Tuesday, January 15, 2013

The New York Trilogy pt. 7: bitch, please!

Tengo mucho derecho a decirlo. Y es que, ese momento, al menos en mi egocéntrica mente, di pelea en una batalla contra modelos de Victoria's Secret. ¿Cómo? Veamos.
Ya había asistido a la mentada tiendita de lencería a comprar perfumes y cosas para regalos: fue ahí cuando me dijeron que, si quería algo divertido, las angelitas esas de Victoria iban a estar firmando autógrafos. Recibí un volante con sus caras. Decían que había acceso a una fila VIP o algo así. Whatever. Le llamé a mi hermano más por chingar que por otra cosa. Obviamente, él me dijo que quería una foto de ellas. Se la tantalicé un rato, por seguir jodiendo. Sabía que iba a acabar haciéndolo.
Bien, pues llegué ese día a comprar más regalitos y a meterme a la famosa fila. La fila VIP decía que tenía que comprar un mínimo de 70 dólares. Llegué con mi cajita de regalitos de 35 dólares decidida a pagarla y a formarme en la fila de los pobres.
Pues que me van diciendo que la fila de los pobres no existía. ¿Cómo? Así como lo oí. O sea, si querías ver a las modelos tenías que pagar 70 dólares, sí o sí. Estuve a punto de mandar todo a la chingada y le avisé a mi hermano. Automáticamente se puso a rogar que no lo hiciera. Le dije que yo no planeaba gastar otros 35 dólares por ver a dos viejas. Se ofreció a pagar lo que fuera a comprar. Bueno, pues a buscar mercancía para completar. Tras vagar por la lencería y convencerme de que no la iba a necesitar a menos de que David Bowie me violara en Central Park, me decidí por unos mallones de 50 dólares (y era barato).
Pues fui a presentar mi ticket. Me dijeron que la fila estaba afuera. Era una fila a la que yo había querido colarme llegando y que no lo hice porque la vi muy corta. En fin. Me acomodé ahí, con mi bolsota, junto a una chica que estaba ahí formada y tan campante. De hecho, me preguntó muy quitada de la pena, que si había que consumir para tener derecho a ver a las modelos. Le dije que sí. Ella no se inmutó y dijo que confiaría en su suerte para ver si la dejaban pasar.
Al tanto, ya me había dicho su nombre (que no recuerdo) y me había hablado de su profesión. Estaba estudiando un curso en el FIT (Fashion Institute of Technology) y había venido a ver a las modelos tan pronto se había enterado y aprovechando que había salido pronto de clase. No era el primer show al que asistía: ya había tenido la oportunidad de ver a Alessandra Ambrosio en no sé qué evento en donde también se había colado sin pagar, aprovechando que una amiga suya había pagado. O sea, que no sólo entusiasta de la moda, sino también gorrona profesional.
En fin. La fila se empezó a mover, afortunadamente, más rápido de lo que pensaba. Sí iba a llegar a tiempo para la firma y para mis clases. La chica en ese momento me dijo que dijera que íbamos juntas. Ya conociendo su gorrón historial, le dije que no había problema.
Entramos y en ese momento ella exclamó: "OMG! ¡Es el bra de un millón de dólares!" Volteé hacia donde ella señalaba. Se trataba de un bra decorado con cristales verdes. ¿En serio? pensé. Les ofrezco 70 mil pesos y digan que les fue bien.
Finalmente, llegamos a la fila. Un montón de guaruras y maquillistas bloqueaban la vista de las modelos. Dos chicas enfrente de nosotras, una oriental y una musulmana extendieron el ticket con su compra conjunta. El guarura sacudió la cabeza y dijo que un ticket significaba que tan sólo una de las chicas podía pasar. O sea que, de a ticket por cabeza. La gorrona al menos tuvo la decencia de decirme que pasara yo porque yo había hecho el gasto. Las vecinas de enfrente se decidieron por que pasara la musulmana.
En ese momento las vi a las dos. Miranda Kerr y Candice Swanepoel.
Y me decepcioné.
Ya sé que van a decir que la envidia habla, mas yo esperaba ver a mujeres cuya ultraterrena belleza me hiciera sentir asombrosamente patética y tuviera serias repercusiones en mi autoestima. La verdad es que eso no pasó. Miranda Kerr tiene una cara perfectamente proporcionada, quizá demasiado perfectamente proporcionada. Alta. No mucho pecho. Candice era una Barbie Malibú cualquiera, bronceada, la sonrisa millonaria. También con poquito frente. Me sorprendí ante su falta de voluptuosidad, quizá porque esperaba que siendo modelos de lencería lo fueran más. Claro que son perfectamente naturales. Pero, incluso en su naturalidad, en su perfección innata, había algo que a mí no conseguía convencerme. Recordé a las chicas que salían del metro, con su cabello a la pixie y sus ojos vivarachos, las piernas largas envueltas en leggings y abrigo. Pa qué les voy a negar que, entre mi búsqueda de hombres guapos, sí había volteado a ver a dos que tres chavas y hasta se me había escapado un "Ay, mamacita".
En resumen, que en ese momento las preferí a ellas que a los Ángeles de Victoria.
Fue mi turno para la foto. Una confianza inusitada se apoderó de mí. "Pues si ellas son bellas con lo que tienen, yo también, y yo tengo más, qué chingados."
Make love to the camera, then. Ensayé mi pose y hasta la sonrisa, como si yo fuera la modelo y no ellas. Después de todo, no llevaba nada que me estorbara: los guaruras se habían quedado con mi mercancía y hasta con mi abrigo. De hecho, para las que querían un autógrafo: no se podía pasar ni con cuadernitos, gracias.
Pasé a recoger mi foto. La verdad, había salido bastante bien. Salí de ahí con mi mercancía innecesaria, mi foto de salón, y con la autoestima hasta el techo. Y qué mejor manera de festejarlo que con un hot-dog del 7Eleven. Seguiré informando.

Wednesday, January 02, 2013

The New York Trilogy pt. 6: Adieu, fair guitar, adieu!

En la entrada anterior les conté de mi fallida aventura romántica con un irlandés en el metro; sin embargo, acá las cosas son de arriba y adelante, así que a la mañana siguiente tomé el metro hasta los jardines botánicos de Brooklyn (aunque admito, me hubiera gustado que el trío de hijos de Joyce se me volviera a aparecer mientras esperaba).
Cuando llegué a los jardines, prácticamente me colé al ver que no había nadie en la taquilla. Caminé un rato por los cerezos secos y los invernaderos desiertos. Al inicio el lugar me pareció simplón, pero mientras más avanzaba, por los lagos de los jardines estilo japonés, bajo los tonos ocres y dorados de las hojas otoñales, me pareció un lugar adecuado para perderse. De hecho, eso ayudó a sacar un poco mis ondas románticas a lo Keats, y me daban ganas de escribirles odas a las bancas y a las plantas y a los pajarillos. Eso y dos tipos que se pusieron a cantar "Every Rose Has Its Thorn". Bueno, sólo uno cantaba; el otro reía. Uno que desgraciadamente se parecía a Robert Redford y que me hubiera gustado fuera el cantor para un poco de bonding, no como su amigo, que estaba más feo. Chin.
Pero para bancas y odas el día siguiente. Ese día salí originalmente a NYU, pues quería asistir a un evento de lengua irlandesa. Sin embargo, una de las monjas me pidió ayuda para bajar unas cosas. Nimodo que le dijera que no. Sin embargo, la ayuda tomó más tiempo de lo que yo había estimado. Cuando al fin llegué a NYU, la puerta para el evento ya estaba cerrada, y me dio pena irrumpir como Peter por su casa. Ya qué;  de nuevo al SoHo mejor, en búsqueda de una bolsa que mi mamá había visto en el Chelsea Market, bolsa que en vez de asa tenía un aro metálico que permitía que la bolsa se usara tipo pulsera. Yo visité el sitio de internet, según yo me memoricé la calle, y salí a buscar la boutique.
Sin embargo, caminando por SoHo me distraje viendo las otras tiendas, los tipos que venían viniles desde sus coches aparcados. De hecho, pensé en reencontrar el lugar donde había visto el logo de los Stones, cuando había salido con Isadora.
Pues no encontré nada de eso. Finalmente, al ver que estaba llegando a la frontera con Chinatown, decidí darme la vuelta y simplemente buscar una estación de metro que me llevara de regreso a la Residencia. Así, terminé en una calle llamada Broome, caminando rumbo a Broadway, al menos para salir a algún metro.
En eso estaba cuando vi, a lo lejos, un letrero que decía Rudy's Music. Pensando que sería otro lugar de venta de viniles, estaba decidida a pasar de largo...
Hasta que me asomé al escaparate.
Guitarras, muchas de ellas con cristalitos injertados, creando dibujos y patrones caprichosos. Definitivamente atraída por el vistoso espectáculo, entré.
En ese momento, me quedé con la boca abierta. Guitarras, de todos tipos, colores, marcas, diseños, vanguardistas, clásicas, brillaban ante mí. A donde quiera que volteara había un fino espécimen de seis cuerdas, brillando como si las hubieran pulido.
Así que entenderán mi suprema confusión y sorpresa cuando, para complementar el cuadro, salió un muchacho rubio, de la nada, preguntándome muy amable que quería, mostrando una fila de dientes blancos, perfectos, además de los ojos azules y demás. Hagan de cuenta, el embrión de un modelo de Abercrombie; de esos que aunque ni mi tipo son, tengo que admitir que son muy bellos. Digamos que por un momento, ese lugar se me figuró a la puerta de entrada al cielo.
Ante tanto arrobamiento, lo único que pude hacer para responderle al chico de la sonrisa del millón fue tartamudear, hasta que pude articular:
-Let me get my tongue back.
Él tan sólo se rió y contestó:
-Don't worry, lots of people react like that when they come in here.
Bueno, al menos yo no era la única lela. En fin. Me puse a dar vueltas por la tienda, intentando cerrar la boca, en vano. Epiphones, Telecasters, Rickenbackers, Gibsons, modelos rarísimos, custom made, con Swarowskis, hechas de metal, de madera, de lo que se dejara. Las preciosas Stratocasters.
Subí las escaleras a un anexo de puras guitarras acústicas, a donde el chico rubio había subido tras saludar a un cliente de manera muy familiar. Ahí me di cuenta que el chico o se llamaba o le decían Chaz. Pues Chaz estaba hablando con el cuate sobre la guitarra de Andrés Segovia de tal manera que me di cuenta de que no sólo era bien guapo, sino también connoisseur. Ay.
En el piso de abajo, había electroacústicas y hasta ukuleles. Ahí, un hombre de cabello alborotado y lentes que por alguna razón me recordaba un poco a Al di Meola estaba sentado junto a otro hombre quien veía a su hija tocar. Así como tocaba, la chica sonaba a que podría ser una Nancy Wilson futura.
En fin. Que di más vueltas, incapaz de irme, no sabiendo si quería a Chaz, a las guitarras, o todo junto. Pensé en sacar fotos, pero me daba pena. Justo cuando empezaba a sentirme altamente estúpida, el tipo parecido a di Meola se acercó a mí, y entonces vi que se trataba de Rudy, el dueño.
Un poco apenada por andar vagando por su tienda sin rumbo, me disculpé y le pedí permiso para tomar fotos. Pues bien, el señor Rudy no únicamente me aseguró que yo no era una rara tonta y me dio permiso para tomar las fotos, sino que además me ofreció conectarme una guitarra para que tocara. La que yo quisiera. Así nomás. Rápido dije que no, argumentando que no soy tan buena, lo que es verdad: además de que ahí estaba blueseando un argentino a toda madre y la mini Nancy Wilson... bueno, que yo me sentí cohibida. Pero el señor Rudy insistió: que aquí nadie te dice nada, todos estamos muy a gusto, dime cuando estés lista. OK.
Pues prácticamente me comí la tienda a fotos, mientras pensaba si me animaba o no. Finalmente, mi sueño de tener una Strat me ganó. No importaba que fuera a hacer el ridículo. Iba a tener una Fender Stratocaster entre mis manos.
Dejé de tomar fotos y le dije al señor Rudy que estaba lista. Pedí la Strat: él me trajo una preciosa guitarra rojo cereza, un cable, y la conectó a un ampli profesional, antes de decirme que era toda mía.
Y ahí surgió el otro problema. Y es que en el momento en que tuve la guitarra en la mano, se me olvidaron todas las canciones que me sabía. Así de plano. Simplemente, no podía acordarme. La fascinación de tener una Fender Stratocaster genuina entre mis manos era equivalente a conocer a cualquier guitarrista que la hubiera tocado. Esta era un arma de los dioses, ¿de dónde a mí tal honor?
Toqué algunas cuerdas al azar, deslicé mis dedos, hice algunos bends. Tras un rato de tontear, aún sin creer que estuviera tocando una Strat, me puse a tocar la primera rola que había "sacado": "Free Fallin'" de Tom Petty. El señor Rudy la reconoció y sonrió. Pensó que no estaba tan mal, me parece, a pesar de que yo tuve que admitir que la emoción me había hecho olvidar las cuerdas.
-They will all come back to you in a moment- me aseguró.
Y sí, algo así. De pronto, me encontré tocando algunas baladas rock, y terminé tocando algunos minutos de "Heartbreaker" de Led Zeppelin. Al menos, para no verme tan indigna.
Aún así, no podía dejar pasar el momento, así que le pedí a Rudy que me tomara una foto, para no olvidar el asunto. Lástima que mi mamá se había llevado la cámara, y tomar fotos con mi celular es un pedo. Que la foto salió algo movida, pero se nota la guitarra, y eso es lo importante.
Finalmente, dejé la guitarra a un lado. Había llegado el momento de partir; pero no podía dejar de agradecerle a Rudy por la oportunidad. Él parecía un poco conmovido de verme tan emocionada: tras comentarme que los hijos de Brad Whitford de Aerosmith compraban ahí sus guitarras, su plática se desvió a que cuándo volvería. Le dije que sólo estaba ahí estudiando un rato. Él entonces me dijo que tenía que volver, al menos a decirles adiós a ellos y a la guitarra. Prometí que así lo haría. Rudy entonces me regaló una plumilla, y yo, que no podía irme así, sintiendo que me había aprovechado de su gentileza, compré un slide: que tengo uno, pero le queda enorme a mis delgados dedos.
Salí de ahí sintiéndome tremendamente feliz con la vida. En mis manos aún pesaba, como un beso de celebridad, la Fender Strat roja. Caminé por SoHo buscando la estación de metro, pero ya sin prisa. De hecho, hasta entré a una tienda llamada Evolution, donde hay esqueletos, insectos disecados, y demás cosas extrañas, sólo por divertirme. Un muchacho con cara de muñeca y lentes de hipster me atendió. Le dije, de broma, que buscaba algo para hacer brujería, a lo que él inmediatamente dirigió mi atención a un surtido de huesos (en serio). Ya no compré nada ahí porque andaba de pobre, pero salí celebrando la belleza de los jóvenes neoyorkinos. Adieu, young blonde images of beauty!
Y la Fender Strat en mis sueños con ellos, como diría Steve Vai.