Tuesday, April 16, 2013

The New York Trilogy pt. 8: Thank U

Antes que nada: ya regresé a escribir mis tan pospuestas aventuras en NY. Yo sé muy bien que el número de comentarios de spam es inversamente proporcional a la cantidad de gente que le importa esto, pero bueno. Veamos...
Mi primera cena del Día de Gracias se llevó a cabo en la Residencia, por supuesto. La verdad, yo había temido que ese día se me viniera encima la nostalgia de casa...
Pero no. Como buena turista, pude disfrutar de la tradición. Y con todas las chicas de la Residencia, lo que en cierto modo, nos unió como una pequeña y simpática familia (ay, sí).
Como ha pasado mucho tiempo desde la última entrada, les recuerdo a mi entourage, si es que no lo había hecho antes: Isadora, la brasileña bailarina; Sara, española trabajando ahí por un rato; Kimmie, laosiana-americana también en búsqueda de una oportunidad ahí; y para esas fechas ya se había unido Lina, una coreana de vacaciones quien se había hecho amiga de Sara.
Llegamos puntuales a la cita de la cena. Pronto la escalera estaba llena de mujeres de todas nacionalidades, aspectos y tamaños, quienes ya teníamos hambre. La verdad, dio ternura entrar al comedor y ver que las monjas habían decorado el lugar con esas imágenes que los niños pegan en sus bulletin boards de primaria. Todo para hacer el lugar más agradable. También fue un poco sorpresivo llegar y ver como mil monjas, cuando nosotras estábamos acostumbradas a ver como a tres. Pero en fin...
Tras una breve plegaria (¿qué no eso era todo el punto?) llegó la cena. Para mí, los manjares se me antojaban exóticos, sabrosos, todo. Pavo, el relleno aparte (no sé a qué demonios sabe el relleno, pero para mí fue hipnótico: me serví como tres veces de eso); puré de papas dulces con un malvavisco arriba (it was bloody awesome) y elote. Con sidra. Digamos que sí la disfruté.
Quedamos tan atascadas de relleno que decidimos salir a caminar. Ahí vamos, las chicas y yo, rumbo a Central Park, para ver los globos del desfile de Macy's antes de que el desfile se llevara a cabo. Ya había despliegue de seguridad para que nadie intentara pasarse de listo, a pesar de que un par de chavos junto a nosotras llevaba una bolsa rellena de caca (es neta). Aún así, no sucedió ningún cagón incidente y sí muchas fotos.
Porque claro que no salí a ver el desfile al día siguiente. Además, los únicos buenos eran Hall & Oates. Mejor echar la hueva y punto.
¿Porque al día siguiente era Black Friday? Naaaah, para nada. Habíamos quedado en visitar Korea Town, menos popular que la china, más céntrica (Y Lina, la coreana, no fue). Comimos unos deliciosos panes rellenos de carne y yo no pude dejar de lado el helado de yogurt de Nutella (I mean it) que rellené con frambuesas.
Mas Sara nos había prometido visitar la panadería coreana para comer un postre delicioso. Yo iba rellena como el mismo pavo, pero aún así las acompañé.
Yo me había imaginado algo quizá más exótico, mas la panadería tenía todo el estilo occidental. Estaba llena pero aún así me compré una rosca rellena de queso crema y nueces para mis múltiples desayunos pequeños, mientras Sara e Isadora nos mostraban su postre trofeo: un bol relleno con muchísimo helado de té verde, variedades de frutas y gomitas de sabores indefinidos. Le di algunas cucharadas; bastante sabroso a pesar de su aspecto titánico.
Mientras comíamos el helado, nos pusimos a platicar de lo que íbamos a hacer una vez que todas, aves de paso, dejáramos Nueva York. Un sentimiento de nostalgia se empezó a apoderar de nosotras, sobre todo cuando Sara dijo que le gustaría que hiciéramos algo para despedirla. Ella iba a pasar una temporada con su novio en Los Ángeles; después regresar a España para trabajar un año, volver a ahorrar, y volver a viajar.
Kimmie, por su parte, quería conseguir un trabajo, ya fuera en la misma Nueva York o en otra ciudad; y de ahí ahorrar para rentar un bote e irse a navegar, a conocer las islas griegas. Por su parte, Isadora esperaba terminar su año en la escuela de baile en la ciudad y de ahí salir a bailar en las calles, ganando dinero para viajar alrededor del mundo. Espíritu hippie, la chamaca.
Obviamente, yo les hablé acerca de mi idea de regresar a México, sacar mi título y de ahí conseguir la maestría en Liverpool, lo que me hizo prometerle a Sara que iría a visitarla a Barcelona, a pesar de que ella amenazó con llevarme a un juego de los culés. ¡Oh, no, por favor!
Terminamos el día paseando por una tienda de las que todo cuesta 99 centavos. Estábamos buscando un árbol de navidad chiquito para que Isadora lo pudiera tener en su cuarto durante las fechas decembrinas. No encontramos eso, pero encontramos refrescos y jabones a 99 centavos, por no decir de una bolsa de Halls para mí. Eso fue mi Black Friday, y lo disfruté mejor que si me hubiera ido a las tiendas. Por cosas como esa sí vale la pena estar agradecida.