Tuesday, December 30, 2014

Book review 2014

Se ven pocos, pero la verdad, recuerdo este año y la cantidad de bibliografía para mi tesis y me doy cuenta de que me la pasé leyendo libros relativos a U2. Mi tesis de maestría tiene más de 50 fuentes. Pero como no quiero aburrirlos con la guía completa de las canciones de la banda irlandesa, vayamos a lo que pude leer este año.

Rafael Pérez Gay, El cerebro de mi hermano. Una memoria ligera, bastante amena, que da una mirada íntima a José María Pérez Gay antes de morir y varias anécdotas más. Me gusta pensar que hago chistes de intelectual de altos vuelos y... ¿por qué no? Esta memoria me impulsó a escribir mis memorias de un año en Liverpool.

Eimear McBride, A Girl is a Half-Formed Thing. La escritora se presentó en la Universidad de Liverpool para hablar y firmar su libro porque a mi asesor de tesis le encantó. Y sí, es un pinche libro debut explosivo... y me costó dos meses leerlo. No sólo por el uso joyceano y peculiar del lenguaje de la McBride, sino porque de pronto decía... ¿y si yo hubiera sido como ella? ¿Si hubiera querido curarme mis traumas volviendo mi sexualidad y mi vida un pinche papalototote? Pero no lo hice, si bien este libro es shockeante, maravilloso... aunque nos dijo ella que era semi-autobiográfico, lo que nos sigue dejando, no sólo a mí, sino incluso a varios profesores, con la duda (spoilers): ¿ENTONCES SÍ SE COGIÓ A SU TÍO POLÍTICO?

Rosario Castellanos, Álbum de familia. Había empezado a leer algunos cuentos, pero no lo había terminado. Ya lo hice y pues sólo puedo decir que no ha cambiado ni el predicamento de las casadas... ni de las ricas... algunas abuelas siguen siendo igual... Y LAS INTELECTUALES. Dios, no me dejes ser personaje de Rosario Castellanos...

Nathanael West, Miss Lonelyhearts. Yo confieso que llegué a ese libro por una reseña de Harold Bloom. Y me esperaba algo completamente diferente. Sin embargo, y a pesar de su misoginia, su brutalidad y su sexualidad, es un libro profundamente humano, casi una novela corta psicológica. Por cierto, si Iago de Shakespeare es un personaje satánico... Shrike, por Dios. Otro que al menos, si no es satánico, es la tremenda voz de Judas en la pasión del personaje principal, el apodado Miss Lonelyhearts.

Armando Ramírez, Chin chin el teporocho. Esto de escribir es de querer, me cae. No pude sino reconocer situaciones y lenguaje en esta novela tepiteña. Será de los sesentas, pero hay cosas que no cambian... y el libro está, como diría el teporocho, pos chiro.


Inicio el 2015 con Portrait of the Artist as a Young Man. Meta: el mero mero Ulysses. Wish me luck.



Wednesday, November 12, 2014

De Badoo y otros demonios

Obviamente, no se puede olvidar el partido de Holanda contra México en el mundial, sea cuales sean las razones. Pues bien, he de contarles algo. Resulta que cuando aconteció ese partido, yo subí una foto mía con la playera de la selección tulipana al Twitter. En eso estaba cuando me contactó un tuitero de fina estampa. Resultó que el caballero en cuestión quería apostar algo por el partido. Le pregunté qué, porque no se me ocurría nada que yo pudiera ganar, a no ser que fuera un cambio de avatar... algo for the lulz. Pues bien, el hombre de buena crianza me contactó por DM y me dijo que ya me había dicho en un tuit que "Me vería mejor sin esa playera que llevaba puesta" así que "ya sabía lo que él quería" y que "sería más chido en persona, ¿no?" (casi sic, no he podido reproducir la sublime ortografía).

Ese sacrosanto personaje me volvió a contactar cuando regresé a México de Inglaterra. Me mandó un educado DM que decía "Me aceptas una invitacion a salir a coyoacan" (sic).

Tras esta maravillosa historia (FAB si yoraron) lo único que puedo pensar fue cuando conocí Badoo. Precisamente, regresando de NY, aunque tengo la impresión de que lo conocí mucho antes. Cuando estaba en Facebook, creo que uno de los múltiples jueguitos me unió a esa red social... o al menos, yo pensaba que era una red social. Un día, uno de mis tíos, que estaba ahí, me mandó un saludo. Fue ahí cuando me dispuse a revisar de qué se trataba Badoo... y me di cuenta de que era un sitio de citas por internet. Y no sólo eso... me di cuenta de que mientras no había estado pelando la red social, me había hecho de un ramillete de pretendientes. Aquí está lo que encontré cuando descubrí Badoo.

1. Donovan Leonardo. Para empezar, supongo que cualquier hombre que salga en la portada de la revista Forbes es un excelente partido.


Y no sólo eso, sino que además, también salió poeta.


"El aroma que emerges del mar de la seducción, y la sensualidad." Tiembla, Leonard Cohen con "Light as the Breeze". Definitivamente, ¡tiembla!


2. Marco Rodríguez. Si no me equivoco, ese es el nombre del árbitro "Chiquimarco"... y de un tipo que, según su perfil, tenía 33 años.


33 años sería en cada bigote y cada ojera, señor trabajador de oficina de gobierno. Por favor. En ese momento me acordé de Charlie, con quien estuve saliendo cuando él tenía ya 34. Se veía un niño, regio, a comparación de este hombre. PAR FAVAR.


3. Ricardo Silva. Como pueden ver, la foto de perfil de este galanazo decía que tenía 30 años al momento de contactarme.


Y claro, después de eso no dudó en mandarme un mensaje para que iniciáramos una sana conversación.


Tras leer la romántica misiva, me dieron ganas de responder: "Señor Silva, no sé si usted esté familiarizado con una enfermedad que hace que las personas nazcan con un cromosoma de más. Esa enfermedad se llama Síndrome de Down. Muchas veces es mal llamada 'retraso mental'. Sin embargo, retraso mental es lo que tiene usted. A los 30 años, no puede andar diciendo 'muxos bexitos koketos nna' a menos de que tenga un problema neurológico."

Y así fue como es que dejé Badoo. Huyendo. Claro que aún tengo a ese usuario de Twitter (silenciado). Lo último que supe de él fue este maravilloso y letrado tuit:

Amaneci con muchas lagañas en los ojos, sintoma que me estan haciendo brujeria

...¿por qué, Dios, por qué?



Thursday, October 30, 2014

The New York Trilogy part 17: I'll always love you though, New York

Entonces llegó el miércoles 19 de diciembre del 2012. Ese día fue mi último día en Nueva York.

Ese día me despedí de Isadora, de las monjas que adivinaron mis sentimientos encontrados y de Caroline, quien no me contestó el mensaje. Era el inicio del final. Tenía que tomar un taxi más o menos a media tarde, así que aproveché para ir al Chelsea Market por última vez, por una bolsa con varios chocolate cherry rolls (aún tengo el recuerdo de lo delicioso de esos malditos panes). Les pegué mordidas mientras lágrimas inevitables rodaban por mis mejillas. En verdad, no quería volver.

Finalmente, el taxi llegó a la residencia. Se trataba de un hombre colombiano quien ya llevaba muchos años viviendo en la ciudad. Empezamos a hablar de Nueva York. Me dijo que él la encontraba estimulante, la ciudad más estimulante del mundo, que no la cambiaría por nada. El taxi avanzaba y yo veía pasar los edificios de ladrillo, los múltiples restaurantes de variadas cocinas, el cielo azul. En mi mente, juro que sonaba Ryan Adams con su "New York, New York."

Llegamos al aeropuerto tras platicar de futbol, de ser una mujer liberada en un matrimonio feliz (de veras) y de todas las cosas que tenía en mente. Al pagar el taxi, el taxista me besó la mano de una forma caballerosa. Se me hizo que era Nueva York, con sus miles de personas, besándome la mano. Incluso si tuve que pagar como 200 dólares de exceso de equipaje.

Al llegar al aeropuerto, me encontré a un amigo de mi mejor amiga, un diseñador gay, tatuaje de Born to Die de Lana del Rey, the works. Estuvimos platicando hasta entrar al avión. No se sentó junto a mí--por fortuna. Apenas despegó el avión, me puse a llorar. Gruesas lágrimas corrían por mis mejillas, mientras yo estaba recargada contra la ventanilla. Afortunadamente, ya era de noche y el avión no estaba muy iluminado, por lo que mi vecina de asiento no pudo ver mi reacción.

Sin embargo, unas horas después, claro está, terminé trabando conversación con ella. Ella me contó que vivía con su marido en un suburbio neoyorkino, pero que claro, ella era mexicana y que llevaba a los niños a la ciudad por unas semanas para que se familiarizaran con el español y con la cultura mexicana. Uno de sus niños, de hecho, iba dormido a su lado. Despertó cuando estábamos a punto de aterrizar. La mancha de luces que es la ciudad de México ya se dibujaba por las ventanas, como siempre, impresionantemente inmensa. Se lo dije a la señora, quien asintió y luego le dijo a su hijo: "Mira, estamos llegando a la ciudad más bonita del mundo." En ese momento, sí tuve ganas de sacudir la cabeza y decir que no, que su mamá mentía, que la ciudad más bonita del mundo era la que acababan de dejar, que no le creyera.

Aterrizamos. Siempre dejo el avión cuando ya casi todo el mundo se ha ido, aunque esta vez no sé si en verdad no quería bajar del avión. Cuando al fin bajé, el amigo gay de mi amiga estaba en el pasillo hacia la sala de llegada, la cual estaba completamente desierta, excepto por un radio el cual tenía la Z a todo volumen. Bienvenida a México, pensé.

Pero lo peor fue cuando llegamos a aduana. Ni las maletas del chico gay ni las mías. Al poco rato, yo me encontraba maldiciendo a todo volumen. El gay dijo con un tono que me pareció mitad divertido y mitad fastidiado que se notaba que yo no tenía ganas de regresar a México. Claro que no. Allá se había quedado la universidad de mis sueños, mi amada y hasta el muchacho que había besado mi mano. Allá se había quedado un pedacito de mi vida con todo y chocolate cherry rolls. Ah, y en mi maleta, en una de las ausentes se había quedado un vinil de The Velvet Undergound que obviamente, me traía preocupadísima de que se hubiera roto o algo.

Las maletas llegaron al día siguiente. Al día que siguió de ese cumplí 25 años. Caroline me felicitó un día después de mi cumpleaños a pesar de todo. Y fue, desde ese regreso, que me sentí como una desplazada. Supongo que desde ahí le tomé gusto a la vagancia, al correr por el mundo. Y tenía la carta de aceptación para Liverpool. De ahí empezó esta otra historia.


Saturday, August 23, 2014

The New York Trilogy part 16: A flash of what was to come

Y tras esa historia triste de corazones rotos, llegaron mis últimos días en NY. He de admitir que me aguanté machamente las ganas de agarrar un tren a Brooklyn y de pararme afuera de la ventana de casa de Caroline, tan sólo mirándola. Como desesperada, como psicópata. En vez de eso, mejor me dediqué a hacer cosas más sanas. Como por ejemplo, ir a visitar Strawberry Fields. Me debatía entre la cierta nostalgia que me dio ver a toda la gente rodeando el círculo que dice "Imagine" con flores y frutas y entre haberme llevado The Catcher in the Rye y pedir que alguien tomara mi foto junto al Dakota Building. Que así soy yo. También me fui a visitar The Cloisters. Sin embargo, con la noche temprana invernal, no sólo no alcancé a llegar a buena hora al museo, sino que también me perdí hermosamente en Fort Tryon Park. Si bien el parque, construido sobre una fortaleza, es bastante llamativo y hasta parece atractivo para perderse, a las cinco de la tarde, con la noche encima, farolas de luz amarilla y muy, MUY poca gente, te hace pensar lo peor. Creo que nunca había corrido tan rápido hasta la entrada de un parque y al metro.

También me despedí de Kimmie, la laosiana-gringa. La verdad, de ella fue de quién más me dolió despedirme. Con ella podía compartir no únicamente las hamburguesas sin queso y sin verduras, sino los chistes sarcásticos y nuestro gusto por futbolistas y por The Great Gatsby. Ella, asimismo, me había prometido que cuando me fuera a Inglaterra ella intentaría contactarme para que nos fuéramos juntas a Londres y nos subiéramos al London Eye; para que visitáramos Bath y Oxford.

Ahora sólo quedábamos Isadora (la bailarina brasileña) y yo. Decidimos que el lunes 17 sería la última oportunidad de salir juntas, ya que el martes me la iba a pasar empacando para tomar mi vuelo el 19. Pues para cerrar, decidimos ir a lo que dijeron, era un tea shop/fish and chips place completamente inglés, manejado por ingleses y toda la cosa.

Nos perdimos un poco por las esquinas de Greenwich Village, pero finalmente llegamos. La carta ofrecía platillos típicos ingleses, como los pies de carne y los purés de papa o de chícharos. No me había dado cuenta lo nerviosa que estaba por mi próximo regreso a casa hasta que me di cuenta de que no tenía hambre. Tanto Isadora como yo pedimos un pastel y un té. Le tomé una foto mientras mi cerebro se empeñaba en recitar a T. S. Eliot: "Should I, after the tea and cakes and ices, have the strength to force the moment to its crisis?" Claro que no había crisis en qué pensar, supuse. Ya la visita a Caroline había pasado. Lo único, pensé, es que ese pastel y ese té los tenía que estar comiendo en Inglaterra, en un año. Me hice esa promesa.

Antes de salir, pasamos a la tienda de dulces ingleses, pues ambas moríamos de ganar de probar el famoso Turkish Delight. ¿Qué tenía ese dulce que podía lograr que Edward traicionara a todo el reino de Narnia? (No profundicemos en su crush con la Bruja Blanca).

Nos atendió un inglés guapísimo que, además de todo, me hizo un poco la plática. ¡Uf, qué ganas de ya irme a Inglaterra y encontrar hombres así!

(P.D. No. Y el Turkish Delight sabe como a ate de fresa. En verdad, Edward, qué barato te vendiste. Que se me hace que la Bruja Blanca te lo daba con toloache).


Saturday, July 26, 2014

Sandra Cisneros, you know me.

Porque sí, así me siento.

Once Again I Prove the Theory of Relativity
Sandra Cisneros


If
you come back
I´d treat you
like a lost Matisse
couch you like a Pasha
dance a Sevillana
leap and backflip like a Taiwanese diva
bang cymbals like a Chinese opera
roar like a Fellini soundtrack
and laugh like the little dog that
watches the cow jump over the moon.

I´d be your clown
I´d tell you funny stories and
paint clouds on the walls of my house
dress the bed in its best linen
And while you slept
I´d hold my breath and watch
you move like a sunflower

How beautiful you are
like the color inside an ear
like a conch shell
like a Modigliani nude

I´ll cut a bit of your hair this time
so that you´ll never leave me
Ah, the softest hair
Ah. the softest

If
you came back
I´d give you parrot tulips and papayas
laugh at your stories
Or I wouldn´t say a word which,
as you know, is hard for me

I know when you grew tired
off you´d go to Patagonia
Cairo Istanbul
Katmandu
Laredo

Meanwhile
I´ll have savored you like an oyster
memorized you
held you under my tongue
learned you by heart
so that when you leave
I´ll write poems.

Wednesday, July 16, 2014

The New York Trilogy part 15: All my dreams fall like rain, on the downtown train

En la entrada anterior, yo me había despedido de Sara y mi estancia en Nueva York estaba llegando a su fin. Unos días después me fui a caminar a un curioso parque que está prácticamente hecho sobre un puente peatonal: se llama The High Line y prácticamente atraviesa todo el barrio de Chelsea. Como está sobre un puente, edificios se alzan a su lado, con las ventanas a veces peligrosamente cerca del parque. Uno puede detenerse en su paseo y echar un vistazo a la intimidad de los habitantes de esos edificios: las camas ordenadas de uno o dos niños, la cocina con los platos sin lavar de la noche anterior. Una mirada a los secretos de Nueva York. Paseé por ahí, la mente preocupada con mi propio secreto. Era el 11 de diciembre del 2012.

A mi secreto lo vería la mañana siguiente.Y lo revelo aquí: mi amiga Caroline, a la cual había aprovechado para visitar, a la cual había visto tan brevemente, era mi razón para estar en Nueva York. Tras una amistad a distancia, yo me había enamorado perdidamente de ella. No los aburriré con razones que tengo que apuntan que la cosa era mutua y que se destruyó cuando me rechazaron de NYU. El chiste es que así fue. Yo sabía que la había perdido ante el galanazo de su novio, pero aún así, algo en mí pedía intentar todo, hasta el final. Por algo me sentía the Great Gatsby.

Quedamos de vernos al día siguiente, en un restaurante que ella conocía cerca de Union Square. Llegué con su regalo de navidad, una carta agradeciéndole la amistad que yo esperaba nos diera una oportunidad de hablar las cosas, de decirle quizá el adiós que había querido decirle tanto tiempo. Sin embargo, me ganó un poco la pena de no tener un regalo de navidad para su novio, quien la verdad también me había agradado, así que compré una botella de vino frutal en uno de los puestos del mercado de navidad de Union Square.

El lugar, insisto, no estaba muy lejos, mas me costó trabajo encontrarlo. Era uno de esos restaurantes que uno no encuentra si no conoce la ciudad. Sin embargo, ella me había prometido el mejor mac n' cheese del mundo. En fin. Le mandé un mensaje diciéndole que ya estaba ahí.

No hubo respuesta. El frío arreciaba fuera. Maldije. Pensé que seguramente no llegaría. De pronto, llegó el mensaje de que había tenido un retraso, que la esperara dentro. Su novio nos acompañaría para comer algo antes de irse al teatro o algo así. Si bien el muchacho me había caído muy bien, maldije ante la falta de privacidad. No podría hablar a gusto con ella a menos de que él se fuera rápido.

Me senté a una mesa y pedí una cerveza para bajar los nervios. El mesero que me la trajo chuleó mi reloj. Lo sentí como un gran halago, que para que te chuleen algo de accesorios en Nueva York...

Llegaron. Se sentaron a la mesa y ordenamos. Ella se disculpó por tardarse y argumentó un mal día en la oficina. Se veía cansada, de hecho. Mientras esperábamos los famosos mac n' cheese y otro plato principal para todos los demás, decidí dar los regalos de navidad de una vez. Tanto la botella de vino como un gatito de peluche para ella fueron festejados. También le entregué la tarjeta que decía "I left my heart in Brooklyn". Ella aseguró que la leería después. Pensé que "después" sería cuando su novio se marchara.

La comida llegó y seguimos bromeando y parloteando. Hubo un momento en el que ella me codeó porque supongo solté algo muy personal, algo que se relacionaba a nosotras dos. No lo sé. Yo estaba tensa, necesitaba llenar el silencio. Afortunadamente, los mac n' cheese me tuvieron ocupada un rato (sí estaban muy buenos).

Su novio pagó la cuenta antes de marcharse. Fue entonces cuando nos quedamos solas. Le pedí que por favor leyera la carta en la tarjeta. Dijo que lo haría después, cuando llegara a casa, que en verdad estaba muy cansada, que tenía muchas ganas de dormir. Varios bostezos encadenados comprobaron que estaba diciendo la verdad. De pronto ya no supe qué decirle. Supe que la estancia en el restaurante no duraría mucho y mejor le pedí una foto.

Nos levantamos de la mesa. Yo me sentía frustrada pero al mismo tiempo tampoco quería dejarla. Salimos a la calle, a caminar. Yo debía regresar a la residencia aunque no era tan tarde y ella tenía que tomar el metro a Brooklyn. Seguíamos platicando, amablemente, de nada. El Empire State apareció a nuestro lado, con la punta pintada de verde, blanco y rojo. Ella bromeó, diciendo que se veía muy italiano. Le aclaré que era mexicano. Que ese día era el día de la Virgen de Guadalupe. Obviamente, también tiene muchos fieles en la Gran Manzana.

En ese momento casi casi pensé en rezarle. Déjame un rato más...

Obviamente, no pude. A pocos pasos, apareció la parada de metro. Downtown, decía. La sentí como una cachetada. The downtown train. Todavía me ofrecí a acompañarle a casa. Ella contestó que no; que mi residencia estaba cerca de dónde estábamos y que además, de lo que tenía ganas era de dormirse en el asiento.

Aún así, no se fue. Empezó a decirme que la verdad, le daba mucho gusto ver que me había adaptado tan rápido a NY, ver que me la había pasado muy bien... y que sobre todo, le daba mucha felicidad que había tenido oportunidad de haber ido y que nos pudiéramos conocer en persona. Me deseó que mis últimos días ahí fueran igual de padres y dijo que me mandaría una felicitación para mi cumpleaños, mis 25 años que en ese momento estaban próximos.

Me abrazó entonces. Un abrazo largo que aún así tuvo que terminar. Entonces ella empezó a bajar las escaleras rumbo al metro. Yo me di la vuelta; empezaba a sentirme creepy. Avancé unos pasos como para demostrar que no la estaba esperando o algo así. Sin embargo, después de avanzar un poquito, me dieron ganas de detenerme, darme la vuelta, bajar como loca las escaleras del metro, brincarme el maldito torniquete (y seguro partirme toda mi pinche madre en el proceso) y correr hacia ella antes de que se fuera el metro. Decirle que por favor, que no se fuera, que la amaba, que no había podido dejar de amarla a pesar de su novio. Que había ido hasta allá por ella. Que por favor, no me dejara así...

No lo hice. Obviamente no lo hice. Alcé la vista. Downtown Train, la 13 con la Sexta Avenida. De golpe comprendía a los Wallflowers y a Tom Waits. O a Rod Stewart, la versión que prefieran.

Tuve que pasarme la mano por la cara al menos tres veces porque las lágrimas no me dejaban ver. De hecho, hubo un momento en el que me encontré con un grupito de hombres un poco malencarados quienes bebían fuera de un edificio. Al momento en el que me vieron pasar casi casi me formaron pasillo. Quién sabe cómo habrán visto mi cara.

Llegué a la residencia. Ninguna de las monjas estaba ahí para verme, afortunadamente, así que subí directamente a mi cuarto y puse la transmisión del concierto de ayuda para los damnificados de Sandy. Colgué mi chamarra. Me pareció que alguien había sacado cosas del closet. Comprendí que sentía como si Caroline se hubiera llevado sus cosas de mi casa.

Me senté en mi cama y lloré, ignorando la música. Lloré mientras en mí sonaban las palabras de Tom Waits en la voz lastimera de Rod Stewart: "Will I see you tonight, in the downtown train? All my dreams, all my dreams, fall like rain... in the downtown train."


Saturday, April 19, 2014

The New York Trilogy part 14: el primer adiós

Había presentado a mis amigas neoyorkinas con ustedes. Sara, española. Isadora, bailarina brasileña. Kimmie, laosiana-gringa y con la que mejor me llevé.

Sara fue la que se fue primero, un 10 de diciembre. El día anterior, por su sugerencia, nos fuimos a comer tacos a uno de los food-trucks que proliferan en el país vecino y por obviedad en NY y que déjenme decirles, son muy buenos. Al menos quizá porque este carrito era manejado por unos chilangos. sadora no fue esa noche porque tenía que quedarse a una clase.  Cuando llegamos al food-truck, les pedí a los dependientes, a los mexicanos, que me garantizaran que la comida me sabría a mi ciudad de origen. Ellos dijeron que sí.

Me pedí unos tacos de lengua. La carne estaba de muy buen sabor; sin embargo, las tortillas en el país vecino siempre tienen un resabido ácido un poco desagradable. No recuerdo qué pidió Sara de comer, mas pidió un agua de horchata porque allá en España no conocen esa bebida. Me pidió que la probara para garantizarle que tenía el auténtico sabor mexicano. A pesar de que no soy muy fan del agua de horchata le di un sorbo. Definitivamente, tenía la dulzura del agua que preparan en el restaurante Arroyo. Aunque no me gusta, tuve que admitir que estaba buenísima.

Sin embargo, lo mejor fue el burrito de carnitas que se pidió Kimmie. A pesar de que los chilangos digamos que con tortilla de harina no es lo mismo, el sabor del puerco era idéntico al de las Carnitas de Michoacán, de la esquina de mi casa. Buenísimo.

Caminamos rumbo a la residencia de nuevo. De pronto, Sara empezó a cantar "Cielito Lindo", así como si nada. Yo me uní a su concierto. Kimmie caminaba detrás de nosotras, mirándonos divertida, mientras nuestras voces resonaban en la noche de la Gran Manzana.

A la mañana siguiente, Sara dijo que para su última comida quería algo de Korea Town. Ahora pedí un bonche de fideos que no me pude terminar, más porque fuimos a comer un helado gigante a su panadería coreana favorita. Después de eso dimos vueltas por Forever 21, donde Isadora, tan tierna que se ve, se rió abiertamente de una mujer a la que la puerta se le cerró en la cara.

Se suponía que íbamos a ir a patinar en hielo. Yo la verdad, no tenía muchas ganas de hacer eso, ya que soy muy torpe y no quería tener un golpe que arruinara mis últimos días en NY. Afortunadamente, empezó a llover, así que el resto de las chicas también decidieron que no sería buena idea patinar con ese clima y decidimos regresar a la residencia. Mientras caminábamos de vuelta, nos dimos cuenta de que la energía con la que Sara se había levantado parecía haberse consumido. Sin embargo, yo sabía lo que se venía.

A la hora de la cena, cuando hubimos terminando de botanear, (y de ver La Era de Hielo 4) Sara se puso a llorar frente a nosotras. Kimmie, más bien fría, se sentía incómoda, mas dijo que ella también notaba la tristeza de Sara. No sé si Isadora se aguantó las lágrimas, pero yo sí. Y es que me sorprendió ver como en esos días, esas semanas, había llegado a quererlas tanto. Y la siguiente en partir sería Kimmie. Y luego yo. Isadora se quedaría un año.

Fue ahí cuando prometí que algún día iría a España, a Barcelona, a visitar a Sara. Aún me falta cumplir esa promesa. Espero hacerlo.


Friday, April 18, 2014

The New York Trilogy part 13: O el momento Pobre Angelito

No me importa escribir hasta ahorita de esto. Tengo un trauma. Son historias que tengo que terminar de contar, porque pronto se ligarán con esto. Y siento que si no escribo de lo pasado, no podré narrar lo presente: cómo llegué hasta aquí, por qué recuerdo esto tan vívidamente.

Fue el 7 de diciembre del 2012. Me quedaban pocos días para estar en NY, cuando Kimmie, mi mejor amiga de la residencia y yo decidimos que nos gustaría ver el árbol del Rockefeller Center, prendido.

Tomamos el tren a la 53. Yo no iba especialmente emocionada; había visto el árbol cuando apenas lo estaban poniendo, recuerden, y se me había hecho pequeño, ínfimo, nada que llamara demasiado la atención.

Sin embargo, cuando llegamos ese día, entre la gente que se apiñaba para ver el árbol, un pasillo con ángeles llenos de luces, la pista de hielo... mi percepción del árbol cambió.

Seguía estando igual de pequeño y atorado entre edificios: aún así, las luces parecían haberle otorgado una calidad de ensueño y una magnificencia que yo no había percibido al verlo así, tan desnudo y simple. Rodeado de gente, parecía decir que los sueños americanos, los sueños ridículos, no eran tan ridículos en el fondo: que siempre había un espacio para los cuentos de hadas urbanos, las sonrisas en las familias perfectas; que después de todo, Santa Claus sí existía.

De pronto, pensé que efectivamente, estaba perdida en el lugar donde las calles no tenían nombre: tenían números. Pero me gustaba estar perdida ahí. Me sentía cobijada, segura, bajo ese árbol. Después de todo, no era tan ridículo.

Imaginé a Nueva York acercándose a mí; antropomorfizado, una especie de Gran Gatsby. Igual de soñador y de ridículo. Me lo imaginé acercándose a mí y diciéndome: "A ver, ¿quién es el naco ahora?"

No me dejó contestarle. Me besó, en la forma de un árbol iluminado, de gente que sonreía en las calles, de los miembros de la Salvation Army quienes agitaban campanas para pedir dinero mientras bailaban al ritmo de villancicos que yo generalmente detesto y ese día no... La gente que nos saludaba desde la ventana de los autobuses, la mayoría turistas. Todo eso. Nueva York nos sonreía, nos seducía, mientras avanzábamos buscando el metro que nos llevaría de vuelta a la residencia.