Saturday, August 23, 2014

The New York Trilogy part 16: A flash of what was to come

Y tras esa historia triste de corazones rotos, llegaron mis últimos días en NY. He de admitir que me aguanté machamente las ganas de agarrar un tren a Brooklyn y de pararme afuera de la ventana de casa de Caroline, tan sólo mirándola. Como desesperada, como psicópata. En vez de eso, mejor me dediqué a hacer cosas más sanas. Como por ejemplo, ir a visitar Strawberry Fields. Me debatía entre la cierta nostalgia que me dio ver a toda la gente rodeando el círculo que dice "Imagine" con flores y frutas y entre haberme llevado The Catcher in the Rye y pedir que alguien tomara mi foto junto al Dakota Building. Que así soy yo. También me fui a visitar The Cloisters. Sin embargo, con la noche temprana invernal, no sólo no alcancé a llegar a buena hora al museo, sino que también me perdí hermosamente en Fort Tryon Park. Si bien el parque, construido sobre una fortaleza, es bastante llamativo y hasta parece atractivo para perderse, a las cinco de la tarde, con la noche encima, farolas de luz amarilla y muy, MUY poca gente, te hace pensar lo peor. Creo que nunca había corrido tan rápido hasta la entrada de un parque y al metro.

También me despedí de Kimmie, la laosiana-gringa. La verdad, de ella fue de quién más me dolió despedirme. Con ella podía compartir no únicamente las hamburguesas sin queso y sin verduras, sino los chistes sarcásticos y nuestro gusto por futbolistas y por The Great Gatsby. Ella, asimismo, me había prometido que cuando me fuera a Inglaterra ella intentaría contactarme para que nos fuéramos juntas a Londres y nos subiéramos al London Eye; para que visitáramos Bath y Oxford.

Ahora sólo quedábamos Isadora (la bailarina brasileña) y yo. Decidimos que el lunes 17 sería la última oportunidad de salir juntas, ya que el martes me la iba a pasar empacando para tomar mi vuelo el 19. Pues para cerrar, decidimos ir a lo que dijeron, era un tea shop/fish and chips place completamente inglés, manejado por ingleses y toda la cosa.

Nos perdimos un poco por las esquinas de Greenwich Village, pero finalmente llegamos. La carta ofrecía platillos típicos ingleses, como los pies de carne y los purés de papa o de chícharos. No me había dado cuenta lo nerviosa que estaba por mi próximo regreso a casa hasta que me di cuenta de que no tenía hambre. Tanto Isadora como yo pedimos un pastel y un té. Le tomé una foto mientras mi cerebro se empeñaba en recitar a T. S. Eliot: "Should I, after the tea and cakes and ices, have the strength to force the moment to its crisis?" Claro que no había crisis en qué pensar, supuse. Ya la visita a Caroline había pasado. Lo único, pensé, es que ese pastel y ese té los tenía que estar comiendo en Inglaterra, en un año. Me hice esa promesa.

Antes de salir, pasamos a la tienda de dulces ingleses, pues ambas moríamos de ganar de probar el famoso Turkish Delight. ¿Qué tenía ese dulce que podía lograr que Edward traicionara a todo el reino de Narnia? (No profundicemos en su crush con la Bruja Blanca).

Nos atendió un inglés guapísimo que, además de todo, me hizo un poco la plática. ¡Uf, qué ganas de ya irme a Inglaterra y encontrar hombres así!

(P.D. No. Y el Turkish Delight sabe como a ate de fresa. En verdad, Edward, qué barato te vendiste. Que se me hace que la Bruja Blanca te lo daba con toloache).