Thursday, December 26, 2013

Recuento de libros 2013

Interrumpo mis atrasadas aventuras en NY para traerles esto: 2013, el año en el que volví a leer. Ya me hacía falta. En este momento estoy saturada con libros de teoría, así que no creo leer más en lo que resta del año. Pero por lo pronto, unas mini-reseñas de lo que me tocó disfrutar.

Cormac McCarthy, Blood Meridian. Por mucho, el libro que más trabajo me ha costado leer. De hecho, lo empecé desde el año pasado. Pero lo dejaba. En general, me tardé cuatro meses. Lo terminé en febrero. No es porque el libro sea malo: al contrario, McCarthy hace maravillas con la barbarie (excepto cuando ahoga a un par de perritos; por lo demás no me importan las tremendamente estéticas descripciones de bebés a los que les sacan el cerebro y cosas así--porque vaya descripciones). De hecho, recuerdo que hubo veces en que dejaba el libro al lado--porque no podía soportar que la prosa fuera tan perfecta. Así de plano. Leía una oración e iba a revolcarme por ahí, diciendo "¿Por qué no puedo escribir así?". Definitivamente, un tour de force no apto para los sensibles, un libro que palpita en tus manos, la puritita destrucción. Se requiere fuerza pero lo vale.

Edmundo de Amicis, Corazón, diario de un niño. Un libro que sólo leí porque es de los clásicos libros que todos deben leer. Aunque de pronto de veras pecaba de cursi, hubo dos o tres cosas que pensé, valdría la pena enseñarles a los muchachos de edad escolar para que fueran mejores personas (y quizá que hasta valdría la pena que nosotros los adultos recordáramos).

Josefina Vicens, El libro vacío. El reto del escritor frente a la página vacía, el reto del escritor frente a la ausencia de su vida. Una historia contada a base de puras ausencias y uno de los libros más maravillosos que he leído. Vi ahí mi tesis y mis traumas.

Dashiell Hammett, The Maltese Falcon. Si bien el caso hizo que me devorara el libro, algo que me chocó fue no poder sentir empatía por los personajes. El detective (que ni me acuerdo del nombre, así me cayó) pasado de engreído y de macho. La femme fatale, demasiado chillona e hipócrita, previsible que ella no era inocente desde el párrafo tres. La única que me preocupaba era la secre del detective, la divina Effie Perrine. De hecho, sabía que si la mataban, por ella sí sufriría. Por los demás no. Gran caso, sin embargo.

María Luisa Mendoza, De ausencia. Con ese título, yo esperaba algo similar al libro de Vicens o a mi tesis; en vez de eso, me encontré con una onda loquísima de SEXO SEXO SEXO, vocabulario mexicanísimo y peculiar, y ah qué enredos. De que me divertí, me divertí, pero ahora pienso cómo demonios le hará un traductor para pasar al inglés un libro con la palabra "cacurrea".

Ignacio Solares, Anónimo. Otra que me mantuvo al filo del asiento. A pesar de que fue escrita hace varios años, es una novela tremendamente actual, con temas como la paranoia, qué tan vivo estás cuando vives a medias... Tras varias escenas impactantes, el final se me antojó curioso, aunque tampoco puedo pensar en una mejor manera para concluir la novela.

Manuel Puig, El beso de la mujer araña. Desde el momento en que la comencé a leer, dije: "Estos dos se van a acabar enamorando y van a terminar mal". Dicho y hecho. Lo que no evitó que la novela, gay gay GAY, me volviera loca. El poder del amor en una conversación, en revelar demasiado de ti, en compartir, en cariño y finalmente en tragedia. Si la dejaba era porque de plano me ponía a chillar. En la novela se medía el dolor en boleros, pero yo le medí en rock ballads y me salió igual. Para romance, esta novela, Danielle Steel qué.

Oscar Wilde, Lady Windermere's Fan. Ya sé, raro que no la había leído, pero Wilde siempre es una delicia, punto.

William Butler Yeats, "Cathleen ni Houlihan". Es Yeats, le tengo cariño, pero mi mamonería joyceana se molesta un poco cuando escribe para el pueblo o para impresionar a Maud Gonne. Aún así, esta obrita nacionalista tiene su encanto.

Maud Gonne, "Dawn". Maud Gonne you pinche alborotadora you.

St. John Ervine, Mixed Marriage. Historia de amor trágica entre católica y protestante con una heroína medio spineless. Medio meh.

John Millingston Synge, "Riders to the Sea". What came from the sea has returned to the sea. Esa frase es de un videojuego, pero no pude dejar de relacionarla con la obra. Y qué fuerte ver cómo una madre te condena a muerte si no te da la bendición. Se supone que es Irlanda, pero... ¿a poco no eso suena muy mexicano?...

Peadar O'Donnell, Wrack. You run like a river runs to the sea. Tears like a river to the sea. Y eso es U2, pero en esta obra está la relación con el mar: lo que da comida pero quita vidas. Interesante la onda que se traen los irlandeses con el mar.

Elizabeth Bowen, The Heat of the Day. Grata sorpresa. Me imaginaba un triángulo amoroso entre chica plain, espía inglés y femme fatale entradita en años: lo que me encontré fue la historia de gente viviendo fuera del tiempo. En Londres, porque la Segunda Guerra Mundial hacía que la gente viviera pensando que el día siguiente podría ser el último; en Irlanda, porque en la isla neutral no pasaba nada. Un libro un poco difícil de leer por el hecho de que en varias escenas parece que no pasa nada, pero eso es el chiste.

Colum McCann, This Side of Brightness. Tanto mis compañeros como profesora lo odiaron, pero yo no puedo decir lo mismo. Si bien es cierto que hay unas cosas en el libro que son garrafales (errores básicos de edición, como decir una fecha en una página y cambiarla a la siguiente; escenas con un yuppie que se masturba y se lame su semen como si hubiera salido de una novela de Bret Easton Ellis y un personaje principal parte negro-parte irlandés-parte nativo americano quien además tiene problemas mentales y es homeless... nomás le faltaba ser parte chino, parte mexicano, manco, daltónico, republicano y fan de Justin Bieber) hay cosas como las cicatrices que dejan los inmigrantes en Nueva York... la redención, las resurrecciones... bueno, otra novela que me puso a revolcarme de dolor. Quizá fue mi historia personal con NY, pero le tengo un amor y un rencor... Claro que ganó un premio que con semejantes errores no se merecía ganar, lo que hace pensar que está arregladísimo el premio (lo malo) o que a lo mejor uno puede ganar un premio con una novela llegadora aunque mal editada, así que no hay que dejar de escribir (lo bueno)...

Oscar Wilde, De Profundis. PORQUE NO HAY MEJOR MANERA DE DESQUITARTE DE TU NOVIO GAY VIVIDOR QUE ECHÁNDOLE SUS VERDADES Y TU SABIDURÍA A LA CARA. LO AMO.

A eso agreguemos poesía y muchos ensayos... a ver si les da curiosidad algunos de éstos, y a ver qué tal el año que viene... aunque la tesis...

Tuesday, October 22, 2013

The New York Trilogy part 12: Walking 'round the Guggenheim...

Canción de Sheila Nicholls la cual me tocó vivir. Y es que en mi visita al Guggenheim me pasó que la exposición, las obras de Picasso en blanco y negro, se vieron aniquiladas ante la arquitectura del edificio.

La rotonda, dominante. Te hace mirar hacia arriba desde el momento en que llegas. Vueltas, y vueltas. Picasso tan sólo distracción. Caminé alrededor del Guggenheim pensando que la obra de arte era el museo mismo, con respeto al cubista y a los demás representantes del arte moderno que vi en otras salas, ya fuera del alcance de la rotonda.

Sin embargo, de una de las ventanas del museo, vi que un atardecer espléndido se acercaba a las copas de los árboles en Central Park. Y fue con lo que me encontré al salir. El cielo dibujado entre naranjas y azules, el lago tranquilo, ni tan frío. De pronto, a pesar de que las exhibiciones en el Guggenheim no me impresionaron, me asaltó un tremendo amor por el edificio, por el parque, por la ciudad.

De pronto, recordé a Lou Reed con su, me parece, única canción de amor, "Perfect Day". Y súbitamente, tuve una revelación: la canción no es dedicada a ninguna mujer... u hombre, si recordamos las tendencias sexuales de Reed. La canción es su declaración de amor a la ciudad. "Just a perfect day, drink sangria in the Park... then later, when it gets dark, we go home". Sí, algo así, excepto que yo no tenía sangría, pero tenía al Guggenheim.

Por algo Lou Reed se declaró NYC Man.

Y a la mañana siguiente, hamburguesas con Kimmie, hablar de nuestra vida, ver Big Fish con las chicas... fue, en ese momento, supongo, cuando mi comunión con Nueva York inició, pero faltaba más. La ciudad legendaria se habría de encargar de darme la última estocada. Ya luego les cuento, de cualquier manera.

Tuesday, July 09, 2013

The New York Trilogy part 11: Wall Street Blues

Después de la hermosa visión en Chelsea, digamos que me pasé unos días viendo juegos del Manchester United y trabajando en los ensayos finales, pensando en cuán rápido se había pasado el tiempo. De hecho, le había prometido a mi mamá llevarle una bolsa que habíamos visto en el Chelsea Market y no había cumplido la promesa, así que decidí hacerlo ese viernes.

Sin embargo, no contaba con el hecho de que en mi acostumbrada llamada matinal, se me informara que mi tía Araceli había muerto de cáncer. Hermana de mi papá, estaba enferma desde antes de que yo me fuera, pero no pensé que yo ya no pudiera verla. Por un momento me sentí mal, pero decidí salir, dispuesta a no dejar que la depresión me venciera.

En fin, enfilé a alguna calle del Soho, buscando la boutique según lo que decía la página de internet. Tuve que pasarme como tres veces frente al edificio que tan sólo ostentaba otra boutique para darme cuenta de que lo que decía la página no existía. En fin. Entonces, como ya estaba cerca de la punta de la isla, decidí ir a conocer la prácticamente mítica Wall Street.

Me perdí entonces, entre la gente que quizá me veía sospechosa al no usar traje, entre los miserables y los poderosos, hasta pararme frente al New York Stock Exchange. Aquí. El odio, el amor, el color del dinero. American Psycho, el socialismo, los guapísimos trajeados, the bond selling. Todo. No pude evitar tomarle una foto al letrero. Era de mito.

Fue así como me di cuenta de que ya anochecía, y me di cuenta que, efectivamente, estaba bastante perdida. Caminé sin rumbo, sintiendo como Wall Street amenazaba con aferrarse a mí, con no dejarme ir, con devorarme. Era poético y amenazante. Finalmente, llegué a territorio conocido en Battery Park.

Y Battery Park me esperaba con una de las vistas más maravillosas de mi viaje: una tremenda y anaranjada puesta de sol sobre el agua, sobre la separación de Manhattan y Brooklyn. El sol iluminaba las islas, el líquido, los barcos. Mientras, a mis espaldas, las luces, reflejando el mismo naranja se encendían, poquito a poco, en movimiento ensayado.

Efectivamente. Era como si la canción de "The Downtown Lights" de The Blue Nile, estuviera siendo representada ante mis ojos.

No pude hacer menos que dirigirme hacia la puesta del sol y agradecer a los poderes supremos; tomarla como una señal de que no me dejarían partir sin extrañar, sin amar a la ciudad y a esos sentimientos encontrados de yo, cargando un muerto en mi corazón, caminando por el lugar que huele a dinero, a muerte quizá, y ultimadamente a redención, en una puesta de sol. Mi Wall Street, después de todo.






The New York Trilogy pt. 10: Angel of Chelsea

No me importa que me digan que mi blog va atrasado; yo así lo manejo y punto. Da igual, estoy empezando a pensar que de cualquier manera nadie me lee.

Pero aunque no me lean, igual les voy a contar la linda historia del ángel de Chelsea que me encontré el día que fui al MoMA. Claro que sí. Son de lo mejor que me ha pasado. Pero bueno, sin más preámbulos...

Ese día, 26 de noviembre, yo había decidido visitar el Irish Arts Centre; pensaba que era un museo y que podría encontrar cosas que ayudaran a mi tesis. Así, sin más, medio guiándome por mi inseparable mapa, tomé el metro hasta Midtown y de ahí empecé a caminar hasta la 10a u 11a Avenida, a donde se encontraba el centro. Me aventé un montonal de cuadras, así que cuando al fin llegué, me sentí un poco decepcionada al ver un edificio sin siquiera ventanas; tan sólo con unos pabellones que anunciaban que era el Irish Arts Centre. Parecía más bien una escuela.

La puerta estaba abierta para todos. De ahí, sólo había una escalera gigante que, tal parece, llevaba a salones. No había nadie en la recepción. Se me quitaron las ganas de seguir explorando, así que simplemente tomé una revista que se encontraba ahí y me marché. Mientras caminaba vi a la gente formada para asistir a shows y hojeé la revista. Cursos de gaélico a los que no podría asistir porque ya se llevaban a cabo en marzo. También una fiesta coctelera con Liam Neeson y Gabriel Byrne que, obviamente, me había perdido. En fin.

Empecé a caminar de regreso al metro, pero al ver mi reloj me di cuenta de que todavía era medio temprano y pensé que regresar a la residencia sería día desperdiciado. Entonces, rumbo a la estación, me salió al encuentro el MoMA. Pues de una vez, pensé.

He de decir: del MoMA al Met, prefiero el Met. Sin embargo, fue un poco bizarro y entretenido pasar a una venta de garage filmada. Esa era la obra de arte. Una venta de garage. Encontrar cosas como discos de N*Sync de navidad y antiguas antologías literarias, además de un auto sin motor, tenía su encanto.

También había fotografías, una exposición de arte japonés setentero (que ya desde entonces presagiaba las controversias que se pueden ver en varios anime) y cuadros que yo conocía: Picassos, Cezannes, Mondrianes (¿será ese el plural?) y, en momento único, "El Grito" de Munch.

Ahora, yo ya estoy acostumbrada a que con el pobre Grito hagan lo que les hinche el huevo (¿portadas de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, anyone?) que decidí que tenía que verlo por pura cultura pop. La fila estaba larguísima, pero yo ya había dejado de tener prisa. Además, por alguna milagrosa razón, avanzamos rapidísimo.

Afortunadamente, se podía tomar fotos--y qué bueno, porque fue en lo primero que pensé al ver al Grito, el verdadero Grito, enfrente de mí. Tan sólo viéndolo así, de frente, uno se da cuenta de la fuerza que tiene. Aunque el cuadro parezca pintado con crayola, juro que se puede sentir la fuerza, la desesperación. Es más; se podría decir que el cuadro sí da un poquito de miedo. Tomen eso, memes (porque la verdad, el cuadro sí está tan usado que parece meme).

Claro que, antes de salir, pasé por la tienda del museo. Ahí sí me chingaron. Todo lo que no compré en el Met me lo compré ahí. Ya cuando llegué a la caja, llena de postales, posters, cuadernitos e imanes (y eso que me aguanté y no compré unas playeras de los Rolling en el MoMA que estaba chingonas) y me dijeron la cuenta, casi lloro. Pero eso me saco por pendeja... y creánme, en esa tienda, uno neta se apendeja.

Caminé, con mi precioso cargamento, ahora sí hacia la estación del metro... buscando otra que no fuera la de la calle 50, porque no me gustó. Así, me di todo un paseo por el Midtown. Eran ya las cinco, horas de la cena, y veía salir a los ejecutivos jóvenes, guapos, con su traje, a comer cortes importados con buen vino; a los seguramente turistas agolpándose para buscar boletos para un show; los árboles, encendidos con luces. En ese momento, tan sólo recordé cuando había aterrizado en el JFK; se me hizo tan lejano el día y no podía dejar de pensar en esa rola bellísima de U2, "Angel of Harlem". Después de todo, estaba caminando por la 53: "Birdland down in 53, the street sounds like a symphony". No sé, en ese momento en verdad sentía el amor por Nueva York que mencionan las playeras. "New York like a Christmas tree, tonight the city belongs to me".

Con ese ánimo llegué al metro y finalmente a la 23, cerca de la residencia. Ahora sí ya estaba cansada. En ese momento, me detuvo un muchacho sentado detrás de una mesa. Llevaba un curioso gorro de oso, lo que no escondía, a pesar de la parduza tarde, su cabello medio largo, igual de parduzco, y sus ojazos azules. Iba vestido con jeans y chamarra negra. Así como me gustan. Bueno, en verdad eran dos muchachos, pero el otro era más parecido al gringo típico de spring break: cabello corto, alto, medio mamey. Más el tipo de mi amiga Vero.

En fin, que el muchacho me dijo que si no quería firmar algo para tener energía eléctrica más barata... que dar una firma a su causa significaría menos cargo al recibo de luz, y así. Que sólo tenía que dejar la calle donde vivía, mi nombre y mail. Obviamente, si fuera residente de Nueva York...

Les dije que me encantaría ayudar, pero que desgraciadamente no vivía en la ciudad. De ahí, empezó la plática de de dónde era y qué andaba haciendo por ahí, prácticamente guiada por el chico que me había gustado. Conté que estaba estudiando un curso, que venía de México, y que me hubiera gustado ayudar a dos muchachos guapísimos como ellos, pero que desgraciadamente no se podía.

No sé por qué dije eso de los muchachos guapísimos así porque sí. Yo creo que se me salió. De hecho, había pensado en decir "un muchacho tan guapo como tú" pero eso sí era aventársele sin meter las manos. Prácticamente lo dije para que pareciera una generalización y no un lance de canes loco.

Sin embargo, no me esperaba, para nada, la reacción de los muchachos ante mi diálogo, en el cual, por cierto, los llamé "striking", en inglés. Sí, guapísimos. El muchacho que me había gustado me miró, ojos claros, de por sí ya grandes, muy abiertos.

-Do you really think we're striking?

Bueno, no pensaba eso de su compañero, pero nimodo de decirle...

-Yes, of course I think you're striking...

Bendita ambigüedad del pronombre. En ese momento, el muchacho salió de detrás de la mesa. Sus ojos brillaban.

-You made my night. Really.

Y así, sin avisar, me tomó de la mano y la besó. Como caballero a su princesa. No supe cuánto me sonrojé, al ver a semejante belleza, con sus ojos grandes, sonriéndome, aceptando un cumplido de mi parte como una bendición. Podría haber culpado del rojo de mis mejillas al viento frío, supuse, porque todo era maravilloso.

Cuando el chico se separó de mí, aún sonriendo, su compañero dijo que él también quería agradecerme. Lo podría haber omitido, pero ya qué. Me iba a ver muy mal. También recibí un beso en la mano de parte del otro chico.

En resumen, que me alejé caminando, cantando más U2. Feliz con mi Angel of Chelsea. Ya después se me ocurrió que como era el barrio gay, que a lo mejor ambos chicos eran pareja... pero bueno. El besito nadie me lo quita. SO LOOOONG... ANGEL OF CHELSEA!!!

Tuesday, May 07, 2013

The New York Trilogy, pt. 9: govinda, jaya jaya


Antes de que tengan que preguntar qué demonios significa eso, les voy a contar de que mi siguiente parada en Nueva York tras Thanksgiving. Bueno, antes de eso, tuve un sábado maravilloso que implicó ver el partido del Manchester United contra el Queens Park Rangers con mis hermosos van Nistelrooy y van der Sar en las tribunas (taco de ojo holandés perfecto) y de ahí, en la noche, fui a visitar un restaurante hindú con las chicas, experiencia completamente nueva para mí, quien nunca había probado la comida india.

Llegamos a uno de esos restaurantes donde parece que el dueño esconde algo ilegal en el sótano. Sara, quien había hecho la reservación, al ver que éramos las únicas en el lugar, sugirió que nos sentáramos cerca de la ventana, para huir por ahí si algo pasaba (sic). Por fortuna, nada pasó y la comida estuvo deliciosa. Kimmie, acostumbrada a los sabores especiados, pidió pollo en una salsa picante, la cual hubiera estado bien para comerme la mitad del plato, pero hasta ahí. Sara e Isadora, las más entusiastas, terminaron pidiendo un naan de queso: el tradicional pan hindú, también bastante bueno. Lina pidió un revoltillo que parecía tinga con chicharrón en salsa verde. Yo, por mi parte y gracias a las múltiples recomendaciones de mi amiga Caroline, pedí un pollo tandoor que estuvo perfecto.

Terminamos el día viendo Annie Hall y aún con el sabor de la exótica comida en la boca: tanto que, cuando Isadora nos dijo que si la acompañábamos al templo Krishna que estaba visitando porque al final había comida gratis, ninguna de nosotras lo dudó. Creo que todas sucumbimos ante la idea de unas samosas de papa.

Sin embargo, cuando la hora se acercaba, todas (excepto Isadora, claro) nos estábamos arrepintiendo, arrastrando el domingo de hueva con nosotras. Al final, prácticamente lo que nos hizo ir fue la idea de las SAMOSAS GRATIS.

Tomamos el metro hacia Brooklyn cuando eran las 6:30 de la tarde más o menos. Claro que en Nueva York ya estaba todo oscuro. Bajamos en una estación que yo reconocí como la estación en la que me había bajado cuando me perdí rumbo a casa de Caroline. Bueno, pues el templo estaba justo afuera, prácticamente.

Entramos. El templo se ve muy moderno; yo no sé que esperaba. En la sala principal está sentado, con los ojos cerrados y como si hubiera alcanzado el Nirvana, el no sé qué-quién-sabe-cuántos-Prabhupada, quién sabe qué número de encarnación de Krishna en la tierra. Por ahí, gente de varios grupos étnicos, incluyendo una señora acá bien hipster, bailaba cerca de un altar que estaba tapado.

Sara, Kimmie y yo (Lina se escapó del compromiso) nos sentamos en unas sillas plegables que estaban alrededor del cuarto. Algo así como cuando yo no quiero bailar con nadie en casa de mi abue. Isadora fue la única que se sentó en el piso, mirando atentamente hacia el altar cubierto. Finalmente, nosotras también decidimos seguir un poco su consejo de "blend in" y nos sentamos... pero con todo y nuestras bolsas, porque uno no puede fiarse, a pesar de que todo el mundo hubiera dejado sus posesiones materiales atrás. En fin. Tras otro rato más de bailecito, la banda con los tambores (irreverente yo) empezó a tocar más rápido y en ese momento se abrió el altar. Dos figuras, una de cara blanca y una de cara más bien dorada, usando unos vestidos la mar de barrocos que despeñaban flores y piedras brillantes, se asomaron por detrás de la cortina. En ese momento todos los fieles cayeron de cara al suelo. Aprovechando que nadie me veía, quise tomarle fotos como buena mexicana y buena naca; desgraciadamente, las fotos no salieron muy bien ya que las quise tomar rápido para que nadie me llamara la atención y el brillo de los vestidos de la deidad, aunada a los focos del altar, crearon un efecto charolazo que no dejaba ver nada. Las tuve que eliminar.

Y pues que empieza la adoración pero en serio. Un sacerdote Krishna con cara de molesto empezó a soltar latigazos de agua bendita tan fuertes que nos cayeron hasta a las que no estábamos en la primera fila. Luego vino el bautizo del fuego. Damitas con un pebetero te lo pasaban por la cara y tú tenías que poner las manos encima del fuego y luego pasarlas por tu cara. Eso, claro, yo lo hice con muchas ganas sintiéndome bien exótica y de mundo. Luego, el mantra. Hare krishna, hare krishna, krishna krishna, hare hare. A pesar de que el hambre ya comenzaba a hacer estragos conmigo, yo le seguía, porque bien que me sentía George Harrison.

Había pasado una hora y creo que al menos Kimmie y yo ya estábamos pensando en que la adoración había estado divertida y en samosas cuando salió un tipo gringo, también vestido a la manera de los hare krishna, a hablar de la traducción que había hecho del Bhagavad-Gita. Con todo y grabaciones. El problema fue que nos agarró de ingenieros de sonido. Tras contar cómo había estudiado el Bhagavad-Gita y como todos deberíamos de hacerlo para ser salvados por Krishna, decidió poner su primera grabación, su segunda grabación, y su tercera grabación para que la juzgáramos. Yo, para esto, volteaba a ver al Algo-Prabhupada para ver si no había perdido la concentración en su meditación cuando me fijé bien en sus manos y me di cuenta de que era una figura de cera (fail). Justo cuando yo había llegado a esa conclusión, Kimmie se volteó a decirme que Sara PENSABA que el Prabhupada era una estatua. Le dije que Sara tenía razón y eso jodió la poca atención que ya traíamos Kimmie y yo. Mientras el traductor del Bhagavad-Gita seguía explicando y haciéndonos escuchar su lectura, ella y yo empezamos a pensar en hamburguesas con queso y papas, lo que ya es pecado porque ellos promueven el vegetarianismo. De hecho, tan mal estábamos que empezamos a cambiar los diálogos de Krishna con el héroe Arjuna por comida. "Hijo, he aquí tu... plato de cheeseburgers."

Entre que moríamos de risa y de hambre, se nos terminó la otra hora de escuchar el Bhagavad-Gita entre risas ahogadas. Al final, mientras Isadora aún se daba otra estiradita, Kimmie, Sara y yo discutíamos el hecho de que habíamos estado a punto de rendirnos pero que nos íbamos a desquitar con la comida hindú. ¡Samosas a nosotras! O eso pensábamos. Cuando bajamos al comedor (vegetariano) media comunidad krishna brooklynita ya estaba ahí. Y no había samosas de papa ni naan de quesito. Había arroz con azafrán que a mi jefa le sale pinche mil veces mejor, un revoltijo de espinacas con algo que iba a provocar que me sacaran de Estados Unidos por usar gas lacrimógeno en un templo krishna (if you know what I mean), algo como dulce y una dona gigante.

Pues igual nos pusimos a esperar nuestra comida. En eso, neoyorkino random se acercó para hacer amigas. Guiándonos por nuestro instinto fatalista, Sara, Kimmie y yo lo evitamos, pero Isadora inmediatamente le hizo plática. Chale. Luego se sentó en nuestra mesa y no dejaba de invitarnos para navidad y la siguiente misa y... bueno. Yo me comí la dona, el arroz y lo dulce y evité la mezcla gaseosa.

De regreso, Isadora entabló plática con otra neoyorkina random quien se puso a hablarle a una muñeca en el siguiente vagón. Maravilloso. Yo, sintiéndome cada vez más Daniel Quinn, me recargué en el asiento del tren mientras mascullaba, junto con mis amigas, el hare hare, hare krishna... que fácil tuvimos pegado toda la siguiente semana. Kula Shaker hubieran estado orgullosos de mí.




Tuesday, April 16, 2013

The New York Trilogy pt. 8: Thank U

Antes que nada: ya regresé a escribir mis tan pospuestas aventuras en NY. Yo sé muy bien que el número de comentarios de spam es inversamente proporcional a la cantidad de gente que le importa esto, pero bueno. Veamos...
Mi primera cena del Día de Gracias se llevó a cabo en la Residencia, por supuesto. La verdad, yo había temido que ese día se me viniera encima la nostalgia de casa...
Pero no. Como buena turista, pude disfrutar de la tradición. Y con todas las chicas de la Residencia, lo que en cierto modo, nos unió como una pequeña y simpática familia (ay, sí).
Como ha pasado mucho tiempo desde la última entrada, les recuerdo a mi entourage, si es que no lo había hecho antes: Isadora, la brasileña bailarina; Sara, española trabajando ahí por un rato; Kimmie, laosiana-americana también en búsqueda de una oportunidad ahí; y para esas fechas ya se había unido Lina, una coreana de vacaciones quien se había hecho amiga de Sara.
Llegamos puntuales a la cita de la cena. Pronto la escalera estaba llena de mujeres de todas nacionalidades, aspectos y tamaños, quienes ya teníamos hambre. La verdad, dio ternura entrar al comedor y ver que las monjas habían decorado el lugar con esas imágenes que los niños pegan en sus bulletin boards de primaria. Todo para hacer el lugar más agradable. También fue un poco sorpresivo llegar y ver como mil monjas, cuando nosotras estábamos acostumbradas a ver como a tres. Pero en fin...
Tras una breve plegaria (¿qué no eso era todo el punto?) llegó la cena. Para mí, los manjares se me antojaban exóticos, sabrosos, todo. Pavo, el relleno aparte (no sé a qué demonios sabe el relleno, pero para mí fue hipnótico: me serví como tres veces de eso); puré de papas dulces con un malvavisco arriba (it was bloody awesome) y elote. Con sidra. Digamos que sí la disfruté.
Quedamos tan atascadas de relleno que decidimos salir a caminar. Ahí vamos, las chicas y yo, rumbo a Central Park, para ver los globos del desfile de Macy's antes de que el desfile se llevara a cabo. Ya había despliegue de seguridad para que nadie intentara pasarse de listo, a pesar de que un par de chavos junto a nosotras llevaba una bolsa rellena de caca (es neta). Aún así, no sucedió ningún cagón incidente y sí muchas fotos.
Porque claro que no salí a ver el desfile al día siguiente. Además, los únicos buenos eran Hall & Oates. Mejor echar la hueva y punto.
¿Porque al día siguiente era Black Friday? Naaaah, para nada. Habíamos quedado en visitar Korea Town, menos popular que la china, más céntrica (Y Lina, la coreana, no fue). Comimos unos deliciosos panes rellenos de carne y yo no pude dejar de lado el helado de yogurt de Nutella (I mean it) que rellené con frambuesas.
Mas Sara nos había prometido visitar la panadería coreana para comer un postre delicioso. Yo iba rellena como el mismo pavo, pero aún así las acompañé.
Yo me había imaginado algo quizá más exótico, mas la panadería tenía todo el estilo occidental. Estaba llena pero aún así me compré una rosca rellena de queso crema y nueces para mis múltiples desayunos pequeños, mientras Sara e Isadora nos mostraban su postre trofeo: un bol relleno con muchísimo helado de té verde, variedades de frutas y gomitas de sabores indefinidos. Le di algunas cucharadas; bastante sabroso a pesar de su aspecto titánico.
Mientras comíamos el helado, nos pusimos a platicar de lo que íbamos a hacer una vez que todas, aves de paso, dejáramos Nueva York. Un sentimiento de nostalgia se empezó a apoderar de nosotras, sobre todo cuando Sara dijo que le gustaría que hiciéramos algo para despedirla. Ella iba a pasar una temporada con su novio en Los Ángeles; después regresar a España para trabajar un año, volver a ahorrar, y volver a viajar.
Kimmie, por su parte, quería conseguir un trabajo, ya fuera en la misma Nueva York o en otra ciudad; y de ahí ahorrar para rentar un bote e irse a navegar, a conocer las islas griegas. Por su parte, Isadora esperaba terminar su año en la escuela de baile en la ciudad y de ahí salir a bailar en las calles, ganando dinero para viajar alrededor del mundo. Espíritu hippie, la chamaca.
Obviamente, yo les hablé acerca de mi idea de regresar a México, sacar mi título y de ahí conseguir la maestría en Liverpool, lo que me hizo prometerle a Sara que iría a visitarla a Barcelona, a pesar de que ella amenazó con llevarme a un juego de los culés. ¡Oh, no, por favor!
Terminamos el día paseando por una tienda de las que todo cuesta 99 centavos. Estábamos buscando un árbol de navidad chiquito para que Isadora lo pudiera tener en su cuarto durante las fechas decembrinas. No encontramos eso, pero encontramos refrescos y jabones a 99 centavos, por no decir de una bolsa de Halls para mí. Eso fue mi Black Friday, y lo disfruté mejor que si me hubiera ido a las tiendas. Por cosas como esa sí vale la pena estar agradecida.

Tuesday, January 15, 2013

The New York Trilogy pt. 7: bitch, please!

Tengo mucho derecho a decirlo. Y es que, ese momento, al menos en mi egocéntrica mente, di pelea en una batalla contra modelos de Victoria's Secret. ¿Cómo? Veamos.
Ya había asistido a la mentada tiendita de lencería a comprar perfumes y cosas para regalos: fue ahí cuando me dijeron que, si quería algo divertido, las angelitas esas de Victoria iban a estar firmando autógrafos. Recibí un volante con sus caras. Decían que había acceso a una fila VIP o algo así. Whatever. Le llamé a mi hermano más por chingar que por otra cosa. Obviamente, él me dijo que quería una foto de ellas. Se la tantalicé un rato, por seguir jodiendo. Sabía que iba a acabar haciéndolo.
Bien, pues llegué ese día a comprar más regalitos y a meterme a la famosa fila. La fila VIP decía que tenía que comprar un mínimo de 70 dólares. Llegué con mi cajita de regalitos de 35 dólares decidida a pagarla y a formarme en la fila de los pobres.
Pues que me van diciendo que la fila de los pobres no existía. ¿Cómo? Así como lo oí. O sea, si querías ver a las modelos tenías que pagar 70 dólares, sí o sí. Estuve a punto de mandar todo a la chingada y le avisé a mi hermano. Automáticamente se puso a rogar que no lo hiciera. Le dije que yo no planeaba gastar otros 35 dólares por ver a dos viejas. Se ofreció a pagar lo que fuera a comprar. Bueno, pues a buscar mercancía para completar. Tras vagar por la lencería y convencerme de que no la iba a necesitar a menos de que David Bowie me violara en Central Park, me decidí por unos mallones de 50 dólares (y era barato).
Pues fui a presentar mi ticket. Me dijeron que la fila estaba afuera. Era una fila a la que yo había querido colarme llegando y que no lo hice porque la vi muy corta. En fin. Me acomodé ahí, con mi bolsota, junto a una chica que estaba ahí formada y tan campante. De hecho, me preguntó muy quitada de la pena, que si había que consumir para tener derecho a ver a las modelos. Le dije que sí. Ella no se inmutó y dijo que confiaría en su suerte para ver si la dejaban pasar.
Al tanto, ya me había dicho su nombre (que no recuerdo) y me había hablado de su profesión. Estaba estudiando un curso en el FIT (Fashion Institute of Technology) y había venido a ver a las modelos tan pronto se había enterado y aprovechando que había salido pronto de clase. No era el primer show al que asistía: ya había tenido la oportunidad de ver a Alessandra Ambrosio en no sé qué evento en donde también se había colado sin pagar, aprovechando que una amiga suya había pagado. O sea, que no sólo entusiasta de la moda, sino también gorrona profesional.
En fin. La fila se empezó a mover, afortunadamente, más rápido de lo que pensaba. Sí iba a llegar a tiempo para la firma y para mis clases. La chica en ese momento me dijo que dijera que íbamos juntas. Ya conociendo su gorrón historial, le dije que no había problema.
Entramos y en ese momento ella exclamó: "OMG! ¡Es el bra de un millón de dólares!" Volteé hacia donde ella señalaba. Se trataba de un bra decorado con cristales verdes. ¿En serio? pensé. Les ofrezco 70 mil pesos y digan que les fue bien.
Finalmente, llegamos a la fila. Un montón de guaruras y maquillistas bloqueaban la vista de las modelos. Dos chicas enfrente de nosotras, una oriental y una musulmana extendieron el ticket con su compra conjunta. El guarura sacudió la cabeza y dijo que un ticket significaba que tan sólo una de las chicas podía pasar. O sea que, de a ticket por cabeza. La gorrona al menos tuvo la decencia de decirme que pasara yo porque yo había hecho el gasto. Las vecinas de enfrente se decidieron por que pasara la musulmana.
En ese momento las vi a las dos. Miranda Kerr y Candice Swanepoel.
Y me decepcioné.
Ya sé que van a decir que la envidia habla, mas yo esperaba ver a mujeres cuya ultraterrena belleza me hiciera sentir asombrosamente patética y tuviera serias repercusiones en mi autoestima. La verdad es que eso no pasó. Miranda Kerr tiene una cara perfectamente proporcionada, quizá demasiado perfectamente proporcionada. Alta. No mucho pecho. Candice era una Barbie Malibú cualquiera, bronceada, la sonrisa millonaria. También con poquito frente. Me sorprendí ante su falta de voluptuosidad, quizá porque esperaba que siendo modelos de lencería lo fueran más. Claro que son perfectamente naturales. Pero, incluso en su naturalidad, en su perfección innata, había algo que a mí no conseguía convencerme. Recordé a las chicas que salían del metro, con su cabello a la pixie y sus ojos vivarachos, las piernas largas envueltas en leggings y abrigo. Pa qué les voy a negar que, entre mi búsqueda de hombres guapos, sí había volteado a ver a dos que tres chavas y hasta se me había escapado un "Ay, mamacita".
En resumen, que en ese momento las preferí a ellas que a los Ángeles de Victoria.
Fue mi turno para la foto. Una confianza inusitada se apoderó de mí. "Pues si ellas son bellas con lo que tienen, yo también, y yo tengo más, qué chingados."
Make love to the camera, then. Ensayé mi pose y hasta la sonrisa, como si yo fuera la modelo y no ellas. Después de todo, no llevaba nada que me estorbara: los guaruras se habían quedado con mi mercancía y hasta con mi abrigo. De hecho, para las que querían un autógrafo: no se podía pasar ni con cuadernitos, gracias.
Pasé a recoger mi foto. La verdad, había salido bastante bien. Salí de ahí con mi mercancía innecesaria, mi foto de salón, y con la autoestima hasta el techo. Y qué mejor manera de festejarlo que con un hot-dog del 7Eleven. Seguiré informando.

Wednesday, January 02, 2013

The New York Trilogy pt. 6: Adieu, fair guitar, adieu!

En la entrada anterior les conté de mi fallida aventura romántica con un irlandés en el metro; sin embargo, acá las cosas son de arriba y adelante, así que a la mañana siguiente tomé el metro hasta los jardines botánicos de Brooklyn (aunque admito, me hubiera gustado que el trío de hijos de Joyce se me volviera a aparecer mientras esperaba).
Cuando llegué a los jardines, prácticamente me colé al ver que no había nadie en la taquilla. Caminé un rato por los cerezos secos y los invernaderos desiertos. Al inicio el lugar me pareció simplón, pero mientras más avanzaba, por los lagos de los jardines estilo japonés, bajo los tonos ocres y dorados de las hojas otoñales, me pareció un lugar adecuado para perderse. De hecho, eso ayudó a sacar un poco mis ondas románticas a lo Keats, y me daban ganas de escribirles odas a las bancas y a las plantas y a los pajarillos. Eso y dos tipos que se pusieron a cantar "Every Rose Has Its Thorn". Bueno, sólo uno cantaba; el otro reía. Uno que desgraciadamente se parecía a Robert Redford y que me hubiera gustado fuera el cantor para un poco de bonding, no como su amigo, que estaba más feo. Chin.
Pero para bancas y odas el día siguiente. Ese día salí originalmente a NYU, pues quería asistir a un evento de lengua irlandesa. Sin embargo, una de las monjas me pidió ayuda para bajar unas cosas. Nimodo que le dijera que no. Sin embargo, la ayuda tomó más tiempo de lo que yo había estimado. Cuando al fin llegué a NYU, la puerta para el evento ya estaba cerrada, y me dio pena irrumpir como Peter por su casa. Ya qué;  de nuevo al SoHo mejor, en búsqueda de una bolsa que mi mamá había visto en el Chelsea Market, bolsa que en vez de asa tenía un aro metálico que permitía que la bolsa se usara tipo pulsera. Yo visité el sitio de internet, según yo me memoricé la calle, y salí a buscar la boutique.
Sin embargo, caminando por SoHo me distraje viendo las otras tiendas, los tipos que venían viniles desde sus coches aparcados. De hecho, pensé en reencontrar el lugar donde había visto el logo de los Stones, cuando había salido con Isadora.
Pues no encontré nada de eso. Finalmente, al ver que estaba llegando a la frontera con Chinatown, decidí darme la vuelta y simplemente buscar una estación de metro que me llevara de regreso a la Residencia. Así, terminé en una calle llamada Broome, caminando rumbo a Broadway, al menos para salir a algún metro.
En eso estaba cuando vi, a lo lejos, un letrero que decía Rudy's Music. Pensando que sería otro lugar de venta de viniles, estaba decidida a pasar de largo...
Hasta que me asomé al escaparate.
Guitarras, muchas de ellas con cristalitos injertados, creando dibujos y patrones caprichosos. Definitivamente atraída por el vistoso espectáculo, entré.
En ese momento, me quedé con la boca abierta. Guitarras, de todos tipos, colores, marcas, diseños, vanguardistas, clásicas, brillaban ante mí. A donde quiera que volteara había un fino espécimen de seis cuerdas, brillando como si las hubieran pulido.
Así que entenderán mi suprema confusión y sorpresa cuando, para complementar el cuadro, salió un muchacho rubio, de la nada, preguntándome muy amable que quería, mostrando una fila de dientes blancos, perfectos, además de los ojos azules y demás. Hagan de cuenta, el embrión de un modelo de Abercrombie; de esos que aunque ni mi tipo son, tengo que admitir que son muy bellos. Digamos que por un momento, ese lugar se me figuró a la puerta de entrada al cielo.
Ante tanto arrobamiento, lo único que pude hacer para responderle al chico de la sonrisa del millón fue tartamudear, hasta que pude articular:
-Let me get my tongue back.
Él tan sólo se rió y contestó:
-Don't worry, lots of people react like that when they come in here.
Bueno, al menos yo no era la única lela. En fin. Me puse a dar vueltas por la tienda, intentando cerrar la boca, en vano. Epiphones, Telecasters, Rickenbackers, Gibsons, modelos rarísimos, custom made, con Swarowskis, hechas de metal, de madera, de lo que se dejara. Las preciosas Stratocasters.
Subí las escaleras a un anexo de puras guitarras acústicas, a donde el chico rubio había subido tras saludar a un cliente de manera muy familiar. Ahí me di cuenta que el chico o se llamaba o le decían Chaz. Pues Chaz estaba hablando con el cuate sobre la guitarra de Andrés Segovia de tal manera que me di cuenta de que no sólo era bien guapo, sino también connoisseur. Ay.
En el piso de abajo, había electroacústicas y hasta ukuleles. Ahí, un hombre de cabello alborotado y lentes que por alguna razón me recordaba un poco a Al di Meola estaba sentado junto a otro hombre quien veía a su hija tocar. Así como tocaba, la chica sonaba a que podría ser una Nancy Wilson futura.
En fin. Que di más vueltas, incapaz de irme, no sabiendo si quería a Chaz, a las guitarras, o todo junto. Pensé en sacar fotos, pero me daba pena. Justo cuando empezaba a sentirme altamente estúpida, el tipo parecido a di Meola se acercó a mí, y entonces vi que se trataba de Rudy, el dueño.
Un poco apenada por andar vagando por su tienda sin rumbo, me disculpé y le pedí permiso para tomar fotos. Pues bien, el señor Rudy no únicamente me aseguró que yo no era una rara tonta y me dio permiso para tomar las fotos, sino que además me ofreció conectarme una guitarra para que tocara. La que yo quisiera. Así nomás. Rápido dije que no, argumentando que no soy tan buena, lo que es verdad: además de que ahí estaba blueseando un argentino a toda madre y la mini Nancy Wilson... bueno, que yo me sentí cohibida. Pero el señor Rudy insistió: que aquí nadie te dice nada, todos estamos muy a gusto, dime cuando estés lista. OK.
Pues prácticamente me comí la tienda a fotos, mientras pensaba si me animaba o no. Finalmente, mi sueño de tener una Strat me ganó. No importaba que fuera a hacer el ridículo. Iba a tener una Fender Stratocaster entre mis manos.
Dejé de tomar fotos y le dije al señor Rudy que estaba lista. Pedí la Strat: él me trajo una preciosa guitarra rojo cereza, un cable, y la conectó a un ampli profesional, antes de decirme que era toda mía.
Y ahí surgió el otro problema. Y es que en el momento en que tuve la guitarra en la mano, se me olvidaron todas las canciones que me sabía. Así de plano. Simplemente, no podía acordarme. La fascinación de tener una Fender Stratocaster genuina entre mis manos era equivalente a conocer a cualquier guitarrista que la hubiera tocado. Esta era un arma de los dioses, ¿de dónde a mí tal honor?
Toqué algunas cuerdas al azar, deslicé mis dedos, hice algunos bends. Tras un rato de tontear, aún sin creer que estuviera tocando una Strat, me puse a tocar la primera rola que había "sacado": "Free Fallin'" de Tom Petty. El señor Rudy la reconoció y sonrió. Pensó que no estaba tan mal, me parece, a pesar de que yo tuve que admitir que la emoción me había hecho olvidar las cuerdas.
-They will all come back to you in a moment- me aseguró.
Y sí, algo así. De pronto, me encontré tocando algunas baladas rock, y terminé tocando algunos minutos de "Heartbreaker" de Led Zeppelin. Al menos, para no verme tan indigna.
Aún así, no podía dejar pasar el momento, así que le pedí a Rudy que me tomara una foto, para no olvidar el asunto. Lástima que mi mamá se había llevado la cámara, y tomar fotos con mi celular es un pedo. Que la foto salió algo movida, pero se nota la guitarra, y eso es lo importante.
Finalmente, dejé la guitarra a un lado. Había llegado el momento de partir; pero no podía dejar de agradecerle a Rudy por la oportunidad. Él parecía un poco conmovido de verme tan emocionada: tras comentarme que los hijos de Brad Whitford de Aerosmith compraban ahí sus guitarras, su plática se desvió a que cuándo volvería. Le dije que sólo estaba ahí estudiando un rato. Él entonces me dijo que tenía que volver, al menos a decirles adiós a ellos y a la guitarra. Prometí que así lo haría. Rudy entonces me regaló una plumilla, y yo, que no podía irme así, sintiendo que me había aprovechado de su gentileza, compré un slide: que tengo uno, pero le queda enorme a mis delgados dedos.
Salí de ahí sintiéndome tremendamente feliz con la vida. En mis manos aún pesaba, como un beso de celebridad, la Fender Strat roja. Caminé por SoHo buscando la estación de metro, pero ya sin prisa. De hecho, hasta entré a una tienda llamada Evolution, donde hay esqueletos, insectos disecados, y demás cosas extrañas, sólo por divertirme. Un muchacho con cara de muñeca y lentes de hipster me atendió. Le dije, de broma, que buscaba algo para hacer brujería, a lo que él inmediatamente dirigió mi atención a un surtido de huesos (en serio). Ya no compré nada ahí porque andaba de pobre, pero salí celebrando la belleza de los jóvenes neoyorkinos. Adieu, young blonde images of beauty!
Y la Fender Strat en mis sueños con ellos, como diría Steve Vai.