Monday, December 17, 2012

The New York Trilogy pt. 5: I Heard a Sparrow Sing (demasiada Guinness)

Quizá demasiada Guinness. No lo sé; sólo sé que ese día, al menos, me sentí como una lass de esas de los poemas, y me puse a soñar un poquito.
Había decidido ir al mercado de navidad a Bryant Park a comprar regalos y souvenirs y esas cosas... y chocolates. Y es que aquí en Nueva York hay un cabrón desgraciado que se hace llamar Max Brenner y hace los pinches chocolates más perfectos del mundo. Para mí que este cuate (es israelí, así que) descubrió la mina de la popó de Dios y de ahí la saca. No diré cuánto he gastado en chocolate ni cuánto me duran, pero supongo que se darán una idea.
El problema es que entre más pasan los días aquí en Nueva York yo me desvelo más porque pues tengo que hacer tarea y así, entonces me despierto más tarde. Así, cuando salí de la Residencia a cumplir mi cometido, ya iban a ser las dos.
Pasé al metro, a la estación que ya mejor conozco, la más cercana a la Residencia. Algo que aprendí a hacer acá en Nueva York por miedo a los psicópatas fue que, mientras espero el metro, me coloco cerca de una familia con niños chicos, de mujeres, o de grupos de chavos, para que así me vean acompañada.
Pues ese día yo ya había localizado a la familia en cuestión, y estaba parada cerca de ellos. La hija, una niña de no más de ocho años, entonces, empezó a dar vueltas alrededor de mí, supongo que por aburrimiento, en lo que llegaba el metro. Después de eso salió corriendo hacia otro lado, y casi se estampó con un par de tipos que estaban entrando. Uno de ellos incluso dijo "Careful" y la niña salió corriendo hacia otro lado.
El más bajito de los chicos volteó a verme, entonces. Rubio, barbita, ojos muy azules; una especie de doble región 3 de Ryan Gosling.
En ese momento me preguntó, con acentazo, que si yo era la niñera. Sonreí un poco al reconocer ese acento como irlandés. Sin embargo, tampoco se trataba de reconocer a la chamaca como mía, aunque la familia me diera seguridad. Dije que no, que nada que ver.
Un momento de silencio y de pronto me siguió la plática: "Wha' you call?" Así, con letras comidas y todo. Acento ebrio.
Le dije mi nombre y el interrogatorio continuó. Que de dónde era. Le dije que de México. Para mi sorpresa (a media risa y a media desaprobación) el irlandés parecía no tener ni idea de dónde se encontraba.
Tras un intento de clases de geografía, me rendí. Él no. Me preguntó qué estaba haciendo ahí. Mezclando un poco mis sueños frustrados y con ánimo de molestar un poco al Ryan Gosling miniatura, le dije que estaba estudiando literatura irlandesa.
"R'ly?" dijo él, incrédulo, antes de preguntar: "D'you want to 'ear some poetry?"
Le dije que sí, aunque en el fondo, en verdad me preguntaba qué demonios podría recitarme un tipo que ni idea tenía de dónde estaba México. Pues bien, él empezó a recitar, a trompicones (en ese momento todos los metros empezaron a llegar del otro lado, y entre el acentazo y el ruido, escuchar estaba muy difícil) una especie de canción tradicional irlandesa (o al menos a eso sonaba) de una sparrow que le cantaba una canción, pero que él no la conocía, así que tan sólo podía canturrear. Yo escuchaba, entre halagada por su dedicación, divertida por los trenes que pasaban y lo interrumpían, y finalmente desesperada porque otro amigo se había unido y ahora tenía a uno a su diestra y otro a su siniestra, riéndose hagan de cuenta como Beavis y Butthead.
Finalmente, supongo que fue ese detalle lo que me hizo recordar mi natural desconfianza curtida en la calles defeñas. Me pregunté si los amigos se estarían riendo de él o de mí; me recordé que ser una mujer sola ligada en el metro de Nueva York no sonaba necesariamente a cuento de hadas. Así que, mientras él luchaba por terminar sus versos, llegó mi metro, y yo ya había tomado una decisión.
"Este es mi tren," anuncié.
Él pareció decepcionarse un poco. Antes de irme, le extendí la mano en señal de despedida. Él al inicio hizo ademán de tomarla y luego la quitó. Ya saben, juegos tontos de muchachos. Hice cara de "Hombres, qué les vamos a hacer." Él me dio la mano entonces, mientras yo me subí al tren.
Una vez llegué a mi destino, aproveché mi plan gringo de internet. Me había quedado con la duda del final del poema. Sin embargo, aunque encontré una canción tradicional irlandesa que también hablaba de una sparrow, no se parecía a lo que él había recitado. Me hizo sonreír la idea de que hubiera estado improvisando algo para impresionarme... y también me dejó con la duda.
¿Qué sería el final del poema?
¿Acaso arruiné una historia de amor por mis dudas?
Ustedes juzguen.


Monday, December 10, 2012

The New York Trilogy pt. 4: The Great Gatsby

En la entrada pasada, todo el mundo se enteró de los traumitas que tengo con NYU. Bueno, pues ni se me habían quitado cuando decidí dar una vuelta por SoHo y una de las mojitas de la residencia me dijo que por qué no me iba a dar la vuelta con una de las chicas, con Isadora. Yo, francamente, había pensado en buscar el lugar en donde se erigía el legendario CBGB, pero con ella, digamos, aún no me sentí en confianza para hacerlo. Aún con la falta del rock, me rendí a los encantos de ese barrio neoyorkino.
Pero eso fue el domingo. El lunes, me decidí a ir a buscar Century 21, outlet que mi familia me había estado insistiendo, que porque la ropa era muy barata. Revisé el Google Maps y me di cuenta de que el lugar estaba cerca de donde alguna vez se encontraron las Torres Gemelas. Sólo necesitaba tomar un metro, así que eso hice.
Apenas salí del metro, mi mirada se fue para arriba. Ahí se levantaba el testimonio del orgullo inquebrantable gringo. Que si nos tiran una torre, pues levantamos otra. Ahí, a medias, se levantaba el nuevo WTC.
Caminé hacia él como por instinto, mientras en mi mente sonaba la oración que Bruce Springsteen le había compuesto a los muertos tras el 11 de septiembre, "Into the Fire": "May your strength give us strength, may your faith give us faith, may your hope give us hope, may your love give us love." El evangelio según Springsteen.
Casi casi termino entrando por equivocación a la construcción, así que cambié mi rumbo. Un monumento parecido a una flor roja gigante le rendía tributo a los muertos del atentado. Una mujer, sentada en las macetas que rodeaban la escultura, lloraba. Por alguna razón, esa visión me conmovió un poco.
De ahí, caminé hasta ver un Barnes & Noble; sin embargo, nada que veía el dichoso outlet. Viendo que me estaba alejando del WTC cuando el Google Maps me decía que estaba cerca de la torre, volví en la dirección donde había empezado...
Llegué atrás del WTC, a un parque, a un embarcadero. Al fondo, se veía la Estatua de Libertad. El sol brillaba sobre ella, como si quisiera recordarle el simbolismo. El río se juntaba con el mar, y los destellos me hicieron recordar lo que leía en los libros de escuela bilingüe que, sin querer, me adoctrinaron para querer a los vecinos del norte.
Pensé en los inmigrantes que llegaban en los barcos y que lo primero que veían era la Estatua, y ellos, a su vez, me llevaron a pensar en uno de mis libros favoritos: The Great Gatsby, sobre todo en el final, final que he paladeado varias veces, que me encanta, que se me hace una pieza de prosa perfecta. El momento en el que Nick Carraway mira y se imagina a los marineros holandeses descubriendo el nuevo mundo, fascinados ante la belleza de la isla. Nueva York, que yo creo que me atrajo porque le cambiaron el nombre... porque Nueva York en verdad, en algún momento de su vida, fue Nueva Amsterdam.
No podía seguir el camino de agua dorada hacia la estatua sin un barco, así que caminé en dirección opuesta. Separado por agua, se veía Brooklyn, la isla hermana que siempre ha vivido a la sombra de Manhattan en las revistas de moda y sociedad. En ese momento, me pareció que yo estaba en el lado glamoroso mirando al menos glamoroso, y, aunque fuera al revés, no pude evitar recordar a Gatsby, cuando mira al otro lado de la bahía, a donde la casa de su amor eterno, Daisy Fay, lo espera, agua el único obstáculo.
¿Cuánto tiempo había soñado yo con Nueva York? Me quedé mirando hacia Brooklyn, quizá esperando ver una luz verde como la de Gatsby que indicara que había alguien esperándome del otro lado, pero eso no sucedió.
Seguí caminando, volteando a ver el agua y a Brooklyn a mi izquierda, a los niños que jugaban en el pasto perfectamente recortado y verde del parque a mi derecha. Todos ellos se veían menores a los diez años, quizá de siete u ocho. En ese momento pensé que esos chicos habían crecido sin una falta que nos marcó a todos los que la vimos, alrededor del mundo. Ellos habían crecido y las Torres Gemelas ya no estaban ahí. Quizá las verían en los libros de historia, pero para ellos serán otra historia de terror, de esas que sólo están en los libros o en las películas. Ellos seguían jugando como si todo fuera la canción de Roxette de "June Afternoon". Alguien se detendría y les explicaría el significado del memorial, así como el taxista les explicaba a todos la historia de Gatsby.
El agua azul, el pasto verde, y detrás los edificios plateados. Nueva York se veía más hermosa de este ángulo. De hecho, pude confirmar que las Torres Gemelas tenían un lugar privilegiado. Desde su altura se podría ver la Estatua de la Libertad, Brooklyn, y Manhattan, esperando. Era como mirar al mundo que rodeaba.
En ese momento, pensé que eso de mirar a los alrededores desde un punto alto siempre ha tenido algo de soñado. Las Torres Gemelas dolían más no necesariamente por ser monumentos al capitalismo (siempre podrían haber metido un hombre bomba a Wall Street, supongo). Dolían porque eran encarnaciones imperfectas de un sueño. El sueño de los inmigrantes que llegaron por mar (se podía ver el mar) y de los que llegaban por tierra (se podía ver la tierra). Hasta de los que querían esclavizarse en algún trabajo bien pagado (se veía Brooklyn). Y unos hombres, igual de inocentes que Wilson, las habían destruido, pensando que estaban cortando la raíz de todo mal, cuando el mal es otro. Habían matado a Gatsby, quien igual no era tan inocente, pero no era malo.
Y luego, nadie le había llorado al soñador tan célebre. Por eso Nueva York es demasiado mamona, arisca, mala. Porque en el fondo, ha de resentir el "los gringos ya se la merecían". Ha de decir "Tanto que les gusta mis fiestas, mis árboles de navidad, mis luces, mis películas donde me muero, tanto, para que al final digan que eso me saco. Por ridícula, por puta, por ser lo que soy. ¿No les gustaba yo?"
¿Qué buscaba yo cuando les dije a mis padres, a mis quince años, que quería un viaje a Nueva York? No lo sé. Quizá un poco de fascinación mórbida con el 9/11, que acababa de pasar. Quizá quería probar que Nueva York era real y no algo de mi pantalla. Quizá había escuchado a Frank Sinatra muchas veces.
Luego la reimaginé con NYU.
Mi pasado, las pequeñas cosas de mi pasado, me habían llevado aquí. Yo, barco contra la corriente, empujada sin cesar hacia mi pasado, pensé, mientras emprendía la búsqueda del outlet una vez más. Se hacía tarde, me estaba dando hambre.
Ahora lo encontré. Estaba justo del lado en el que no había mirado, tan hipnotizada estaba con la nueva torre. Marcas, marcas. Racks, racks. Pero ninguna ropa de marca servía para cubrir la herida de Nueva York en la que yo me había detenido. Nueva York se seguía vistiendo de glamour para sus visitantes, pensé, ya que todos me habían recomendado que pasara a este outlet. Nadie me recomendó que fuera a Battery Park, a revisar el corazón herido de Nueva York, la encarnación de Gatsby, ilegal, llamativa, mentirosa, "who represented everything for which I had an unaffected scorn." Ya se me hacía raro que Lou Reed y Patti Smith la quisieran si fuera toda apariencia. Toda apariencia es para quienes se pasean por su cara, perfectamente maquillada... por sus miles de camisas de colores. En el fondo...
Debo de dejar de leer a Scott Fitzgerald.