Saturday, April 19, 2014

The New York Trilogy part 14: el primer adiós

Había presentado a mis amigas neoyorkinas con ustedes. Sara, española. Isadora, bailarina brasileña. Kimmie, laosiana-gringa y con la que mejor me llevé.

Sara fue la que se fue primero, un 10 de diciembre. El día anterior, por su sugerencia, nos fuimos a comer tacos a uno de los food-trucks que proliferan en el país vecino y por obviedad en NY y que déjenme decirles, son muy buenos. Al menos quizá porque este carrito era manejado por unos chilangos. sadora no fue esa noche porque tenía que quedarse a una clase.  Cuando llegamos al food-truck, les pedí a los dependientes, a los mexicanos, que me garantizaran que la comida me sabría a mi ciudad de origen. Ellos dijeron que sí.

Me pedí unos tacos de lengua. La carne estaba de muy buen sabor; sin embargo, las tortillas en el país vecino siempre tienen un resabido ácido un poco desagradable. No recuerdo qué pidió Sara de comer, mas pidió un agua de horchata porque allá en España no conocen esa bebida. Me pidió que la probara para garantizarle que tenía el auténtico sabor mexicano. A pesar de que no soy muy fan del agua de horchata le di un sorbo. Definitivamente, tenía la dulzura del agua que preparan en el restaurante Arroyo. Aunque no me gusta, tuve que admitir que estaba buenísima.

Sin embargo, lo mejor fue el burrito de carnitas que se pidió Kimmie. A pesar de que los chilangos digamos que con tortilla de harina no es lo mismo, el sabor del puerco era idéntico al de las Carnitas de Michoacán, de la esquina de mi casa. Buenísimo.

Caminamos rumbo a la residencia de nuevo. De pronto, Sara empezó a cantar "Cielito Lindo", así como si nada. Yo me uní a su concierto. Kimmie caminaba detrás de nosotras, mirándonos divertida, mientras nuestras voces resonaban en la noche de la Gran Manzana.

A la mañana siguiente, Sara dijo que para su última comida quería algo de Korea Town. Ahora pedí un bonche de fideos que no me pude terminar, más porque fuimos a comer un helado gigante a su panadería coreana favorita. Después de eso dimos vueltas por Forever 21, donde Isadora, tan tierna que se ve, se rió abiertamente de una mujer a la que la puerta se le cerró en la cara.

Se suponía que íbamos a ir a patinar en hielo. Yo la verdad, no tenía muchas ganas de hacer eso, ya que soy muy torpe y no quería tener un golpe que arruinara mis últimos días en NY. Afortunadamente, empezó a llover, así que el resto de las chicas también decidieron que no sería buena idea patinar con ese clima y decidimos regresar a la residencia. Mientras caminábamos de vuelta, nos dimos cuenta de que la energía con la que Sara se había levantado parecía haberse consumido. Sin embargo, yo sabía lo que se venía.

A la hora de la cena, cuando hubimos terminando de botanear, (y de ver La Era de Hielo 4) Sara se puso a llorar frente a nosotras. Kimmie, más bien fría, se sentía incómoda, mas dijo que ella también notaba la tristeza de Sara. No sé si Isadora se aguantó las lágrimas, pero yo sí. Y es que me sorprendió ver como en esos días, esas semanas, había llegado a quererlas tanto. Y la siguiente en partir sería Kimmie. Y luego yo. Isadora se quedaría un año.

Fue ahí cuando prometí que algún día iría a España, a Barcelona, a visitar a Sara. Aún me falta cumplir esa promesa. Espero hacerlo.


Friday, April 18, 2014

The New York Trilogy part 13: O el momento Pobre Angelito

No me importa escribir hasta ahorita de esto. Tengo un trauma. Son historias que tengo que terminar de contar, porque pronto se ligarán con esto. Y siento que si no escribo de lo pasado, no podré narrar lo presente: cómo llegué hasta aquí, por qué recuerdo esto tan vívidamente.

Fue el 7 de diciembre del 2012. Me quedaban pocos días para estar en NY, cuando Kimmie, mi mejor amiga de la residencia y yo decidimos que nos gustaría ver el árbol del Rockefeller Center, prendido.

Tomamos el tren a la 53. Yo no iba especialmente emocionada; había visto el árbol cuando apenas lo estaban poniendo, recuerden, y se me había hecho pequeño, ínfimo, nada que llamara demasiado la atención.

Sin embargo, cuando llegamos ese día, entre la gente que se apiñaba para ver el árbol, un pasillo con ángeles llenos de luces, la pista de hielo... mi percepción del árbol cambió.

Seguía estando igual de pequeño y atorado entre edificios: aún así, las luces parecían haberle otorgado una calidad de ensueño y una magnificencia que yo no había percibido al verlo así, tan desnudo y simple. Rodeado de gente, parecía decir que los sueños americanos, los sueños ridículos, no eran tan ridículos en el fondo: que siempre había un espacio para los cuentos de hadas urbanos, las sonrisas en las familias perfectas; que después de todo, Santa Claus sí existía.

De pronto, pensé que efectivamente, estaba perdida en el lugar donde las calles no tenían nombre: tenían números. Pero me gustaba estar perdida ahí. Me sentía cobijada, segura, bajo ese árbol. Después de todo, no era tan ridículo.

Imaginé a Nueva York acercándose a mí; antropomorfizado, una especie de Gran Gatsby. Igual de soñador y de ridículo. Me lo imaginé acercándose a mí y diciéndome: "A ver, ¿quién es el naco ahora?"

No me dejó contestarle. Me besó, en la forma de un árbol iluminado, de gente que sonreía en las calles, de los miembros de la Salvation Army quienes agitaban campanas para pedir dinero mientras bailaban al ritmo de villancicos que yo generalmente detesto y ese día no... La gente que nos saludaba desde la ventana de los autobuses, la mayoría turistas. Todo eso. Nueva York nos sonreía, nos seducía, mientras avanzábamos buscando el metro que nos llevaría de vuelta a la residencia.