Tuesday, July 09, 2013

The New York Trilogy part 11: Wall Street Blues

Después de la hermosa visión en Chelsea, digamos que me pasé unos días viendo juegos del Manchester United y trabajando en los ensayos finales, pensando en cuán rápido se había pasado el tiempo. De hecho, le había prometido a mi mamá llevarle una bolsa que habíamos visto en el Chelsea Market y no había cumplido la promesa, así que decidí hacerlo ese viernes.

Sin embargo, no contaba con el hecho de que en mi acostumbrada llamada matinal, se me informara que mi tía Araceli había muerto de cáncer. Hermana de mi papá, estaba enferma desde antes de que yo me fuera, pero no pensé que yo ya no pudiera verla. Por un momento me sentí mal, pero decidí salir, dispuesta a no dejar que la depresión me venciera.

En fin, enfilé a alguna calle del Soho, buscando la boutique según lo que decía la página de internet. Tuve que pasarme como tres veces frente al edificio que tan sólo ostentaba otra boutique para darme cuenta de que lo que decía la página no existía. En fin. Entonces, como ya estaba cerca de la punta de la isla, decidí ir a conocer la prácticamente mítica Wall Street.

Me perdí entonces, entre la gente que quizá me veía sospechosa al no usar traje, entre los miserables y los poderosos, hasta pararme frente al New York Stock Exchange. Aquí. El odio, el amor, el color del dinero. American Psycho, el socialismo, los guapísimos trajeados, the bond selling. Todo. No pude evitar tomarle una foto al letrero. Era de mito.

Fue así como me di cuenta de que ya anochecía, y me di cuenta que, efectivamente, estaba bastante perdida. Caminé sin rumbo, sintiendo como Wall Street amenazaba con aferrarse a mí, con no dejarme ir, con devorarme. Era poético y amenazante. Finalmente, llegué a territorio conocido en Battery Park.

Y Battery Park me esperaba con una de las vistas más maravillosas de mi viaje: una tremenda y anaranjada puesta de sol sobre el agua, sobre la separación de Manhattan y Brooklyn. El sol iluminaba las islas, el líquido, los barcos. Mientras, a mis espaldas, las luces, reflejando el mismo naranja se encendían, poquito a poco, en movimiento ensayado.

Efectivamente. Era como si la canción de "The Downtown Lights" de The Blue Nile, estuviera siendo representada ante mis ojos.

No pude hacer menos que dirigirme hacia la puesta del sol y agradecer a los poderes supremos; tomarla como una señal de que no me dejarían partir sin extrañar, sin amar a la ciudad y a esos sentimientos encontrados de yo, cargando un muerto en mi corazón, caminando por el lugar que huele a dinero, a muerte quizá, y ultimadamente a redención, en una puesta de sol. Mi Wall Street, después de todo.






The New York Trilogy pt. 10: Angel of Chelsea

No me importa que me digan que mi blog va atrasado; yo así lo manejo y punto. Da igual, estoy empezando a pensar que de cualquier manera nadie me lee.

Pero aunque no me lean, igual les voy a contar la linda historia del ángel de Chelsea que me encontré el día que fui al MoMA. Claro que sí. Son de lo mejor que me ha pasado. Pero bueno, sin más preámbulos...

Ese día, 26 de noviembre, yo había decidido visitar el Irish Arts Centre; pensaba que era un museo y que podría encontrar cosas que ayudaran a mi tesis. Así, sin más, medio guiándome por mi inseparable mapa, tomé el metro hasta Midtown y de ahí empecé a caminar hasta la 10a u 11a Avenida, a donde se encontraba el centro. Me aventé un montonal de cuadras, así que cuando al fin llegué, me sentí un poco decepcionada al ver un edificio sin siquiera ventanas; tan sólo con unos pabellones que anunciaban que era el Irish Arts Centre. Parecía más bien una escuela.

La puerta estaba abierta para todos. De ahí, sólo había una escalera gigante que, tal parece, llevaba a salones. No había nadie en la recepción. Se me quitaron las ganas de seguir explorando, así que simplemente tomé una revista que se encontraba ahí y me marché. Mientras caminaba vi a la gente formada para asistir a shows y hojeé la revista. Cursos de gaélico a los que no podría asistir porque ya se llevaban a cabo en marzo. También una fiesta coctelera con Liam Neeson y Gabriel Byrne que, obviamente, me había perdido. En fin.

Empecé a caminar de regreso al metro, pero al ver mi reloj me di cuenta de que todavía era medio temprano y pensé que regresar a la residencia sería día desperdiciado. Entonces, rumbo a la estación, me salió al encuentro el MoMA. Pues de una vez, pensé.

He de decir: del MoMA al Met, prefiero el Met. Sin embargo, fue un poco bizarro y entretenido pasar a una venta de garage filmada. Esa era la obra de arte. Una venta de garage. Encontrar cosas como discos de N*Sync de navidad y antiguas antologías literarias, además de un auto sin motor, tenía su encanto.

También había fotografías, una exposición de arte japonés setentero (que ya desde entonces presagiaba las controversias que se pueden ver en varios anime) y cuadros que yo conocía: Picassos, Cezannes, Mondrianes (¿será ese el plural?) y, en momento único, "El Grito" de Munch.

Ahora, yo ya estoy acostumbrada a que con el pobre Grito hagan lo que les hinche el huevo (¿portadas de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, anyone?) que decidí que tenía que verlo por pura cultura pop. La fila estaba larguísima, pero yo ya había dejado de tener prisa. Además, por alguna milagrosa razón, avanzamos rapidísimo.

Afortunadamente, se podía tomar fotos--y qué bueno, porque fue en lo primero que pensé al ver al Grito, el verdadero Grito, enfrente de mí. Tan sólo viéndolo así, de frente, uno se da cuenta de la fuerza que tiene. Aunque el cuadro parezca pintado con crayola, juro que se puede sentir la fuerza, la desesperación. Es más; se podría decir que el cuadro sí da un poquito de miedo. Tomen eso, memes (porque la verdad, el cuadro sí está tan usado que parece meme).

Claro que, antes de salir, pasé por la tienda del museo. Ahí sí me chingaron. Todo lo que no compré en el Met me lo compré ahí. Ya cuando llegué a la caja, llena de postales, posters, cuadernitos e imanes (y eso que me aguanté y no compré unas playeras de los Rolling en el MoMA que estaba chingonas) y me dijeron la cuenta, casi lloro. Pero eso me saco por pendeja... y creánme, en esa tienda, uno neta se apendeja.

Caminé, con mi precioso cargamento, ahora sí hacia la estación del metro... buscando otra que no fuera la de la calle 50, porque no me gustó. Así, me di todo un paseo por el Midtown. Eran ya las cinco, horas de la cena, y veía salir a los ejecutivos jóvenes, guapos, con su traje, a comer cortes importados con buen vino; a los seguramente turistas agolpándose para buscar boletos para un show; los árboles, encendidos con luces. En ese momento, tan sólo recordé cuando había aterrizado en el JFK; se me hizo tan lejano el día y no podía dejar de pensar en esa rola bellísima de U2, "Angel of Harlem". Después de todo, estaba caminando por la 53: "Birdland down in 53, the street sounds like a symphony". No sé, en ese momento en verdad sentía el amor por Nueva York que mencionan las playeras. "New York like a Christmas tree, tonight the city belongs to me".

Con ese ánimo llegué al metro y finalmente a la 23, cerca de la residencia. Ahora sí ya estaba cansada. En ese momento, me detuvo un muchacho sentado detrás de una mesa. Llevaba un curioso gorro de oso, lo que no escondía, a pesar de la parduza tarde, su cabello medio largo, igual de parduzco, y sus ojazos azules. Iba vestido con jeans y chamarra negra. Así como me gustan. Bueno, en verdad eran dos muchachos, pero el otro era más parecido al gringo típico de spring break: cabello corto, alto, medio mamey. Más el tipo de mi amiga Vero.

En fin, que el muchacho me dijo que si no quería firmar algo para tener energía eléctrica más barata... que dar una firma a su causa significaría menos cargo al recibo de luz, y así. Que sólo tenía que dejar la calle donde vivía, mi nombre y mail. Obviamente, si fuera residente de Nueva York...

Les dije que me encantaría ayudar, pero que desgraciadamente no vivía en la ciudad. De ahí, empezó la plática de de dónde era y qué andaba haciendo por ahí, prácticamente guiada por el chico que me había gustado. Conté que estaba estudiando un curso, que venía de México, y que me hubiera gustado ayudar a dos muchachos guapísimos como ellos, pero que desgraciadamente no se podía.

No sé por qué dije eso de los muchachos guapísimos así porque sí. Yo creo que se me salió. De hecho, había pensado en decir "un muchacho tan guapo como tú" pero eso sí era aventársele sin meter las manos. Prácticamente lo dije para que pareciera una generalización y no un lance de canes loco.

Sin embargo, no me esperaba, para nada, la reacción de los muchachos ante mi diálogo, en el cual, por cierto, los llamé "striking", en inglés. Sí, guapísimos. El muchacho que me había gustado me miró, ojos claros, de por sí ya grandes, muy abiertos.

-Do you really think we're striking?

Bueno, no pensaba eso de su compañero, pero nimodo de decirle...

-Yes, of course I think you're striking...

Bendita ambigüedad del pronombre. En ese momento, el muchacho salió de detrás de la mesa. Sus ojos brillaban.

-You made my night. Really.

Y así, sin avisar, me tomó de la mano y la besó. Como caballero a su princesa. No supe cuánto me sonrojé, al ver a semejante belleza, con sus ojos grandes, sonriéndome, aceptando un cumplido de mi parte como una bendición. Podría haber culpado del rojo de mis mejillas al viento frío, supuse, porque todo era maravilloso.

Cuando el chico se separó de mí, aún sonriendo, su compañero dijo que él también quería agradecerme. Lo podría haber omitido, pero ya qué. Me iba a ver muy mal. También recibí un beso en la mano de parte del otro chico.

En resumen, que me alejé caminando, cantando más U2. Feliz con mi Angel of Chelsea. Ya después se me ocurrió que como era el barrio gay, que a lo mejor ambos chicos eran pareja... pero bueno. El besito nadie me lo quita. SO LOOOONG... ANGEL OF CHELSEA!!!