Tuesday, May 07, 2013

The New York Trilogy, pt. 9: govinda, jaya jaya


Antes de que tengan que preguntar qué demonios significa eso, les voy a contar de que mi siguiente parada en Nueva York tras Thanksgiving. Bueno, antes de eso, tuve un sábado maravilloso que implicó ver el partido del Manchester United contra el Queens Park Rangers con mis hermosos van Nistelrooy y van der Sar en las tribunas (taco de ojo holandés perfecto) y de ahí, en la noche, fui a visitar un restaurante hindú con las chicas, experiencia completamente nueva para mí, quien nunca había probado la comida india.

Llegamos a uno de esos restaurantes donde parece que el dueño esconde algo ilegal en el sótano. Sara, quien había hecho la reservación, al ver que éramos las únicas en el lugar, sugirió que nos sentáramos cerca de la ventana, para huir por ahí si algo pasaba (sic). Por fortuna, nada pasó y la comida estuvo deliciosa. Kimmie, acostumbrada a los sabores especiados, pidió pollo en una salsa picante, la cual hubiera estado bien para comerme la mitad del plato, pero hasta ahí. Sara e Isadora, las más entusiastas, terminaron pidiendo un naan de queso: el tradicional pan hindú, también bastante bueno. Lina pidió un revoltillo que parecía tinga con chicharrón en salsa verde. Yo, por mi parte y gracias a las múltiples recomendaciones de mi amiga Caroline, pedí un pollo tandoor que estuvo perfecto.

Terminamos el día viendo Annie Hall y aún con el sabor de la exótica comida en la boca: tanto que, cuando Isadora nos dijo que si la acompañábamos al templo Krishna que estaba visitando porque al final había comida gratis, ninguna de nosotras lo dudó. Creo que todas sucumbimos ante la idea de unas samosas de papa.

Sin embargo, cuando la hora se acercaba, todas (excepto Isadora, claro) nos estábamos arrepintiendo, arrastrando el domingo de hueva con nosotras. Al final, prácticamente lo que nos hizo ir fue la idea de las SAMOSAS GRATIS.

Tomamos el metro hacia Brooklyn cuando eran las 6:30 de la tarde más o menos. Claro que en Nueva York ya estaba todo oscuro. Bajamos en una estación que yo reconocí como la estación en la que me había bajado cuando me perdí rumbo a casa de Caroline. Bueno, pues el templo estaba justo afuera, prácticamente.

Entramos. El templo se ve muy moderno; yo no sé que esperaba. En la sala principal está sentado, con los ojos cerrados y como si hubiera alcanzado el Nirvana, el no sé qué-quién-sabe-cuántos-Prabhupada, quién sabe qué número de encarnación de Krishna en la tierra. Por ahí, gente de varios grupos étnicos, incluyendo una señora acá bien hipster, bailaba cerca de un altar que estaba tapado.

Sara, Kimmie y yo (Lina se escapó del compromiso) nos sentamos en unas sillas plegables que estaban alrededor del cuarto. Algo así como cuando yo no quiero bailar con nadie en casa de mi abue. Isadora fue la única que se sentó en el piso, mirando atentamente hacia el altar cubierto. Finalmente, nosotras también decidimos seguir un poco su consejo de "blend in" y nos sentamos... pero con todo y nuestras bolsas, porque uno no puede fiarse, a pesar de que todo el mundo hubiera dejado sus posesiones materiales atrás. En fin. Tras otro rato más de bailecito, la banda con los tambores (irreverente yo) empezó a tocar más rápido y en ese momento se abrió el altar. Dos figuras, una de cara blanca y una de cara más bien dorada, usando unos vestidos la mar de barrocos que despeñaban flores y piedras brillantes, se asomaron por detrás de la cortina. En ese momento todos los fieles cayeron de cara al suelo. Aprovechando que nadie me veía, quise tomarle fotos como buena mexicana y buena naca; desgraciadamente, las fotos no salieron muy bien ya que las quise tomar rápido para que nadie me llamara la atención y el brillo de los vestidos de la deidad, aunada a los focos del altar, crearon un efecto charolazo que no dejaba ver nada. Las tuve que eliminar.

Y pues que empieza la adoración pero en serio. Un sacerdote Krishna con cara de molesto empezó a soltar latigazos de agua bendita tan fuertes que nos cayeron hasta a las que no estábamos en la primera fila. Luego vino el bautizo del fuego. Damitas con un pebetero te lo pasaban por la cara y tú tenías que poner las manos encima del fuego y luego pasarlas por tu cara. Eso, claro, yo lo hice con muchas ganas sintiéndome bien exótica y de mundo. Luego, el mantra. Hare krishna, hare krishna, krishna krishna, hare hare. A pesar de que el hambre ya comenzaba a hacer estragos conmigo, yo le seguía, porque bien que me sentía George Harrison.

Había pasado una hora y creo que al menos Kimmie y yo ya estábamos pensando en que la adoración había estado divertida y en samosas cuando salió un tipo gringo, también vestido a la manera de los hare krishna, a hablar de la traducción que había hecho del Bhagavad-Gita. Con todo y grabaciones. El problema fue que nos agarró de ingenieros de sonido. Tras contar cómo había estudiado el Bhagavad-Gita y como todos deberíamos de hacerlo para ser salvados por Krishna, decidió poner su primera grabación, su segunda grabación, y su tercera grabación para que la juzgáramos. Yo, para esto, volteaba a ver al Algo-Prabhupada para ver si no había perdido la concentración en su meditación cuando me fijé bien en sus manos y me di cuenta de que era una figura de cera (fail). Justo cuando yo había llegado a esa conclusión, Kimmie se volteó a decirme que Sara PENSABA que el Prabhupada era una estatua. Le dije que Sara tenía razón y eso jodió la poca atención que ya traíamos Kimmie y yo. Mientras el traductor del Bhagavad-Gita seguía explicando y haciéndonos escuchar su lectura, ella y yo empezamos a pensar en hamburguesas con queso y papas, lo que ya es pecado porque ellos promueven el vegetarianismo. De hecho, tan mal estábamos que empezamos a cambiar los diálogos de Krishna con el héroe Arjuna por comida. "Hijo, he aquí tu... plato de cheeseburgers."

Entre que moríamos de risa y de hambre, se nos terminó la otra hora de escuchar el Bhagavad-Gita entre risas ahogadas. Al final, mientras Isadora aún se daba otra estiradita, Kimmie, Sara y yo discutíamos el hecho de que habíamos estado a punto de rendirnos pero que nos íbamos a desquitar con la comida hindú. ¡Samosas a nosotras! O eso pensábamos. Cuando bajamos al comedor (vegetariano) media comunidad krishna brooklynita ya estaba ahí. Y no había samosas de papa ni naan de quesito. Había arroz con azafrán que a mi jefa le sale pinche mil veces mejor, un revoltijo de espinacas con algo que iba a provocar que me sacaran de Estados Unidos por usar gas lacrimógeno en un templo krishna (if you know what I mean), algo como dulce y una dona gigante.

Pues igual nos pusimos a esperar nuestra comida. En eso, neoyorkino random se acercó para hacer amigas. Guiándonos por nuestro instinto fatalista, Sara, Kimmie y yo lo evitamos, pero Isadora inmediatamente le hizo plática. Chale. Luego se sentó en nuestra mesa y no dejaba de invitarnos para navidad y la siguiente misa y... bueno. Yo me comí la dona, el arroz y lo dulce y evité la mezcla gaseosa.

De regreso, Isadora entabló plática con otra neoyorkina random quien se puso a hablarle a una muñeca en el siguiente vagón. Maravilloso. Yo, sintiéndome cada vez más Daniel Quinn, me recargué en el asiento del tren mientras mascullaba, junto con mis amigas, el hare hare, hare krishna... que fácil tuvimos pegado toda la siguiente semana. Kula Shaker hubieran estado orgullosos de mí.