongo que el argumento ganador fue que no iba a llegar como otra turista de NY, sino como una sobreviviente a un huracán.
Estuvimos toda la mañana sentadas en la mesa del 7-Eleven, escuchando nuestras historias, usando el baño del Dunkin' Donuts vecino como pobres; envidiando el hecho de que sus lavabos ya tenían agua calientita mientras que nosotras nos habíamos dado baños a jicarazos con agua fría. En la tarde, volvimos para despedirnos de Alejandra y Camila, quienes ya habían conseguido vuelo para esa noche. A la mañana siguiente, a quien despedimos fue a la propia Nerisa, quien consiguió un boleto de autobús para irse con una amiga suya a Nueva Jersey. Habíamos escuchado que Jersey estaba peor, pero aún así Nerisa quiso ir para ver a su amiga, para respirar el aire del campo. Las dejamos ir, agradecidas porque ellas nos habían hecho el tiempo un poco más corto. Pero aquí las dejo. En la siguiente entrada, el epílogo de las aventuras con Sandy.

Wednesday, November 07, 2012

The Sandy Diaries pt. 2

En la entrega anterior, mi madre se había ido a dormir esperando un vuelo que la llevara de regreso a México. O al menos así habíamos quedado. Todavía en la mañana que hicimos el check-in de Aeroméxico todo en orden. Mi madre ya tenía las cosas recogidas y todo bien organizado porque así es ella, cuando salió de su cuarto hacia el mío. En el pasillo nos encontramos entonces a Alejandra, una mujer argentina con la cual mi madre ya había platicado algunas veces. Ella pareció sorprendida de que mi mamá tuviera programado un vuelo, y nos sugirió que checáramos bien, porque su vuelo había sido cancelado. En ese momento empezaron a entrar mensajes de mi hermano diciendo que mi papá había dicho que TODOS los vuelos desde y con rumbo a Nueva York habían sido cancelados. Pues nimodo. Aunque la pantalla decía otra cosa, me fui a Twitter, maravilloso Twitter que siempre tiene la última palabra en estos casos. Efectivamente: el vuelo de mi mamá ya se encontraba en la lista de los cancelados. No les tengo que decir que ella casi se tira por la ventana al enterarse de eso, ¿o sí?
Y como todo estaba cerrado, no tuvimos otra cosa que hacer más que quedarnos en casa, atendiendo tanto a los mensajes de mi papá, quien intentaba reponer el vuelo y nos mandaba a cada rato información. Sin embargo, la internet parpadeaba y funcionaba de manera irregular, lo que volvía la comunicación un poco difícil.
Fue al final del día cuando todo se fundió. La luz y con ella la internet y la bomba y el agua caliente. Y no sólo eso: también la red del celular. Incomunicación total. Para colmo, nos habían dicho que nos aprovisionáramos porque se acercaba el huracán. Como se trataba del primer huracán que me tocaba en la vida (bueno, a mi madre y a mí) nos aprovisionamos de todo el panqué que había en el super. No señores: aunque suene bonito, uno no puede sobrevivir a base de puro panqué. Confirmado. Para la noche nos estábamos muriendo de hambre, y mi madre estaba culpándome a mí, como si yo hubiera sido sobreviviente de huracanes toda mi vida. En eso estábamos cuando nos encontramos de nuevo a Alejandra y a su hija Camila. Ellas, sin más pestañear, nos dijeron que tenían pollo y pan y nos invitaron unos sandwiches de pollo. Señores, han sido los sandwiches más gloriosos de toda mi vida. Esperen la siguiente parte de los diarios del huracán.

Monday, November 05, 2012

The Sandy Diaries

Pues les contaba sobre la llegada de Sandy. Ese domingo, yo iba finalmente a conocer a mi amiga Caroline, (sí, esa con la que escribo novelas... pintorescas) gracias a una invitación a tomar el té. La cosa era hasta Brooklyn. Afortunadamente, el metro nos llevó a mi madre y a mí hasta allá, aunque estuvimos a pronto de volvernos a perder. Sin embargo, llegamos tras una llamada que le hice a Caroline y quedé de verme con mi mamá en Bryant Park.
En la reunión me la pasé bien. Fue muy agradable ver a una persona con la cual llevo años escribiendo. Además, tanto ella como su novio fueron muy amables conmigo, ofreciéndome té y pastel. También me gustó platicar con una chica que está haciendo su tesis de las guerrillas de droga mexicanas (nada arriesgada ella, tema feliz y casual). En la reunión, asimismo, se encontraba otro muchacho colombiano, ya estudiante de NYU de varios años y maestro en el Bronx, quien me hizo ver que allá un maestro gana lo suficiente para vivir en un departamento que sí, es un huevito, pero te deja sobrevivir y viajar; no como en México, que si eres maestro lo mejor es que te consigas otro trabajo o te mueres de hambre. En fin. También estaba con él su novia, chica de facha europea, pero medio mamona. Ella fue la que no me cayó de todo el grupito.
A la hora de retirarnos (temprano, pues amenazaban con cerrar el metro ante la llegada de Sandy) Caroline y su novio me acompañaron a mi parada de metro. De ahí, llegué directo a Bryant Park.
Mi madre ya estaba ahí, visiblemente alterada. Por un momento pensé que estaría preocupada de que algo me hubiera pasado al dejarme sola: pero no. La razón era diferente, y muy incómoda. Resultó que, por Sandy, todas las cosas cerraron desde las cuatro de la tarde. Eso no fue el mayor problema: cerraron todo, incluyendo los baños. Digamos que mi madre llevaba como dos horas buscando un baño. Nimodo. Seguramente el único baño sería el de la residencia. Ahí vamos de regreso al metro. Mala cosa: habían dicho que cerraban a las siete, pero ya desde las seis y media estaban pasando los últimos trenes. La espera fue larga, y para colmo nos subimos al tren A, el express (eso en ese momento yo no lo sabía) que se saltó varias paradas, dejándonos lejos de nuestro destino. En fin, que ya para no sufrir más mejor tomamos un taxi y así llegamos a la residencia. En el camino, mi madre se quejaba: que todo era una exageración, que los neoyorkinos estaban traumados porque siempre se les acababa el mundo, y así. Que qué bueno que ya se iba a la mañana siguiente... o eso pensaba ella. Seguiré informando.

Saturday, November 03, 2012

It's up to you, New York, New York, pt. 4

En la entrada anterior, antes de Sandy (a.S.) mi madre y yo habíamos llegado, sin querer, a Times Square, que resultó estar muy cerca de donde yo iba a estudiar. Letreros, luces por todos lados, ruido, puertas que se abrían y cerraban. El B. B. King Grill en un lado, los teatros con los musicales en otro. Confieso que... no me emocioné nadita. El lugar se me hizo muy saturado, muy ruidoso, lleno de basura, chafón.
Cuando al fin lo dejamos atrás, vi la una biblioteca, y el Bryant Park. Eso iba más acorde con mi idea de un lugar de estudio. Claro que el lugar donde iba a estudiar parecía un edificio de oficinas. Después me enteré de que NYU tiene sedes repartidas hasta por las coladeras.
Entré a la clase un poco tarde porque, claro, me perdí en los pasillos. Automáticamente el profesor me dijo:
-Estás en la clase correcta para estar perdida.
Travel writing, señoras y señores. Seis horas de clase que aún así disfruté bastante. Entre mis compañeras se encontraba una güera parecida a Elizabeth Banks a la cual menciono porque va y visita Tanzania y se sube al Kilimanjaro cada año, así casual, así como si fueran chicles. También estaba una señora rarísima, llamada Amy, supuestamente escritora de teatro, que siempre habla de forma misteriosa de su vida, de esas que parece que alguien las traumó en algún momento. Junto a mí se encontraba una chica rubia que hubiera hecho a cualquier connacional derretirse. También estaba una portuguesa de lentes, con excelente inglés y talento nato para la escritura de viajes, me cae de madres. Dos orientales, una que no participaba pero que hablaba y otra calladísima, a la que siento que ni la clase le gustó. El último, el único hombre además del profesor, se trataba de un chico colombiano, llamado Juan, quien, por cierto, tuvo el detalle de acompañarme a la hora del lunch. Un sandwich acá orgánico, hiper-hipster, en una mesita en el Bryant Park. No, gentuza, no tengo su teléfono, no hemos quedado en salir. La conversación fue divertida, sin embargo.
A la salida, lo que mi madre me acompañó a hacer fue a buscar un celular para poder comunicarme por acá (ella también estaba hasta la madre de Times Square). Conseguí una chiclera con la que ver Twitter ya es un logro, pero con eso me conformo. Con eso y con el empleado del Best Buy que dijo que mi hermano era un poser cuando le conté que quería el iPhone 5. Win!
Por eso, en la noche, cuando salimos por un gelato al Chelsea Market (mercado hipster) y caminamos por las calles viendo a las chicas con sus vestidos negros y graffittis de Joy Division, supe que me encanta este barrio, la Roma mejorada. Acá, Lou Reed y Jon Bon Jovi en una misma cuadra. ¿Qué más podía pedir?
A la mañana siguiente, de nuevo a clase. Pero no importó. La clase, genial como siempre, sobre todo cuando la chica que podría encantar a medio México confesó que era lesbiana y que se iba a pasar el fin de semana en un crucero lésbico (¿donde si no?) además de ser modelo. Amy fue rara como siempre, diciendo por ahí que en su vida "algunas cosas superan a la ficción" (y qué, ¿en las nuestras no?). Rachel (la rubia que se sube al Kilimanjaro como nosotros a las lomitas del Parque Hundido) llevó unas nueces pecanas cubiertas de chocolate con sabor orgásmico; la portuguesa leyó un texto de una playa de su país natal que yo hubiera comprado si yo editara una revista, y, bueno, el buen Juan me acompañó a comer una vez más. Quedamos en agregarnos a los Facebook. No, gentuza, no. El agregarse a Facebook no es nada.
Cuando salí de clase, mi madre ya se había comprado de las nueces con chocolate orgásmicas y me mostró una foto de ella en el Empire State, diciendo que hasta la Torre Latinoamericana (sí, esa del centro) estaba mejor. Caminamos hacia Victoria's Secret y Macy's, para buscar regalos y encargos. El Victoria's Secret estaba atascado de chavas rondando por todos lados como si regalaran la ropa interior, mientras que sus novios/esposos/amantes/acompañantes masculinos cargaban bolsas y miraban a la distancia en perfecto estado catatónico, del cual parecía que ni siquiera la idea de sus chicas en lencería podía salvarles.
Como la gente no quería informarnos del precio de las cremitas, nos pasamos a Macy's. El lugar vomitaba gente. Ocho pisos de tienda departamental. Hagan de cuenta Liverpool del Centro en venta nocturna, con las escaleras eléctricas igual de jodidas y la misma gente aventando zapatos. La verdad, después de un rato, yo también me encontraba hasta la madre. Lo bueno fue que al caminar a casa decidimos terminar el día en un restaurante de esos de costillitas, que, a pesar de no estar en el sur, nos sirvieron muy buena comida y unos deliciosos daiquiris de fresa.
Fue ahí cuando Sandy anunció su llegada. De la irrupción del huracán en mis planes seguiré informando la próxima entrega.