Thursday, October 30, 2014

The New York Trilogy part 17: I'll always love you though, New York

Entonces llegó el miércoles 19 de diciembre del 2012. Ese día fue mi último día en Nueva York.

Ese día me despedí de Isadora, de las monjas que adivinaron mis sentimientos encontrados y de Caroline, quien no me contestó el mensaje. Era el inicio del final. Tenía que tomar un taxi más o menos a media tarde, así que aproveché para ir al Chelsea Market por última vez, por una bolsa con varios chocolate cherry rolls (aún tengo el recuerdo de lo delicioso de esos malditos panes). Les pegué mordidas mientras lágrimas inevitables rodaban por mis mejillas. En verdad, no quería volver.

Finalmente, el taxi llegó a la residencia. Se trataba de un hombre colombiano quien ya llevaba muchos años viviendo en la ciudad. Empezamos a hablar de Nueva York. Me dijo que él la encontraba estimulante, la ciudad más estimulante del mundo, que no la cambiaría por nada. El taxi avanzaba y yo veía pasar los edificios de ladrillo, los múltiples restaurantes de variadas cocinas, el cielo azul. En mi mente, juro que sonaba Ryan Adams con su "New York, New York."

Llegamos al aeropuerto tras platicar de futbol, de ser una mujer liberada en un matrimonio feliz (de veras) y de todas las cosas que tenía en mente. Al pagar el taxi, el taxista me besó la mano de una forma caballerosa. Se me hizo que era Nueva York, con sus miles de personas, besándome la mano. Incluso si tuve que pagar como 200 dólares de exceso de equipaje.

Al llegar al aeropuerto, me encontré a un amigo de mi mejor amiga, un diseñador gay, tatuaje de Born to Die de Lana del Rey, the works. Estuvimos platicando hasta entrar al avión. No se sentó junto a mí--por fortuna. Apenas despegó el avión, me puse a llorar. Gruesas lágrimas corrían por mis mejillas, mientras yo estaba recargada contra la ventanilla. Afortunadamente, ya era de noche y el avión no estaba muy iluminado, por lo que mi vecina de asiento no pudo ver mi reacción.

Sin embargo, unas horas después, claro está, terminé trabando conversación con ella. Ella me contó que vivía con su marido en un suburbio neoyorkino, pero que claro, ella era mexicana y que llevaba a los niños a la ciudad por unas semanas para que se familiarizaran con el español y con la cultura mexicana. Uno de sus niños, de hecho, iba dormido a su lado. Despertó cuando estábamos a punto de aterrizar. La mancha de luces que es la ciudad de México ya se dibujaba por las ventanas, como siempre, impresionantemente inmensa. Se lo dije a la señora, quien asintió y luego le dijo a su hijo: "Mira, estamos llegando a la ciudad más bonita del mundo." En ese momento, sí tuve ganas de sacudir la cabeza y decir que no, que su mamá mentía, que la ciudad más bonita del mundo era la que acababan de dejar, que no le creyera.

Aterrizamos. Siempre dejo el avión cuando ya casi todo el mundo se ha ido, aunque esta vez no sé si en verdad no quería bajar del avión. Cuando al fin bajé, el amigo gay de mi amiga estaba en el pasillo hacia la sala de llegada, la cual estaba completamente desierta, excepto por un radio el cual tenía la Z a todo volumen. Bienvenida a México, pensé.

Pero lo peor fue cuando llegamos a aduana. Ni las maletas del chico gay ni las mías. Al poco rato, yo me encontraba maldiciendo a todo volumen. El gay dijo con un tono que me pareció mitad divertido y mitad fastidiado que se notaba que yo no tenía ganas de regresar a México. Claro que no. Allá se había quedado la universidad de mis sueños, mi amada y hasta el muchacho que había besado mi mano. Allá se había quedado un pedacito de mi vida con todo y chocolate cherry rolls. Ah, y en mi maleta, en una de las ausentes se había quedado un vinil de The Velvet Undergound que obviamente, me traía preocupadísima de que se hubiera roto o algo.

Las maletas llegaron al día siguiente. Al día que siguió de ese cumplí 25 años. Caroline me felicitó un día después de mi cumpleaños a pesar de todo. Y fue, desde ese regreso, que me sentí como una desplazada. Supongo que desde ahí le tomé gusto a la vagancia, al correr por el mundo. Y tenía la carta de aceptación para Liverpool. De ahí empezó esta otra historia.