Saturday, July 26, 2014

Sandra Cisneros, you know me.

Porque sí, así me siento.

Once Again I Prove the Theory of Relativity
Sandra Cisneros


If
you come back
I´d treat you
like a lost Matisse
couch you like a Pasha
dance a Sevillana
leap and backflip like a Taiwanese diva
bang cymbals like a Chinese opera
roar like a Fellini soundtrack
and laugh like the little dog that
watches the cow jump over the moon.

I´d be your clown
I´d tell you funny stories and
paint clouds on the walls of my house
dress the bed in its best linen
And while you slept
I´d hold my breath and watch
you move like a sunflower

How beautiful you are
like the color inside an ear
like a conch shell
like a Modigliani nude

I´ll cut a bit of your hair this time
so that you´ll never leave me
Ah, the softest hair
Ah. the softest

If
you came back
I´d give you parrot tulips and papayas
laugh at your stories
Or I wouldn´t say a word which,
as you know, is hard for me

I know when you grew tired
off you´d go to Patagonia
Cairo Istanbul
Katmandu
Laredo

Meanwhile
I´ll have savored you like an oyster
memorized you
held you under my tongue
learned you by heart
so that when you leave
I´ll write poems.

Wednesday, July 16, 2014

The New York Trilogy part 15: All my dreams fall like rain, on the downtown train

En la entrada anterior, yo me había despedido de Sara y mi estancia en Nueva York estaba llegando a su fin. Unos días después me fui a caminar a un curioso parque que está prácticamente hecho sobre un puente peatonal: se llama The High Line y prácticamente atraviesa todo el barrio de Chelsea. Como está sobre un puente, edificios se alzan a su lado, con las ventanas a veces peligrosamente cerca del parque. Uno puede detenerse en su paseo y echar un vistazo a la intimidad de los habitantes de esos edificios: las camas ordenadas de uno o dos niños, la cocina con los platos sin lavar de la noche anterior. Una mirada a los secretos de Nueva York. Paseé por ahí, la mente preocupada con mi propio secreto. Era el 11 de diciembre del 2012.

A mi secreto lo vería la mañana siguiente.Y lo revelo aquí: mi amiga Caroline, a la cual había aprovechado para visitar, a la cual había visto tan brevemente, era mi razón para estar en Nueva York. Tras una amistad a distancia, yo me había enamorado perdidamente de ella. No los aburriré con razones que tengo que apuntan que la cosa era mutua y que se destruyó cuando me rechazaron de NYU. El chiste es que así fue. Yo sabía que la había perdido ante el galanazo de su novio, pero aún así, algo en mí pedía intentar todo, hasta el final. Por algo me sentía the Great Gatsby.

Quedamos de vernos al día siguiente, en un restaurante que ella conocía cerca de Union Square. Llegué con su regalo de navidad, una carta agradeciéndole la amistad que yo esperaba nos diera una oportunidad de hablar las cosas, de decirle quizá el adiós que había querido decirle tanto tiempo. Sin embargo, me ganó un poco la pena de no tener un regalo de navidad para su novio, quien la verdad también me había agradado, así que compré una botella de vino frutal en uno de los puestos del mercado de navidad de Union Square.

El lugar, insisto, no estaba muy lejos, mas me costó trabajo encontrarlo. Era uno de esos restaurantes que uno no encuentra si no conoce la ciudad. Sin embargo, ella me había prometido el mejor mac n' cheese del mundo. En fin. Le mandé un mensaje diciéndole que ya estaba ahí.

No hubo respuesta. El frío arreciaba fuera. Maldije. Pensé que seguramente no llegaría. De pronto, llegó el mensaje de que había tenido un retraso, que la esperara dentro. Su novio nos acompañaría para comer algo antes de irse al teatro o algo así. Si bien el muchacho me había caído muy bien, maldije ante la falta de privacidad. No podría hablar a gusto con ella a menos de que él se fuera rápido.

Me senté a una mesa y pedí una cerveza para bajar los nervios. El mesero que me la trajo chuleó mi reloj. Lo sentí como un gran halago, que para que te chuleen algo de accesorios en Nueva York...

Llegaron. Se sentaron a la mesa y ordenamos. Ella se disculpó por tardarse y argumentó un mal día en la oficina. Se veía cansada, de hecho. Mientras esperábamos los famosos mac n' cheese y otro plato principal para todos los demás, decidí dar los regalos de navidad de una vez. Tanto la botella de vino como un gatito de peluche para ella fueron festejados. También le entregué la tarjeta que decía "I left my heart in Brooklyn". Ella aseguró que la leería después. Pensé que "después" sería cuando su novio se marchara.

La comida llegó y seguimos bromeando y parloteando. Hubo un momento en el que ella me codeó porque supongo solté algo muy personal, algo que se relacionaba a nosotras dos. No lo sé. Yo estaba tensa, necesitaba llenar el silencio. Afortunadamente, los mac n' cheese me tuvieron ocupada un rato (sí estaban muy buenos).

Su novio pagó la cuenta antes de marcharse. Fue entonces cuando nos quedamos solas. Le pedí que por favor leyera la carta en la tarjeta. Dijo que lo haría después, cuando llegara a casa, que en verdad estaba muy cansada, que tenía muchas ganas de dormir. Varios bostezos encadenados comprobaron que estaba diciendo la verdad. De pronto ya no supe qué decirle. Supe que la estancia en el restaurante no duraría mucho y mejor le pedí una foto.

Nos levantamos de la mesa. Yo me sentía frustrada pero al mismo tiempo tampoco quería dejarla. Salimos a la calle, a caminar. Yo debía regresar a la residencia aunque no era tan tarde y ella tenía que tomar el metro a Brooklyn. Seguíamos platicando, amablemente, de nada. El Empire State apareció a nuestro lado, con la punta pintada de verde, blanco y rojo. Ella bromeó, diciendo que se veía muy italiano. Le aclaré que era mexicano. Que ese día era el día de la Virgen de Guadalupe. Obviamente, también tiene muchos fieles en la Gran Manzana.

En ese momento casi casi pensé en rezarle. Déjame un rato más...

Obviamente, no pude. A pocos pasos, apareció la parada de metro. Downtown, decía. La sentí como una cachetada. The downtown train. Todavía me ofrecí a acompañarle a casa. Ella contestó que no; que mi residencia estaba cerca de dónde estábamos y que además, de lo que tenía ganas era de dormirse en el asiento.

Aún así, no se fue. Empezó a decirme que la verdad, le daba mucho gusto ver que me había adaptado tan rápido a NY, ver que me la había pasado muy bien... y que sobre todo, le daba mucha felicidad que había tenido oportunidad de haber ido y que nos pudiéramos conocer en persona. Me deseó que mis últimos días ahí fueran igual de padres y dijo que me mandaría una felicitación para mi cumpleaños, mis 25 años que en ese momento estaban próximos.

Me abrazó entonces. Un abrazo largo que aún así tuvo que terminar. Entonces ella empezó a bajar las escaleras rumbo al metro. Yo me di la vuelta; empezaba a sentirme creepy. Avancé unos pasos como para demostrar que no la estaba esperando o algo así. Sin embargo, después de avanzar un poquito, me dieron ganas de detenerme, darme la vuelta, bajar como loca las escaleras del metro, brincarme el maldito torniquete (y seguro partirme toda mi pinche madre en el proceso) y correr hacia ella antes de que se fuera el metro. Decirle que por favor, que no se fuera, que la amaba, que no había podido dejar de amarla a pesar de su novio. Que había ido hasta allá por ella. Que por favor, no me dejara así...

No lo hice. Obviamente no lo hice. Alcé la vista. Downtown Train, la 13 con la Sexta Avenida. De golpe comprendía a los Wallflowers y a Tom Waits. O a Rod Stewart, la versión que prefieran.

Tuve que pasarme la mano por la cara al menos tres veces porque las lágrimas no me dejaban ver. De hecho, hubo un momento en el que me encontré con un grupito de hombres un poco malencarados quienes bebían fuera de un edificio. Al momento en el que me vieron pasar casi casi me formaron pasillo. Quién sabe cómo habrán visto mi cara.

Llegué a la residencia. Ninguna de las monjas estaba ahí para verme, afortunadamente, así que subí directamente a mi cuarto y puse la transmisión del concierto de ayuda para los damnificados de Sandy. Colgué mi chamarra. Me pareció que alguien había sacado cosas del closet. Comprendí que sentía como si Caroline se hubiera llevado sus cosas de mi casa.

Me senté en mi cama y lloré, ignorando la música. Lloré mientras en mí sonaban las palabras de Tom Waits en la voz lastimera de Rod Stewart: "Will I see you tonight, in the downtown train? All my dreams, all my dreams, fall like rain... in the downtown train."